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01-09-2014 Versión imprimir

 
Natalia Verbeke 


“La belleza está
en el personaje,
no en el actor”


Fue novia del hijo de la novia y estuvo al otro lado de la cama. Hoy se aproxima a los 40 con la intensidad vital como bandera
 

 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Sandalias, vaqueros, camiseta playera y el maquillaje justo. Natalia Verbeke (Buenos Aires, 1975) ha pasado la mañana en una maratoniana sesión de fotos luciendo ropa de diseño para una conocida revista de moda. Seguro que estaba radiante, pero así, sin demasiados adornos, está más real. Ahora habla para sus compañeros y el tono es genuino, sin disfraces. Esos hoyuelos de bandera que vienen de serie con su sonrisa tienen, en esta relajada tesitura, una tendencia a precipitarse por la pendiente de la carcajada, que en su caso es pronunciada y, a ratos, vertiginosa.
 
–Usted cruzó un puente bien grande, e intuyo que traumático, a los once años. ¿Fue así?
– Lo fue. Mucho. Traumático y doloroso. Para mis padres y para mí y mis hermanos. Dejamos atrás familia, amigos, un país, una vida entera. A esa edad yo ya era consciente del dolor de mis padres, aunque lo hacían por darnos una vida mejor. Mi idea de España era muy exótica. Pensaba que esto estaba lleno de toros y flamencas. Cuando comencé el colegio me di cuenta de que era un bicho raro: la gente hablaba con un vocabulario y un acento totalmente ajeno a mí, un acento tan duro que parecía que estaban enfadados. Hablábamos el mismo idioma y a la vez un idioma totalmente distinto. Algunas asignaturas eran desconocidas para mí; por ejemplo, no tenía ni idea de geografía europea. Echaba de menos casi todo y me costó mucho adaptarme. Tardé unos tres años en cruzar del todo ese puente.
 
 

 
 
 
– Posteriormente ha trabajado en varias ocasiones con argentinos y en Argentina: ‘El hijo de la novia’ con Darín, Alterio y Aleandro; ‘El método’ con Marcelo Piñeyro, ‘Al filo de la ley’ con Sbaraglia. ¿Existe algo peculiar de los intérpretes o directores de su tierra natal?
– Tengo especial predilección por el cine argentino, no porque sea de mi tierra sino por las historias que cuenta y cómo las cuenta. Es delicado, íntimo y con mucha verdad. Eso es lo distintivo del cine argentino. En cuanto a la interpretación, a mi modo de ver, la musicalidad del acento argentino lo hace más creíble para la expresión de las emociones, hace que suenen más genuinas. Es mi impresión. Por lo demás, el modo de trabajar es el mismo.
 
– Por cierto, ese acento porteño que tiene en ‘El hijo de la novia’, ¿es impostado?
– Qué va. Sale solo. En casa con mis padres y mis hermanos hablo con mi acento argentino de una manera natural. También cuando estoy entre argentinos. Me salen hasta los gestos [junta las yemas de los dedos]. Las peculiaridades de la lengua materna no se pierden nunca.
 
– Aunque ese Verbeke no suena muy argentino.
– Viene de mi abuelo, que era belga.
 
 

 
 
 
Entre la barra y el cuadrilátero
– En ‘A golpes’ (2005) fue boxeadora, y en ‘Bienvenidos al Lolita’ (2014) ha sido bailarina de barra. ¿Le sirvieron sus estudios de danza? ¿Cómo baila una boxeadora?
– La boxeadora baila, ya lo creo. Aquel personaje me exigió cambiar de alimentación para engordar diez kilos (era un peso pesado femenino), hacer mucho gimnasio para muscularme y unas dos horas diarias de combate. Descubrí que el boxeo es una forma de baile. Mis estudios de danza clásica me han servido mucho, y honestamente creo que la danza es una aptitud fundamental para el actor. Te ayuda a dominar el espacio escénico con tu presencia y tus movimientos. Por otro lado he tenido que bailar en muchas películas, lo cual me da un corte tremendo.
 
– No puede ser. Está de broma.
– Se lo juro. Me encanta bailar, pero no para que me vean. Si se trata de cantar y bailar al mismo tiempo, como en El otro lado de la cama o Bienvenidos al Lolita, ya es otra cosa. La diversión puede con la inhibición.
 
– ¿Le dolió dejar la danza?
– No. Es una disciplina muy dura. Yo la practicaba seis horas al día, pero no era demasiado buena como bailarina. Una debe conocer sus limitaciones. Es un esfuerzo que solo merece la pena si te vas a dedicar a ello. Lo dejé a los quince años (llevaba bailando desde los cuatro), en una época en que te echas tus primeros novios, te gusta salir por ahí, no andar controlando tu peso, etcétera.
 
– O sea, que lo de ‘Cisne negro’ tiene su parte de verdad.
– ¡Naaa! Es una exageración. Se les fue la mano bastante. Yo estuve en clase con Tamara Rojo y Ángel Corella. A ellos esta película les parecía una burla.
 
 

 
 
 
– En aquella película, además de boxeadora, fue taxista y alunicera. En ‘El método’ (2005), empleada de recursos humanos, y en ‘Las chicas de la sexta planta’ (2010), empleada de hogar. ¿Qué tipo humano cree que le costaría más afrontar?
– [Duda mucho antes de responder.] Probablemente un político.
 
– ¿Por qué?
– Porque no los entiendo, su discurso es siempre tan dogmático que me aburre soberanamente, y eso que he sido alcaldesa en Doctor Mateo.
 
– Y de los que ha interpretado, ¿con qué temperamento humano ha disfrutado más y por qué?
– Paradójicamente lo pasé muy bien con Adriana, la alcaldesa, porque estaba totalmente loca y saltaba del llanto a la risa en segundos. Me divertí mucho con su gracia y su espontaneidad. Es un personaje muy excéntrico y extremo, de los que pueden ser decididos y ahogarse en un vaso de agua. Eso me encanta.
 
 

 
 
 
– Su primera gran película fue ‘El hijo de la novia’. ¿Cómo es el trabajo de cerca con Darín, Alterio y Aleandro?
Ricardo Darín es como un hermano mayor para mí. Aunque parezca difícil, es mejor persona que actor. La única pega de trabajar con él es que bromea hasta el momento en que suena la claqueta, e igual te toca llorar conteniendo la risa. Como actor es muy de verdad, generoso y siempre pendiente del compañero. Eso facilita mucho el trabajo, porque otros no parece que estén ahí y no reaccionan a tus propuestas. Norma [Aleandro] es un monstruo. Lamenté no tener más secuencias con ella, pero me resarcí compartiendo un montón de siestas en la roulotte. Cómo se movía esa cama. No parábamos de reír. Ricardo en medio, Norma a la izquierda y yo a la derecha. Norma es todavía más graciosa que Ricardo. A Héctor, que es un grandísimo actor, lo traté menos porque es más reservado.
 
– También ha hecho teatro, y en Inglaterra. ¿Cómo fue aquella experiencia?
– Fue un montaje itinerante de El sueño de una noche de verano que hicimos durante cinco días en Brighton a lo largo de un recorrido por un palacio y unos jardines espectaculares. Yo era una de las hadas. El aforo total era de unas 3.000 personas. Antes de empezar en cine y televisión hice mucho teatro, pero no he podido volver a las tablas. Todo ha sido tan vertiginoso. Mi formación es puramente teatral, pero desde aquella primera película las ofertas de teatro me exigían un compromiso de toda una temporada, algo que mis trabajos en la pantalla no me permiten. Pero estoy deseando volver. Como el contacto con el público, no hay nada.
 
 

 
 
 
En el baño y sin zapatos
– ¿En quién le ha gustado mirarse o inspirarse? ¿Ha habido algún maestro en concreto?
– El mejor actor del mundo es Meryl Streep.
 
– Querrá decir actriz.
– Actor [enfáticamente]. Siempre pienso que cada trabajo que hago me gustaría que fuera tan creíble y detallista como los suyos. Me miro en ese espejo. Y he tenido un gran maestro: Juan Pastor. Me dio clases en la Resad. Ahora dirige su propia compañía, La Guindalera. Sabe tanto que en una frase es capaz de ver todo un mundo oculto. Sus clases me ponían la carne de gallina.
 
– Cuando prepara un papel a solas en su casa. ¿Tiene algún tic que forme parte de su ritual?
– Nunca pongo música y nunca me pongo delante de un espejo. Como te gusta verte, empiezas a hacer gestitos. Eso lo tengo prohibido. Siempre estudio descalza y sentada en el suelo del baño. El baño es un lugar pequeño, cerrado y que me da la sensación de transporte, de estar en otro lado. Eso me centra.
 
– Su carrera en las pantallas de habla no hispana se inició en 2001 con la película independiente ‘Jump Tomorrow’. ¿Cómo era su inglés por entonces?
– Bueno. Lo había estudiado desde pequeña. En Argentina se le da mucha importancia. Además, no se doblan las películas y el oído está muy acostumbrado. Aunque jamás pensé que lo utilizaría en mi trabajo. Yo me moría por ser actriz, meterme en la piel de otras, pero el cine y la tele no pasaban de sueño irrealizable. Jamás pensé que sería actriz de cine o una persona famosa.
 
 

 
 
 
– Sus incursiones en el cine francés tampoco son mancas. Premio Salamandra de Oro en el Festival de Sarlat por su papel de María en ‘Las chicas de la sexta planta’ (2010). ¿Cómo sienta que la premien a una fuera?
– Jolín. Sienta de maravilla, especialmente porque no me invitaron. Creo que jamás pensaron que una española podía llevárselo. Fue fantástico darles en las narices con el premio.
 
– Ustedes eran como la contrarresistencia española en una buhardilla de París. Carmen Maura se llevó el César por esta película. ¿Cómo se trabaja con ella?
Si Darín es como mi hermano, Carmen es como mi tía. Yo ya trabajé con ella en mi segunda película, Carretera y manta. Tenía mucho peso encima porque había recibido críticas muy buenas de mi primer trabajo, y la responsabilidad podía conmigo. Carmen me acogió y casi diría que me adoptó. Admiro su capacidad para actuar, incluso para ver la vida, desde la óptica de una niña pequeña. Eso es muy divertido.
 
– ¿Cómo cambia el día a día de Natalia Verbeke cuando trabaja en televisión?
Fui muy reticente a hacer televisión durante una época. Me daba miedo estar tanto tiempo con un mismo personaje, sin embargo eso mismo me ocurrió con Doctor Mateo y he sido la persona más feliz del mundo haciéndola. Fue una sorpresa descubrir cómo puede crecer un personaje en una serie, y crecer contigo. Es más duro que el cine. Las jornadas son kilométricas; los madrugones, mortales, y cuando llegas a casa te tienes que poner a estudiar. Además hay que tener rapidez de reflejos porque te pueden cambiar escenas de un momento a otro. Pero el resultado compensa...
 
   Verbeke, que lleva un rato con tosecillas y carraspeando, suelta un buen estornudo. “Disculpe, es que esta noche me quedé frita con el aire puesto y me he despertado como un témpano”. Por un segundo finge quedarse tiesa como un pingüino y después echa a reír. De nuevo los hoyuelos.
 
 

 
 
 
La otra familia
– Ha participado en series de éxito, pero otras no cuajaron, como ‘El pantano’ o ‘Bienvenidos al Lolita’. Descríbanos cómo se vive una retirada de la parrilla.
– Con mucho dolor. Lo primero porque hablamos de un equipo de ochenta o noventa personas que se queda sin trabajo. Pero también porque en una serie se forma temporalmente una gran familia. Cuando acaba, todos nos desperdigamos, pero mientras dura, el vínculo es casi familiar. Muy fuerte. Si los vínculos se cortan de repente, no puedes ni despedirte del personaje.
 
– ¿Qué quiere decir?
– Yo me despido de mis personajes. Cuando has vivido con ellos de forma tan intensa durante meses, pasas más tiempo en su vida que en la tuya. De repente un día se va y hay que despedirse. Y hacer el duelo. Cuesta volver a tu propia vida después de haber tenido sus tristezas, sus alegrías... Es una sensación rara.
 
–¿Por qué no tuvo más recorrido ‘Doctor Mateo’, que tanto gustaba?
– Porque los productores siempre habían dicho que querían darle un final y que duraría cinco años. Fue muy bien de audiencia, pero sabían que tenía un público limitado.
 
– Valore en dos palabras estas cualidades en una actriz: observación (fundamental) - empatía (muy necesaria) - preparación física (hay que estar en forma; ah, y tener calzado cómodo, o ir descalzo) - extroversión  (innecesaria) - capacidad para escuchar (básica, sin eso no hacemos nada) - belleza (no es importante, la belleza está en el personaje, no en el actor).
 
– ¿Y la belleza?
– No es importante. La belleza está en el personaje, no en el actor.
 
 
 

 
 
 
Sus opiniones sobre... 
 
– La abdicación de Juan Carlos I: [larga pausa] Qué buena jubilación.
–  Ocho apellidos vascos: Pendiente en mi lista.
–  El referéndum catalán: Cada uno con lo suyo.
– El desastre de la Roja: Me da igual, aunque suene feo. No me interesa. 
– Podemos: podemos.
 
 
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