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29-12-2016 Versión imprimir
Ilustración: Jésica Cichero
Ilustración: Jésica Cichero
 
El fallido intento de salir por la puerta grande
 
 
 
Un relato inédito de Nacho López Murria*
 
 
– No te preocupes por nada. Todo va a salir bien.– dice, mientras esperamos a que nos abran la puerta de casa de sus padres.

Su madre nos recibe con una prolongada alegría que dura hasta nuestra entrada en la espaciosa cocina, donde se encuentra su padre preparando la cena: verduras asadas, carne esponjosa… El hombre, un señor no muy alto y de pelo cenizo, aprieta mi mano hasta dejármela agarrotada. Sonríe. Sonrío. O lo intento.

– A ti te voy a poner poca comida, que no te hace falta crecer.– me dice, alargando sus labios hasta llegar al territorio de sus rojizas orejas. Sonreímos. No sé qué decir.

– Mejor, porque lleva desde ayer pachucho del estómago.– Mi novia habla por mí, así que todavía no tengo por qué enseñar mi voz.

– ¿No me digas? ¿Y eso por qué?– se interesa la madre. Mi asombrosa y nueva suegra.

– No, no…– Mi primera incisión verbal.

– Es pollito relleno… –añade mi pequeño y pizpireto suegro–. No es cualquier carne, ¿eh? De la pollería del barrio.
 
Me da igual dónde hubieran comprado la carne. Su aspecto tierno provoca ganas de engullir, pero tengo que controlarme, pues el estómago no está jugando a mi favor. Llevo desde anoche yendo al baño sin parar. No voy a entrar en detalles en la cena de presentación, así que me limito a ser agradecido.

Un pequeño puño interior da el primer aviso para recordarme el desastroso estado de mi organismo. Ayudo con los últimos detalles de la mesa. Mi chica pone al día a su madre. Yo ando torpemente por los azulejos de la casa, saltando entre islas en busca de un barco en el que enrolarme para sentirme menos solo. Su padre me habla de fútbol. No me gusta. Sonrío. Pongo interés y lo que haga falta. Los cubiertos, por ejemplo. Pregunto por ellos y mi suegra me los da, centrándose en la conversación que mantiene sobre el marido de la hija de una amiga. Respiro calmado. Mientras las dos mujeres siguen con su diálogo en el recibidor y mi nuevo suegro batalla con la cena, decido tomar un par de pistachos de la mesa.

En ese momento llaman al timbre. El hermano de mi novia y su esposa hacen acto de presencia. Uno. Dos. Tres. Mi interior es un agitado barril de gaseosa. Un volcán a punto de eructar. Presentaciones ya realizadas, estamos listos para cenar. Me siento. Desabrocho disimuladamente el botón del pantalón. Mi suegro observa mis extraños movimientos bajo la mesa. Sonrío.

Uno. Dos. Tres. La música infernal de mi estómago continúa amenizando el desesperado estado de cagarme encima. La cosa pinta mal. Peor que mal. Los temas giran lentos como globos de helio intentando alcanzar el cielo.

– ¿A qué te dedicas? – dice la mujer de mi nuevo cuñado.

– Soy actor.

Una burbuja de saliva explota en el interior de mi boca. Se me acumulan los trozos de carne entre los dientes mientras enseño una sonrisa sobrecargada. No contentos con mi respuesta, mis recién presentados suegros deciden hablar del futuro de mi novia y mío. Sobre todo del mío. Que eso de ser artista y no salir en la tele es perder el tiempo… Y yo suspiro hacia mis adentros. Uno. Dos. Tres. Mantengo el tipo. O al menos lo intento.  Pienso en la tranquilidad de un lago que visité una vez en el Pirineo francés cuando tenía 13 años. El humo de los platos se introduce espesamente en los poros de mi piel. Pensar en el Pirineo francés no sirve de nada, solo para recordarme el deber de beber agua en cantidades ingentes. No parecen percibir mis espasmos.
Anoche fue una gran noche. Cené con mis amigos. La cerveza danzaba en compases musicales que se consumían al ritmo de las carcajadas y el buen ambiente. Acaparamos todas las barras de bar posibles mientras hacíamos desaparecer el contenido de nuestros cubatas. Habíamos ido de estreno y tocaba celebrarlo. Llegados a este punto de la historia, paso a narrar el instante en el que entro en casa corriendo por el pasillo a vomitar todo lo consumido en la celebración.

– No podéis vivir eternamente de alquiler.

Mi pequeño suegro valora la situación actual de la era moderna. No puedo rebatirle lo más mínimo sobre crisis mundiales o políticos al borde del chiste irreverente. Mi pequeño y afilado suegro conserva la nefasta tragedia de tener una ideología anticuada. Uno. Dos. Tres. Suenan nuevos acordes estomacales. La bomba va a estallar en cualquier momento. Aprieto los dedos sobre el mantel. Pongo un pie encima del otro y con todas mis fuerzas intento atravesar el suelo y colarme en el piso de abajo.
Nacho López Murria, autor del texto
Nacho López Murria, autor del texto
 
Empiezo a sudar. Creo que estoy cayendo bastante gordo al personal. Hablo poco. Mastico mucho. En cualquier momento gritaré palabras malsonantes y me tiraré un gran pedo. Vuelvo a pensar en el lago del Pirineo francés. En la nieve bajo mis pies. En aquella rápida congelación facial y en el miedo a caer a ese esplendoroso y oscuro lago. Así estoy, sucumbiendo en mi asiento (en el de mis exfuturos suegros), mientras decoran el pecho con medallas a mi recién conocido cuñado. Un funcionario del Estado, perfecto desde el talón a la vena colgante de su cuello. Mi asombrosa y recargante suegra amuebla las pulseras de la mujer de su hijo. Lleva un rato sin escuchar a mi novia, la que sale con el artista. Mientras contengo mis exasperantes ganas de cagar, analizo en qué se parecen mi resplandeciente y perfecta familia política y mi normal e interesante pareja. Le acaricio la mano. Me mira. Se compadece de mí. No soy tan bueno como su hermano.
 
– Voy un momento al baño.– Uno. Dos. Tres. Contraigo mi estómago.
 
– Pasillo a la izquierda.– indica mi asombrosa suegra. Lanzo otra de mis perturbadoras sonrisas para escapar con una aprobación pelada. 
 
Intento buscar el interruptor de la luz. Uno. Dos. No me da tiempo a pararme a investigar. Tanteo el territorio como puedo. Levanto la tapa del retrete y me siento. Y exploto. Vuelvo a la vida. A mi vida, que es diferente a lo que sucede en la cena de presentación. Inspiro y expiro. Tengo pequeños orgasmos intestinales. Me saco un moco y lo pego en un pequeño trozo de papel higiénico. Veo que queda el justo para limpiar la masacre. Toso para disimular el sonido de las trompetas y disparos provocados por mi ano. El baño, recubierto de azulejos rosa pálido, intensifica el estado mental de mis suegros. Estos señores que saben tanto porque ven la tele, destacan su riguroso gusto por el impacto que provoca el vivo color de sus cagaderos. Ojeo una revista del corazón. Continúo con la Orquesta Sinfónica de mi Mierda Humana. La música del organismo. Procedo a terminar el desastre. Desenrollo tiras de papel que voy doblando en pliegues y paso suavemente entre mis nalgas. Vuelvo a prometerme que no beberé. Queda poco papel. Puede que sobre un poquito. Termino. Me pongo en pie. Llevo casi 20 minutos en el baño. Alguien llama. Uno. Dos. Mi estómago vuelve a gritar.
 
– Cuñado, ¿estás bien?– Su voz llega desde el otro lado de la puerta.
 
– ¡Ya salgo!
 
– Mi mujer ha hecho el postre.– ¿Y a mí qué me importa? Me agacho rápido y muy torpemente para subirme los pantalones.
 
Uno… Me quedo quieto. Espero. Mi mundo se desmorona. Los aviones caen del cielo. Una tormenta eléctrica dispara un rayo que provoca un corte de luz a nivel planetario. Los coches chocan sin ser de feria. Los niños tienen pesadillas a la vez. Los hombres aprovechan para sucumbir. Las mujeres aprovechan para abandonar la raza humana. Las guerras se acaban porque no existe la palabra guerra. Mientras tanto, noto el líquido caer por mis piernas, analizo las cosas que tienen mayor importancia que una simple presentación formal a los padres de tu novia. Supongo que me doy cuenta de lo mucho que la quiero y de que salir de este espacio temporal no va a ser fácil.
 
El suelo es un charco peligroso de sensaciones infectas. Abro los armarios del baño en busca de papel que no limpiará esta ciénaga. 500 litros de sudor descienden por mi frente. Mi ropa es como una cama mojada por mi yo infantil pero en versión fecal. A ver qué sonrisa les pongo yo a estos ahora. Pienso en lo lejos que queda mi móvil en el interior de mi chaqueta.
 
El olor empieza a ganar la partida. Como un acróbata de barrio, me quito los pantalones y los calzoncillos y los meto en la bañera. Semidesnudo, replanteo la situación pensando que la mierda del suelo son todos los miedos que llevo sufriendo días por imaginar cómo iba a ser la velada de esta noche y en lo mucho que decepciono a la gente que no entiende mis sueños. Te quiero. O al menos, lo he intentado. Estiro el cable de la ducha para mojar el suelo. El charco se escurre por debajo de la puerta. Pasa a ser una versión diminuta del lago del Pirineo francés.
 
Me rindo y doy asco. Llaman a la puerta.
 
– ¿Estás bien? –Es ella–. Llevas encerrado 40 minutos.
 
– Lo he intentado.– Silencio.
 
– Lo sé.– Sé que está sonriendo.
 
– Te quiero.– Mi fin.
 

 
(*) A Nacho López Murria (Valencia, 1987) la vocación le visitó pronto. Y la ha exprimido al máximo. No tenía 20 años cuando fundó la activa compañía CanallaCo Teatre, con la que ha dirigido la mayoría de las obras que van engrosando su trayectoria de dramaturgo: ‘Desorden’ (estrenada en 2010 y seleccionada para su representación ante el público londinense), ‘Azul #15’ (con Abel Zamora y David Matarín entre sus protagonistas), ‘No estamos together’ (programada en Madrid con el valenciano José Sospedra y Sandra Martín en el reparto), ‘Los niños alemanes pintan el cielo de color gris’, ‘Manual de plantas de interior’… El pasado noviembre estrenó ‘Las fabulosas canciones para desaparecer’, que constituye su primera incursión en el género musical.
 De su talento multidisciplinar dan fe sus apariciones sobre el escenario como actor, una faceta que también ha cultivado ante la cámara gracias a varios cortometrajes, aunque en el audiovisual desarrolla tanto labores de guion como de dirección. Por el momento llevan su firma las piezas Laura, Laura y El afilador.
 
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