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21-07-2015 Versión imprimir

 


PEDRO MARI SÁNCHEZ


 
“Siempre creí que ser guapo era un demérito”
 
El famoso Críspulo de ‘La gran familia’ sigue explorando su juego más divertido: actuar. A punto de estrenar ‘La corona partida’ y con ‘La asamblea de mujeres’ en teatro, sigue ahondando en su personaje en Cuéntame y en su labor docente.
 
 
 
BÁRBARA ESCAMILLA
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Tiene sus 61 años escondidísimos. Tanto, que podría afirmar que roza los 50 sin necesidad de caracterización. Pedro Mari Sánchez, natural de Ciudad Real, se convirtió en actor antes de llegar siquiera a desearlo. “Fue algo natural en mi infancia”, dice en su loft de Rivas, al que ha mutado su aspecto industrial con muebles clásicos y recuerdos suspendidos. Si echa la vista atrás, se le viene encima una carrera de 55 años repleta de títulos y referentes, de regalos y cuestas abajo, de transiciones y espejismos, de triunfos. De fondo, un mito: Marlon Brando. De frente, una pasión: los secretos del lenguaje hablado. Por partes.
 
– El inspector Bretón, su personaje en Cuéntame, se está viniendo arriba…
– Eso parece, sí. A mi me divierte, me llena, es un personaje repleto  de regalos. Hice una apuesta por darle una dimensión muy oscura, y funcionó porque abrió unos horizontes distintos en la serie. Los guionistas van a depositar en él todo el peso de la trama de los GAL para la próxima temporada.
 
– Además, estrenará a finales de año la película La corona partida, a las órdenes de Jordi Frades. Televisión dentro de cine, o viceversa.
– Sí, es un nexo entre la historia planteada en la serie Isabel y otra nueva, la de Carlos V. Hay personajes de la serie y otros nuevos, como el mío, el Duque de Nájera, o el de José Coronado, que interpreta a Maximiliano de Habsburgo. Jordi Frades es un tipo muy listo y es gratificante currar con alguien con tanta chispa y sentido del humor.
 
– Y triplete: ha pisado Mérida con La asamblea de las mujeres’ bajo la dirección de Juan Echanove.
– Sí, y espero que tenga un largo recorrido… ¡Y tengo más cosas en marcha! Parece que estamos en ruta.
 
 
 

 
 
 
– Ni una queja entonces.
– Ni una. Mi trabajo es una montaña rusa que a veces tiene cuestas abajo interminables. En mis 55 años de carrera es difícil no encontrar alguna de esas cuestas. En este tour de force he aprendido, sufrido y disfrutado mucho.
 
– Años de experiencia que sirven para enseñar a otros actores…
– Actores, directivos, maestros, algún político… Sí, desde hace ya 15 años les entreno profesionalmente para aprender a expresarse en público. Y no me refiero a hablar bonito, sino a conocer el secreto de cómo una palabra con otra, articulada y acentuada adecuadamente, hace que se comprenda lo que decimos.
 
– ¿Cómo empezó a hacer esto?
– Mi colega de profesión, Berta Riaza, me sugirió que diese clase a actores. Así que, aunque al principio dudaba, accedí y di un curso en la Unión de Actores. De esto hace ya más de 15 años.
 
– Y salió bien.
– Muy bien. Me centré en lo que conocía y considero esencial: el lenguaje escrito es un referente, una especie de mapa para guiarnos, pero el verdadero lenguaje, el que completa el significado de las palabras, es el del sonido, el hablado. Y ese es un lenguaje ancestral, abstracto, que nos remite a nuestra memoria remota y que le da una resonancia al significado de un discurso o de un poema que va mucho más allá de lo que significan las propias palabras. Es algo extraordinariamente poderoso que no siempre exploramos. Pensamos que sabemos hablar, pero ¿qué ocurre cuando tenemos que dar un discurso o representar un personaje como, por ejemplo ser el padrino de la boda o el padre que tiene que decir unas palabras en la comunión de su hija o un CEO que tiene que dirigirse a sus empleados? Pues que aunque uno sea el autor del texto, no son exactamente sus palabras, es la palabra aprendida. Y la tendencia natural de todos es acentuar mal, relacionar mal las palabras, y el discurso resulta muy artificial. Cursi. Falso. Y obliga a la gente que está escuchando a interpretar.
 
 

 
 
 
– Decía que han acudido a usted políticos…
– Alguno se me ha acercado muy tímidamente. Y ha sido una experiencia reveladora para él.
 
– No podemos saber su nombre, claro.
– No, no, no. No podría decirlo, como tampoco el de ninguno de los CEO con los que he trabajado. Hacen un ejercicio tan brutal de humildad, vulnerabilidad, generosidad y coraje, que me siento obligado a preservar su identidad. España es un país lleno de prejuicios y de sentido del ridículo. Se nota mucho cuando alguien tiene que hablar en publico. Se mueren de miedo. Porque, en el fondo, todos necesitan que les quieran y que les escuchen. Justo lo que no ocurre en estos tiempos. Nadie escucha a nadie. Nadie cree a nadie. Por eso, este proceso de aprendizaje que yo empleo es una suerte de metáfora de convivencia. Porque hace que esa persona encuentre su voz interna real, que reconozca el dominio sobre su habla y, como le presta atención, le termina prestando también atención al que tiene enfrente.
 
– Vamos a hacer un flashback a cuando debutó de niño, con 7 años, en el papel de Críspulo, el más travieso de los hijos de Alberto Closas y Amparo Soler Leal en La gran familia.
– Un flashback a cuando los dinosaurios poblaban la Tierra…
 
– Supongo que empezó todo como un juego. Pero ¿ha continuado así? ¿Actuar es el juego más divertido? ¿O es una cosa muy seria?
– Está volviendo a ser divertido ahora. Pero no se cuando fui consciente de que ya no era un juego. Actuar fue algo natural en mi infancia.
 
– Ni siquiera tuvo el deseo de ser actor. Ya lo era.
– Claro. Y me lo pasaba muy bien, pero recuerdo que yo solo quería ser mayor. Parecer mayor. Además, yo era un chico muy guapo, pero me avergonzaba, creía que era un demérito, sentía que no se iba a reconocer lo que hacía.
 
– ¿A quien se quería parecer?
¡Yo quería ser Marlon Brando! Él iba más allá de lo racional como actor. Tenía esa capacidad de transmisión tan brutal, ese magnetismo tan exagerado… De pequeño me parecía a él, físicamente hablando, claro. Sin embargo, cuando años después tuve que hacer Un tranvía llamado deseo en teatro, uno de mis mejores trabajos, no se pareció para nada a la propuesta de Brando en el cine. Fue radicalmente diferente. Primero porque no tenía sentido imitarle aunque me gustase mucho, y segundo, porque yo soy yo: un actor de Ciudad Real [risas].
 
 

 
 
 
– Antes del cine, sin embargo, se curtió en programas de radio con Bobby Deglané y José Luis Pecker, en el Circo Price, en festivales benéficos… ¿Cómo surgió todo aquello?
– Sí, sí, ya he dicho que era la época de los dinosaurios… [risas]. Pues aquello también fue algo natural. De pequeño siempre estaba cantando y haciendo el payaso, y uno de los curas que enseñaba en el colegio se empeñó en llevarme a esos festivales a cantar mis cosas...
 
– ¿Sus “cosas”?
– Canciones mexicanas. Y chotis. [risas]. En esos sitios coincidía con Ana Belén, Rocío Dúrcal, Carmen Sevilla, Estrellita Castro… Pasé a ser el monicaco de todos los festivales de beneficencia que se hacían en la época. La gente se moría de risa conmigo. Un día Estrellita Castro me habló de una película que iba a rodar Pedro Masó, La gran familia, y les dio a mis padres una carta para él. Masó ni la leyó. Me vio y dijo “Este es Críspulo”. Así empecé en el cine.
 
– ¿A sus padres les gustaba la idea?
– Todo esto hay que situarlo en lo que por entonces era España, un país subdesarrollado. Mis padres, mis cinco hermanos y yo vivíamos en una casa de la obra sindical para familias numerosas. Tenía tres dormitorios, un salón, una cocina y un baño…Todo esto en 35 metros cuadrados. Los sueños que podía tener una familia humilde incluía, por supuesto, que uno de sus hijos fuese artista o torero. Mis padres estaban encantados.
 
– ¿Fueron ellos los que decidían sus trabajos o tuvo algún representante?
– Enseguida me llamó la William Morris Corporation, la superagencia norteamericana de representación de actores, que por entonces llevaba en España a… dos actores: Fernando Rey y Pedro Mari [risas]. Pasados unos años la agencia cerró su sede en España y me ofrecieron ir a trabajar a EE UU, pero mis padres se negaron. Y eso que les ofrecieron ponerme allí una institutriz y la posibilidad de ir a visitarme varias veces al año. Pero no. Pedro Mari convertido en Mackuley Culkin no era una buena idea [risas].
 
 
 

 
 
 
– En el cine ha trabajado con con Eloy de la Iglesia, Antonio Giménez Rico, Jorge Grau, Fresnadillo, Agustin Villaronga, Urbizu… Y en teatro ha hecho de todo: Calderón, Shakespeare, Lope de Vega… ¿Los rodajes han tenido la misma intensidad que las tablas?
– Estoy muy a gusto ante las cámaras. Mi formación, de hecho, es cinematográfica y televisiva. Pero con los años he descubierto que el teatro es maravilloso, me ha ofrecido cosas que el cine no me podía dar: una vez abierto el telón, el tempo y el peso del personaje y de la obra entera dependen de ti.
 
– ¿Tiene alguna hoja de ruta a la hora de construir un personaje?
– No soy integrista de ningún método. Ni clásico ni moderno. La riqueza de este oficio está en la interacción, en ser capaz de ver si algo funciona o no, al margen de haberlo aprendido de alguien con el que no coincides en método.
 
– ¿Algún personaje le ha marcado especialmente?
– El de La noche justo antes de los bosques, de Bernard-Marie Koltès, un montaje que hice en un momento muy complicado de mi vida, justo después de que me negasen una subvención para montar Roberto Zucco, de la que yo había comprado los derechos. Me he arruinado varias veces con el teatro... Recuerdo ir cada día al banco a pedir que no me embargaran y salir de allí directo a la nave que tenía en Alcalá de Henares con los restos del naufragio de mis proyectos teatrales para ensayar esta obra.
 
– Estaba usted tocado… ¿Le vino bien para el personaje?
– Y al revés. Ese monólogo, sin puntos ni comas, como el lenguaje de un sueño, era un viaje interior que repasaba toda una vida. Por eso decidí que ese personaje estaba ya muerto al empezar la función y le pasaba todo eso por la cabeza. Lo representamos en el teatro María Guerrero y fue un espectáculo durísimo que no daba tregua al espectador, una patada en el vientre y en la conciencia de todos los seres humanos y de la civilización occidental.
 
– ¿Se ha enredado alguna vez en un personaje?
– No, no, no. Claro que hay referentes personales, pero no soy nada partidario del psicodrama. He llegado a los 61 años con un grado bastante aceptable de inocencia y de relativa salud mental. No lo jodamos.
 
 

 
 
 
– ¿Es verdad que el mismísimo Kubrick eligió su voz para doblar al castellano a Alex, el protagonista de La naranja mecánica?
– Totalmente cierto, sí, sí. El es el culpable. Estuvo muy bien. Un puntazo, ¿no?
 
– ¿Se le pegó algo del personaje?
– Hombre no, que era un hijo de puta [risas]. Pero cuidado, era un hijo de puta rodeado de unas circunstancias que le hacían ser así. Aunque yo, que he vivido en barrios muy duros, donde una pandilla colgaba a un sereno, por ejemplo, creo firmemente que uno no tiene por qué convertirse en eso que le marcan las circunstancias, aunque el entorno te ponga a veces a los pies de los caballos. Siempre hay una elección, una salvación.
 
– ¿Cuál?
– La educación. Una educación verdadera.
 
– ¿Cree que ahora puede haber cambios en ese sentido?
– No veo síntomas. Y sí mucha arrogancia. El país necesita un plan de educación a largo plazo en el que tengan un papel relevante las Humanidades. Aún hay gente que se pregunta, por ejemplo, para qué sirve la Mitología. ¿Cómo que para qué sirve? Mire usted, para interpretar el mundo: los mitos cambian de nombre y de apariencia, pero en esencia son los mismos. La educación es la única luz para que establecer un criterio y no solo una opinión.
 
– Hablando de largo plazo… ¿cómo se ve en el futuro?
– Pues me gustaría verme con un poquito de pasta [risas]. Un poquito, ¿eh? Pagar la casa, la luz, el teléfono y que me sobre un poco para mis libros, viajar y poder comer en algún lado con mi chica. Nada exagerado. Está muy bien tener dinero. Lo que no está bien es hacer del dinero el motivo de tu vida. Para que el mundo cambiara tendría que desaparecer ese paradigma de la mente de la gente. Si es que la vida la podemos construir nosotros. Es un espacio mental. Si podemos generar nuestra propia energía, nuestro propio motor, podemos vivir felices y morir felices. Y me alegra pensar que mi trabajo contribuye a ello.
 
 
 
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