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21-12-2016 Versión imprimir

 
Carlos García,
de surfari en las Landas
 
 
Aunque no es un destino exótico, la región de las Landas tampoco la conoce mucha gente en España. La frecuentamos más los que somos del norte, que antes pasábamos a comprar. Era muy típico volver con galletas o chocolates porque había dulces más variados y estaban más ricos. El Aquarius lo descubrí allí; beberme uno era un auténtico tesoro. Pero los franceses también venían aquí para hacerse con tabaco barato. Fui algunas veces de niño a esa zona y ya me pareció preciosa, pero este pasado agosto he vuelto y me ha sorprendido además por la presencia de la cultura vasca en Francia. Se percibe en la gastronomía, la arquitectura y en la gente, dispuesta a atender con amabilidad a los turistas españoles. Ya se sabe que los parisinos no nos adoran, y en cambio, allí intentan incluso hablarte en castellano al intuir que procedes del otro lado de la frontera.
 
   Las olas del Cantábrico hacen que en Santander el surf sea popular, es habitual que a los niños se les compre una tabla en verano. Yo practicaba bodyboard, que consiste en desplazarte tumbado sobre la tabla y no de pie, pero nunca pasé de aficionado. Luego lo dejé durante muchos años, hasta que la crisis de los treinta y muchos me animó a retomarlo junto a algunos colegas, por eso de revivir los tiempos de cuando éramos chavales. ¡Todos nos hemos comprado la equipación necesaria! [risas]. Es un deporte perfecto para compartir y moverte de playa en playa buscando las mejores olas. Como cada sitio tiene su dinámica, para evitar peligros primero debes saber hacia dónde te lleva la corriente, si el fondo es rocoso… Se ahogan muchas personas, y siempre por desconocimiento, por entender el mar como una piscina. Yo soy cagao: sé con qué tamaño de olas me manejo bien, así que a veces me quedo fuera del agua mirando, pues hay que estar muy en forma en caso de un revolcón. Respecto a lo de ser llamativamente guapo en el panorama surfero, el tópico ya quedó atrás, cuando en los años noventa era una afición de pijos rubitos. Luego la cosa se democratizó.
 
   Aprovechamos que un amigo del grupo vive en San Juan de Luz para escaparnos una semana. La pasamos entre Anglet, Bayona y Hossegor, cuyas famosas playas constituyen un destino mundial para los amantes del surf. Lo mejor es sentarse en la tabla y esperar las olas mientras charlas con tus compañeros de aventura. ¡Eso es el paraíso, estás en la gloria! Y más aún en esta ocasión, que nos organizamos con tiempo para viajar sin parejas ni hijos. Dedicábamos casi todo el día al deporte, que nos dejaba baldados, hasta el punto de no hacer otros planes. Es el mejor ansiolítico. Y es que ponerse el neopreno ya es jodido porque queda demasiado ajustado, lo cual provoca hasta caídas y quita de un plumazo el glamur [risas].
 
   El interminable litoral se extiende a lo largo de decenas y decenas de kilómetros donde te topas con un montón de sitios para estar a solas cogiendo olas. No son las playas espectaculares con acantilados de Cantabria, pero la mezcla de dunas con pinares les da encanto. Me quedaría con la de La Gravière, que acoge una de las pruebas del Campeonato Mundial de Surf. Recomiendo a los futuros visitantes que se dirijan hacia el norte de la región, menos concurrido y más salvaje, ya que en el sur se encuentran los pueblos conocidos. Ahí el turismo convencional deja paso a los campings. Los franceses que veranean en las Landas son adinerados. Abundan las urbanizaciones lujosas, chavales de 18 años ven la puesta de sol mientras toman foie y vino blanco sobre su mesita con mantel, se visten superlegantes… ¡Eso es un botellón con clase! Y nosotros los mirábamos con nuestras cervezas. Se come peor que en Euskadi y pagando más. Todas las noches cenábamos en la terraza de casa quesos diferentes.

 
Un trotamundos ‘low cost’
Antes de cumplir los 20 fui muy jipi. Viajaba con colegas en plan buscavidas, sin un duro, sacando dinero de nuestros espectáculos: hacíamos malabares, tocábamos el djembé… Siempre dormíamos al raso. Por placer. Recuerdo que en pleno invierno pasamos varias noches en un portal de Lavapiés. Otras veces buscábamos cartones o saltábamos las vallas de colegios en busca de mayor seguridad. Un policía local del pueblo almeriense de Adra nos vio tocando en el paseo marítimo y se ofreció a pagarnos el desplazamiento hasta Nerja el día siguiente. En un primer momento estábamos encantados con ese tío tan majo, pero en realidad se trataba de una discreta expulsión subvencionada para quitarnos de en medio [risas]. Una vez bajamos desde Inglaterra hasta San Sebastián haciendo dedo. En Bilbao nos sentíamos a gusto, pues los vecinos dejaban en paz a la gente marginada. Excepto cuando una madrugada nos refugiamos en una caseta junto a la ría y cuatro ertzainas se bajaron de un coche, se pusieron los pasamontañas y sacaron las porras. Creí que nos matarían a hostias, pero si siquiera se acercaron, parece que se dirigían a una redada.
 
   Así me moví mucho durante algunos años. A mi madre le desesperaban esas ganas locas de aventura, mi empeño en salir de casa únicamente con un billete de autobús, sin llevar planes hechos. Había aprendido de supervivencia gracias a un verano inolvidable que pasé en Tenerife trabajando de relaciones públicas para un bar. Se me daba fatal y acabé dejándolo, así que me quedé sin dinero y no podía pagar el apartamento. Me encontré entonces con un grupo de jipis extranjeros que se ganaban la vida con sus números, me admitieron y me enseñaron habilidades, ya que al principio me limitaba solo a pasar la gorra. Al margen de inculcarme la vena artística, me dieron trucos para la vida precaria: sitios adecuados donde echar un sueño en la calle, comida casi intacta que tiraban los hoteles… Así uno pierde la vergüenza.
 
   Tras aquellos meses en Canarias hice las pruebas de acceso a la escuela de interpretación. Hasta ese momento jamás se me pasó por la cabeza la idea de dedicarme a esto. Pero llamé desde las islas a un amigo que estudiaba para actor en Santander y me convenció para que me presentase. En mi ciudad seguí haciendo de las mías: montaba shows callejeros con mis compañeros de teatro y un día cruzó por la acera de enfrente mi madre. La acompañaba mi tía, que quería parar, pero la disuadió [risas].

 
Arriesgada pasión musical en Senegal
Ese país es el lugar más atípico que conozco. Agus Ruiz y yo estábamos muy cegados con la percusión africana y los djembés nos condujeron allí. Esperábamos comprar uno bueno y que algún gurú nos enseñara a tocar. Aquellas vacaciones fueron brutales, vivimos demasiados sobresaltos. Hace 18 años te sentías incómodo porque, aunque fueras con buena intención y ayudases en lo posible a la gente, no les hacía gracia ver a turistas.
 
   Decidimos alojarnos en un pueblo costero, visitamos Dakar en un coche alquilado con un guía y a medio camino nos pararon unos militares, con el desatino de haberme olvidado el pasaporte en el hotel. Así que nos bajaron del vehículo y nos pusieron de rodillas sobre la calzada con sus metralletas al lado. Querían un soborno. Pagamos. Dos kilómetros más adelante se repitió la historia, aunque esta vez les soltamos el dinero sin tanta parafernalia. Frente a la capital se encuentra la pequeña isla de Goreé, por cuya cárcel pasaron cientos de miles eslavos en su trayecto hacia América. Permanecían hacinados hasta que abrían ‘la puerta del no retorno’. Se me ponen los pelos de punta de recordarlo. Ahora tiene un ambiente bohemio porque la habitan artistas. De lejos vimos nuestro djembé soñado, pero no teníamos dinero suficiente ni convencimos al tendero, negado en rotundo a regatear.
 
   Si debo elegir un destino paradisíaco, algún día me gustaría ir a Tahití. Prefiero la playa a la montaña. En cuanto a turismo urbano, espero ir pronto con mi mujer [la también actriz Esmeralda Moya] a Berlín, una ciudad desconocida para los dos. Tampoco he estado en Nueva York, y a pesar de que ella está enamorada desde que trabajó allí de modelo, me resisto por evitar todo ese bullicio. Y sé de sobra que alucinaría en cuanto llegara porque forma parte de mi vida: por las películas, los libros, las series…
 
 
Así se lo ha contado a Héctor Martín Rodrigo
 
(*) Carlos García había estudiado tres cursos de interpretación en su Santander natal cuando decidió matricularse en el Estudio Corazza de la capital. De eso hace ya 16 años. Antes de ser actor trazó con distintos grupos una carrera musical ahora de actualidad gracias a su disco junto a Manu Quintanal, con quien forma el dúo de rock en castellano Fantini, donde él desempeña una doble faceta: canta y toca la guitarra. Ya está disponible en YouTube el videoclip de su tema Balín. Su último trabajo interpretativo se lo debe a la serie Seis hermanas, que durante varios episodios le puso en la piel de un cura atribulado por su amor hacia una mujer. Su currículum televisivo incluye además producciones de la talla de Velvet, Gran Hotel, Bandolera, la policíaca Homicidios, Crematorio, la andaluza Padre Medina Pero el gran público le conoció por su espía de Amar en tiempos revueltos, Fernando Solís, recuperado luego en esa secuela titulada Amar es para siempre. Encima de los escenarios ha cosechado éxito recientemente con la obra El zoo de cristal.
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