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30-01-2017 Versión imprimir

 

Fallece Montserrat Julió, una de las grandes voces catalanas del exilio



La actriz y escritora había publicado con AISGE sus memorias, 'Mi buena estrella'
 
 
 
MARTÍN RODRIGO
Fotografías: Enrique Cidoncha
Este 2017 será recordado por su empeño en arrebatarnos la genialidad de polifacéticas artistas catalanas. El pasado 7 de enero despedíamos a Angelina Gatell, a quien se sumó este jueves 26 la actriz y escritora de Mataró Montserrat Julió, de 87 años. Ambas compartían no solo su dedicación a las mismas disciplinas, la interpretación y la escritura, sino también la experiencia de plasmar sus andanzas desde los desoladores tiempos de la contienda en sendas autobiografías para el Taller de la Memoria de la Fundación AISGE. 
 
   Soltera y sin hijos, Julió residía desde hace tiempo en la Avenida de Valladolid de Madrid, donde compartía vivienda con la también artista barcelonesa Carla Cristi. Los médicos le habían detectado a Montserrat un tumor el pasado mes de diciembre, a raíz de que ella sufriese problemas de movilidad en una pierna.    
 
En marzo de 2012 Julió había presentado su libro Mi buena estrella en la sede de la Fundación AISGE en Madrid, ciudad donde recaló después de recorrer medio mundo desde su nacimiento, el 20 de mayo, en aquel Mataró de 1929. Por las calles de su pueblo natal correteó apenas 10 años, los que transcurrieron hasta el final de la Guerra Civil, cuando el porvenir de su aburguesada familia quedó truncado a causa del exilio. Tanto le marcó la huida desesperada a Francia que en torno a ella centró el resumen de sus páginas vitales ante los numerosos asistentes al acto. "Tiramos el coche por un barranco. No llevábamos maletas y cruzamos los Pirineos nevados con ropa de domingo. Las mujeres fuimos a refugios, pero los hombres acabaron en un campo de concentración", recordaba.

   Entre ellos, su padre. Antes de la debacle final tuvo que enfrentarse a pruebas demasiado duras para una niña, desafíos que ahora no pasan de anécdotas entrañables al conocer el periplo posterior: "Mi madre me envió a buscar comida. Yo, que era flaquita, cargué con 12 kilos de patatas. ¡Nunca he olvidado cuánto pesaban".
 
   El bálsamo para semejante herida lo encontró lejos. Y se lo brindó el mismísimo Pablo Neruda, cónsul de Chile en Francia por entonces, quien fletó el buque Winnipeg para la evacuación de unos 2.000 refugiados hacia Chile. Con esa travesía marítima de un mes Julió animó precisamente a la recién fallecida Angelina Gatell a dar forma a sus memorias en 2013. "Vi por los ojos de Montserrat los paisajes del exilio catalán que viví en enero de 1939. Eran miles de personas tirando de carros con sus escasas pertenencias. Los vencedores ya habían vencido, solo querían matar. Y mataron", anotaba Gatell.
Julió, junto a sus compañeros del Taller de la Memoria, en 2013. De izquierda a derecha: Paco Cecilio, Carmen de la Maza, Claudia Gravi y Antonio Medina
Julió, junto a sus compañeros del Taller de la Memoria, en 2013. De izquierda a derecha: Paco Cecilio, Carmen de la Maza, Claudia Gravi y Antonio Medina
 
   Julió no esperó a que cayera la dictadura de Franco para retornar, puesto que en 1956 ya se encontraba en Cataluña ofreciendo obras teatrales. Y más adelante adoptaría en el panorama escénico la faceta de directora con unos pocos montajes. De entre los 50 largometrajes de su filmografía, uno de los primeros fue La tía Tula, a las órdenes del debutante Miguel Picazo. Con el jiennense entabló una amistad duradera, hasta el punto de reclutarle para Mi buena estrella como firmante de un prólogo convertido en burla de la España ignorante de aquella época. "A Montse le aconsejaban a su vuelta que no citase el método Stanislavsky porque era ruso", admitía el cineasta.
 
   Su variada trayectoria en el celuloide prosiguió durante los sesenta con Zampo y yo, la película en que se estrenó una jovencísima Ana Belén descubierta por Luis Lucia, célebre tras dirigir a las niñas prodigio Marisol y Rocío Dúrcal. Más prolífica resultó la década siguiente, cuando La novia ensangrentada la acercó al característico universo de un Vicente Aranda todavía en sus comienzos. De ahí pasó al fantaterror ideado por Paul Naschy (El espanto surge de la tumba, La rebelión de las muertas), pero cambió de rumbo con una larga sucesión de papeles en títulos propios del destape (Vida conyugal sana, Sex o no sex, Tocata y fuga de Lolita, Los nuevos españoles). A lo largo de esa etapa actuó en varias ocasiones para Roberto Bodega y junto a José Sacristán o Alfredo Landa. Para la historia quedaron por su calidad El puente o Las truchas (ganadora del Oso de Oro en Berlín en 1979). Desaparecida de las salas desde 1987, no la abandonó sin anotarse antes una curiosidad: la de aparecer en la producción extranjera Los supercamorristas, rodada en Barcelona con Jackie Chan al frente del elenco.
 
   De su estela televisiva fueron testigos los programas de teatro grabado, desde Primera fila a Estudio 1, aunque las cadenas privadas también le hicieron hueco en series de sobra conocidas de los años noventa: Farmacia de guardia, Hermanos de leche... Gracias a la pequeña pantalla se embarcó además en labores tras la cámara, como guionista y directora en proyectos puntuales, más su adaptación del libro Nunca como antes para representarlo en el espacio Novela. Su pasión por la literatura alumbró en 1975 Memòries d'un futur bàrbar y en 2003 volvió la vista hacia su pasado con Vida endins. Crònica d'un exil a Xile.
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