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27-07-2018

Nada importante


Por PABLO REMÓN

 

Tienes 13 años y todo te avergüenza. La manera en que el bigote –por ejemplo– te asoma debajo de la nariz.

¿Tengo bigote?

En realidad no es un bigote. No se puede llamar “bigote”. 

¿No asoma debajo de la nariz? 

No asoma, se insinúa. Son cuatro pelos. Es un bigote futuro, un bigote condicional, subjuntivo. 

"Ojalá" fuera un bigote.

Ojalá. Ojalá fuera un mostacho, una barba frondosa, como la de los pescadores de las parábolas de la Biblia. Pero no lo es, son cuatro pelos que te avergüenzan.

Todo me avergüenza. 

Te avergüenza, sobre todo, estar aquí. 

¿Dónde estoy? 

En la sala de profesores. La llaman así: "sala de profesores". Solo has estado aquí antes una vez, hace años; te dieron una clase particular, solo una. Una de las psicólogas del colegio, a la que solo conocías de vista. Te sacaron de la clase, como hoy, y te llevaron con ella. Al principio creíste que era por algo que habías hecho mal. Pero no fue por eso.

¿Por qué fue?

Porque tienes dificultades de pronunciación. Pronuncias la zeta como si fuera una ese. La psicóloga te hacía repetir: zapato, zancadilla, azuzar, zarzal. Desde entonces sabes más palabras con zeta que nadie.

¿La psicóloga me daba clases de pronunciación? 

El tuyo es un colegio público de extrarradio y no hay dinero para logopedas. Una psicóloga es todo el lujo que el colegio (que paradójicamente tiene el nombre de un olvidado lingüista del siglo XVIII del que nadie del personal del colegio –y cuando digo "nadie", es nadie– ha leído una sola frase) puede permitirse. Pero sabes que hoy no estás aquí por tu pronunciación.

¿Por qué estoy aquí? 

Mira: no estás solo. Hay otro alumno contigo: un chico un año mayor.

¿Lo conozco? 

No.

¿Qué hace aquí?

Mira: hay alguien más. El profesor que te ha sacado de clase en plena lección y te ha traído aquí.

¿Qué enseña el profesor? 

¿Qué importa eso? 

Necesitamos detalles, necesitamos verosimilitud.

Ciencias Naturales.

No, mejor: Lengua y Literatura.

EnseñaLengua y Literatura y te dice: "Este es Lucas. Quiero que lo conozcas porque le pasa lo mismo que a ti". "¿Tampoco sabe pronunciar la zeta?", preguntas. "No –te dice–, también se ha muerto su madre". Miras a Lucas, que te devuelve la mirada. Es pelirrojo, más alto y más fuerte que tú. "¿Qué hará cuando no hace de guía de otros alumnos huérfanos?", te preguntas. Quieres caerle bien a Lucas. Te avergüenza estar aquí. Te avergüenza que tu madre haya muerto. El profesor de Lengua y Literatura sigue hablando, pero tú no lo escuchas. Estás pendiente de otra cosa. 

¿Estoy pendiente de Lucas? 

No. Estás pendiente de las orejas del profesor de Lengua y Literatura. De su oreja izquierda. 

¿Por qué? 

Porque este profesor de Lengua y Literatura, al que le queda poco para jubilarse, que una vez amó la Lengua y también la Literatura más que a nada en el mundo, que una noche lloró avergonzado (sí, también él avergonzado) en el cubículo de un bar de copas de un pueblo costero después de leer uno de los cuartetos (el número 97) del poeta persa Omar Jayam, ha ido desgastándose interiormente, perdiendo la ilusión y el amor, primero por la Lengua y después por la Literatura, debido a la incomprensión del alumnado y a lo que, en conversaciones alcohólicas a altas horas de la noche, después de una cena de solteros, ha bautizado como "el impermeable corazón adolescente". Y ese desgaste interno se ha convertido en externo, traduciéndose en un descuido general de su aseo personal, que tú notas de manera patente en su oreja izquierda, donde le asoma un grupúsculo de pelos desordenados que te hacen pensar (mientras él sigue hablando sobre lo importante que es ahora apoyarse en tus compañeros) en la pelusa de los mejillones. Y entonces, como si pudiera leerte el pensamiento, Lucas se ríe. Y tú te ríes con él. Y en un momento estáis los dos a carcajada limpia, lo que provoca que el profesor de Lengua y Literatura a) primero se entristezca por la insensibilidad de los alumnos, que tanto le afecta, y más en un momento así, b) se enfurezca casi de inmediato, echándolos a los dos de la sala de profesores, soltando frases hechas y lugares comunes para los que un profesor de Lengua y Literatura debería tener una especial sensibilidad, frases como que no entiende para qué se molesta o "parece que me importa más a mí que a vosotros", provocando con cada frase un contagio mayor de la risa y, por tanto, más tristeza y enfado por su parte y más risas por la vuestra. Fuera, en el patio, todavía seguís un rato riéndoos, aunque aún no habéis dicho una palabra.

¿Y luego qué pasa? 

Luego escucháis la voz de unos niños más pequeños. Os piden que les devolváis un balón de fútbol que se ha colado desde su patio al vuestro, atravesando una verja. Lucas va hacia el balón, pero antes de golpearlo se queda quieto. La risa de antes se le ha quedado congelada, y ahora más que una risa parece una mueca. "¿Qué pasa?", le preguntas mientras te acercas a él. "Lo más extraño –te dice– es pensar que no la vas a volver a ver nunca". En ese momento te das cuenta de que es verdad, que nunca más vas a ver a tu madre, y el pensamiento te golpea físicamente.

¿Y qué hago? 

¿Qué vas a hacer? Los niños os siguen gritando: "¡Señor, señor!", gritan (a pesar que os faltan varios años para ser señores, y ellos los saben). "¡La pelota!". Así que golpeas la pelota, tan alto y con tanta fuerza que cruza el patio por encima de las miradas incrédulas de los niños, salta la verja, atraviesa la calle colapsada de coches, pasa rozando la ventana de un edificio donde una pareja hace el amor y sigue subiendo como una flecha o un cohete o un misil Titan I o cualquier otra cosa afilada y que dé la idea de subir, subir y subir sin pausa, atravesando un colchón de nubes, el ala de un avión, la atmósfera al completo (con sus cuatro partes: troposfera, estratosfera, mesosfera y exosfera) y dirigiéndose hacia el Sol.

¿Hacia el Sol? 

Sí, hacia el Sol. Para destruirlo. 

¿Para destruir el Sol? 

Sí, para explosionarlo. 

¿Un balón de fútbol? 

Un balón de fútbol Adidas Tango cosido a mano, certificado por la FIFA, testado en circunferencia, peso, rebote y absorción de agua, enviado para destruir el Sol (alimentado por la rabia preadolescente de tu madre muerta, si hace falta decirlo, por una complicación coronaria que años después se relacionará con el contacto frecuente con el amianto), que luce en ese momento indiferente a todo.

¿Y luego qué pasa? 

¿Qué va a pasar? Que el sol lo quema, porque el Sol se consume en su superficie a 5.778 grados Kelvin, de manera que no hay balón Adidas que lo destruya. El calor lo carboniza, convirtiendo el cuero en decenas de miles de partículas ennegrecidas y diminutas, cenizas que se quedarán en el espacio, flotando para siempre como las partes muertas de un cometa.

¿Y luego qué pasa? 

Luego, nada importante.

 

Sobre el autor

 Pablo Remón (Madrid, 1977) es guionista, dramaturgo y director de cine y teatro. Formado en la ECAM y la New York University, ha coescrito junto a su hermano Daniel los filmes dirigidos por Max Lemcke: Mundo fantásticoCasual Day (Medalla del CEC al mejor guion) y Cinco metros cuadrados (Biznaga de Plata al mejor guion). Este año ha recogido los frutos de su exitosa alianza con Lino Escalera en la escritura de la película No sé decir adiós y el corto Australia, nominado al Goya, un galardón al que ya había optado en solitario como director y guionista de la pieza Todo un futuro juntos. Su último texto para cine se titula Intemperie y lo llevará a la gran pantalla Benito Zambrano. En 2013 saltó al panorama escénico con la fundación de la compañía La_Abducción, encargada de montar todas sus obras hasta el momento: La abducción de Luis GuzmánMuladar40 años de paz,  Barbados, etcétera El tratamiento.

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