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02-03-2015 Versión imprimir

 

Héctor Colomé, el rostro atormentado
del actor apátrida


El intérprete hispanoargentino, fallecido el sábado 28 en Madrid a los 71 años, deja por igual grandes interpretaciones y amigos en la profesión



ANTONIO FRAGUAS
Quizá todo auténtico actor sea apátrida. Quizá la única patria de los actores sea su cuerpo, su voz, su rostro. Héctor Colomé lo reconocía en una entrevista concedida en 2011 al Diario de Navarra: “Para mí los países, las banderas, no tienen importancia. No sé si porque vengo de Sudamérica, donde en Argentina, Chile y Uruguay son todos inmigrantes. En absoluto me siento aquí un desarraigado”. Apátrida vocacional, con decenas de películas, montajes teatrales y series televisivas a sus espaldas, falleció el sábado 28 de febrero en Madrid a los 71 años a causa de un cáncer. Era el socio número 1.584 de AISGE. Cuando arraigó aquí, en 1976, provenía de una Argentina conmocionada por el golpe de Estado de Jorge Rafael Videla. Nacido con el nombre de Héctor Juan Buffa Colomé (Córdoba, 1944),  había debutado con 16 años, en 1960, y luego había estudiado Ciencias Económicas y Teatro en la Universidad Nacional (institución que cuenta con dos elencos teatrales permanentes). Así que al llegar a España, con 32 años, ya tenía a sus espaldas una trayectoria actoral importante y algún premio prestigioso.
 
   Sin embargo, con el cambio −y sin proponérselo−, dejó atrás algo más que un país. Porque cuando debutó en Madrid, en el Teatro Príncipe Gran Vía, su apellido paterno había sido suprimido de los carteles, contra su voluntad. A partir de ese momento sería simplemente Héctor Colomé: asumiría así una nueva identidad, un nuevo papel que subyacería a las decenas de personajes a los que daría vida en teatro, cine y televisión.
 
   Pertenecía a esa estirpe de intérpretes como Christopher Walken, Rutger Hauer y Lluís Homar, con expresión glacial, severa, de unas facciones que transmitían cierto tormento nórdico (ideales para interpretar personajes duros). Su rostro fue omnipresente en la escena española contemporánea. Tanto en teatro, como en cine o televisión, consiguió un difícil equilibrio (y en todos los formatos, desde zarzuelas hasta teleseries, superproducciones de cine o doblajes de dibujos animados). Siempre, y por muy discreto que fuera el papel, exhibió una solvencia reservada a los menos. Logró además Colomé transitar entre las generaciones sin perder vigencia, siendo una referencia tanto para los dramaturgos que en los años setenta devolvieron al teatro español a la contemporaneidad −tras la mordaza de 40 años de franquismo− como para los jóvenes cineastas que en torno al cambio de siglo cimentaron una industria y un saber hacer cinematográfico frescos, competitivos y homologables a los del entorno europeo y anlgosajón. En esos dos momento cruciales de la escena española Colomé aportó su profesionalidad.
 
   El suyo fue un concepto de éxito más personal: nunca dejó de trabajar ni de recibir la admiración de los colegas y del público más implicado y entendido, pero jamás se convirtió en un rostro mediático. Lo suyo era más prestigio que popularidad, algo muy difícil de conseguir (y de mantener).
 
 
En una escena de 'Azuloscurocasinegro', junto a Quim Gutiérrez
En una escena de 'Azuloscurocasinegro', junto a Quim Gutiérrez
 
 
 
   En 1983, de la mano de Calderón de la Barca, Colomé se hizo un hueco definitivo en las tablas españolas. Participó en Absalón, adaptación de la calderoniana Los cabellos de Absalón, con dramaturgia de José Sanchis Sinisterra (uno de los eternos amigos de Colomé, desde entonces) y dirigida por José Luis Gómez para el Teatro Español. Con semejantes cicerones (Calderón, Sanchis Sinisterra y Gómez) es fácil imaginarse la trayectoria subsiguiente de Colomé: no meteórica, pero firme.
 
   En 1992 entra a formar parte de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, dirigida por Adolfo Marsillach, quien en 1993 le dará el papel de comendador en Fuenteovejuna, de Lope de Vega. Este encargo lo marcará para siempre como actor arquetípico para villanos, policías corruptos, militares autoritarios, dictadores... Pero lo largo de su extensa carrera Colomé sabría sacudirse este cliché. Porque no era sólo un rostro, tanto es así que puso su voz en doblajes de series célebres como Los Caballeros del Zodiaco, MacGyver, La familia Hogan, Colombo y Falcon Crest, entre otras.
 
   Su carrera en el teatro clásico, con papeles en Julio César y El sueño de una noche de verano, de Shakespeare; la ya citada Fuenteovejuna, de Lope de Vega; La vida es sueño, de Calderón de la Barca y El misántropo, de Molière, culminó cuando en 1996 recibió el premio al mejor actor en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Ese mismo año, y en una muestra de versatilidad, protagonizaría la serie televisiva El Súper, a la que luego seguirían ficciones muy populares como Petra Delicado y Periodistas, en 1999; Policías, en el corazón de la calle, en 2001; Amar en tiempos revueltos, en 2005 y 2006; Aída y Herederos, en 2008; 14 de abril. La República, en 2011 y El príncipe, en 2014. Sus trabajos en el cine también son memorables, con un buen puñado de largometrajes de éxito (por citar sólo algunos: Libertarias, en 1996, de Vicente Aranda; La caja 507, de Enrique Urbizu, en 2002; Obaba, de Montxo Armendaritz y El penalti más largo del mundo, de Roberto Santiago, ambas en 2005, y la más reciente REC 4: Apocalipsis, de 2014).
 
 
 
En la sede madrileña de AISGE, junto al director Montxo Armendáriz
En la sede madrileña de AISGE, junto al director Montxo Armendáriz
 
 
 
 
   Pero si hay que hablar de cine hay que hablar sobre todo de su relación con el cineasta Daniel Sánchez Arévalo. “Ha fallecido mi papá II, la pareja de mi madre durante más de 20 años, y mi actor favorito, Hector Colomé. Te quiero mucho. Te echo de menos”. Así reaccionó el cineasta en la red social Twitter el mismo sábado. La madre de Sánchez Arévalo, la actriz Carmen Arévalo, era desde hace décadas la pareja de Colomé. La relación entre el cineasta y el actor trascendió el ámbito familiar.  Colomé obtuvo quizá sus mayores éxitos cinematográficos gracias a dos películas de su hijastro: AzulOscuroCasiNegro (2006) y La gran familia española (2013). De hecho Sánchez Arévalo solía otorgarle el papel de padre, lo que sin duda era un guiño a quien fuera uno de sus referentes vitales y profesionales.
 
   Otros muchos compañeros y amigos han lamentado la muerte de Colomé. Nada más conocer la noticia, la presidenta de AISGE y de la Fundación AISGE, Pilar Bardem, expresó su consternación: “Se nos va un gran actor y persona buena y honesta. No puedo evitar las lágrimas”. También lo hacía el cineasta e intérprete Santiago Segura, quien calificó a Colomé de “buenísimo actor y encantador compañero”. “Un regalo haberte conocido. Te echaremos de menos...”, señaló por su parte Juan Diego Botto, y también se sumaron a los lamentos María Valverde, Tristán Ulloa, Hugo Silva, Fernando Guillén, Canco Rodríguez o Lucía Jiménez, entre otros.
 
   De la vocación de Colomé da una idea el hecho de que no se le hubiera pasado por la cabeza dejar de actuar, incluso rebasada hace tiempo la edad de jubilación. Su nombre todavía figura en el cartel de 2 delirios sobre Shakespeare, programada para junio por el Teatro Real y donde Colomé iba a interpretar a Próspero. Ya no podrá dar vida a ese personaje, una vida que volcó en cientos de personajes y también en personas de carne y hueso, dentro y fuera de los escenarios. Y hoy todos ellos le lloran.
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