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02-03-2017 Versión imprimir

 

Oriol Pla

“Los jóvenes cada vez entienden menos la comunicación del teatro”

A sus 23 años, el artista barcelonés ejerce en ‘Ragazzo’ como un veterano de las tablas. Y acaba de rodar para Agustí Villaronga. Dice que actuar le salvó la vida, así que ha decidido aprovecharla intensamente

 
IRENE G. PÉREZ
Reportaje gráfico: Pau Fabregat
En la amplia Plaça Margarida Xirgu, en Montjuic, apenas hay una decena de personas un jueves de febrero a las cuatro de la tarde. Algunos pasean a sus perros, otros intentan hacer alguna filigrana con el skate. Sentando junto a la entrada del Teatre Lliure, Oriol Pla (Barcelona, 1993) los contempla tranquilo, aprovechando el descanso del que disfruta antes de empezar a calentar para la función. En unas horas la plaza se llenará de gente que acude a verle metido en la piel de Carlo Giuliani, el protagonista y único actor de Ragazzo, dirigida por Lali Álvarez. La obra explica la historia del joven manifestante antiglobalización que fue asesinado en una manifestación en Génova cuando se celebraba una cumbre del G8. Aunque ya la representaron en la Nau Ivanow en 2015, ha colgado el cartel de lleno para todas las funciones en el Lliure antes de estrenar. A sus 23 años, Pla ha tenido tiempo de ponerse a las órdenes de nombres propios tan relevantes como Agustí Vilallonga (Incerta Glòria, 2017), Cesc Gay (Truman, 2015) o Ventura Pons (Any de Gràcia, 2011), ha trabajado en series como Merlí y el Cor de la Ciutat (ambas de TV3) y hasta ha fundado con otros dos artistas su propia compañía teatral, Espai Dual.
 
 

 
 
 
– En la película de TV3 Ebre, del bressol a la batalla, en la que es protagonista, aparece con su padre, Quimet Pla. ¿Cómo fue la experiencia?
– Sí, hacía de mi abuelo. Justo faltaba este personaje, hablé con el director y le comenté que mi padre podía hacerlo. Fue muy bonito, como un pequeño regalo de la película.
 
– ¿Viniendo de una familia en la que sus dos padres son artistas, alguna vez se le pasó por la cabeza dedicarse a algo que no esté relacionado con las artes escénicas?
– Sí, yo quería ser fotoperiodista. Y de pequeño recuerdo que quería ser inventor. Me interesaba la robótica, la domótica, cosas así. Tenía ganas de crear. Supongo que también es una vertiente de la creatividad, pero como también me gusta el deporte, con el teatro y la danza se juntan muchas cosas.
 
– En alguna ocasión ha dicho que el teatro fue para usted como un refugio. ¿En qué sentido?
– Fue lo que a mí me dio la identificación conmigo mismo, era mi mejor canal y era el único. Si hubiera sido el fútbol, por ejemplo, hubiera sido un grupo de chavales. Y supongo que cuando eres pequeño, y más en el tipo de educación que vivimos en este mundo moderno, creo que sientes mucho desamparo y necesitas identificarte con algo o canalizar porque tienes que sentirte realizado de alguna manera: ya puede ser haciendo un dibujo, lo que sea. Para mí el teatro fue eso: mi verdad más absoluta, nadie me la podía echar por tierra.
 
 

 
 
 
– ¿Si en las escuelas fomentaran más la creatividad en general, no solo en la rama de humanidades, se apreciaría más el arte en España?
– No solo eso, sino que creo que la sociedad sería mejor. Desarrollar el alma o la inteligencia desde la creatividad es necesario para saberse querer a uno mismo y saber querer más al mundo y la cultura. Que la inteligencia que desarrollas con la música –que es pura matemática, también– no se puede comparar con otros trabajos de escolarización, que muchas veces consisten en tragar y repetir. Y lo que te da la consciencia de la danza como ritual, como algo que hacer con la gente, de expresarte con el cuerpo. El cuerpo necesita sentirse cómodo en el espacio; si no, te provoca ansiedad. Si no sabes bailar, si no sabes estar solo de golpe y dejarte ir, y tener esa libertad de espíritu... Y el teatro es exponer la vida y analizarla, y eso es trabajo terapéutico. Creo que es necesario fomentar la creatividad en las artes. Casi obligatorio, como lo son la Biología, la Historia. Es educación que nos hace falta porque te da realización, tolerancia, perspectiva y paz. Y me parece que esto hace falta en este país, porque tanto odio, tanto miedo, tanta incoherencia proviene de gente que la ves muy muerta, muy cuadriculada. Yo hay políticos que los observo y pienso: “No sabes tocar el piano, ¿no? O no vas al teatro, ¿no? El arte es un espejo de opiniones, sirve para ponerte en duda a ti mismo como ser humano, como ser social, y la perspectiva nos hace más tolerantes. A mí las artes me han salvado la vida.
 
 

 
 
 
– Ahora que parece que lo que no pasa a través de una pantalla no es real, que vivimos hiperconectados, ¿cuesta atraer a los jóvenes al teatro?
– Sí, pero me da la impresión de que siempre ha costado. Ahora, a nivel de entretenimiento, cada vez los jóvenes están más lejos de la comunicación del teatro, cada vez lo entienden menos. Creo que los niños también tendrían que estar educados en ir al teatro, ir a aprender a esperar, a observar, a escuchar, ir a un concierto y escuchar, y saber recibir. Ir al teatro y estar tranquilo y saber recibir aquello. Este tipo de comunicación tan real, tan física, en un espacio tan cara a cara –yo en Ragazzo lo noto mucho porque le hablo a la gente, les miro a los ojos–, cuando son muy jóvenes, no están acostumbrados a esta comunicación, hasta el punto que no la aceptan.
 
– Les incomoda.
– Les incomoda y no la aceptan, y hacen bromas y se te burlan, y no quieren recibir, pero porque emocionalmente no estamos educados en la empatía. El ritual del teatro existe desde que somos tribus de cazadores. Después de tanta pantalla y tanto estímulo tan fácil como el que ofrecen las redes, donde tú puedes planificar y decidir muy bien lo que muestras de ti y lo que quieres decir, la gente no está preparada para la vida misma. Y la vida es el ahora, donde tú te puedes equivocar, donde no puedes pensar lo que puedes decir, donde tu cara refleja lo que estás pensando y tienes que lidiar con el presente. Y creo que el acercamiento del teatro hacia los jóvenes también es un tema.
 
– ¿En qué sentido?
– Primero, económicamente. Si soy joven, quizás prefiera gastarme 12 euros en salir un día de fiesta y tomarme dos cubatas que en acercarme al Lliure a ver [mira a su alrededor los carteles de funciones pasadas que decoran el bar] Camí de nit. No tengo ni puta idea de qué será. Titus Andronicus, hostia, Shakespeare, no tengo ni idea. Y mola mucho y está muy bien, pero si costara tres euros y ya desde pequeño hubiera ido a ver Los viajes de Gulliver, después Jasón y los Argonautas o Moby Dick, y hubiera adquirido la costumbre esa de “voy al teatro o al cine a ver eso”… Creo que falta este acercamiento.
 
– ¿Y qué más?
– Pues luego está la idea esa del “teatro para jóvenes”, y eso también es raro. Hay teatro. Punto. Sí que hay teatro infantil, que tiene que ser más sugerente, más visual y tal, pero… ¿teatro para jóvenes? Los jóvenes no somos tontos; podemos ser ignorantes, pero como todo el mundo lo ha sido en algún momento. Un joven puede flipar viendo Shakespeare. Simplemente, teatro joven tendría que ser teatro vivo, teatro con movimiento: que un chaval que está todo el día con las pantallas vaya al teatro y se sienta identificado. Se necesita un teatro vivo para que los jóvenes vayan.
 
Ragazzo entra en esta categoría. Tiene una trama, pero es muy físico.
– Sí, de hecho el otro día vinieron amigos míos y gente de institutos, y a la que se informan un poco del tema, habla de una realidad social, de la propia juventud con un tipo de propuesta que no es muy clásica pero sí muy teatral. Te obliga a utilizar tu imaginación. Creo que funciona, que la gente que se quiere acercar lo consigue. Algunos alumnos de institutos que han venido son los que están atentos y alucinados. Los hay también que se dedican a hacer el gamberro, pero la escena sacude la conciencia y el pensamiento entre la gente joven.
 
 

 
 
 
– ¿Cómo ha evolucionado la relación que tiene con su personaje desde que lo interpretó por primera vez en la Nau Ivanow?
– Supongo que cada vez lo entiendo más y tengo que inventar menos como actor. Y ello me coloca en una posición que me hace sufrir a veces, porque pienso: ¿No me estaré apalancando? Por otra parte, es un gustazo porque dispongo de mucha información. Hace poco fuimos a Génova, a casa de la madre de Carlo Giuliani, dormimos en su casa, pasamos un día y medio ahí, nos explicó muchas cosas, vimos fotos de Carlo, la ciudad, las calles, la Piazza Alimonda donde lo mataron, el monolito, fuimos al mar, a la Escuela Díaz, tomamos conciencia de todo aquello. Creo que eso también, de una forma u otra, ha incidido en un pequeño cambio ahora en el Lliure. Nunca había salido tan revuelto con Ragazzo.
 
– Ya ha tenido tiempo de hacer teatro, televisión y cine. ¿Alguna preferencia?
– Son diferentes. En el teatro me siento un poco más cómodo, más en paz, y en el cine estoy quizás un poco más adolescente, más nervioso por lo que hay que hacer. Soy un privilegiado, lo sé, pero también me he intentado mantener en algo en lo que esté contento. Poder hacer proyectos que realmente encuentras interesantes, en los que crees, y trabajas con gente con la que te apetece hacerlo. Incerta glòria, la última que he hecho, es tremenda y con un importante nivel de presión. Tampoco tengo tanto conocimiento en cine como para sentirme tan tranquilo delante de una cámara, saber lo que tengo que decir, cómo se ensayan las cosas, qué proponer. Y de golpe estás con Agustí Villalonga y con compañeros de primer nivel…y yo me las apaño, pero aún soy pequeño. Y con Truman, igual. Y con Ebre también: aunque Àlex Monner, Enric Auquer y yo somos muy amigos, había el pique sano, había presión. Y ahora haré una película también que será tela marinera, pero aún no se puede decir…
 
 

 
 
 
– ¿Próximos proyectos de los que sí pueda hablar?
– En abril haremos con Espai Dual bolos del BeGodIs a las 12 de la noche, golfa-cabaret totalmente. En La Villarroel, un par de días a la semana, después de la obra de teatro. Y aún estamos mirando si se podrá entrar con una cerveza o algo, crear un ambiente que nos apetece mucho y estará muy bien. También empiezo una obra de teatro con Iván Morales.  Después de hacer Jo mai con él cuando tenía 19 años, ahora volvemos a hacer una obra del irlandés Martin McDonagh, y trabajaré entre otros con Pol López y Xavi Sáez. Es una comedia con un personaje que no he hecho hasta ahora.
 
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