twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Entrevistas
27-03-2015 Versión imprimir

 

 

Miguel Picazo

“Tengo el cerebro hipertrofiado: no paro de pensar”

 
Vive en su pueblo natal, Cazorla (Jaén), recluido en una residencia donde dice estar “mejor que bien”. 50 años después del rodaje de ‘La tía Tula’, trata de moverse al ritmo de los homenajes. Compartimos con él una jornada en el verano de 2013
 


JAVIER OLIVARES LEÓN
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Texto recuperado el 27 de marzo de 2015, día del 88º cumpleaños de Picazo
La residencia de mayores Marín García, en Cazorla (Jaén), es la cumbre de un precioso pueblo riscoso, contrapicado. La habitación de Miguel Picazo, con una vista en cinemascope sobre el valle, tiene más de retiro espiritual que de hospital o asilo. Todos los fetiches cinematográficos del director merodean la cama y el butacón desde el que ve cada tarde la serie Amar es para siempre y el concurso Pasapalabra.
 
   En la mesita, una pila de libros. En ese estante, una pecera eléctrica que le relaja cuando la enciende. Debajo, una foto con Ángela Molina. Más allá, un montón de DVD clásicos en metódico desorden. Premios, cuadros, títulos; entre ellos, la candidatura de La tía Tula al Oscar de Hollywood en 1964. “Fue nominada, pero el Ministerio no lo permitió. Como había tenido ocho cortes de la censura, temían que yo largara. Pero, moralmente, el Oscar es mío”. Nicholas Ray, que estaba en el jurado entonces, se hizo fan: “Cada vez que vino a España quería verme.”
 
 
 

 
 
 
   La película cosechó 36 premios nacionales e internacionales. “La ovación más grande que se ha oído en el festival de San Sebastián fue a La tía Tula”, comenta mientras acaricia la estatuilla que lo conmemora. “Y el estreno en Madrid, apoteósico”. Irrumpe en la estancia una de las enfermeras, de ronda:
 
– ¿Qué tal hemos dormido, Miguel?
– Hola, buenos días. –El cineasta, con el oído en la reserva, no pierde ripio–. Ha sonado el teléfono, ¿quién ha llamado?
 
   Miguel Picazo ha cumplido 86 años. Las bolsas de sus ojos subrayan la atención que le resta la sordera. Sale de vez en cuando con su inseparable cachava para asomarse a la terraza con esos 85 kilos largos de humanidad. “Tengo muchas partes del cuerpo atrofiadas, pero el cerebro hipertrofiado, porque no paro de pensar”, bromea. Pasea por el mirador de la suite –así la llama– e imagina lo que habría sido rodar en Cazorla La Tía Tula, hace justo 50 años. “Si no hubiéramos rodado en Guadalajara... Cuando murió Carlos Estrada [Ramiro, el protagonista, en 2001 en Buenos Aires], vi en el periódico una foto del rodaje junto a Aurora Bautista, y pensé qué haría Tula al enterarse de la muerte de Ramiro. Ella iría al entierro y así continuaría la historia. Aquí, en Cazorla”.
 
   En aquel verano de 1963, le costó convencer a la maquinaria de la película para que fuera Aurora Bautista su protagonista. “Que si estaba pasada de moda, que si gritaba…”. Había firmado un año de contrato en México, lo que arengó a los agoreros. “Confié en ella y la esperé. El 9 de septiembre se casó en México. ‘No va a venir’, me decían. Pues el 12 estaba aquí, y el 16 empezamos el rodaje”.
 
 
 

 
 
 
Un guionista de los buenos
Tenía Picazo todos los medios posibles. Contaba, sobre todo, con un buen guionista: Miguel de Unamuno. “Su familia quiso después concederme la exclusiva de la adaptación al cine de sus obras. Pero era una gran responsabilidad para mí, porque todo dependía de las productoras, y decliné. Luego he intentado hacer una versión de San Miguel, bueno y mártir, que me encanta, pero no encontré financiación”.
 
   Las piernas del realizador responden a duras penas a la agenda de homenajes que suscita este otoño el cincuentenario de la película: en Cazorla, en Jaén capital... Gracias a la Diputación General de Jaén se están publicando guiones suyos que no vieron la luz, como el de Jimena. En realidad, La tía Tula le sirvió a Picazo para atenuar un enfado monumental por Jimena.
 
   “Fue una revolución, porque me enfrenté a las tesis de Menéndez Pidal, asesor –a cambio de un millón de pesetas– de El Cid, la película de Sophia Loren y Charlton Heston”, evoca Picazo. En la Real Academia de la Historia había medievalistas que respaldaban el rigor de su película, después de una investigación exhaustiva. Picazo habla y no para del siglo X. La orden de Cluny; el papel de los monasterios dúplices en aquella sociedad; Alfonso, Sancho, Urraca, García y Elvira, los cinco hijos del rey. Y El Cid, lugarteniente de Sancho, un muchacho que mató al padre de Jimena, porque se había enfrentado al suyo en la orden de Cluny y el nacionalismo Isidoriano.
 
   El reparto lo tuvo clarísimo: Rodrigo sería el francés Laurent Marciel y Nuria Torray, Jimena.
 
 
 

 
 
 
   Nada tiene que ver ese argumento con “El Cid de los americanos”, desde siempre acusada de anacronismos. Un guion, rompedor, que le colocó en el mundillo. “Juan Antonio Bardem quiso comprarlo para hacerlo él. Le entusiasmó”.
 
–¿Te importa poner eso ahí, donde estaba?
 
   Picazo, tan maniático del orden como fastidiado por la falta de movilidad, pide ayuda a su pesar. Enfermera, fotógrafo, redactor. Esta mañana han venido desde Guarromán su sobrino José y el hijo de este, homónimo, a traerle unos pasteles. Ambos le llaman “Tío Miguel”.
 
   Tío Miguel, abanderado del Nuevo Cine Español, fue pionero en el género verde en Oscuros sueños de agosto (1967). Contó en su casting con dos bellezas, Sonia Bruno, la mujer del exfutbolista Pirri (“tenía carisma, no era mala actriz”), y Viveca Lindfors. “Una sueca de Hollywood”, bromea Picazo.
 
   La censura volvió a hacer de las suyas: Oscuros… tuvo otros ocho cortes. “Pero así como la productora de La Tía Tula entregó los negativos y fueron destruidos, la productora de Cesáreo González entregó contratipos y se ha podido reconstruir Oscuros…”.
 
 
 

 
 
 
Tarancón, el cardenal afín
El prestigio de Picazo como realizador multiplicó sus retos. Llegó a grabar con una estrella de Hollywood, Timothy Dalton, al que reclutó para encarnar a San Juan de Dios en El hombre que supo amar (1976). “El cardenal Tarancón pidió a los censores que no tocaran esa película. En Roma no gustó, porque se consideraba afín a la Teología de la liberación”, recuerda.  
 
   El trato con Dalton ocupa los primeros renglones en la lista de satisfacciones profesionales de Picazo. Y eso que, cuando fueron a contratarlo a Inglaterra, le previnieron: “Cuidado, es un incordio, un hijo de p…”. “Tras siete u ocho días de visitas a los sitios de la orden de San Juan de Dios, manicomios incluso (utilizamos locos de la residencia de la orden), no necesitábamos intérprete. Conectamos mejor que bien y dijo frases del guion en español”.
 
   A pesar de la trascendencia de La tía Tula, la película de Picazo que más dinero generó –ya entonces había control de taquilla–, la que se ponía en las fiestas de los pueblos, fue Los claros motivos del deseo (1977). “Una propuesta tan moderna que podría haberse hecho mañana”, abrocha Picazo. Le sirvió para confirmar que con el productor José Frade –“un auténtico rompecojones”– nunca se llevaría bien. “Lo que más me gusta en la vida es hacer cine. Pero antes que hacer algo con Frade, estoy tocándome las narices sin hacer nada. Le mandé este mensaje a través de Victoria Abril. Se subía por las paredes. Su soberbia es célebre”.
 
 
 

 
 
 
   Suenan las campanas de las doce de la mañana en la vecina iglesia de Santa María de Cazorla. Es hora de hablar de la faceta de docente. En 1960 Picazo se hizo profesor del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas. También ejerció en la Escuela de Artes y Espectáculos (TAI), de Madrid, y en el Instituto Europeo de la Empresa Audiovisual. Cuando recibió el Goya de Honor, en 1997, desencantado con la actitud de los alumnos, dejó de dar clase en la Escuela de Cine. Pero tuvo en clase ilustres excepciones como Pilar Miró, Víctor Erice, Manuel Gutiérrez Aragón… “A Erice lo saqué como guionista en Oscuros... Y Antonio Drove me adoraba: me solicitó luego como actor en La caza de brujas”.
 
   Esa faceta de actor de Picazo es para algunas generaciones más conocida que la de cineasta. Encarnó al profesor Figueroa en Tesis, por ejemplo. “Al interpretar haces de otro. A mí me enseñaron Viveca Lindfors y Timothy Dalton, que dialogan con el realizador. Viveca me dijo: ‘Voy a hacer esta escena como me la pides, pero un favor: ruédala como yo la veo”.
 
   Picazo nunca deja ver a los actores su trabajo hasta montaje. Son proclives a retocar. “Recuerdo un plano de Oscuros…, con Julián Mateos. Era como Drácula, una cosa tremenda. ‘Es que en esta película me suicido, y en este plano no se nota’, dijo. No se dan cuenta de que el personaje se revela poco a poco, no puede agotarse en el primer plano. Hay un itinerario. Y ellos no se ven, lo ve el director”. Quizá en ese ten con ten le ayudaron sus estudios de psicología. “Es posible, pero ya en la escuela fui buen director de actores, creo”.
 
 
 

 
 
 
Bohemio en ejercicio
Soltero empedernido, Picazo estuvo a punto de casarse dos veces. “Mi profesión no es para tener pareja. He sido siempre bohemio e independiente, y ninguna lo entendió. Aparte de trabajar en el Ministerio de Cultura, ser profesor y estudiar varias materias… hice más de 120 programas de televisión. ¡No paraba!”.
 
   En TVE trabajó a gusto (casi) siempre. “La censura era fuerte, pero no me quejo. Aporté a la tele el lenguaje del cine. El hombre de la esquina rosada, de Borges, fue una adaptación que en 1982 se pasó en el centro Pompidou de París como el mejor programa televisivo de Europa”. Y, con 86 años, la modestia no es imprescindible, qué demonios: “He hecho cosas magníficas, como una adaptación de la Sonata de Primavera, de Valle-Inclán, o Rinconete y Cortadillo, de Cervantes”.
 
   La tele ha cambiado en estos años tanto como la política o la sociedad. “He conocido monarquía, república, guerra civil, dictadura y otra vez monarquía. Todos cambios radicales, no evolutivos. Una cosa tengo clara: el gran logro de la república en España fue la cultura. Cambió el panorama social y cultural a todos los niveles”.
 
–José, ¿puedes alcanzarme la Enciclopedia de la República?
 
   Ya puestos, Picazo solicita de la estantería un álbum de cromos editado por Nestlé, también impecable, hace 80 años. “Lo rellenaron mis padres, a mis cuatro o cinco años”. José, el sobrino-nieto, mira absorto, como heredero de la reliquia. “A ver qué haces con él”, le dice el padre, justo cuando regresa Picazo de su evocación: “El cromo del huevo del halcón fue el más difícil. Se lo consiguió a mi padre Florencio Gómez Ortega. Había cambios de cromos en la plaza, como ahora”.
 
 
 

 
 
 
   El director de Extramuros (1985) pasa las mañanas de retiro entre sus meditaciones –“He tenido altibajos respecto a la fe y la religión, pero ahora mantengo charla diaria con Él y me llena mucho, mucho, mucho”–, la lectura del Kempis –“un libro tan básico como los Evangelios”– y las visitas, incesantes. En los títulos de crédito de agradecimientos ocupan lugar preferente Juan Miguel, el psicólogo de la residencia; otro empleado amante del cine, Luis; la concejal de cultura de Cazorla, Rosalía Lorite; su sobrino José, el de Guarromán (“imprescindible, muy pendiente de mí”), y su hermano, doce años más joven, que vive en Málaga.
 
   Hoy ponen fideuá en el comedor de la residencia. Miguel Picazo, su más ilustre inquilino, lleva toda la mañana pensando en ella. Dejémosle disfrutar del menú.
 
 
 

 
 
 
evocaciones infantiles

Un niño en guerra
El mejor amigo de Miguelito Picazo en Cazorla, donde vivió hasta los 12 años, era Garrido. Su padre gestionaba la sala de cine, en un teatro antes convento. “Doña Paca, la madre, me colaba todos los días”, recuerda. A los paisanos del pueblo les gustaba que Picazo les leyera los subtítulos en español. Con cuatro años ya sabía leer y escribir. Enseñó incluso a la chica de servicio que tenían en casa. A los siete u ocho años, como a todos los niños, le preguntaban qué iba a ser de mayor. No había dudas: “Yo voy a hacer cine”. “Me fascinaba el mundo desconocido de la selva de Tarzán, de las grandes ciudades, de los piratas chinos…”. Recuerda, nítida, la primera escena que se le quedó grabada: “Un hombre amenaza a una bailarina. En una habitación oscura le muestra una caja que contiene unas manos: ‘O haces lo que te digo o te corto las manos’. Impresionante. Era una película muda”.
 
Como era un niño conflictivo –llegó a escaparse de casa, “con la carpeta del cole y un paraguas”–, el mayor castigo que podría imponerle su madre era dejarle sin cine. “Quería hacer mi santa voluntad. Me pasaba el día inventando cosas, y mi madre tenía la mano muy larga”, cuenta.
 
A ese niño le pilló la guerra civil en su pueblo, con nueve años. Llegó la noticia el domingo 19 de julio, con un sol de justicia y las calles vacías. “Volvía solo a casa, donde ya había una guerra civil diaria: mi madre era secretaria de Acción Popular –hoy PP–, y mi padre, secretario de la UGT. Enfrente vivía Antonia Moreno, la presidenta de Acción Popular. Su hija tocaba el piano. De balcón a balcón, mi madre gritó: ‘¡Antonia, se ha sublevado el ejército en África!”. Fue un trauma, como cuando su padre, con riesgo de su vida, cobijó en casa a los Barrutia mientras quemaban a los santos en las iglesias del pueblo. O como cuando llegó la noticia de los cazorleños hermanos Tallante, a los que llevaban presos camino de Madrid. “Nunca lo olvidaré”.
 
Apenas le quedan amigos de aquella época, “y si alguno queda, está en malas condiciones. Antoñete, quizá”. En enero de 1940, después de unos meses en Madrid, llegaron a Guadalajara, donde su madre, ya separada, le inscribió en el instituto de Enseñanza Media. Allí vivió hasta los 54 años, como un alcarreño más. Y allí rodó La Tía Tula.
 
 
 

 
 
 
un visor de museo

Métodos de maestro
A pesar de ser un buen dibujante –“El primer dinero que gané en mi vida, ya en Guadalajara, fue vendiendo mis cuadros al óleo”–, Picazo no concibe storyboards, como Álex de la Iglesia o Carlos Saura. Elabora un guion literario y aborda desde ahí una visualización previa para encajar localizaciones y decorados.
 
“Una joya” le ayuda en esa tarea: un visor, de óptica y funda de cuero alemanas (de la RDA), que le regaló el distribuidor de La tía Tula en América. “Le costó medio millón de pesetas [3.000 euros al cambio de hoy]. Estaba muy agradecido, porque la película fue el mejor negocio de su vida: arrasó en EE UU”. El artilugio le permite hacer las planificaciones en cine normal, en cinemascope, panavisión, VistaVisión… con toda clase de objetivos. “Visualizaba ya en la localización lo que iba a hacer. Tiene travelling, zoom… Lo han utilizado en sus películas Víctor Erice y Antonio Drove. Vale una fortuna”. Picazo, abanderado del Nuevo Cine Español en los sesenta, no pisa una sala desde hace años. “Con la sordera y la artrosis no me puedo meter en una butaca, me siento mal. A mí lo que me gusta es hacer cine, no ir al cine”.
 
 
 
27-03-2015 Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio