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27-01-2016 Versión imprimir

 

Neus Sanz


 
“Los cómicos somos personas tristes”



Perfeccionista acostumbrada a la improvisación. Observadora de viandantes y buscadora de nuevos gestos. Portadora de sueños de un gremio más generoso


FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Los turistas que deambulan por la madrileña plaza de Oriente una tarde cualquiera de fresquito procuran prestar atención a sus guías, pero no tardan en advertir los vivos colores que viste Neus Sanz. Esta actriz de Igualada (Barcelona) no duda en presentarse a sí misma como “tímida”, y sin embargo, le bastan cinco minutos frente a la cámara para mostrarse divertida y cómplice.
 
   Nacida de padre maño y madre murciana hace 42 años, la actriz estaba ejerciendo de anfitriona y tomando algo con sus amigos mientras el Parlament votaba su reciente declaración de independencia. Con todo, su catalán es “auténtico, del interior”, aunque maneja con destreza acentos muy dispares. Y no olvida mencionar que lleva años viviendo en la calle Mayor de Madrid. El pequeño papel que Pedro Almodóvar le brindó en Volver (2006), eso sí, le llevó hasta barrios de la capital menos acomodados.  
 
 

 
 
 
   Sanz aún convoca el halago del gran público por su trabajo en Los hombres de Paco y es amable con quienes le piden una fotografía. Propiciar sonrisas es el talento inevitable de quien creció en el teatro y ha encontrado “un regalo de los dioses” en esa lúgubre Soledad a la que da vida en Águila Roja. Tras su paso por series como El barco o B&b, querría interpretar a “alguna loca desquiciada. Por ejemplo, en Vis a vis, por qué no”.
 
– ¿Cómo es su relación con la comedia?
Empecé a los 17 años en la compañía de teatro La Cubana. Desde entonces me dediqué a hacer reír. Me siento cómoda con ello, pero estar ahí para provocar la risa de los demás tiene un punto amargo. En el fondo, los cómicos somos personas tristes, aunque no todos los días. Mis amigos me piden que les cuente historias divertidas, y lo hago, pero luego me pregunto si me querrán solo por eso. Cuando me despido de alguno de mis personajes paso por un duelo. Yo lloro mucho. Hace solo un segundo una mujer le estaba hablando muy mal a su padre, ya anciano, y casi se me escapa alguna lágrima.
 
– ¿Teme que la gente no se ría?
Alguna vez lo habré pensado. Cuando tropiezo, será que estoy haciendo algo mal. Si el texto está bien, pero algo no queda claro, hay que ser lista y sacarle punta. El público en el teatro tiende mucho al contagio: o se ríe mucho, o se ríe de algo de lo que nadie lo habría hecho jamás. A veces toca ese chiste en el que tendría que venir la carcajada y no llega, así que me pregunto si habré pronunciado algo mal o si no me habrán entendido. Soy muy exigente, pero estoy contenta en ese sentido. Procuro no volverme loca.
 
 

 
 
 
– ¿En los monólogos es más actriz o más persona?
Diría que soy casi toda yo, y una quinta parte quizá corresponda a algún personaje que en realidad no es tal: en esas ocasiones actúo con mi nombre y voy vestida de mí misma. Hay un texto que yo no escribo, pero que debo creerme. Tengo que lograr que se parezca a mí. Cuando hago un monólogo cómico sí me sale ese acento murciano de Los hombres de Paco y B&b. Es mi forma de llevarme al público a mi terreno. Sobre las tablas me apoyo también en los gestos, mientras que en la pequeña pantalla incido más en el tono. Me encantaría retomar el teatro y estoy llamando a puertas, pero salen pocas cosas.
 
– Muchos actores con acento del sur lamentan que solo se les quiera para papeles de cocinero o criado…
Una de mis primeras series fue Casi perfectos, en la que interpretaba a una mujer de la limpieza. Y ahí actuaba con timbre maño. Luego llegó Los hombres de Paco. El primer día de rodaje no contaba con ninguna indicación sobre cómo hablaba mi personaje. Cuando quise darme cuenta, dijeron “cinco y acción”, pregunté y me respondieron que hiciera lo que quisiera. Ya que venía de un papel con acento aragonés, tiré por el murciano. Así nació la célebre Rita, que podría haber sido del norte sin ningún problema.
 
 

 
 
 
– ¿Siempre estuvo segura de que habría vida después de Los hombres de Paco?
Me llamó Pepón Nieto y me lo dijo él: no habría una décima temporada. Eran cinco años juntos… Me bajaron las defensas y me puse mala. ¿Qué iba a hacer yo sin ese equipo, sin mis compañeros? Pero sí, habría vida, igual que espero que la haya después de Águila Roja. Es un regalo de los dioses, y además cuentan conmigo para la siguiente temporada. Si luego no saliera nada, me daría un tiempo. Haría un viaje. Me veo en bastantes cosas: además del guion, donde se hacen maravillas, están el vestuario y el maquillaje. Hay equipos muy buenos, los intérpretes somos solo la cuarta parte del personaje.
 
– ¿La gente espera que en su vida cotidiana usted se parezca a sus papeles en la ficción?
Dicen que soy muy madraza y me ponen hijos por todas partes aunque yo no los tenga. Sí soy muy anfitriona, me gusta crear un ambiente, que todo el mundo esté agusto. Por la calle es otra cosa: hay quien se enfada porque no hablo como lo hacía en Los hombres de Paco. De momentos así hasta saco personajes, porque voy por la vida observando, encontrando gestos en los demás. “¡Me gustabas mucho más en la televisión que aquí!”, me dijo una señora. Pues mire: me llamo Neus y siento mucho defraudarla.
 
 

 
 
 
– Su personaje en Águila Roja dista mucho de la sonrisa. ¿Le supone un desafío?
Es un reto para mí y para el espectador. Me han tendido la mano al darme un giro tan grande. No me lo esperaba. A excepción de mi trabajo en El barco, donde tenía un acento y un atuendo diferente, no pensé que me fueran a sacar de la comedia y meterme en algo tan oscuro, tan gris. He recibido mensajes de amigos que me dicen que estoy rarísima. ¡Que les doy miedo! Con el cariño que le he cogido yo a este personaje…
 
– ¿Se adquieren muchos vicios en la franja de máxima audiencia?
Sí, si la serie alcanza y se afianza en el éxito. En cuanto baja el número de espectadores, aunque sea solo un poco, el golpe es duro. Entonces se disparan todas las alarmas: qué querrá decir, qué pensará la cadena, qué haremos al respecto. Más allá de eso, me llevo el vicio de exigirme mucho a mí misma. Procuro llegar al trabajo con el texto bien aprendido y con una idea muy clara de lo que quiere el director. Me dolería defraudar, que esperaran de mí algo que no pudiera cumplir.
 
– Hoy existe un gran culto a las series, pero también una competición extrema.
Yo siempre digo que caber, cabemos todos, pero no está en mi mano. Águila Roja compite cada noche con Velvet y Gran Hermano. Eso es tremendo para nosotros. Quizá se sigan otros criterios en TVE, donde no dependemos de la publicidad, pero la audiencia se cuenta igual. Por cosas así se tiran grandes obras por la borda, trabajos bien hechos detrás de los cuales hay mucha gente. Se culpa al producto cuando los espectadores no llegan, pero no llegan porque la ficción se exhibe en un mal día. Maldito dinero, que todo lo puede.
 
 

 
 
 
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