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05-03-2013 Versión imprimir

 
 
Miguel Rellán
“Fui astrólogo para agencias
 y entrevistador de Playboy”

El actor tetuaní engrosa día a día un currículum tan extenso como la nómina de los reyes godos. Sus últimas entradas: un Chejov a las órdenes de Veronese y un papel en la telecomedia ‘Fenómenos’ de Antena 3... ¡como becario!
 

EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha 
“¡Bacterio! ¡Es el Bacteriooooo!”, la aclamación resonó entre las ancianas paredes del Louvre como un chupinazo de sanfermines en un templo budista. Los adustos bedeles de la pinacoteca se apresuraron a reconvenir al hombre de barba y porte quijotesco que trataba de domeñar a los chiquillos de un instituto español que lo rodeaban en busca de un autógrafo. Entre 1998 y 2002, Miguel Rellán (Tetuán, Marruecos, 1942) alcanzó una enorme popularidad con su papel de Félix, “el Bacterio”, el atrabiliario profesor de Historia del colegio Azcona en la serie Compañeros. Aquella popularidad, por supuesto, no se disipaba en París, destino clásico de cualquier viaje de fin de curso que se precie. Para él, no es más que una anécdota: “Una cosa es la fama, lo que tienen los futbolistas, por ejemplo. Otra, los picos de popularidad que tenemos algunos, a veces, por la tele. Y otra, y muy distinta, el prestigio. Eso se gana de otro modo”.
 
– Nació en Marruecos pero estudió en Sevilla. ¿Fue traumático dejar el Protectorado?
– Mi padre era médico y fue a Marruecos en busca de aventura. Para mis padres sí fue un trauma tener que abandonar Tetuán algún tiempo después de que fuera devuelto a Marruecos en 1956. Para mí fue algo paulatino, porque ya estaba estudiando medicina en Sevilla e iba y venía bastante.
 
– ¿Llegó a ejercer?
– No. ¡Tardé nueve años en acabar una carrera que dura siete! La terminé a base de centraminas. En realidad estaba dedicado de lleno al teatro. Lo primero que hice al entrar en la facultad fue preguntar dónde estaba el TEU [Teatro Español Universitario] en lugar de interesarme por la sala de disección. Del TEU  de Medicina pasé al de distrito, y de ahí, casi sin solución de continuidad, a Esperpento, una compañía independiente que montamos un grupo de universitarios, entre los que estaban gente como Alfonso Guerra o Pedro Álvarez-Ossorio.
 
Esperpento es uno de los brillantes capítulos del teatro alternativo español del tardofranquismo; su importancia es análoga a la de grupos como Los Goliardos, Els Joglars o Tábano. Entre 1968 y 1973 fue la almenara que alumbró la escena independiente andaluza antes de escindirse y disolverse en la segunda mitad de los setenta. “En toda España, la universidad irradiaba ideología, cultura, actividad social y política... Hace poco ha muerto Agustín García Calvo, que con Aranguren y Tierno Galván perdió su cátedra por manifestarse con los estudiantes”, nos recuerda Rellán.
 
– ¿De dónde le venía esa vocación tan nítida?
– No lo tengo muy claro, porque entonces no hacíamos teatro por amor a la interpretación, sino para cambiar el mundo. Era teatro combativo y político, teatro de guerrillas. La prueba es que no había una razón clara para asignar los papeles. A nadie se le ocurría pedir el protagonista. Daba igual qué hicieras, si el protagonista o el soldado con lanza, el caso era estar ahí.
 
– ¿Cómo dio el salto a la profesionalidad?
– En Esperpento ya éramos semiprofesionales. Pero mi gran paso fue gracias a Pepe Monleón [crítico legendario de Triunfo y Primer acto; Max de honor de 2011], que me conocía de los montajes de Esperpento. Con él trabajé en Soldados, un montaje de teatro-documento alemán, y allí me vio Gerardo Malla, que me llamó para el montaje de La murga. Y hasta hoy.
 
– ¿Dejó Sevilla con pesar?
– Dejé Sevilla porque mis padres se vinieron para acá y porque mi verdadera meta era hacer cine. Y el cine solo se hacía aquí.
 

 
 
 
Horóscopos con que comer
– Hasta 1974 trabajó en Esperpento. ¿Cómo llegó a su fin aquella aventura?
– Yo lo dejé pero siguió durante un tiempo. Y supongo que se disolvió por consunción y porque todos los proyectos tienen su ciclo de vida.
 
– Muy pronto entró a trabajar en televisión, en 1975 haciendo ‘Niebla’ en la serie ‘Los libros’. ¿Cómo lo consiguió?
– No crea que fue fácil ni que tuve mucha continuidad. A mí me conocían mucho en los círculos independientes, pero cuando se trataba del circuito comercial no me conocía nadie, ni me hacían caso alguno. Me pasé años llamando a puertas y con un puñado de fotos bajo el brazo. Hice café-teatro, doblaje, circo y variedades, entrevistas...
 
– ¿Entrevistas?
– Sí, para Playboy.
 
– ¡Demonios!
– Entrevisté a gente como Félix Rodríguez de la Fuente o Antonio Gala. Yo mismo hacía las fotos. También escribí con diversos seudónimos para Hermano Lobo [revista humorística de principios de los setenta]; columnas de crítica musical y teatral para Doblón, una revista de economía; y, si me guardan el secreto [pausa dramática y sonrisa pícara]...
 
– Seremos como tumbas.
– Durante un tiempo hice horóscopos para una agencia.
 
– Cuente, por Dios.
– Para que te fíes, aunque mis pronósticos siempre eran positivos. Tenía mis fórmulas que iba rotando por los distintos signos y constantemente las renovaba para que no se notara: “Ten cuidado con el hígado”, “Posibilidad de un viaje”, “Vigila ese mal genio”. Luego esta agencia distribuía mis predicciones por muchos diarios nacionales. De modo que también he sido astrólogo [ya con mucha chufla], aunque yo lo que quería era un papel, pero a eso todos me decían que no, cosa que, por otro lado, es lógica y normal. Que te digan que no.
 
– Hoy parece distinto.
– Hoy la gente tiene más información y más desparpajo. Yo entonces no sabía ni dónde estaban las productoras; hoy cualquiera se acerca a una productora y pide un papel. Sin embargo, a diferencia de aquella época, hoy hay millones buscando un papel [enfatiza al pronunciar el numeral]. Entre ellos hay actores de verdad, otros que lo intentan por si suena la flauta (que a veces suena), otros que solo son altos y guapos, y finalmente otros que solo buscan fama.
 
– ¿Qué supuso su papel en ‘El crack’ (J. L. Garci, 1981) para Miguel Ángel Rellán?
– “Miguel Ángel” solo me lo llama una tía mía, Hacienda y usted...
 
– De acuerdo, Miguel.
– Gracias, amigo, todo el mundo me llama Miguel; y usted puede llamarme “Salvaora”, si quiere. En fin, a lo que íbamos. Esta película fue un antes y un después para mí. Yo había hecho un papelito para Garci en Solos en la madrugada, y como es habitual en mí con cada cosa que hago, me maté preparándolo. Me da igual si son dos frases, para mí es como si fuera Otelo. Parezco muy tranquilo y despreocupado, pero me preparo mucho todo lo que hago. El caso es que me contaron que Garci, al verme en la moviola, dijo “¡Echa para atrás!... ¿Quién es ese? Lo hace bien, el tío”. Total, que después de ver aquello y de verme en teatro, con esa chulería tan suya, me dijo: “Léete este guion, vas a hacer el coprotagonista”.
 
– Y a partir de ahí...
– El día del estreno alguien se me acercó y me preguntó si tenía representante; yo puse cara de incredulidad, pero desde ese día empecé a trabajar con regularidad. Tengo muy clara la cadena de generosidad por la que estoy aquí.
 
– ¿Esa que empezaba con Monleón?
– Efectivamente, Pepe Monleón me llevó a Gerardo Malla para tocar la guitarra en La Murga. Allí me vio Méndez Leite, crítico de teatro en Fotogramas, que me llamó para Niebla en televisión. Luego vinieron José María González Sinde y José Luis Garci. Esa una cadena que no puedo ni debo olvidar, porque estos se la jugaron conmigo.
 
 

 
 
 
De Goya a Veronese
– Borau falleció recientemente. Con él ganó un Goya por su papel de hermano recalcitrante de la Maura en ‘Tata mía’ (1986). ¿Qué recuerda del trabajo con el zaragozano?
– Borau era un sabio. Nos cogimos mucho cariño. Por otro lado, yo estaba muy bien arropado, por Carmen [Maura] y Alfredo [Landa], que fueron los que me recomendaron. Él acababa de regresar de Estados Unidos y andaba un poco perdido. Cuando me vio con el pelo por aquí [se toca el hombro], se debió de preguntar cómo iba yo a hacer el papel de pijo con esmoquin. De nuevo volvemos a la generosidad de los amigos.
 
– Algo contará su trabajo.
– Quiero creer que sí, pero en este oficio hay que tener un porcentaje de suerte; si no, no habría tantos buenos actores en el paro ni malos actores que no paran de trabajar. Pero nadie ha dicho que este mundo sea justo. Como decía Marsillach: “Si el arte y el público no fueran idiotas, Mozart no se hubiera muerto de hambre”.
 
– Tiene razón.
– ¡Naturalmente! [guasón, con la voz de Fernán-Gómez]
 
– ‘El bosque animado’, ‘Amanece que no es poco’, ‘La Regenta’, ‘Ay, Carmela’, ‘El perro del hortelano’... Todos estos títulos le hicieron conocido. Pero ‘Compañeros’ (Antena 3, 1998-2002) lo convirtió en un rostro muy popular. ¿Cómo se lleva con la fama?
– Vayamos por partes, que diría Jack el Destripador, lo de nuestra popularidad en la tele va por picos. Yo había tenido varios antes en Una hija más, con Mercedes Sampietro; en Buscavidas, con Luis Brandoni; y sobre todo en Menudo es mi padre, con El Fary. Ahora soy el becario de Fenómenos. La popularidad va y viene, y lidiar con ella va en el sueldo.  A veces, como tengo pinta de serio, utilizo mi cara de palo para evitarla cuando me conviene.
 
– 24 montajes teatrales, 78 películas, 29 cortometrajes y unos 300 programas televisivos. Si esto no es hiperactividad, que venga Dios y lo vea.
– Externamente no soy inquieto, sino más bien pausado y tranquilo, pero valoro mucho mi tiempo. Duermo muy poco, y cuando no estoy trabajando, aprendo idiomas o toco el piano.
 
– Sin embargo pasó 20 años (1985-2005) sin hacer apenas teatro. ¿Por qué?
– Porque tenía mucho trabajo en televisión y especialmente en cine. En estos medios puede que haya cosas que no te acaban de convencer, pero las haces. Como decía Antonio Gala: “Puta, pero caríssssima”. Yo he hecho todo el cine español del mundo, y no he hecho más porque no he podido. No sé, son modas, qué sé yo. Ahora bien, en teatro, no puedes hacer algo en lo que no crees. El teatro pide una exclusividad que te impide rodar exteriores y demás. 
 
– Usted es actor con web propia. ¿Desde cuándo es así y qué repercusión tuvo el cambio en su carrera?
– Tengo web porque un amigo me lo sugirió. Le soy franco, no conozco bien qué repercusión ha podido tener en términos de trabajo. De todos modos, pienso que vivimos en un mundo informativamente hipertrófico. Supongo que es mejor tener web que no tenerla, pero es tal la avalancha de información que no sé si sirve de algo.
 
– Es actor de papeles secundarios o de compartir foco en piezas corales. ¿Alergia al protagonismo?
– No tengo ninguna alergia. Para bien o para mal, me han ofrecido pocos protagonistas. Yo, como decía no sé quién, tengo el ego metido en lejía. Soy optimista por decreto, y a estas alturas pienso en la gran suerte que he tenido, trabajando sin parar en buenos y malos proyectos, con reconocimiento y cariño de los compañeros, premios Goya, etc., y habiendo hecho solo dos o tres protagonistas.
 
– ¿Es disciplinado y obediente con los directores o defiende sus propias ideas?
– Uno de los principales problemas que tenemos los actores es la relación con el director. Cada uno es de su padre y de su madre, con un sentido del humor propio, con un criterio ético y estético diferente, etc. Creo que esto consiste en ponerse de acuerdo. Si yo tengo una convicción firme, peleo por ella hasta donde creo que puedo pelear, no más allá. Yo toco el violín, y si el director quiere que toque allegro, yo toco así, él manda. El día que yo dirija, lo haré a mi modo, molto vivace. Por otro lado, cuando el director es un cenutrio, yo soy absolutamente disciplinado: me pongo en mi marca, lo hago como él quiere, cobro y me marcho a casa.
 
– En teatro lo han dirigido, entre otros, Gerardo Malla, Enrique Diosdado, José Luis Gómez, Andrés Lima y Miguel Narros. Tome lo mejor de cada uno y háganos un retrato robot del director  ideal.
– Muchos comparten cualidades, como la elegancia de Gerardo Malla, por ejemplo. De Diosdado recuerdo poco, porque fue una sustitución. Por resumir, cada día tengo más dudas y menos certezas; cada día veo más misterios inexplicables en este oficio. Todos estos directores son hombres de teatro, conocedores de los entresijos del actor; han sido cocineros antes que frailes, y eso facilita mucho las cosas. Es como el director de cine que sabe de fotografía: para su operador es una gran ventaja.
 
– ¿Y Veronese, en ‘Todos están durmiendo’?
– Ha sido una experiencia reveladora. Es un gran conocedor del arte escénico y del alma humana. El proceso de trabajo ha sido a la vez muy sencillo y muy curioso. Hemos trabajado con mucha libertad. El personaje no existe, existes tú, y tú debes escuchar a tu compañero y contestarle. Nos dice [pone acento porteño]: “No trabajen para el público; trabajen para el compañero. Si lo hacen, esto sale”. Y tiene razón. Funciona. Por un motivo: porque es verdad. Trabajamos apenas sin iluminación, sin vestuario, sin decorado... La gente se siente metida en el seno de una familia y en todo lo que ocurre entre ellos. [De nuevo con acento argentino] “No me respeten los pies. No sean antiguos. No se preocupen, que si se ensucia yo lo limpio. Interrúmpanse. La vida es un monólogo, lo que pasa es que siempre hay un imbécil que nos interrumpe”. Me encanta que a estas alturas del partido no quepa ni la menor tentación de pensar que ya lo has visto todo.
 
– Es decir, que la dirección es casi invisible.
– “Si vos sabés tocar el violín, yo no te voy a poner los deditos”. Tuve la ocasión de conocer a Robert Duvall y también decía que qué demonios era eso de la dirección de actores. El actor conoce su oficio; el director no debería andar poniéndole los dedos en el mástil del violín para que interprete. El director debe saber adónde quiere llegar con el personaje, del camino para llegar hasta ahí ya se encarga el actor, salvo cuestiones técnicas o de matiz.
 
– ¿Alguna vez se le ha pasado por la cabeza abandonar un proyecto al ver a un director sin rumbo?
– Jamás. Una dirección es una opinión. Si aceptas un contrato, tu obligación es llevarlo a término. Si no estás de acuerdo, no aceptes.
 

 
 
 
Y al final... de becario
– Cuando se estrenó la comedia de Antena 3 ‘Fenómenos’, ¿pudo sondear reacciones?
– No sé, pero de momento seguimos rodando.
 
– Cuando le dijeron que su papel era el del becario Eugenio, ¿qué cara se le quedó?
– Yo estoy curado de espanto, querido. Tenga en cuenta que fui hermano del Fary en una serie. He tenido a mi favor que puedo hacer de pianista gay o de cura asesino en serie. ¿Tendré cara de nada? Supongo que viene del teatro, donde uno se adapta a lo que le toque.
 
Ya es noche cerrada y desapacible en Madrid. Rellán, en ebullición por dentro y en reposo por fuera, nos despide a las puertas del viejo degolladero, hoy reconvertido en espacio teatral.  
 

 
 
El vademécum de Rellán
 
  • La obra que le convenció para dedicarse a esto: El abanico, de Goldoni, que vi con mis padres en Madrid con diez u once años.
  • La película que vuelve y vuelve a ver: tengo un cariño de infancia a Scaramouche y Raíces profundas. 
  • Los músicos que oye más a menudo: Beethoven y Dylan.
  • Ese lugar al que aún no ha viajado: Praga.
  • Lo peor de ser actor: la inseguridad económica, trabajar con 40 de fiebre, las esperas interminables en el plató... Como decía Pepe Isbert, en el cine no te pagan, te indemnizan.
 
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