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13-10-2015 Versión imprimir

 
 
Niños en el set de rodaje: el juego más divertido



Los elencos de muchas teleseries se abren a actores jovencísimos. Ahí descubren pronto la dureza de una profesión que, solo a veces, acabará siendo la suya



NURIA DUFOUR
No parece privativo de nuestros tiempos, época de intensa sobrevaloración del éxito, el fenómeno de los niños estrella que un día optan por dar el salto a las candilejas, a voluntad suya o tal vez de sus mayores, para sustituir el aplauso cómplice del hogar por la exigencia más recia del plató. Sin hablar del impacto que en cualquier familia genera el hecho de contar con una joven celebridad entre sus miembros.
 
 
Juanjo Ballesta y Clara Lago en 'El viaje de Carol'
Juanjo Ballesta y Clara Lago en 'El viaje de Carol'
 
 
 
   Favorecer las aptitudes innatas del individuo en las edades más tempranas es una forma de potenciar su desarrollo como ser humano. El actor juega en el escenario, y ese juego enseña a la sociedad, le enseña a él mismo. La expresión juguete roto, utilizada tantas veces para señalar esa infancia abortada de niños actores que tuvieron que afrontar la crueldad del éxito efímero, es elocuente.
 
   Interpretar para los anglosajones equivale a jugar: to play es el verbo utilizado en ambos casos. También en el caso de los francófonos (jouer) y germanos (spielen). Nada parece más cercano al mundo infantil. Fernando Fernán Gómez hacía referencia a ello en el documental Hécuba, un sueño de pasión: “Cuando se es niño se juega casi siempre a ser otro. Se trata de un instinto natural. Precisamente habría que preguntarse porqué enormes cantidades de personas cuando son mayores no tienen ya ese deseo”.
 
 
Patrick Criado
Patrick Criado
 
 
 
   Sobre algunos grandes talentos del cine, como es el caso de Orson Welles, se dice que nunca abandonaron la infancia. Él fue un niño prodigio. En su primera película, Ciudadano Kane, habla precisamente de la infancia perdida, algo que a buen seguro le preocupó. La dejó simbolizada en una palabra ya mítica, Rosebud, el nombre del trineo con el que se divertía el protagonista: Charles Foster Kane (trasunto del magnate William Randolph Hearst). Ese personaje se veía obligado por un golpe del destino a sacrificar su infancia en favor de una notoriedad pública no buscada que acababa resultando obsesiva y destructiva. Rosebud es también la última palabra que salía de sus labios antes de morir en una estremecedora toma de conciencia de lo que siempre le faltó.
 
   Por mucho que los críos nazcan con la capacidad de esquivar la realidad, el oficio de actor en la niñez implica inevitablemente una ruptura con la rutina propia a esa edad. Jornadas demasiado madrugadoras, estudiar un guion, distanciamiento de los amigos… Las obligaciones escolares y profesionales, unidas al árido juicio por el resultado de ese sacrificio, se antojan demasiado incompatibles con el inocente e ingenuo mundo infantil.
 
 
Natalia Sánchez y Víctor Elías
Natalia Sánchez y Víctor Elías
 
 
 
   Cuando el niño lo descubre, por lo general, ya es demasiado tarde. Los cambios hormonales, siempre traumáticos, lo son aún más si vienen acompañados por el olvido. Fácil es que el joven se pregunte sobre qué pudo hacer mal para que ya nadie le aplauda ni le reconozca. Que interprete como desamor lo que es solo indiferencia. Fácil es, por tanto, que sus complejos y sus incertidumbres le culpabilicen.
 
   Oscar Wilde decía que los niños nacen amando a sus padres, aprenden juzgándoles y a menudo mueren sin perdonarles. Si en ese proceso el individuo adivina que ha sido mercancía de ellos, objeto de negocio, no resulta extraño que el juicio termine volviéndose mucho más atroz. Conocido es el caso de Jackie Coogan, el actor hijo de intérpretes al que Charles Chaplin descubrió para El chico (1920) con apenas cuatro años. Aquel niño propiciaría de adulto la redacción en California de la Ley Coogan, que desde 1935 protege a los artistas precoces con una regulación de su jornada de trabajo e ingresos. Sin embargo, otros pequeños han vivido muchos años después situaciones de explotación. Los medios se hacían eco recientemente del escándalo de Ariel Winter, una de las protagonistas de la multipremiada telecomedia Modern Family, a quien su madre sometía a abusos emocionales.
 
 
David Castillo
David Castillo
 
 
 
   La vida del niño artista no siempre termina en tragedia. Tampoco la infancia asociada a una carrera artística es sinónimo de fulgurante triunfo. Antes de que proliferasen las escuelas de interpretación, la mayor parte de los actores se formaban desde pequeños encima del escenario. Casi siempre por inducción del entorno: la compañía teatral venía a ser su familia, su colegio y su patio de recreo. El devenir cotidiano difería en poco al de cualquier otro niño que no viviera en el carro de Tespis. Y en muchos casos les permitía llevar una vida viajera cargada de estímulos y experiencias. Muchos de ellos consolidaban con el tiempo una trayectoria fraguada a base de esfuerzo, muy lejos de la idea del simple golpe de suerte.
 
   En ese contexto ahora casi impensable se originaron muchas de las más ilustres sagas de actrices y actores. Tanto importantes secundarios como primeras figuras de la escena y la pantalla, pero todos ellos conocedores de un proceso claramente inverso al de esos menores que alcanzan el estrellato por su participación en un programa televisivo y con los que luego se intenta repetir la fórmula del éxito. ¿Cómo? Forzando una espontaneidad que acaba perdiéndose por completo.
 
   “La luz que brilla con el doble de su intensidad dura la mitad de tiempo”, decía el personaje de Tyrell en la celebrada Blade Runner cuando le hablaba al producto de su creación, como hablaría un semidiós que intentara explicarle a su obra el sentido de su propia muerte. Sería aplicable al caso.
 
 
Ballesta, en 'Querido maestro'
Ballesta, en 'Querido maestro'
 
 
 
Actuar en plató, aprobar en el cole
 
En la mayoría de las series los niños son protagonistas de tramas principales. Hemos visto crecer al popular Ricardo Gómez, el Carlitos de Cuéntame cómo pasó, acompañado por sus amigos de travesuras: Elena Rivera, Santiago Crespo y Manuel Dios. También al hijo díscolo de Aída (David Castillo), a toda la prole de Los Serrano, a los chavales de Águila Roja… Algunos han ido labrándose carreras estables desde sus tempranos orígenes en la pequeña pantalla. Clara Lago y Juan José Ballesta no habían cumplido los 10 años cuando aparecieron en Compañeros y Querido maestro. Pero es significativa la cantidad de intérpretes infantiles que, llegada la adolescencia o finalizada la producción de turno, desaparecen de repartos.
  
¿Qué normativa regula en España su labor? Un real decreto de 1985 recoge que los menores de 16 años pueden ser contratados en televisión, cine o teatro “siempre que dicha participación no suponga peligro para su salud física ni para su formación profesional y humana”. Cada comunidad autónoma supervisa las grabaciones de series y programas para evaluar si las actividades con el artista se desarrollan dentro de la legalidad. La legislación es estricta y son varios los requisitos que se solicitan a las productoras para fichar a niños: autorización de los padres, del propio contratado si es mayor de 7 años y un informe del centro escolar o tutor. El actor debe contar además con la presencia de un adulto que vele por su bienestar y aprobar el curso académico, o de lo contrario la Administración le retiraría el permiso para trabajar.
 
 
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