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30-01-2014 Versión imprimir

 
 
Nuria González
 
“Creo que soy payasa, pero hay gente que no me lo nota”


Pudo ser una gran locutora radiofónica, pero el arte dramático (para estupor de sus padres) se cruzó en su camino. Ahora, los paseantes le sonríen por la calle


ANTONIO FRAGUAS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Fuma con boquilla alargada y sus facciones de musa decimonónica engarzan perfectamente con los plafones y tapicerías decó del Café de Oriente de Madrid. Se diría que Nuria González (Málaga, 1962) sale de un cartel de Alfred Mucha. Esa capacidad de mimetizarse, de absorber ambientes y caracteres, es la que la ha convertido en uno de los rostros más reconocibles de la comedia en España. En televisión, gracias a series como Manos a la obra, Los Serrano y Física o química. Y también en teatro, con 5Mujeres.com y ahora con Taitantos, montaje con el que está de gira. No ha hecho muchas películas (“el cine es una raya en el agua de mi carrera”, afirma), pero con Mataharis, de Icíar Bollaín, logró en 2008 la nominación al Goya como mejor actriz de reparto. La comedia es lo suyo, pero es un género al que llegó por casualidad. Dice ser mala observadora de sí misma, quizá porque desde sus ojos traslúcidos se pase las horas mirando hacia fuera.
 
 

 
 
 
– ¿El humor es respetado en España?
– Hay mucho dicho sobre el poco valor que se le da a la gente que hace reír. Yo no lo he vivido así porque mi vis cómica hasta ahora me ha dado buenos resultados respecto al trabajo y la proximidad con la gente. Pero sí he recibido lecciones. La primera serie que hice fue El sexólogo, con Antonio Ozores, y él me hizo consciente de que mi comicidad no me llevaría a ninguna parte como actriz.
 
– ¿Y ha sido así?
– No me quejo de mi situación, me quejo del trato que recibimos como colectivo. El público sí nos valora. El público te agradece que le hagas reír, esa gente no te olvida y te da las gracias continuamente.
 
– ¿Qué es para usted la vis cómica?
– Pues no lo sé. Es una cosa que me han dicho que tengo y aquí estoy. Yo era una actriz dramática y hacía lo típico: Yerma, etcétera. Cuando llegué a Madrid y empecé a hacer comedia la primera sorprendida fui yo misma.
 
– ¿Se aprende a hacer humor?
– No lo sé, pero si uno coge un texto que tiene gracia y lo lee en voz alta, la gente se ríe.
 
– Estoy seguro de que si usted coge el BOE y lo lee, la gente también se ríe.
– Cuando hacía 5Mujeres.com salía al escenario y la gente aplaudía y se reía cuando todavía no había dicho nada. La gente tiene predisposición a reírse cuando ya la has hecho reír. Eso forma parte del cariño. Yo voy por la calle y la inmensa mayoría de la gente que me reconoce simplemente me mira y sonríe. Es como vivir en Barrio Sésamo. [Risas] Yo vivo en una burbuja. Recibo mucho. Aunque no he tenido momentos de superéxito, mi trabajo ha sido muy paulatino y el resultado es que me conoce muchísima gente. Hay quien te pone nombre y quien no, pero me miran con familiaridad.
 
 

 
 
 
– ¿Nunca pensó en ponerse un nombre artístico?
¡Ay, qué mal hice en no ponérmelo! Ahora ya me conocen por mi nombre, pero hubo un momento en que solo se me conocía de cara. Eso cambió con Manos a la obra, ahí empezaron a llamarme por mi nombre. Pero da igual. Hay un montón de niños que están viendo ahora Manos a la obra y que me miran como si yo fuera Adela. Esto es fascinante. Cuando la gente me mira, para no defraudar, tengo que determinar a quién de todos los personajes que he representado están viendo.
 
– En ‘Física o química’ era Clara Yanes. ¿Por qué dejó la serie?
Una serie es una de las cosas más difíciles a las que se enfrenta un actor. Es el único medio en el que no sabes qué va a hacer tu personaje. En el teatro y en el cine lo sabes, pero en una serie está todo más abierto. Tienes que construir tu personaje cada día sobre un soporte móvil. Entonces es cuando la trama puede entrar en crisis. Y no es una cuestión personal. Yo en todas las series en las que he estado he hablado con los guionistas sobre esto. Hay cambios en un personaje que tienen una lógica y otros que tienes que ir dosificando para que sucedan. Hay que respetar al espectador, que no es tonto. El actor tiene que mantener una coherencia en el personaje. Lo más fuerte que le he podido decir a un guionista es “dame instrumentos para hacer esto, no me dejes tirada con una pieza que no sé dónde va”. Siempre que he hablado con alguien de estos asuntos, y he hablado mucho, lo he hecho aportando soluciones para que mis personajes no sufran una falla y para que yo no me vea perdida haciendo un papel en el que ya no crea. No me niego al cambio en un personaje, pero quiero el proceso del cambio. 
 
 

 
 
 
– ¿Tenía madera de cómica desde pequeña? ¿Hacía mucho el indio?
– Qué va. De hecho me decían ‘¡Baila, niña!’ y me ponía colorada. Yo creo que soy payasa, pero hay gente que no me lo nota. Sé que debo de tener vis cómica porque el trabajo que me sale es comedia.  
 
– ¿Lo suyo es de familia?
– Para nada. Mi padre era recepcionista de hotel y mi madre es esteticista. La cosa es que a los 17 años, estando en el instituto, le hice un favor a un amigo que tenía un grupo de teatro en otro instituto y le hacían falta chicas. Recluté a unas amigas y fuimos a leer obras y elegir qué representar. Bendito el día. Mi primer contacto fue ese, con el teatro amateur, que para mí es la mejor vía. No me lo he pasado mejor en mi vida.
 
– ¿Y ya tenía claro que quería dedicarse a esto?
– Bueno, yo quería estudiar Historia del Arte y en Málaga no había, así que me metí en Filología Hispánica, pero me aburría un montón. Se dio la coincidencia de que salieron unas pruebas para locución de radio y me cogieron. Era en Radio Málaga y Radio Torcal, de la Rueda Rato. Hice un montón de cosas. Primero radiofórmula, luego informativos, estuve destacada en la cobertura de unas elecciones… Yo acababa de cumplir 21 años y me podía haber quedado allí mi vida entera, porque era fija.
 
– ¿Y por qué dejó la radio?
A los 25 años me pregunté si yo quería que esa fuera mi vida. Si iba a dejar que se me mustiara la vocación. Cuando entré en la radio estaba en segundo o tercero de Arte Dramático. Trabajar me permitió terminar los estudios. Luego montamos una compañía, Brea Teatro, que sigue existiendo. Hicimos nuestro primer montaje sin un pavo: mucha furgoneta, mucho madrugar y mucho bocata de mortadela.
 
 

 
 
 
– Y luego dio el salto a Madrid…
Me vine con 25 años sin ninguna seguridad. En ese periodo me enfrenté a la indigencia absoluta. Hice una prueba para un programa de Pepe Navarro por las mañanas en La Primera. Interpretaba unos monólogos, escritos por Yolanda García Serrano, que se llamaban De mujer a mujer. Eran de tres minutos, en directo, mirando a cámara, o sea, dirigiéndote al público, cosa que no había probado jamás. Yo estaba acostumbrada a mi cuarta pared, que me sigue fascinando. Me cuesta mucho romperla. Para eso soy muy pudorosa. Y me tuve que enfrentar a todos mis demonios. No sabes el estrés que se respiraba. Estaba Hermida que me decía: “no te preocupes, son solo ocho millones de espectadores” [Risas]. Esa experiencia no me sacó de mi apuro ni económico ni vital, pero supongo que me animó. Luego todo fue esperar trabajo y buscarlo.
 
– ¿Y sus padres, qué decían?
– Pues que me volviera a Málaga. Ellos no entendían qué fuego interno me mantenía en Madrid. Yo había hecho una apuesta y no me quería desdecir. Y por eso sigo aquí, por cabezota. Yo tenía ese empeño ciego, quería ser algo y no lo podía olvidar. No era capaz de apartarme y decir: la vida continúa. Yo no sé renunciar a esto.
 
 
 
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