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Nancy Yao


“Todos mis personajes tienen mucho
amor que dar”


De orígenes taiwaneses, nacida en Valencia allá por 1985, llegada a Madrid con apenas 20 añitos para cumplir su sueño artístico y últimamente capaz de actuar en gallego ante la cámara. Son solo algunos de los hitos que indican lo peculiar de esta actriz.
 
   A finales de 2008 irrumpió como un torbellino en el fenómeno adolescente de Física o química (Antena 3) gracias a su despampanante inmigrante china Xiaomei, empeñada en regularizar su situación mediante una boda de conveniencia aceptada por los padres de su compatriota Jan. Lo peor es que todo ocurría a espaldas de la novia de este, la temperamental Paula (Angy Fernández), que montaba en cólera cuando la treta salía a la luz … hasta el punto de que las dos chicas se enzarzaban en una pelea que solo concluía tras la intervención de un profesor (Joaquín Climent). Como el talentoso dibujante del instituto Zurbarán se negaba al enlace sin estar enamorado, ella intentaba quedarse embarazada para así tener una alternativa a la hora de evitar una posible expulsión. El chaval se decepcionaba al descubrir que ese era el verdadero propósito de sus ratos de sexo, pues hasta entonces había creído que se acostaban por atracción física. Aquellos episodios le permitieron codearse con Blanca Romero, Cecilia Freire, Gonzalo Ramos
 
   Al año siguiente la vimos en la comedia ¡A ver si llego! (Telecinco) entre las consejeras de una constructora al borde de la quiebra. Por eso una mañana les anunciaban el fin de los desayunos y las comidas de empresa, de los periódicos y las tarjetas de crédito. Si en la tensa reunión no fuera suficiente con los gritos del personal, también sonaban los continuos golpes de una secretaria histérica. Ese peculiar consejo de administración incluía también a la amante del presidente o a un gay liado con un compañero pese a estar tener esposa.
 
   Su 2010 empezó con un episodio de La que se avecina (Telecinco) donde encarnó a una turista japonesa que, nada más salir del aeropuerto, se convertía junto a su pareja en víctima de unos falsos taxistas que solo querían estafarlos. Y tras sufrir un brutal accidente denunciaban al conductor, Amador Rivas (Pablo Chiapella), que se había quedado dormido al volante y además estaba circulando sin carné. Luego dio vida a una fotógrafa coreana de nombre Cho, a quien reclamaban desde el disparatado Museo Coconut para exponer su obra, pero huía al comprobar la incompetencia y el desagradable aspecto del director (Raúl Cimas).
 
 
 

 
 
 
 
   De la mano de Águila Roja (TVE) retrocedió en 2011 hasta el siglo XVII. Puso cara a una joven que se había fugado de China junto a un comerciante español después de comprometerse con el mismísimo emperador. Unos hombres la buscaban para asesinarla por semejante traición al imperio, así que su padre y hermano intentaban salvarla a contrarreloj, una misión a la cual no tardaba en sumarse el heroico Gonzalo de Montalvo (David Janer). Localizaba a la mujer en un castillo semiabandonado de la meseta donde, temerosa ante cualquier ataque, le lanzaba una daga cubierta de veneno. Recuperado gracias a la rápida ingesta de un antídoto, recordaba que la había conocido precisamente a ella durante su estancia en aquel palacio oriental, escenario de un fugaz romance entre ambos. Y era la evocación de esos sentimientos lejanos lo que le animaba a poner especial empeño en rescatarla del captor que ya había matado a sus dos parientes.
 
   Aunque había visitado Hospital Central en 2009, cuando su Elena no quiso que sus padres adoptivos supiesen de su ingreso porque no se llevaba bien con ellos, en 2012 se reincorporó al plantel como Lai para grabar el desenlace de una ficción aclamada a lo largo de 20 temporadas. Su progenitor fallecía por complicaciones en el posoperatorio de delicada una intervención que le practicaba el doctor David Gimeno (Pablo Carbonell), profundamente triste por su vinculación emocional con ella, que retomaba su empleo en un restaurante chino sin tener apenas tiempo para el duelo. 
 
   Bajo la dirección de Daniel Calparsoro estrenó a principios de 2013 la miniserie Tormenta (Antena 3), con estudiantes sometidos a un experimento sociológico sobre la intolerancia para subir nota en el instituto. El choque entre la autoridad de unos y la sumisión de otros desencadenaba un brote de violencia al tratarse el tema de la xenofobia. Los graves perjuicios sufridos por los parias les hacían vengarse de la responsable del centro. Durante el otoño de ese año interpretó otro papel de relieve en la primera temporada de Vive cantando (Antena 3). Seguro que muchos espectadores de esa serie con pinceladas musicales la identifican todavía con Lola, una vendedora ambulante de cerveza y baratijas que recorría las calles del barrio de La Gloria y huía continuamente de Tito (Juan Frendsa), el típico policía buenazo pero con ganas de aplicar la ley… excepto con ella. ¿Por qué no la multaba? Porque le fascinaba. Y sin motivo: la aparente incapacidad de la extranjera para hablar una sola palabra de castellano hacía que no pudieran comunicarse.
 
   Su más reciente escala televisiva lleva por título El Faro, la única ficción producida conjuntamente por todos los canales autonómicos de la FORTA. La mayor aportación para la primera temporada fue de TVG, que ahora aborda en solitario una segunda tanda, razón por la cual se grabó en gallego antes del doblaje al castellano. Sus capítulos relatan las discrepancias entre los dueños del restaurante de un polígono industrial y los de una constructora ansiosa de atravesar esos terrenos con una carretera. Son los campechanos Peña y los soberbios Muñoz, cuya guerra se complicará con el flechazo entre la benjamina de la familia hostelera y el heredero del imperio empresarial. El mejor amigo de este es Víctor, con quien su sensible Feng mantiene un idilio, aunque también le tiene de cariñoso jefe: a sus órdenes se encarga de las negociaciones con inversores chinos. Y como resulta imposible que las cosas marchen siempre bien, se lleva varapalos tanto en lo sentimental como en lo profesional, ya que ve cómo su chico niega ante los demás el amor hacia ella y un error suyo al traducir un contrato acarrea nefastas consecuencias.
 
 

 
 
 
 
   El discreto inicio de su andadura cinematográfica en 2007 se lo debe a Aniki, un cortometraje de Sergio Vaquero sobre la antiquísima mafia de Japón, formada por un conjunto de clanes bajo la denominación Yakuza. Esa oscura historia giraba en torno a uno de los grupos, el de los Kitamura, el único afincado de momento en España. Participó entonces como torturadora en la guerra entre criminales. Para el mismo director actuó luego en las piezas Texto XII, Duelo patológico, Otousan
 
   En 2009 conoció la ciencia ficción de mano del futurista Similo. La gente recorría a bordo de veloces vehículos un planeta con la Antártida ya sin hielo, habitaba en casas inteligentes, vestía uniformes similares a los de los astronautas… El novio de la protagonista era un robot con apariencia humana que padecía amnesia y no podía recordar nada de cuanto habían vivido juntos. Solo recuperaba la memoria cuando viajaba hasta el paraje donde fue atropellado después de que ella le abandonase por su aburrida obediencia. Y es que, al tratarse de una máquina, no tenía personalidad. Tan traumático episodio les animaba finalmente a retomar la convivencia.
 
   Más divertida resultó su aparición delante de la cámara de Eduardo Chapero-Jackson, autor de una trepidante pieza para promocionar los premios de la revista GQ en 2012. Abofeteaba en el hotel Palace de Madrid al mismísimo Quim Gutiérrez, que había escapado de su lujosa suite tras un rato de pasión, pero regresaba en busca de una pajarita para la esperada ceremonia. Sin éxito. La indignación del desplante la empujaba a perseguirle por los pasillos, donde él ya había caído a los pies de Bárbara Goenaga. Y tan intensos eran sus sentimientos que al rato se los declaraba con un anillo. ¿Qué pasaba al final con la anhelada prenda? El galán recurría a la papiroflexia y se confeccionaba una bastante apañada.
 
   Nacho Vigalondo le sirvió de trampolín al largometraje con el thriller Open Windows, cuyo plantel congregó en 2014 a estrellas internacionales de la talla de Elijah Wood o Sasha Grey, aunque también a populares rostros de nuestro país: Julián Villagrán, Carlos Areces, Michelle Jenner, Jaime Olías, Daniel Pérez Prada… El argumento presentaba a un fan que conseguía una cena con la actriz de moda, pero alguien le telefoneaba para comunicarle que la cita se había suspendido y le ofrecía a cambio la posibilidad de espiar a la artista mediante una webcam, un plan que aceptaba sin dudar. De ese modo terminaba acatando las instrucciones de un psicópata decidido a matar a la mujer y a retransmitir el asesinato en directo.
 
   Al margen de su faceta interpretativa, Yao ha ejercido como modelo de fotografía. Podemos encontrarla caracterizada en el libro In Requiem, un homenaje de la prolífica fotógrafa Rebeca Saray a mitos del género de terror, así como en uno de los calendarios rubricados por Eugenio Recuenco. Sin contar con su querencia hacia los videojuegos, hasta el punto de ser imagen de Mirror’s Edge
 
 
 

 
 
 
 
HÉCTOR MARTÍN RODRIGO
¿Recuerda el momento particular en que decidió ser actriz?
− Siempre he admirado a los actores en las películas, no comprendía cómo separaban su vida personal de la profesional.
 
− ¿Quién fue la primera persona a la que se lo contó?
− A mi pareja. Le hablé de las inquietudes que tenía y me comentó que lo primero era la formación.
 
− ¿Cuál ha sido la mayor oportunidad que ha recibido hasta ahora en su carrera?
− Haber conocido a Alexandra Leight, mi mánager actual, con la que he compartido una serie de vivencias que han forjado mi confianza plena en ella. Desde el principio pude contar con su apoyo, y eso me hizo crecer como actriz.
 
− ¿A cuál de los papeles que ha interpretado le sigue guardando especial afecto? ¿Por qué?
− Le he cogido cariño a mi Feng de la serie El Faro. Es muy riquiña, una buena mujer con ganas de amar y ser amada, pero conserva los prejuicios de su cultura tradicional. La admiro por su carácter luchador y por poner mucho corazón en sus decisiones.
 
Si el teléfono dejase de sonar, y ojalá que no, ¿a qué cree que se dedicaría?
− Continuaría con el otro empleo que tengo: estoy trabajando en una relojería.
 
− ¿Ha pensado alguna vez en tirar la toalla?
− Hay episodios muy duros en los que uno se plantea si debería seguir con la batalla. Yo solo contemplo la opción afirmativa: no hay lugar para la rendición cuando se ama este oficio, siempre queda aliento para avanzar. Y salen oportunidades, por pequeñas que nos parezcan.
 
¿En qué momento llegó a pensar: “¡Madre mía, en qué lío me he metido!”?
− Cuando me presenté al casting para El Faro me comentaron que tendría que actuar en gallego. Me pareció divertido por mi facilidad para aprender idiomas, hice la prueba y les gustó, pero cuando comencé a estudiarme los guiones… ¡uf! Pensé exactamente: “¿Por qué he sido tan valiente?”. La verdad es que ahora me alegro de haber tirado para adelante con tanto coraje. Ha sido una experiencia muy enriquecedora.
 
¿Le gusta verse de nuevo en los filmes o series en que ha participado?
− Normalmente me agrada, aunque lo paso mal si en algún momento me noto insegura en la pantalla, es una sensación indescriptible. Siento entre vergüenza ajena y orgullo.
 
− ¿Cuál considera que es el gran lastre del celuloide español y qué solución se le ocurre para paliarlo?
− No me siento capacitada para responder, aunque no cabe duda de que los recortes en cultura son un sinsentido imperdonable.
 
 
 

 
 
 
¿A quién le devolvería antes la llamada, a Quentin Tarantino o Tim Burton?
− Reconozco que desde mis años de infancia adoro a Burton. Me encanta el gusto con que acomete sus historias, esa estética brutal que consigue conferir a cada película la atmósfera de los cuentos fantásticos. Por otro lado, Tarantino tiene esa vena salvaje con el aderezo del humor negro, siempre tan atinado. Es una elección difícil: cumpliría mi sueño actuando a las órdenes del primero y me moriría de pena si se me escapara el segundo. De todos modos, tengo energía para compaginar ambas ofertas [Risas].
 
− ¿Cuál fue el primer intérprete que le conmovió?
− Pocas veces me han dejado justo al borde de la lágrima, más que nada porque lo normal en mí es llorar a borbotones [Risas]. Sí me acuerdo de ese sentimiento tan fuerte que me recorrió mientras estaba viendo El expreso de medianoche. Brad Davis supuso para mí un antes y un después: me sorprendí, lloré, pensé durante días en la angustia de su personaje.
 
¿Qué frase cinematográfica le gusta aplicar como leit motiv personal?
− Una de Moulin Rouge: “The greatest thing you'll ever learn is just to love and be loved in return”. Destaco esa porque para mí lo más grande en este mundo es amar y ser amado, no importa si se trata de tu pareja, tu familia o tus amigos. El amor puede con todo; como dice la canción, mueve montañas.
 
− ¿Qué cinta ha visto en tantas ocasiones que se sabe al dedillo alguna escena?
− No soy de repetir películas, y además, tengo mala memoria para memorizar los diálogos. He visto varias veces Moulin Rouge, Matrix, Dentro del laberinto, El expreso de medianoche… Pero mi favorita de todos los tiempos es la divertidísima Zatoichi.
 
¿Cuál fue el último largometraje con el que desistió antes del final?
El atlas de las nubes. ¡Ni siquiera sé de qué va! No entendía nada ni me apetecía entenderlo, fui incapaz de continuar viéndola.
 
− ¿Nos cuenta alguna anécdota que haya vivido como espectadora en un teatro?
− La primera vez que fui al cine con mis abuelos en España vimos el filme Comer, beber y amar, cuyo director era Ang Lee. Nos encantó la historia, y al salir de la sala solo pensábamos en comer algo rico, pero ninguna de las recetas que nos habían hecho salivar ante la gran pantalla podía encontrarse en Valencia. Por eso regresamos a casa, donde cocinó mi abuela, una artista cocinando.
 
 
 

 
 
 
− ¿A qué serie de televisión está enganchada?
− A Juego de tronos. El motivo ya lo sabéis, así que os lo resumo: ¡es lo más! El guion combina comedia y drama, los actores y sus personajes tienen carisma… Y en el apartado técnico todo acompaña, desde la producción al montaje pasando por la música y la fotografía. Es un producto increíble.
 
− ¿Cuál es el mejor consejo que le ha dado alguien cercano para ejercer esta profesión?
− “Nunca dejes de aprender ni pierdas la ilusión por vivir”.
 
¿Cuál es su punto fuerte como intérprete?
− Llegados a este punto, toca echarme flores, ¿no? [Risas]. En España me ayuda mucho el físico: soy asiática de origen, lo cual constituye una importante baza a mi favor por el exotismo. Y el perfecto acento castellano hace que el resultado impacte aún más, ya que por el momento somos poquitos actores con dichas características. Hablando ya sobre el modo en que trabajo, les pongo mucho corazón a mis personajes, todos tienen amor que dar.
 
¿Y débil?
− A veces siento miedo mientras trabajo ciertas secuencias, aunque esa adrenalina logra mantenerme totalmente viva. Si no fuera así, me aburriría.
 
− Adelántenos, ahora que no nos escucha nadie… ¿Cuál es el siguiente proyecto que se va a traer entre manos?
− Actualmente participo en El Faro y tengo algún proyecto pendiente de confirmación.
 
− ¿Qué sueño profesional le gustaría cumplir?
− Estoy tan alucinada con Juego de tronos que formar parte de su elenco sería como tocar el cielo con mis propias manos.
 
− ¿Qué canción simboliza el momento actual de su vida?
− Me encanta leer esta pregunta en este preciso instante. Me siento tan plena y eufórica que mi canción ahora es Non, je ne regrette rien, de Edith Piaf.
 
− ¿Qué titular le gustaría leer en el periódico de mañana?
− “Se acabaron los problemas en el mundo: hambruna, pobreza, escasez de cualquier recurso”.
 
− ¿A qué otro período histórico le gustaría regresar?
− El Renacimiento debió ser una bella época para todas las artes.
 
− Díganos qué le parece más reseñable de AISGE y en qué aspecto le gustaría que mejorásemos.
− La constante lucha de la entidad me parece encomiable. Gracias a vosotros tenemos voz nosotros.
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