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10-10-2016 Versión imprimir

 
 
Noemí Ruiz

“Leonardo di Caprio se ha muerto en mi habitación miles de veces”
 
 
La malagueña ya ha comenzado el rodaje de la tercera temporada de Allí abajo. Y cuenta además con grandes proyectos teatrales para el próximo año. 
 
 
TEXTO Y REPORTAJE GRÁFICO: LUIS MIGUEL ROJAS NAVAS
Cuando uno quiere contemplar la grandeza de una ciudad lo mejor es subirse a un edificio muy alto, mirar alrededor y exclamar: “¡Qué bonitas las vistas desde aquí!”. Esa frase que ha salido por boca de Noemí Ruiz (Málaga, 1985) cuando ha divisado Sevilla desde lo alto de las setas del Metropol Parasol de la plaza de la Encarnación. Esa majestuosidad ante sus ojos le ha recordado a esta actriz malagueña que, aunque es muy joven, su carrera interpretativa ya puede considerarse sólida. Y es que, además de larga, ahora está llena de infinidad de proyectos. La Trini de Allí abajo ya se ha subido a sus tacones para la tercera tanda de la serie, donde vascos y andaluces siguen conviviendo a medio camino entre el amor y los malentendidos. Pero ha llegado el momento en el que la siesa directora de la clínica Híspalis mire hacia abajo y llegue al corazón de Noemí Ruíz.
 
– Desde niña quería interpretar. ¿Qué película hizo que se lo planteara?
– Fue por una serie que me marcó un montón. Se llamaba Más que amigos. El reparto era genial: salían Paz Vega, Jorge Bosch, Mélani Olivares… Y me encantaba, hasta el punto de recordar todavía a los actores o incluso los capítulos. También tenía muy trillada la película Titanic. ¡Se me ha muerto Leonardo di Caprio en mi habitación miles de veces! [risas]. Era muy gracioso porque yo miraba debajo de la cama y hacía como si él se hundiese mar adentro.
 
– Jugaba a ser actriz, pero a los 17 años decide tirar por Enfermería...
– En ese momento no pensaba en ser actriz profesional, lo descubrí cuando pasaron algunos años más. Eso sí: empecé a estudiar Enfermería al mismo tiempo que Arte Dramático. ¡Y lo llevaba todo para adelante! [risas]. Aquello se parecía a la manera de jugar que tenía cuando era pequeña, pero nunca me planteé a esa edad la realidad que vivo ahora. Lo cierto es que Enfermería no me gustaba, no me convencían esas clases de anatomía con el esqueleto allí presente.
 
– No le gustaba esa carrera y ahora está metida en un hospital…
– ¡Eso era lo que yo quería! [risas]. Hoy estaba escribiéndolo en un blog personal que pronto va a ver la luz. En él revelo que durante mi infancia siempre quería estar ayudando a la gente, y conforme he ido creciendo, me he dado cuenta de que he salvado a los demás de otra manera: a través de la risa y de esta profesión. Hace unos años también empecé los estudios de Trabajo Social porque ese contacto con el otro es lo que a mí me llena.

 
– ¿Se considera una persona valiente a la hora de fijarse metas?
– Sí [responde con rotundidad]. Claro que siempre hay inseguridades, pero cosa que me propongo, cosa por la que lucho hasta el final. Aunque no siempre pueda conseguirlo, nunca se queda en no intentarlo. Lo decía Nelson Mandela: “No es más valiente el que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo”. Yo tengo miedo, pero no me frena. O eso procuro. Además, esta profesión te obliga a tirarte a la piscina, aun con todo en contra.
 
– ¿Tuvo algún referente del mundo de la interpretación al que admirase especialmente?
– Como al principio era solo una ensoñación, no pensaba en ello, pero con el paso del tiempo fueron instalándose en mi cabeza compañeros de profesión que bien podría considerar referentes. Desde Candela Peña al reciente descubrimiento de Bárbara Lennie. Y he seguido desde siempre a Mari Paz Sayago, me ha flipado muchas veces en escena. Me parece una de las mejores actrices de este país, e igual opino sobre Carmen Machi.
 
– Pasó de ser Trini en Arrayán a Trini en Allí abajo. ¿Cómo fueron sus inicios televisivos?
– ¡Qué fuerte! ¡Hace ya 10 años de eso! [risas]. Fue muy guay. Aquella era mi primera oportunidad en televisión. Todavía cursaba Arte Dramático, hice un casting y me cogieron, aunque estaba muy verde, ¿eh? El tema audiovisual se tocaba poco en la escuela y tenía muchísimas lagunas. Encima entré en una serie diaria y con un ritmo atroz. Alguna vez veo vídeos de esa época y digo: “¡Uy! ¡Lo que me quedaba por aprender!”. A raíz de aquella experiencia me salió un representante en Madrid y recibía distintos proyectos desde allí. Aún así, quería seguir también con el teatro, nunca dejarlo de lado.
 
– Y surgió Caramala.
– ¡Efectivamente! Decidí montar una compañía con el nombre Caramala. Hoy creo que fue una de las mejores decisiones que he tomado en la vida. Me atraía el mundo audiovisual, pero todo fue muy rápido tras Arrayán, necesitaba un poco de experiencia.
 
– ¿Le permite la compañía llevar a cabo proyectos que otros no le han ofrecido?
– Claro. Siempre digo que Caramala es mi casa. El sitio donde quiero volver. En este momento estoy un poco alejada porque bebo de otros sitios, pero es bueno tener ese hogar porque me lleva a no estar parada. Me permite subirme a un escenario cada semana. Con Caramala he hecho de todo. Y eso me da tablas: hace que pise fuerte, sin ningún tipo de inseguridad, cuando tengo que ir a un casting.
 
– ¿Se deja la piel en los castings?
– Sí. A principios de verano asistí a una prueba para Víctor Ros y fui vestida de bandolera. Voy a darlo todo y a llevarme el papel como pueda.
 
– ¿Qué hace cuando le llega un personaje?
– Empiezo a leer y ya estoy interpretando. Luego hay un mundo desde ese instante hasta lo que finalmente sale, pero no soy capaz de leer diálogos sin ir dándole ese toque desde el principio.

 
– Según todo lo que afirma, hasta ahora es afortunada en este oficio. ¿Le ha llegado su momento cuando le debía llegar?
– Creo que sí. Hay actores que llegan antes, y otros tantos más jovencillos ya están en la cresta de la ola, pero a mí me vino todo en el punto justo. Tal vez antes no lo habría disfrutado tanto como ahora. Lo que ocurre es que en este país, si no has salido en la tele, parece que no existes.

– ¿Considera que el sobrenombre es esencial para el triunfo en el oficio?
– Habrá casos en que sí sea esencial y casos en que no. A mí me encantaría ser una chica Almodóvar. ¿Por qué no? [risas]. El director tiene abierta una ventana internacional, y esa posición da puntos a los artistas de su entorno. Pero ya hemos visto la maldición de los Goya, con actores parados después de haberlo ganado. Y quizá el día de mañana llego a ser chica Almodóvar y después no vuelvo a currar en la vida. Pero bueno, si está leyendo esto y se le ocurre darme un papelito… ni tan mal [risas].

– Ahora que está apareciendo en la pequeña pantalla, ¿cómo lleva el hecho de ser más conocida?
– ¡Muy bien! No le encuentro nada negativo a esta parte de esta profesión, pero mi éxito no es comparable al de otros actores. Es fascinante y bonito que la gente reconozca tu labor. Ahora tengo una sensación muy brutal.

– ¿Alguna anécdota con algún fan?
– Me vienen recuerdos de Arrayán. Mi personaje de entonces se casaba con un hombre ya casado, así que para el espectador yo era ‘la otra’. No caía muy bien. Un día una mujer me pellizcó por la calle mientras me decía: “No te metas en una familia” [risas]. ¡Fue muy heavy! El caso de la Trini de Allí abajo es totalmente distinto pese a que también sea un poco la mala de la película.

– ¿Qué dicen sus familiares cuando ven la serie?
– ¡Les encanta la Trini! Es una tía de armas tomar y superelegante. Yo en mi día a día no soy así.

– ¿Sus personajes llevan algo de su vida personal?
– Mi Trini y yo somos muy distintas, aunque yo le aporto cosas a ella y viceversa. Tiene mi sonrisa, algunos gestos, mi forma de andar. Y el personaje me ha dado mucha seguridad. Es inevitable que tu creación sea una mezcla de pinceladas que sacas de tu interior más todo lo que bebes de otras fuentes. Y es que siempre hay que imitar el ejemplo de los grandes de la profesión.

– ¿Cree en el ego del actor?
– Sí. Pero es un ego entendido desde un trabajo grupal y duro. Para mí es como reconocerte a ti mismo que eres capaz de superar muchas cosas.

 
– ¿Le gustaría encarnar a un personaje totalmente ajeno a usted y a lo que ha hecho hasta ahora?
– ¡Estoy deseándolo! Me apetece ser partícipe de un dramón. Y tengo muchas ganas porque sé que en un drama se trabaja de forma distinta, lo cual no quiere decir que sea mejor o peor que la comedia.

– ¿Estaría dispuesta a ese reto incluso si conllevase cambios físicos?
– Por supuestísimo. Hay un proyecto por ahí que, si al final sale, ocasionaría algún cambio en mí. Aunque sé que requiere mucho esfuerzo y es una decisión difícil, adelgazaría o engordaría para meterme en la piel de un personaje. ¡Me encantaría arriesgarme!

– ¿También con un papel lésbico?
– Rotundamente sí. Sería un reto muy interesante de trabajar.

– Cada vez más autores incluyen en sus ficciones tramas homosexuales. ¿Se hace bien o se alimentan clichés?
– Eso siempre es bueno; la homosexualidad no es un tema superado. Las cosas que veo se hacen con respeto. Ya va siendo hora de normalizar lo que es normal. Y siguen produciéndose muchas situaciones que deben denunciarse: existe mucha homofobia, y si desde la pantalla o el escenario se puede incidir en su contra, lo celebro.
 
 
– ¿Qué opina de la retirada de producciones cuando no tienen suficiente audiencia?
– Comprendo que esto es un negocio. Somos un producto y se busca rentabilidad. Pero en ocasiones dan pocas oportunidades a las series. No puedes cancelarlas en el tercer capítulo, se necesita dar tiempo al espectador. Tal como se hacen las cosas ahora, en este país se desaprovechan muchos productos. Me chocó que Vis a vis se cancelara. Y no entiendo que una propuesta tan buena como El Ministerio del Tiempo haya tardado tanto en renovar.
 
– ¿Sigue El Ministerio del Tiempo?
– Es la serie española del momento. Con todas las letras. A partir de su premisa se puede contar cualquier cosa. Valoro que su director, Javier Olivares, sea tan valiente. Solo de esa valentía sale una serie así. Es una pena que aquí la osadía guste tan poco.
 
 – Según el último informe sociolaboral realizado por AISGE, solo un 8 por ciento de los actores puede vivir de su profesión…
– Es una absoluta tristeza. ¿Hasta qué punto están masacrando la cultura en España? Como hace nueve años que tengo la compañía, que al fin y al cabo es una empresa, me doy cuenta de la cantidad de problemas que surgen. Hemos visto a muchas otras quedarse en el camino, y eso es un drama que hay que atender desde ya.
 
– ¿Dónde está el problema?
– La frase “No se puede tener un 21 por ciento de IVA” no es una frase hecha que decimos en los Goya para creernos guays y que nos tachen de rojos. No es una cuestión de derechas ni izquierdas, sino de que las salas no se llenan y el pirateo aumenta cada vez más, pues no se soporta un IVA tan elevado. Me da mucha pena que la gente ya no vaya tanto al teatro: es una tradición que lleva siglos existiendo y los de arriba no se dan cuenta de que se está muriendo.

 
Unas confesiones rápidas
 
 
– En el terreno personal, ¿cuál es su principal virtud y su principal defecto?
– La constancia y la impaciencia. ¡Fíjate que contradicción!

– Se la ve contenta. ¿Qué es lo más insignificante que le aporta felicidad?
– El primer buche de una cerveza con la compañía más especial que se pueda tener.
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