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05-06-2017 Versión imprimir
(Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha. Madrid, septiembre de 2008)
(Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha. Madrid, septiembre de 2008)
 

Miguel Palenzuela:
De función hasta
el último latido


El actor y admirado portavoz del teatro clásico nos dice adiós a los 84 años. Deja un centenar de montajes dramáticos y una ecléctica filmografía


FRANCISCO PASTOR
Los primeros días que pasó en Madrid, la ciudad a la que llegó persiguiendo el sueño del teatro, el actor Miguel Palenzuela (Ávila, 1933) se vio durmiendo en los bancos del paseo del Prado. Atrás dejaba la Barcelona en la que se había criado junto a sus padres y otros seis hermanos. También, un acomodado y reconocido puesto de trabajo como comerciante. Pero la llamada de las tablas era ineludible, y el centenar de montajes teatrales en los que se acabó involucrando corroboran que el artista acertó con la apuesta. Su trabajo en cine, a las órdenes de Vicente Aranda, Julio Medem o Alejandro Amenábar, también dan cuenta del hueco que dejó Palenzuela en nuestro patrimonio cultural cuando se marchó, el sábado 3 de junio, a los 84 años.
 
   Saturnino Palenzuela Miguel, como en realidad se llamaba el actor, dijo adiós tras años combatiendo una obstrucción pulmonar y al poco tiempo de descubrir que padecía leucemia. Se despidió en Madrid, la ciudad donde asentó su carrera, y en la que el domingo le velaron sus compañeros de oficio; entre ellos, Núria Espert. Al poco tiempo de trabajar junto a ella, a principios de los sesenta, se convirtió en el primer actor de su compañía. Y en un conquistador: incluso enfundado en la sotana de El comprador de horas, las espectadoras le esperaban a la salida del teatro. Afortunadamente, el actor pudo plasmar recuerdos tan personales como ese, hace solo dos años, en La memoria recuperada: la autobiografía que publicó gracias al Taller de la Memoria de la Fundación AISGE.
 
 

 
 
 
   Al son de esta autobiografía, descubrimos que fue el productor Miguel Narros quien le aconsejó ponerse un nombre más artístico que Saturnino. También quien confió en él por primera vez para sacarle de los papeles de reparto y concederle el rol de galán en piezas como El caballero de Olmedo o La dama duende. O recordamos los largos años en los que Palenzuela trabajó para Adolfo Marsillach, quien le contrató en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Atrás quedaban domingos y domingos de representaciones independientes en los nidos de arte de los barrios de Barcelona, donde Palenzuela tocó desde Edipo rey hasta las estrofas de Calderón de la Barca.
 
   Porque el verso formaba parte de la vida de Palenzuela desde niño. Apenas contaba los dos años cuando su familia, de la que él era el benjamín, salió de Ávila y se mudó a la Barcelona de 1935. Al llegar más adelante la contienda civil, el actor, al igual que el resto de sus hermanos, pasaría las tardes escuchando a su padre, campesino, recitar poesía. Largos soliloquios que arrancaban cuando empezaban a caer las bombas y que pretendían amortiguar el ruido. Quizá le viniera de allí el amor por el teatro, reflexionaría más adelante.  

 
 
 
Funciones en la mili
“La vocación es elegir algo y persistir”, reitera Palenzuela en esas páginas que el actor, quizá por aquello de clásico, redactó no en un ordenador, sino en una máquina de escribir, y en las que el intérprete recuerda hasta su paso por el servicio militar. Como huella de su paso por la mili, Miguel organizó en su pelotón un grupo de teatro. Allí representó las piezas de autores como Carlos Arniches o José María Pemán: eso sí, alterando los textos para que en ellos cupiera un reparto compuesto únicamente por hombres. Las esposas, así, se convertían en amigos del colegio. Las prostitutas, en tíos llegados de América. Todo ello, desprovisto de perversiones: el actor ya tenía suficiente con figurar, en su ficha de soldado raso, como sospechoso. El mismo padre que declamaba poesía contra las bombas había estado afiliado a la UGT.
 
   Palenzuela, militante de las largas madrugadas en las bohemias de Madrid y Barcelona, viajaba de una ciudad a otra, nueve horas mediante, en un Renault Dauphine. El coche de las viudas, llamaban entonces a aquel turismo, aunque él no contó con esposa ni con descendencia. “Quizá porque no los tuvo, nos convirtió a todos en sus hijos”, reflexiona Jordi Moreras, uno de sus sobrinos. La última vez que el tiet Satur y él coincidieron, le habló preocupado de la situación en Cataluña. Lo reiteran sus memorias: los sentimientos de Palenzuela hacia su tierra eran agridulces. Incluso cuando actuaba en catalán —entre otros, gracias a la compañía bilingüe de Espert—, su acento de ascendencia castellana provocaba allí, en más de una ocasión, el desafecto de una parte de la crítica y del público. Pero el actor siempre pasaba por Barcelona durante sus giras, y encontraba a su familia, a la que dedica sus memorias, en la platea.
 
   Viajar, viajó. El mismo actor que, desde el desierto de Almería, se dedicó al spaghetti western –“de algo había que comer”, declaraba él al respecto– acabó retomando su carrera como comerciante cuando dirigió el Ballet Flamenco y de Danzas Españolas. Ayudando a divulgar el trabajo de bailaores y cantaores, desde Londres hasta Atenas, pasando por Viena o París. De algo tenía que valerle su pasado profesional en el comercio. Y la contabilidad que estudió gracias a la beca que, ya con 12 años, le dieron los jesuitas. “Si hubiera conocido a Berlanga, su vida hubiera dado para una de sus películas”, ríe su sobrino.
 
 

 
 
 
   Una película, claro, con un final feliz. Porque ese niño que se colgaba de los tranvías de Barcelona para viajar gratis, o robaba toda la comida que encontraba a su paso para llevarla a casa, fantaseaba con trabajar en la compañía dramática Lope de Vega, cuya cartelería adornaba los grandes teatros de Barcelona. Su paso por ella solo fue el principio de aquella carrera en la que también se cruzaron nombres como el de Pilar Miró o Julia Martínez. Pero no por ello, reitera el dramaturgo Jesús Campos en el prólogo a las memorias de Palenzuela, perdió este su capacidad de asombro. “Para él, toda la vida es juego. Una actitud traviesa más propia de otra edad”, rezan algunas de sus líneas.
 
   Palenzuela resumía su existencia en el trabajo. “Una vida carente de grandeza, una vida simple”, escribía, también al pensar en sus tres años de estudio en el Instituto del Teatro. Y en los días en los que faltaba a sus obligaciones como contable, o llegaba tarde, o medio dormido, por haber estado actuando la noche anterior. Décadas después, aún se avergonzaba de aquellos años de malabares, en los que era el oficio bien remunerado el que se resentía mientras el vocacional iba, pieza a pieza, ganando paso.
 
   Y ánimo de trabajo encontraba también en el cine, en el que Palenzuela se sentía “apocado”: le tocaba actuar, marcharse y dejar su interpretación en manos de un director o un montajista. Nada que ver con las tablas, en las que se veía señor y dueño de todo lo que allí ocurriera, ya fuera La Celestina o El enfermo imaginario. Cuando, después de llevar el flamenco por Europa, aquel viajante regresó a la capital, de nuevo como actor y ya no como empresario, Marsillach le regaló un libro con una sola dedicatoria: “por fin has vuelto”. En nuestro sueño queda, que decía Segismundo, adivinar qué andarán tramando uno y otro, allá arriba, de nuevo juntos.
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