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05-07-2016 Versión imprimir

 
 
 
 
MI LUGAR EN EL MUNDO


 
Norma Ruiz:
 
 
 
Entre el todo y la nada de Mali


 
Este viaje se remonta a junio de 2014. Surgió tras una colaboración que hice gracias al actor Bernabé Fernández con Voces, una organización que lucha contra la pobreza aplicando la cultura. Al conocer a su director, Juan Merín, le confesé uno de mis grandes sueños: ir a África con afán de ayudar. Como le dije que también había sido bailarina, le pareció interesante impartir en la Escuela de las Artes de Bamako un taller que fusionara expresión corporal con danza moderna. Lo orienté sobre todo hacia el jazz, y me parecía buena idea enseñar flamenco, pero eso precisaba un desembolso importante para calzado.
 
   En Mali el baile es un arte tan olvidado como en España, así que el comité supervisor permanecía escéptico durante la ponencia de mi curso. El edificio del conservatorio es muy bonito y reúne a estudiantes de música, arte dramático y danza, aunque las instalaciones son precarias y no se arreglan por la pobreza. El suelo de mi aula tenía un agujero en medio… ¡y eso que era la mejor! Talento hay muchísimo, eso sí, se dejan la piel de forma descomunal. Recuerdo que el primer día me enfadé porque nadie llegaba a la hora a la que comenzaba la clase. Lo entendí cuando el traductor me explicó que los abnegados alumnos venían a pie o haciendo autoestop desde sitios lejanos. De ahí que los horarios sean aproximados. Algunos asistían cada día pese a estar enfermos, un estado cotidiano donde no existe ni servicio de alcantarillado.
 
   El jefe de estudios me insistía en que el maestro no podía hacer los mismos ejercicios que sus pupilos porque le perdían el respeto. La siguiente sorpresa me la llevé al comprobar que jóvenes con semejante potencial aspirasen solo a ser profesores, pero es que poder dedicarse a la interpretación allí resulta imposible. Justamente en ese sentido trabaja Voces, que da oportunidades a artistas malienses en Europa mediante intercambios. No tienen pudor para expresarse sobre la sexualidad, el machismo o la guerra, lo cual se traducía en propuestas valientes a la hora de plantear improvisaciones. Una chica se puso en la piel de una madre amamantando a su bebé y no dudó en sacarse la teta delante de todos los compañeros. Aquí no lo habríamos hecho tan explícito.
 
 

 
 
 
Un matriarcado contra viento y marea
Durante la estancia conversé con mujeres y luego escribí sobre su situación en el blog Norma para la vida. Una de ellas me contó que llevaba mucho tiempo huyendo de su marido, quien la quiso matar por dedicarse a la música. También tuve la suerte de reunirme con un grupo de madres de la escuela Jeleko Sobé, cuyas instalaciones acogen a centenares de estudiantes en el lugar más deprimido del país. La carestía llega al punto de que llevaba unas gomas, y al ofrecerles la primera, un niño la cortó con la intención de que nadie se quedase sin un trozo. Las entrevistadas deseaban un huerto para abastecer a sus familias, de entre cuatro y cinco hijos, pero en ningún momento hablaron de pedir dinero. Simplemente reclaman medios para ganarse la vida por sí mismas.
 
   ¡Curran como cabronas! Mientras trabajan en el campo y se ocupan de la casa, los hombres se limitan a vender telas y especias en un mercado enorme. En el único día libre que les deja ese trajín confeccionan trajes, se hacen trenzas unas a otras y comparan sus ingresos de la semana, ya que le dan una parte a quien menos gana. Y valoran la cultura. “Un país sin cultura está muerto”, me aseguraban, cuando en España escuchamos barbaridades acerca del tema. La obsesión del grupo de madres era que sus pequeños aprendieran a leer para que tuvieran oportunidades.
 
‘Carpe diem’ por fuerza
La muerte les parece algo tan habitual que ni siquiera hablan de ello desde el dramatismo: en aquel encuentro daban por perdido con toda naturalidad a un crío porque sus parientes no tenían los 10 euros necesarios para que un médico le tratase la varicela. Si hay algo que aprendes en Mali, es a vivir el presente. Pensar solo en el aquí y el ahora se nos antoja realmente difícil, y ellos lo hacen con una facilidad capaz de alucinar a cualquier occidental. De ahí que mis clases acabasen volviéndose mágicas: ejecutaban sus bailes como si fueran el último.
 
   Cogí una gastroenteritis terrorífica. Como la sanidad es privada, querían hospitalizarme y hacerme análisis, seguramente con el único afán de facturar. ¡A mí solo me hacía falta Primperan! [risas]. El trámite fue desesperante por lentísimo: tras una espera de cinco horas en sucesivas salas negociamos con el testarudo doctor para que me prescribiera el fármaco adecuado.
 
 

 
 
 
   El mayor impacto es que el panorama nunca cambia. Uno se pregunta: “¿Dónde estará esa parte de la población que vive bien?”. Y no existe. Incluso la residencia del embajador está rodeada de miseria. Me alojé en un hotel de lo más normal en el centro de Bamako, junto a calles sin asfaltar que despedían permanentemente un olor desagradable, lo cual no ayuda a convertir la ciudad en destino turístico. Me metí en una especie de arenas movedizas, el barro me llegaba casi al cuello y le cogí a un negrito una manguera con la que poder limpiarme un poco las botas, pues llevaba ese único par para el viaje. ¡Aquello no era barro, era mierda absoluta! Las he lavado mil veces y siguen estando sucias. No pienso tirarlas, la verdad, tienen mucha vida.
 
   A mi llegada había una plaga de bichos voladores, gigantes y desconocidos hasta para un trotamundos como Juan Merín, una recibida perfecta para quien tiene fobia a los insectos… Intenté hacerme la dura, aunque me aterrorizaba escuchar sus impactos contra los cristales del taxi [risas]. La falta de atractivo para invertir en el turismo perpetúa el bucle de la pobreza. Excepto para un presidente que se gasta un millón de euros en un avión. No se rebelan porque están desinformados: en los pocos hogares con televisor no saben lo que ocurre en el mundo exterior. Flipaban con que viviese sola, sin marido pero con perro, creo que me tomaban por una millonaria privilegiada.


Así se lo ha contado a Héctor Martín Rodrigo




Una década ha transcurrido desde que la madrileña Norma Ruiz dejara huella en el público televisivo gracias a su frívola Bárbara Ortiz de la serie diaria Yo soy Bea. Su andadura por la pequeña pantalla continuó luego con Frágiles, Ciega a citas o Algo que celebrar, a las cuales se suma ahora El hombre de tu vida. Menos extenso es su currículum cinematográfico, aunque tiene casi de todo: de las comedias La fiesta y Tensión sexual no resuelta a las terroríficas entregas de la saga La herencia Valdemar. Para septiembre tiene previsto ensayar a las órdenes de Mariano de Paco la obra Perfiles ocultos.
 
 
 

 
 
 
Un compromiso reconocido
Ver que aman el arte a pesar de todo consiguió que recuperase la ilusión por este oficio. África me picó, tuve una conexión muy especial, volveré sin duda. En estos dos años ya lo he intentado. Al poco tiempo de volver a España presentamos un proyecto con el apoyo de la Cátedra UNESCO de Sevilla y lo aprobaron, pero debido a la inestabilidad política y los atentados nos han denegado la subvención.
 
   En 2015 tuve el honor de que me concedieran el Premio Voz Solidaria en el Festival de Málaga, el que más ilusión me ha hecho en mi vida. Es un cuadro con una gran foto de aquellos niños malienses, lo prefiero a lo ostentoso de muchas estatuillas. Lo tengo colgado en el salón, con el propósito de que me cause impacto y me detenga ante él, así me sereno en la vorágine diaria.
 
 
Vestidos coloridos en medio del hastío
No recomendaría Mali para pasar unas vacaciones. Ni de coña. No hay vuelo directo desde España, solo con escala en Casablanca, pero no se tarda tanto. Las complicaciones suelen producirse al entrar y salir del país. ¡Pasé ocho controles! De los ojos, de equipaje…
 
   El calor insufrible hace que sudes constantemente y bebas agua embotellada que se calienta enseguida. La humedad agobia todavía más. ¡Perdí cinco kilos en una semana larga! A mí me ayudó el hecho de practicar Bikram Yoga a 40 ºC. Se come cordero, pollo, pan… Siempre te ponen un té de bienvenida que debe evitarse por el culpa del agua con que lo preparan. Mi consejo para los visitantes es que opten por lo menos peligroso: pasta y arroz.
 
   Todo el tiempo tienes detrás a comerciantes que te ofrecen cosas. ¡Son incansables! Y el mercado es una pasada. En los puestos funden metales sin protección para los ojos, usan productos químicos para teñir las telas con los hijos al lado… Miras algo con atención y ya tienes a 200 personas encima [risas]. ¿Qué traerse? Colchas, collares, pulseras. Venden telas preciosas, y si lo pides con tiempo, incluso te confeccionan vestidos. El francés es clave para la comunicación, y ni siquiera lo hablan bien por el elevado analfabetismo.
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