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30-09-2016 Versión imprimir
(Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha. Madrid, julio de 2014)
(Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha. Madrid, julio de 2014)
 

Amparo Valle, una vida de pasión y compromiso
 



Sus padres anhelaban que se dedicara a la ópera, pero el teatro universitario y Núria Espert se cruzaron en el camino. Luchadora desde la cuna, a sus 79 años seguía sintiéndose “una jubilada activa”



NURIA DUFOUR
La tarde del 29 de septiembre nos sobrecogía la noticia de la muerte de Amparo Valle, actriz vocacional para quien, según declaraba en las páginas de la revista ACTÚA en el verano de 2014, el teatro debería ser “despertador de conciencias”, tal como lo definía Lorca. “¡Para qué estamos si no!”, afirmaba categórica en aquella entrevista.
 
   Había nacido en Valencia un 15 de julio de 1937, tres días antes de que la contienda civil española cumpliera su primer aniversario, y la misma jornada en la que el crucero franquista Canarias bombardeara la ciudad del Turia. “Con la que está cayendo, esta niña me va a salir guerrera”, contaba, con sonrisa orgullosa, que exclamó su madre durante el parto.
 
 

 
 
 
   Sin tradición artística en la familia –su padre era comerciante–, el arte le tocó desde siempre gracias a la afición de sus progenitores por la ópera. Sus padres intentaron sin éxito hacerle aprender piano, pero sería el teatro la disciplina artística que más le sedujera y a la que se acercaría en sus años de estudiante. Sobre las tablas comenzó su andadura profesional. Fue en el Teatro Español Universitario, mientras estudiaba Filosofía y Letras y Filología Británica en su Valencia natal. Era finales de los 50 y la primera obra en la que probaría el arte de la interpretación fue El delito en la isla de las cabras, del dramaturgo italiano Ugo Betti.
 
   Trabajaría en varios montajes más del TEU, incluido uno, Pelo de zanahoria (Jules Renard) donde compartió escenario con Raimon, exponente del movimiento artístico y musical catalán Nova cançó. Por aquellos años, el destino cruzó su camino con el de la compañía de Núria Espert, a la que se sumaría, y en la que conocería a su pareja durante años y padre de sus hijos, el actor y director de escena Gerardo Malla. Con él trabajó en varios montajes; el más reciente, Los gavilanes, del maestro Jacinto Guerrero, en el Teatro de la Zarzuela (junio de 2002).
 
 

 
 
 
   Recién llegada a Valencia, Núria Espert estaba buscando una actriz de la edad de Amparo Valle para cubrir una vacante. La joven Amparo, que por aquel entonces compaginaba varios trabajos –locutora en Radio Manises y profesora de inglés– se presentó a las pruebas y logró el personaje. Las críticas celebraron su trabajo.
 
   Aquel encuentro supondría un punto y aparte en la vida y trayectoria de Valle. “No es que mi vida cambiara, es que dio un vuelco: de ser una estudiante de Valencia a llevar una vida de farándula”, recordaba la actriz en ACTÚA a preguntas de Beatriz Portinari. La asamblea de mujeres, Antígona entre muros, De San Pascual a San Gil, La murga (Premio Margarita Xirgu a la mejor actriz en 1976), Yerma o Marat Sade son algunos de los títulos más destacados de su carrera teatral.
 
   El cine se coló en su camino casi a la vez que el teatro. Junto a Núria Espert y Paco Rabal debutaría en la gran pantalla con María Rosa (Armando Moreno, 1965), y luego seguirían El certificado y Laia. En las dos, dirigidas por el valenciano Vicente Lluch, volvió a compartir créditos con la actriz catalana.
 
 

 
 
 
   Por aquel entonces, una televisión en ciernes también había llamado a su puerta en forma de adaptaciones teatrales. Colaboró en los espacios Gran Teatro, Teatro de siempre, Hora Once, Páginas sueltas y Estudio 1, donde participaría en varios montajes; entre ellos, Historia de una escalera (Buero Vallejo) y El día que me quieras, del venezolano José Ignacio Cabrujas.
 
   A finales de los 70, el cine le brindó algunos de los títulos más emblemáticos de aquella década. Pim, pam, pum… fuego, de Pedro Olea, El segundo poder, de José María Forqué o Las truchas, de José Luis García Sánchez, largometraje que obtuvo en 1979 el Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín. A mediados de los 80, participó en Extramuros (Miguel Picazo), Espérame en el cielo (la comedia de Antonio Mercero sobre el doble de Franco), El vuelo de la paloma (José Luis García Sánchez) o Bajarse al moro, de Fernando Colomo.
 
   En 1994, fue la madre de Penélope Cruz en Todo es mentira, debut en la dirección de Álvaro Fernández Armero, y largometraje en el que trabajó con su hijo, el músico y actor Coque Malla. Para él colaboraría en 2014 en el disco Mujeres y con él se subiría al escenario del madrileño Circo Price en el verano de ese año. Ella fue la artífice en la desgarradora interpretación de los versos de la canción La carta.
 
 

 
 
 
   Sumemos varios trabajos en producciones televisivas –Farmacia de guardia, Hermanas, Brigada Central, La mujer de tu vida, Petra Delicado, Periodistas, Siete vidas…– antes del regreso al cine en 1999 de la mano de Iciar Bollaín con Flores de otro mundo. Por este trabajo fue distinguida como mejor actriz, junto al resto del elenco femenino, en el Festival Internacional de Cine de Burdeos.
 
   Entrado el nuevo siglo, se erige en uno de los rostros habituales de la pequeña pantalla (Hospital Central, Un paso adelante, Amar en tiempos revueltos, Física o química…). Participa también en los largometrajes Noviembre, de Achero Mañas; en la producción internacional Imagining Argentina, junto a Antonio Banderas y Emma Thompson; en la comedia Días de cine, de David Serrano, o en el drama de Félix Viscarret Bajo las estrellas. En 2000 se atrevió con la dirección escénica poniéndose al frente de El obedecedor, texto teatral de Juan Cavestany. La obra, una fábula sobre una persona que solo sabe emocionarse obedeciendo, estaba interpretada por 15 actores y actrices y fue una de las primeras propuestas teatrales del grupo Animalario. Estrenada en el Teatro Alfil de Madrid, Amparo Valle decía en las páginas de El País que su lectura aportó una nueva visión al texto: “Esta obra la escribió un hombre y la leyó una mujer, hay cosas que estaban y que quizá ni él sabía”. 
 
 

 
 
 
   En 2011 se unió al reparto de La que se avecina (Telecinco) interpretando a Justi, la chismosa madre de Amador (Pablo Chiapella), la madre que viene del pueblo a poner orden en la vida de su descarriado hijo. Este trabajo se convirtió, junto a un capítulo de Cuéntame cómo pasó y la producción seriada de Antena 3 Sin identidad, en sus últimas apariciones televisivas. “Si me ofrecen algo tan absolutamente maravilloso de acuerdo con mi ideología, manera de pensar y sentir”, recoge la página web de la agencia que la representaba, “es lo único que me haría cambiar mi decisión de no trabajar”, una declaración de intenciones para una actriz que no ha dejado de subirse a un escenario o ponerse frente a las cámaras durante las últimas seis décadas.
 
   También ha tenido tiempo para los jóvenes, futuros cineastas que comenzaban a caminar en esto del audiovisual, colaborando a lo largo de toda su trayectoria en una veintena de cortometrajes. Le gustaba ayudar y disfrutaba haciéndolo. Así, participó en el segundo trabajo de Josefina Molina (Aquel humo gris, en 1967), en el debut de Diego Galán (Apunte sobre Ana), en el de Juan Antonio Bayona (Diminutos del calvario, 2001) o en Ramona, de Juan Cavestany (2011), junto a Luis Bermejo. Con él repitió este mismo año en El camerino, cortometraje de la realizadora valenciana Ana Ramón Rubio.
 
   El camerino era un homenaje al teatro protagonizado por un director teatral que quiere poner en pie una obra que termine con la crisis existencial que atraviesa. Amparo Valle interpretaba a una regidora a punto de retirarse. Algo que no iba con ella: se definía como una “jubilada activa”. Desde ahora y para siempre echaremos de menos su personal presencia en escena.
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