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27-05-2016 Versión imprimir

 

Mirar por vez primera: El método Messiez conmociona el Centro Actúa


El actor y director de escena argentino impacta con una técnica de investigación teatral que no busca respuestas, sino preguntas. El curso ha recibido más de 300 solicitudes


 
FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Quizá las palabras no significan nada hasta que alguien las pronuncia. O, al contrario, puede que conserven una verdad primigenia que queda pervertida cuando una dicción, un gesto y una entonación se cruzan en su camino. Pero existen. Y algunos de los ejercicios del actor, dramaturgo y director de escena Pablo Messiez tratan de encontrarlas, desnudarlas y volver a mirarlas sin prejuicios. Con él, han realizado esa búsqueda, y otras más, 16 alumnos del madrileño Centro Actúa (calle de Cavanilles, 15), de la Fundación AISGE. Entre ellos, nombres familiares como los de Natalia Verbeke y Eloy Azorín.
 
   La mirada, el espacio, el movimiento. Hay unos ingredientes que pertenecen solo al hecho teatral y a ningún otro, y que son los que obsesionan a este argentino de 42 años. Sus recetas, más basadas en la experimentación que en la improvisación, le llevaron este año a recoger el premio Max como mejor director por La piedra oscura, en la que Daniel Grao y Nacho Sánchez actuaron a sus órdenes. Ninguno de sus alumnos ha faltado a clase un solo día, y no es para menos: 300 solicitantes se quedaron fuera del curso.
 
 

 
 
 
   Durante la penúltima de las sesiones, Messiez toma la definición de teatro que ha dado una de sus alumnas. “Actuar es comunicar”, afirma, de pie y rodeado de unos actores que, como él, se encuentran descalzos. “Bien, ya lo decía Leonard Cohen, ¿no? Say the words. Digamos las palabras, entonces”. Los intérpretes, como han hecho otras mañanas, se dividen en parejas y, frente a frente, acometen el ejercicio, no sin alguna condición. No deben mover nada más que la boca y, además, deben declamar el texto muy despacio. Solo pronunciarlo. Nada de elevar la voz o arquear la entonación. Y el toque final, solo un segundo antes: “¡Respírenlo!”.
 
 

 
 
 
   Un murmullo empieza a contagiar el aula. En él se distinguen declaraciones de amor, recuerdos de infancia, una amalgama de insultos y palabras malsonantes y hasta reflexiones sobre el teatro. Cada actor ha elegido su texto. La mitad de los alumnos habla y la otra mitad, a dos pasos de distancia de sus parejas, escucha y observa, sin bajar la mirada. “Es violento, porque el cuerpo pide movimiento. Pero la acción puede y debe escapar por los ojos. Ser preciso, cortar justo lo que sobra: eso es lo expresivo. Acotarnos a comunicar no significa abandonarnos a la neutralidad”, reflexiona Messiez.
 
Ver cómo crece una planta
De las cinco mañanas del curso, la sesión que Verbeke anota como “desesperante” fue aquella en la que le tocó realizar un movimiento de una forma extremadamente lenta. Debía comportarse como si estuviera viendo crecer una planta. Contener, encarnar las cosas solo en potencia: esa es otra de las partes del teatro. Messiez enciende los altavoces y da paso a la cuerda frotada, estridente y en tono menor de Olivier Messiaen. A una parte de los alumnos le corresponderá deambular por el aula, como hasta ahora solo hacía él, y escudriñar de cerca a la otra mitad de la clase, que estará recitando su soliloquio.
 
 

 
 
 
   “¿Cómo es la palabra antes de que yo decida cómo decirla? No buscamos hacer escena. Este es un entrenamiento anterior. Que cada uno encuentre su propio camino, ese es mi método”, reflexiona el profesor. De hecho, su técnica se aleja de la improvisación clásica, en el sentido de que el texto ya está escrito: solo hay que rebañarlo. Y escuchar lo que significa la palabra, en cualquiera de sus posibilidades, antes de elegir declamar una de ellas. Cada vez que acaban los ejercicios, Azorín sale corriendo a por su libreta: “Lo apunto todo. Estos trabajos son divertidos, muy prácticos, y me gustaría llevármelos todos conmigo de cara a futuros proyectos”.
 
 

 
 
 
Encuadres manuales
Una de estas experiencias, y la que elige la actriz Mónica Vic, fue formular los monólogos convirtiendo cada frase en una pregunta. Lo hará siempre, asegura, antes de afrontar cualquier trabajo: “Nos saca con una fuerza tremenda de esos surcos que los actores nos creamos, nosotros solos, a la hora de decir el texto”. En otra ocasión, los intérpretes salieron del aula y se dispersaron por el centro a la búsqueda de un rincón en el que se sintieran cómodos, y en él realizaron una sola acción. Otros debían acompañarles, encuadrarles con las manos y elegir qué parte del movimiento les resultaba más teatral. 
 
   En el aula, el cambio de turno entre unos actores y otros lo marca una palmada. Allí donde se encontraran aquellos que deambulaban, mirando a sus compañeros, estos debían quedarse quietos y empezar a recitar. Azorín declama su texto de cara a la pared, ya que es como estaba cuando Messiez dio la señal. “Se nota que es actor, porque se moja siempre, baila, hace los ejercicios con nosotros. Este ambiente es como el de un taller para niños. Nos acaban de enseñar un juego y todos tenemos ganas de jugar”, valora el alumno. El profesor se acerca a uno de los actores y, como hacía antes su compañero, aguanta la mirada y deja que pase el tiempo. Hay algo que le ha provocado curiosidad y Messiez se muerde tímidamente el labio: “En cada taller encuentro un gesto que me sorprende, pero no lo llevo conmigo. Cada uno tiene su lenguaje, y este solo funciona en su propio cuerpo”.
 
 

 
 
 
   Si dos pasos separaban antes a las parejas de actores, cuando estos deambulan libres se acercan hasta casi rozar las caras de sus compañeros. “Trabajamos hacia adentro. Miramos al otro, le pedimos que nos diga qué ha visto cuando hemos actuado nosotros. Tratamos de descubrir las cosas de nuevo, ya sean movimientos, palabras o espacios”, anota la actriz Manuela Díaz. Si algo celebran los alumnos es haber creado un espacio libre de prejuicios. A ello ayuda que el profesor realice los trabajos junto a ellos, pero también que se esquiva el formato convencional de clase en el que un intérprete actúa mientras los demás observan en la distancia.  
 
   “Estamos investigando. No importa que nos equivoquemos, que lo hagamos bien o mal. Aquí no hay presión ni tiempo”, valora Verbeke. Sin querer, Messiez y sus alumnos alargan la clase más allá de lo acordado, como delata el reloj en la pared. Una vez acabados los ejercicios, se sientan en el suelo, en círculos, y hablan de lo ocurrido; así lo han hecho ya varias veces a lo largo de la mañana. “Discútanme, discútanme”, jalea el tutor. Algunos hablan de cómo el texto les llevaba hacia un lado y el ejercicio, hacia otro. A juicio de uno de los alumnos, verse desprovisto del movimiento equivalía a renunciar a los escondites en los que, a veces, se apoya el actor.
 
 

 
 
 
   Como al final de cada una de las cinco jornadas del curso, Messiez se despide de los intérpretes leyendo un poema. En esta ocasión, de Roberto Juarroz: “Para hallar algo, hay que buscar lo que no es”. Él y sus alumnos llevan días a la caza de preguntas, pero no de respuestas. Los actores, comenta Vic, no saldrán del aula con recursos o atajos concretos con los que enfrentarse a una prueba, pero sí con reflexiones desde las que ensayarán en casa. Sobre un caballete, en una esquina, un papel muestra el mensaje de aquella mañana. Potencia: capacidad de llegar a ser.
Pablo Messiez
27-05-2016 Versión imprimir
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