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04-07-2019


Un galán hecho a medida
 con dotes de boxeador


Arturo Fernández, conocido por su imagen impecable, ha fallecido a los 90 años. Sus papeles dramáticos, pero sobre todo cómicos, tanto en teatro como en cine, le llevaron a ser una de las caras imborrables en la memoria colectiva de la interpretación española


AISGE honró sus siete décadas de trayectoria en 2018 con el Premio Actúa


CARLOS H. VÁZQUEZ

España ha sido tierra de boxeadores triunfantes. Luego algunos caían en desgracia, pero el mito ya estaba escrito. El actor Arturo Fernández (Gijón, 1929) fue un púgil con una pegada limitada pero buena cintura, por lo que encajaba pocos golpes. Tenía 16 años cuando se subió al ring.

 

   Fernández nació al norte del norte, en febrero, con el frío abrazando. Su padre, mecánico ajustador en el ferrocarril de Langreo y anarquista de la CNT, tuvo que exiliarse en Francia en tiempos de la Guerra Civil, dejando a su esposa a cargo del hijo de siete años que tenía el matrimonio: Arturo. La mujer se buscó la vida para salir adelante, lavando botellas a la intemperie, con las manos metidas en un barril de agua a veces helada. “Mi madre ganaba cuatro pesetas a la semana y a mí me daban 100 por combate [tenía dos cada mes]. La decisión fue fácil”, contaba sobre su infancia. “Ella no dejó de trabajar hasta que se marchó para reunirse con mi padre en Francia, tras irme yo a Madrid a buscar mejor fortuna”, añadía.

 

   Tenían sus progenitores el porte y el gusto propios de una época en la que todo el mundo aspiraba a vestir lo mejor posible dentro de sus posibilidades y a ir muy aseado. “Mi madre quería que yo fuera oficinista o representante de comercio para que no tuviera que llevar mono como mi padre”. Entre otras cosas, Arturo Fernández pudo ser futbolista e incluso sastre profesional. De casta le viene al galgo.



   En la capital, en 1950, llegó a la interpretación por casualidad. Empezó de figurante en La señora de Fátima, La guerra de Dios o El beso de Judas, las tres del célebre Rafael Gil. Admitía que tuvo mucha suerte, pero también que esa suerte le pilló trabajando: “Fue un camino de aprendizaje largo y duro hasta que Julio Coll, un fantástico director de cine catalán, me hizo actor protagonista de dos películas emblemáticas de nuestro cine negro: Distrito quinto y Un vaso de whisky. Mi vocación había nacido en el primer contacto que tuve con el cine, cuando un ayudante de dirección, asturiano como yo, me ofreció hacer de extra en un rodaje como forma de ganarme unas pesetas que me permitieran sobrevivir en Madrid. Me fascinó el cine. Pero al entrar en contacto con el teatro descubrí mi pasión”. Pese al paso del tiempo, nunca olvidó su primera intervención con frase en un filme (“¿Pero todavía no has dicho en casa que te alistas hoy?”) ni los años de aprendizaje, viendo y oyendo a los maestros del oficio dentro y fuera del escenario o las cámaras.

 

Corte y confección

Gracias a Truhanes (con Francisco Rabal) o La casa de los líos (con Lola Herrera), Fernández se formó la imagen de ‘chatín’ elegantón por la que se le recordará siempre. “En mi vida personal no me parezco a mis personajes”, aseguraba, “ni lo pretendo. Otra cosa es el personaje que el público quiere ver en mí. E intento no defraudar”. Aunque había sido con la representación de La herencia en teatro en 1957 cuando comenzó a adquirir la fama de galán, una huella que fue dejando en Un hombre y una mujer, Pato a la naranja, Esmoquin o La montaña rusa.

 

   Lola Herrera separaba el lado profesional de la imagen pública de su compañero: “Arturo tenía su personaje, y a veces uno y otro no se desligaban, pero yo conocí a un Arturo que me fascinó. Una parte de él que casi nunca dejaba ver en las entrevistas, donde solía ser más frívolo. Yo conocí en aquellos cuatro años esa parte que está lejos del Arturo público”. ¿Cómo puede mantenerse una estética a lo largo de décadas? Decía el artista que con mucho esfuerzo y dificultad, pero se restaba méritos, atribuyendo la fórmula a las palabras y situaciones que le escribían, como fue el caso de Alta seducción. Con esa obra escrita por María Manuela Reina llevaba girando desde 1989.



   Pertenece Fernández a una generación de actores, como cuentan, “de otra galaxia”. En efecto, así él lo pensaba y compartía: “Sabemos el valor del mérito, del esfuerzo, del compromiso, de lo difícil que es no solo llegar, sino mantenerse. Realmente creo que la dificultad de los tiempos en que nos tocó hacernos adultos nos hizo más fuertes, tener más ganas de labrarnos una posición en base a nuestro propio esfuerzo. Y ahora, en general, solo se piensa en 'los derechos', se quiere únicamente la parte ancha del embudo”. Consideraba Arturo que el género de mayor dificultad es el cómico (muy remarcable su actuación en La tonta del bote), el cual exige una flexibilidad y una naturalidad que no precisa el drama y tampoco la farsa. Hablaba con conocimiento, pues no le faltó experiencia en esas latitudes interpretativas. “He hecho mucho drama. En teatro me consolidé con Dulce pájaro de juventud. Me atreví incluso con el verso, que nunca fue mi fuerte, en Ensayando a Don Juan. Y la crítica fue muy positiva. Pero a mí me gusta la alta comedia, y también le gusta al público. Ese es el crítico que jamás se equivoca y al que escucho siempre”.


   Su filmografía comprende entre 80 y 90 cintas, pero lo que más llama la atención, además de sus primeras y desconocidas películas (incluyendo A sangre fría), ha sido el largo tiempo que ha permanecido con su propia compañía: más de 50 años, casi 60. “No es barato el montaje de una obra como Alta seducción, con un decorado espectacular en el que todo es real y de primera calidad, un vestuario de auténtico lujo… Y una gira es muy costosa: viajes, dietas, transporte de decorado, personal de montaje y desmontaje…”, detallaba. Entonces, ¿por qué decidió Arturo Fernández hacerse empresario de teatro? “Porque creo que es la máxima aspiración de un actor con vocación teatral. Y ese es mi caso. El cine me dio una popularidad y un nombre que yo aproveché para poder hacerme un sitio en el teatro. Además de ser mi pasión, me permite el lujo de la independencia. Me cabe el orgullo de haberlo conseguido y de tener la compañía de mayor duración de la historia del teatro español”, expresaba con energía.

 

   La madre de 'el Tigre de Piles', como apodaban a Arturo Fernández en su época de cuadriláteros, moría en sus brazos una noche de Reyes, también con el frío. Hoy, con 90 años, el boxeador ha dejado de pelear, aunque habría firmado por vivir 90 más.

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