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13-05-2013

 
Constantino Romero,
una voz inconfundible
 

Fallece en Barcelona a los 65 años uno de los actores de doblaje más admirados, además de presentador televisivo y actor teatral
 

 
CELIA TEIJIDO
Los aficionados al cine y la televisión en España nos quedamos el domingo 12 de mayo sin Constantino Romero, uno de los actores de doblaje más queridos, respetados y emblemáticos con que han contado nuestras pantallas, además de actor teatral y presentador de concursos culturales tan inolvidables como El tiempo es oro. El albaceteño Romero, que era socio número 7.679 de AISGE (pertenecía a la entidad desde junio de 2009), tenía 65 años y justo cinco meses antes de su fallecimiento había entonado el adiós a casi medio siglo de profesión con un mensaje a través de Twitter.
 
   “Gracias por el afecto. Han sido 47 años de trabajo. Y toda una vida. Radio, televisión, teatro, doblaje. Ha valido la pena. Un abrazo. That’s all folks!”, había escrito el de Chinchilla el 12 de diciembre pasado en la red social de mensajes breves. Era la despedida ante su público de un trabajador incansable y talentoso, pero quienes le conocían supieron leer entre líneas: Romero estaba aquejado de una enfermedad neurológica y desde un tiempo atrás ya había reducido sensiblemente la intensidad de sus ocupaciones profesionales.
 
   El último de sus cometidos frente al micrófono fue, significativamente, poner voz a Clint Eastwood en Golpe de efecto. La simbiosis entre actor y doblador se remontaba a 1971, a lo largo de decenas y decenas de películas, hasta el extremo de que Álex de la Iglesia utilizó de espaldas a un doble de Eastwood con la voz de Constantino para una escena de 800 balas. Pero no fue el único intérprete relevante al que Romero hizo hablar en castellano: también se encargó de otros doblajes míticos, desde El Rey León al Darth Vader de La guerra de las galaxias, así como Sean Connery, el James Bond de Roger Moore, Donald Sutherland, Michael Caine, Orson Welles y un larguísimo etcétera. Cuando Rutger Hauer conoció la versión doblada de Blade runner, en la que Constantino Romero decía por él aquello de “Todos esos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia”, no pudo por menos que exclamar: “Ojalá tuviera la voz de quien me ha doblado. ¡Es mejor que la mía!”.

 

   Romero hizo de su voz un elemento identificativo como pocos actores de doblaje han logrado, pero su rostro afable –gafas, bigote, sonrisa innegociable– resultaba también extraordinariamente familiar entre cualquier familia española. Suya fue durante cinco años, entre 1987 y 1992, la máxima responsabilidad del concurso El tiempo es oro, donde cada día saludaba a la azafata, Yasmine, con un epíteto distinto (“¡la inmarcesible Yasmine!”). Era un hombre culto que transmitía serenidad y sabiduría ante la cámara, por lo que siguió triunfando como presentador en La vida es juego, Valor y coraje, Alta tensión o La parodia nacional. Pero sus más allegados siempre lamentaban que las obligaciones televisivas no le hubiesen dejado más tiempo para el teatro, donde también demostró un enorme talento.
 
   El director Mario Gas fue quien más y mejor supo aprovechar sus dotes escénicas, tras hacerle debutar en 1984 con La ópera de tres peniques. Luego seguirían otros títulos muy relevantes en la cartelera, desde Ascenso y caída de la ciudad de Mahaggony a Sweeny Todd, Orestiada o A Electra le sienta bien el luto. Gas también llamó a Constantino para que participase en su más reciente y muy alabado montaje, Follies, pero al de Albacete ya no le acompañaba la salud. Tuvo que despedirse de las tablas unos años antes, con Beaumarchais, a las órdenes de Josep María Flotats.
 
   En la gran pantalla también se dejó ver (y no solo oír), pero mucho menos. Le recordarán en la piel del detective Pepe Carvalho para Olímpicament mort, y también figuraba en el reparto de La veritat oculta, Héroes o Lola, del recientemente desaparecido Bigas Luna. Curiosamente, Romero había sido hace muy pocas semanas objeto de un sutil homenaje a cargo del grupo de pop-folk catalán Manel, que ha ocupado el número 1 de ventas de discos en toda España con su tercer disco, Atletes, baixin de l’escenari (Atletas, bajen del escenario). Esta frase la pronunció Romero durante la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona, ante la euforia con que los participantes en aquella cita bailaban sobre el escenario al son de la rumba catalana.
 

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