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29-08-2017 Versión imprimir
(Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha. Madrid, septiembre de 2012)
(Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha. Madrid, septiembre de 2012)
 
 
Terele Pávez

Actriz con arrojo, mujer sin dobleces
 
Fue la Régula de ‘Los santos inocentes’, dio vida a La Celestina tanto en cine como en teatro y desde 1995 se hizo imprescindible en el cine de Álex de la Iglesia 
 
 
EDUARDO VALLEJO
@eduardovallej01
La tarde del viernes 11 de agosto de 2017 quedará en la memoria como un momento triste para el mundo de la interpretación española. Inopinadamente, y con buena parte de la población enfrascada en el trance vacacional, la actriz Terele Pávez ingresaba en el Hospital La Paz de Madrid y dejaba este mundo a causa de un derrame cerebral. Acababa de cumplir 78 años.

   Su muerte resulta especialmente dolorosa cuando sus más recientes trabajos constataban su monumental madurez profesional y hacían pensar en todo lo que aún podía dar como actriz. Baste echar un vistazo a los dos papeles cinematográficos aparecidos en lo que llevamos de 2017 para comprobarlo: la Amparo que preside con firmeza la barra de El bar (Álex de la Iglesia) y la molinera de la excelente Incierta gloria (Agustí Villaronga); por no hablar de su soberbia interpretación en 2016 de una delirante exprostituta, ya anciana pero con aires de grandeza, que da réplica a Carmen Machi en La puerta abierta (Marina Seresesky). Son las tres últimas lecciones que nos deja como legado.

   Terele Pávez vino al mundo en Bilbao pocas jornadas después de que acabara la guerra civil, aunque creció y se crio en Madrid. “En esos tiempos se nacía donde tocaba ese día”, declaraba en una entrevista a AISGE en 2012. Desde siempre fue conocida por su nombre artístico, que adoptó tomando uno de los apellidos de su abuela materna, ya que su nombre real era Teresa Ruiz Penella. 

 

   Nacida en el seno de una familia con precedentes artísticos (su abuelo Manuel Penella fue el compositor de El gato montés y su tía Teresita Silva, actriz cómica de renombre) y arropada por una madre liberal y enamorada del arte, ella y sus hermanas mayores Emma [Penella] y Elisa [Montés] tomaron el camino de las artes escénicas. Pávez, concretamente, quiso ser bailarina y estudió para ello. De hecho, la segunda vez que se subió a las tablas fue en el cuerpo de baile de la comedia musical El pleito del último cuplé (1958), con Mary Santpere a la cabeza, en el teatro Goya de Madrid. Unos meses antes, en ese mismo año, había debutado con un pequeño papel en el estreno de la obra póstuma de Jacinto Benavente El bufón de Hamlet. Tenía 18 años.
 
Una joven “marionetilla”
Ella se recordaba a sí misma como “una marionetilla que iba de acá para allá”, y añadía que nunca había tenido la sensación de ser una artista. “Aún hoy, lo primero que pienso si la gente me mira es que voy despeinada; o si alguien es particularmente amable conmigo en el súper es que me conoce del barrio, no pienso que lo hagan porque soy actriz”. Así se tomaba su notoriedad.

   Terele adquirió su reputación de intérprete briosa y temperamental en el teatro. Se le atribuye su primer papel de importancia en La camisa, de Lauro Olmo, estrenada en 1962, al que siguieron interpretaciones cada vez más notables, como la de ¿Quién quiere una copla del arcipreste de Hita? (J. Martín Recuerda, 1965), en la que actuaba en compañía de grandes pesos pesados del momento dirigidos por el niño terrible del teatro de los sesenta, Adolfo Marsillach. “Ni Mari Carrillo, ni Nuria Torray, ni José María Rodero son actores ‘alegres’. Terele Pávez fue, en verdad, la única encarnadura convincente”, apuntaba tras el estreno el crítico Enrique Llovet en el ABC. La crítica la salvaba, pero los contratos no venían aparejados. “Me he pasado la vida haciendo papeles importantes y, a renglón seguido, parada”, llegó a lamentar la actriz.

   No obstante, en la temporada 1968/69 llegó el personaje que la consagraría. Se trataba de la Petra de La casa de las chivas, de Jaime Salom, un drama rural ambientado en la guerra civil con el que la actriz dio un sonoro zapatazo. Los críticos se deshicieron en elogios y la premiaron en Barcelona, ciudad donde se produjo el estreno. En su libro Historia y antología del teatro español de posguerra, Víctor García Ruiz y Gregorio Torres Nebrera calibraban así la importancia de este papel en su carrera: “Es comprensible que [...] el sobreesfuerzo físico de una menuda Amparo Baró y la variedad de registros de Terele Pávez aumentasen su prestigio profesional, sobre todo en el caso de esta última, ya para siempre convertida en los escenarios en mujer de carácter y desgarro psicológico”. 

 

   En el cine había tenido su primer papel siendo apenas una adolescente en la película de Luis Berlanga Novio a la vista (1953). Ya por aquel entonces debía de tener garbo interpretativo porque, según ella misma recordaba, “Berlanga tenía el tic de rascarse los huevos; yo lo imitaba y, claro, todo el equipo se tronchaba”.

   Ante la cámara, tuvo arte y parte en el éxito de series televisivas como Cañas y barro (1978), La barraca (1979), La huella del crimen (1985) o Cuéntame. Y también brilló en interpretaciones cinematográficas de fuste, como Mauricia la Dura en Fortunata y Jacinta (Angelino Fons, 1970) o como alcahueta universal en La Celestina (Gerardo Vera, 1996); pero hoy, sesenta y cinco años y un centenar de títulos después de aquel debut con Berlanga, el gran público la conoce especialmente por dos cosas: su personaje de Régula en Los santos inocentes (Mario Camus, 1984) y su presencia casi constante en las películas de Álex de la Iglesia desde El día de la bestia (1995).
 

 
 
Como la señora María
Aseguraba la Pávez que no le costó entrar en el personaje de la mujer de campo que creó Delibes y que Camus llevó al cine. “En Régula se entra por sentimiento y porque a gente como ella la has conocido y la has querido en la niñez”. Y a modo de ejemplo de esas vivencias infantiles contaba: “Recuerdo a la señora María, que se le morían los hijos en las obras. Ocho hijos, uno caído de un andamio, otro accidentado con una fresadora. Venía llorando con un pañuelo blanco a casa de mis padres. Y en casa tampoco sobraba, pero la mujer se iba con una peseta, un huevo y una patata... Otra que siempre estaba embarazada”. Pávez tenía un devocionario en la mente lleno de personajes.

   Creía haberle caído bien a Álex De la Iglesia por ser “zurda y bilbaína”, y decía a todo el que quería escucharla que él nunca le había fallado y siempre le había dado amor y respeto.

   De la Iglesia dijo de ella: “En Terele hay mundos de dolor. Su mirada alcanza profundidades abisales. Cualquier frase anodina, en su boca, se transforma en un fragmento de Las bacantes de Eurípides”.

   Mucho antes, prendado de su encarnación de Elicia en el montaje teatral de La Celestina en 1978, Francisco Umbral escribió que la veía “peinándose y despeinándose la melena fiera, afilándose los ojos de una maldad inteligente y negra, riendo con la boca brutal y grande de las hembras que dan miedo, porque Terele estaba ahí, tomando café de madrugada desde los tiempos de Fernando de Rojas”. Seguro que Umbral y ella han vuelto juntos a algún café.
 
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