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16-02-2016 Versión imprimir

 
 
Óscar Ladoire
 
 
“Parecer un fracasado no es suficiente. Hay que dar pena”
 
 
Se entretenía tras las cámaras como guionista y director, pero la casualidad y un éxito inesperado le convirtieron en actor. Aún le cuesta identificarse como tal tras 35 años de trabajo
 
 
JUAN FERNÁNDEZ
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Sin disimular la emoción, el fotógrafo termina la sesión de fotos felicitando a Óscar Ladoire por Ópera prima, el filme con que saltó a la gran pantalla en 1980. “La vi el otro día y me encantó, me partía de risa contigo”, le dice. Con la retranca que lucirá a lo largo de la entrevista, el actor agradece el detalle y aclara: “Cuando la estrenamos, los amigos nos dijeron: ‘Menuda mierda habéis hecho, pero al menos ya la habéis terminado’. Luego funcionó muy bien. Llegó en el momento justo al lugar adecuado”.
 
   Otro en su lugar quizá se incomodaría al verse alabado por una película tan lejana en el tiempo y no por sus trabajos más recientes en la tele y el cine. Hace un año formó parte de la serie Amar es para siempre (Antena 3). Ha participado en 25 cintas, la mayoría de las veces como lujoso actor de reparto –Alegre ma non troppo (1994) o Pagafantas (2009)–, aunque también de protagonista –Las edades de Lulú (1990)–. E incluso como director en A contratiempo (1982) y Esa cosa con plumas (1988). Pero no son la ambición ni la vanidad los motores que le mueven. Ni ahora ni nunca. Lo suyo es mantener una actitud distante e irónica con su oficio. Abran paso al comediante que sabe reírse de sí mismo.
 
 

 
 
 
¿Tiene la sensación de que su carrera pivota sobre aquel gran éxito primerizo?
– Bueno, yo carreras, pocas. Soy más bien de paseos. Fue un golpe de suerte que Ópera prima funcionara tan bien, como si te toca el gordo la primera vez que juegas a la lotería. Sobre lo que vino después, digo lo mismo que Oteiza: “No estropees una espléndida carrera de fracasos con un éxito de mierda”. Como yo ya tuve mi éxito de mierda al principio, el resto ha sido eso: una espléndida carrera de fracasos.
 
Aquel guion lo escribió a medias con Fernando Trueba, a quien conoció en la Facultad de Ciencias de la Información. Antes había realizado algún que otro corto. ¿Cuál era su plan en esa época?
– Solíamos repartirnos los trabajos. Antonio Resines hacía de productor en el corto que dirigí porque era un tipo muy organizado y andaba todo el rato con notas en su libreta, pero un día soltó una cosa muy graciosa y le di un papel. Soy, lamentablemente, el responsable de que Resines se hiciera actor. Luego Trueba dirigió otra pieza donde aparecía un chico que iba declarándose a las chicas en Malasaña. Probamos conmigo en el papel protagonista y la gente se reía, creo que por lo ridículo que quedaba. Al rodar Ópera prima nos dio vergüenza proponérselo a un actor profesional y al final lo hice yo. Por eliminación.
 
 

 
 
 
¿Se convirtió en intérprete por ese azar?
– La selección natural nos fue poniendo a cada uno en nuestro sitio. Alguien dijo que yo le hacía gracia y no tardaron en asignarme lo de cómico. Aquel éxito me privó del anonimato, algo que recuerdo con gran pena, porque dejé de poder hacer el ganso en público, una de las cosas que más me gustan en esta vida.
 
Ganó un oficio: se hizo actor.
– El caso es que no me identifico del todo con esa palabra. En las aduanas de los aeropuertos sufro cuando me preguntan qué soy. ¿A qué se refieren? ¿A que soy tornero fresador, enfermo mental, pajillero astronómico? Uno es lo que puede, o lo que le dejan ser. No suelo decir que soy actor. Antes decía estudiante. Ahora digo viejo. A veces suelto lo de Fernán Gómez, que se presentaba como cinematografista. Me da vergüenza entrar a un sitio y decir: ‘Buenos días, soy actor, póngame un café con leche’. Dejémoslo en que hago de actor.
 
Pues lleva 35 años viviendo de esto…
– Eso es lo que más me sorprende. En casa me tomaban por loco por dedicarme a este oficio de chisgarabís. Hay quien nos llama titiriteros. Se equivocan, porque en realidad somos saltimbanquis: hoy estamos aquí y mañana allí. Me asombra que lleve tanto tiempo dedicándome a esto sin dejar de poder pagar la luz. Lo único de lo que estoy orgulloso es de ser hoy tan tonto como de pequeño. Antes era un tonto y ahora soy dos tontos, como decía Alberti.
 
 

 
 
 
¿Le gusta más lo de cómico que lo de actor?
– En este oficio te lleva la ola. Es ella la que decide: “Tú harás de gracioso y tú de intenso”. Pero eso está en la mirada de los demás. Yo hago dramas y comedias con la misma disposición. Te llaman cuando te han visto en una película, y así se va configurando eso que denominan carrera. Pero es la ola la que te lleva, lo cual no sé si es bueno o malo.
 
Si hubiera debutado en un dramón, en lugar de con Ópera prima, ¿su trayectoria habría ido por otro lado?
– Igual a estas horas podría ser notario o registrador de la propiedad, algo que habría hecho mucho más felices a mis parejas. Lo bueno del cine es que la fama se mantiene en la memoria de la gente. En la tele pasas picos de gran popularidad que luego desaparecen. El cine perdura, la tele se olvida.
 
¿Echa de menos más personajes principales?
– Al contrario. Me sorprende mi cantidad de protas. Y en este país tenemos el mejor plantel de secundarios del mundo. Ni el cine norteamericano lo iguala. Estoy muy orgulloso de los papeles que me han ofrecido, aunque yo, por mi naturaleza, desee borrar todo lo que hice en el pasado. No entiendo a esa gente que dice: “¡No me arrepiento de nada!”. Bromas aparte, no siento ninguna amargura por no tener más papeles protagonistas.
 
¿Y por no haber recibido más premios?
– Con 13 años gané un concurso de magia en la tele. El premio consistía en una paloma de oro y 50.000 pesetas con las que compré un abrigo a mi madre. Ahí se colmaron mis ansias de reconocimiento, nunca he tenido después la sensación de no ser valorado como merezco. Los galardones solo sirven para que tus amigos te odien un poco y vender la película en que sales. Conviene que no lo olvidemos. Esto es como si eres encofrador y esperas que cada año te den el trofeo al mejor encofrador de la temporada.
 
 

 
 
 
Admita que su profesión es diferente.
– Cierto. Este trabajo depende de mantener la ilusión de disfrutar con cada cosa que haces. Ese espíritu no puedes perderlo nunca, porque es lo que te pone cachondo, lo que te anima a tirar para adelante como si acabaras de salir del cascarón. Puede que en el camino te lleves muchas hostias, pero no hay nada mejor que enamorarse de las historias. Imagino que debe resultar menos ilusionante ser consejero de una empresa del IBEX y dedicarte a apalancar acciones de un banco. A mí me costaría más.
 
¿Conserva esa ilusión?
– Sí, pero no lo diga por ahí, no sea que la pierda de repente. La historia de mi vida es más la de una pérdida que la de un avance. Eso de que de mayor vas a más es falso: en realidad vas a menos.
 
¿Tiene esa sensación?
– Lo mío es puro coqueteo con el fracaso. La gente que más he admirado es la que defendía el fracaso como norma de vida, desde Scott Fitzgerald a Los hermosos perdedores, de Leonard Cohen. Al no haber sido un hombre de gimnasio, pensaba que podría atraer la atención de la persona objeto de mi deseo si me presentaba como uno. Era a lo máximo que aspiraba un chaval de Usera como yo: a gustarle a los demás para que no te tiraran al río. Pero parecer un fracasado no es suficiente, hay que mostrar algo más sórdido: hay que dar pena. Si doy pena, triunfo. Así que estoy pensando en amputarme algo para hincharme a atenciones de la gente hasta el día de mi muerte.
 
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