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17-09-2013 Versión imprimir

 


Pedro Olea


“Me gusta dirigir para
que se note lo justito”
 

Después de una veintena de películas y cientos de intenciones, el director vasco aún guarda en un cajón secreto todas las novelas que huelen a guión. Mientras culmina proyectos documentales y teatrales, repasa su trayectoria a las puertas de una fecha imponente: sus 75 años. 


Una entrevista de Javier Olivares León

Fotografías: Enrique Cidoncha
Nació en Bilbao, pero dice ser de Aranda de Duero, a medio camino de Madrid, donde también tiene casa. “Y cuesta mucho mantener las dos”, bromea. Acaba de participar en la puesta en marcha de Bilbao Art District, un ambicioso proyecto artístico entre el Guggenheim y el Museo Marítimo. De paso, ha dado los últimos retoques al documental Ballets Olaeta, un siglo en danza, con el que lleva ya cinco años, y del que queda por rodar un día en Guernika y otro en Biarritz. Aunque no fuera del Bocho, hay datos en la biografía de este tipo de 75 años que le dan permiso para sacar pecho en el Basarás, el Xukela o el Baste, sus bares favoritos del casco viejo: Luis García Berlanga debutó con él como actor en Años de viejo color, el mismísimo José María Íñigo ingresó en TVE gracias a su llamada y dos películas suyas se quedaron a la puertas de la nominación a los Oscar. Casi nada.
 
– Con lo que le gustaba a usted actuar, ¿por qué se hizo director?
– Por culpa de un fraile. Las funciones de mi colegio, de los maristas, eran en el Teatro Buenos Aires, hoy sede de Justicia. Con ocho años, hicimos Pecados y Virtudes: A mí me tocó la Envidia. Llevaba un faldón rojo tipo monaguillo y una flor. No lo olvidaré. Recuerdo también el texto, acojonado [lo entona]: “Oh, flor, qué hermosa eres; cuánto envidio tus colores...”. “Olea, más alto”, decía el fraile, tras el telón. Salí de allí y me dije: “Yo quiero ser como el cura: estar detrás”. Y hasta hoy.

– ¿Ganamos un director o perdimos un actor?
– Seguro que no perdimos un actor. La interpretación es algo dificilísimo.

– Corría 1946. ¿La interpretación era una ventana en aquella posguerra?
– Casi la única. Una era Radio Bilbao: aún guardo el carné con cara de crío, que me daba derecho a ir a los programas que me gustaban. Y la otra ventana era el cine americano, censurado. Humphrey Bogart, Bette Davis, Katharine Hepburn… Con un amigo del casco viejo puntuaba en rojo las que más nos gustaban.

 

– ¿Ahí nació su vocación de crítico?
– Seguramente. Acabé escribiendo en Nuestro cine, algo más progre que la conservadora Filme Ideal. Yo era frívolo, como Claudio Guerin, colega en la revista. A los dos nos gustaba el cine realista italiano (La chica con la maleta, de Valerio Zurlini) y el buen cine americano. Ponía bien a Blake Edwards o a un western de John Ford y me llamaban fascista.

– ¿Cómo contó a sus padres la intención de irse a Madrid para estudiar Cine?
– Agarré una botella y les esperé con la borrachera: “Prefiero barrer un plató que ser el mejor economista del mundo”. Estaba en cuarto de Económicas. Pero había hecho ya documentales fugándome a Francia, de donde colaba revistas con Brigitte Bardot en tetas. Me las quitaban, claro [risas].

– De haber seguido en Económicas, igual estaba ahora con Christine Lagarde, la del FMI, arreglando el mundo…
– [Risotada] ¡Qué horror! Prefiero ser titiritero.

– En la Escuela de Cine, ¿con quién coincidió?
– Tuve como profesores a Carlos Saura (cómo olvidar sus story boards), Miguel Picazo, Berlanga, Serrano de Osma… Y con Florentino Soria, que aún vive. Después de mi documental sobre Biarritz y los sex shops, hice un cortito con premio. ¡Qué vergüenza, menos mal que no hay ninguna copia!

– ¿Recuerda sus proyectos de la escuela?
– Claro. Como no había pasta para el sonido, en primero me inventé los últimos momentos de una suicida: se desnudaba y se metía en la cama. Lo rodé en un chalé en el que había vivido Ava Gardner en Madrid, su único mérito.

– ¿Alguno más?
– El de segundo curso era ya en 35 mm, El Parque de juegos, un cuento de Ray Bradbury en línea con el rojerío de moda. Y el proyecto de fin de carrera se llamaba Anabel.

– Para entonces, apenas con 30 años, ya tenía el contrato para su primer largo, ‘Días de viejo color’. Un icono pop, con su dos caballos, sus ligones…
– Se dice más bien por inercia: nació después de Último grito, un programa de música en La 2, entonces UHF. Me lo pidieron mientras yo preparaba una película con Los Brincos. Fiché a José María Íñigo, mi paisano, y a Iván Zulueta. Todo muy moderno. Eso sí fue icono.

 


– Pensamos en la tele de los 60 como algo casposo, impositivo…
– Lo primero que rodé en mi vida fue Chantares, sobre gastronomía gallega. Y quisieron prohibirlo porque salían unas percebeiras jugándose el tipo. No querían dar una visión de la Galicia negra. En Bilbao tuve más censura, porque sacaba el barrio chino (La Palanca) y no a la Virgen de Begoña. En la serie Conozca usted España, mi Valencia terminaba con una canción de Raimon, también prohibido… 

– Pues en ‘El Bosque del Lobo’ coló esa España profunda.
– Menudo cabreo se pilló Carrero Blanco. Fue el mayor premio de esa peli, de la que era yo productor. Hubo una llamada de Presidencia del Gobierno prohibiéndola. “Es una vergüenza que salga un cura que se santigua para matar al hombre lobo”. “Mezclar superstición y religión es lamentable”… La distribuidora alegó que El bosque del lobo había tenido un premio en Valladolid, que entonces no era Seminci, sino Festival de Cine Religioso y de Valores Humanos.

– ¿Alguna vez la censura benefició a algún pasaje o personaje?
– Igual que Buñuel dijo que le benefició el final de Tristana, en Pim, pam, pum, fuego el papel de Fernán Gómez, concebido como un alto cargo del régimen, acabó siendo un estraperlista que se aprovechaba del régimen. “Deberían firmarlo”, dijo Rafael Azcona, el guionista. Genial.

– Puso usted a López Vázquez en el universo de los mitos con ‘El bosque del lobo’ y ‘No es bueno que el hombre esté solo’.
– Ya lo había descubierto Saura con Peppermint frappé. Sabíamos que José Luis era el Gassman de aquí. El premio de El bosque… en Chicago le relanzó. Y sí es cierto que con esa película me consideraron director.

– ¿Tan dúctil era López Vázquez?
– Es el único actor con el que he trabajado cuatro veces. Eso sí: había que hablar con él. “Sabes que esto no es comedia”. “Sí, sí”. En El maestro de esgrima atajó él: “Ya sé, ya sé, no es comedia”.

 
 
   Se levanta y empuña el guion encuadernado de El bosque del lobo, con anotaciones de López Vázquez, regalo del hijo del actor. “Esto es una joya”, suspira, mientas extrae un helecho autóctono de entonces, atrapado entre sus páginas. La casa-estudio de Pedro Olea en Madrid atesora más fetiches: dibujos del propio López Vázquez, de Iván Zulueta, ánforas de arqueología submarina y cientos de libros y deuvedés. Y algún guion inédito, como la adaptación de La Puerta del Sol, la novela de Fernán Gómez. “Cuando murió, me lo dio Emma Cohen por si quería llevarla al cine”. 

– Fue usted un pionero: esoterismo en ‘El bosque del lobo’, homosexualidad en ‘Un hombre llamado Flor de Otoño’, fetichismo en ‘No es bueno que el hombre esté solo’…
– Con el rollo del fetichismo me pidieron que no fuera una perversión sexual, sino, como mucho, “una anomalía psíquica”. Manda cojones: no es que el hombre sea perverso sexual, es que añora a la mujer. 

– Parecen gustarle las historias de ‘amour fou’.
– Seguro. En Tormento, el cura es un cachondo que se quiere acostar con el personaje de Ana Belén. Nos prohibieron terminantemente que se viera a la pareja en acto carnal y nos sugirieron un guionista. José Frade, el productor, y yo les dimos la razón, pero de guionista amiguete, nada de nada. Y aparecieron Javier Escrivá y Ana Belén en acto carnal, en un sueño en el que se intuye todo. Mejor que el Galdós original.

– ¿Le marcó Frade?
– Fue un descubrimiento. Me dejaba libertad. Las negociaciones acababan en su despacho: se hablaba de presupuesto, de actores, de duración de rodaje y listo. No aparecía hasta el visionado de la copia estándar. Le gustó tanto Tormento que quiso hacer una película al año, siempre que él la viera comercial.

– ¿Por eso hicieron ‘Pim, pam, pum, fuego’?
– Exacto. Un catálogo para el lucimiento de Concha Velasco, la actriz más completa que he visto. Le exigí a Azcona como guionista y coló. Fernán Gómez bordó un facha maravilloso. Emma Cohen bromeaba: “Se mete tanto en el personaje que me está jodiendo la vida”. [risas].

– ¿Alguna vez falló esa sociedad?
– Pensamos en traducir la picaresca de Rinconete y Cortadillo en La Corea. Y en esa estructura no acertamos. Frade aceptó que se la ofreciéramos a Ava Gardner. Como falló, pensamos en Rita Hayworth, que vino al programa de Íñigo. Pero tenía alzhéimer incipiente y nos quedamos con Queta Claver. Entre el reparto y el título, la película no funcionó.

 

– ¿Con qué película lo pasó peor en la Transición?
– Pim, pam, pum, fuego se estrenó dos semanas después de morir Franco, distribuida por los Reyzábal. Tras el pase privado, aún a oscuras, en el marco de la puerta que da al vestíbulo, me esperaba la silueta de Reyzábal, el viejo, con la cachaba. “La realidad no fue así”, me dijo. Era una historia [de posguerra, maquis y coristas] inventada por Azcona y por mí, basada en una época que me pilló muy crío. Lo defendí como pude con un cura progre que me habían presentado para el pase. Era un momento delicado. 

– Y se estrenó sin problemas…
– Más o menos. Hubo alguno con los Guerrilleros de Cristo Rey. Reyzábal, arrepentido y contrito, con unas recaudaciones impresionantes, la retiró del cartel. 

– Formal o académicamente, ¿cuál es su obra más redonda?
– [Piensa] Más allá del jardín, basada en la novela de Gala. Narrativamente, es la mejor. El casting, la fotografía de Alcaine, el montaje de Salcedo, la dirección de actores… Es el producto con menos fallos. Y El maestro de esgrima.

– ¿Volvería a dirigir algo de Pérez Reverte?
– Siempre. Después de El maestro de esgrima escribió una novela llamada La dama de rey, una historia de anarquistas. Me la regaló y quedamos en vernos para el preguion. Sería muy cara y recuerda mucho a la serie Gran Hotel. Se ha agotado un poco, pero sigue en el cajón.

– ¿Qué piensa del cine taquillero para adolescentes, con actores guapos?
– Eso no solo no sé hacerlo, sino que no me da la gana hacerlo, por mucho que recaude. Siempre puedo volver al teatro.

– ¿Qué tal fue ‘El pisito’, por cierto?
– Dos años de gira, llenando siempre y con buenas críticas. Y ahora preparo algo de Pirandello para Ana Belén. Si sale, al menos trabajo en lo que me gusta. Si, además de en el Arriaga de Bilbao, funcionara en Madrid… 

– ¿Después de ‘Los ballets de Olaeta’, que le gustaría?
– Hacer una de vampiros. 

– Cerca anduvo: rodó ‘Akelarre’, con hombres lobo…
– Pero debería ser a mi aire. No me apetece hacer cosas baratas. Y para las historias caras, o están Antena 3 o Telecinco detrás o no hay manera. En TVE no interesa sacar la La conspiración, sobre la sublevación del General Mola.

– Y eso que está detrás Elías Querejeta…
– Pues se estrenó en ETB, coincidiendo con un partido del Athletic y tuvo poca audiencia. Ahora está pendiente de estrenarse en La 1.

– ¿Sigue siendo del Athletic?
– Dejé de ser socio cuando me instalé en Madrid. No me gustan los líos entre el entrenador y el presidente, ni los problemas de gestión.

– ¿Pero le llenó hacer el documental sobre el centenario del club?
– Se portaron mal. No pusieron dinero, no querían televisión, ni producción, ni nada. Es todo muy endogámico: nueva camiseta cada año, para que lo compre mucha gente. Ahora van a hacer el campo más grande del mundo. ¿Para qué? 

– Con ‘Tiempo de tormenta’ dijo usted que se anticipó a Von Trier y al dogma? ¿Eso no es una ‘bilbainada’?
– No, no. Media película está rodada a mano, y no se nota en las escenas en las que María Barranco está enganchada al alcohol y Jorge Sanz es politoxicómano. Soy del cine clásico, creo en la eficacia, en que no se note el director, porque la historia está bien contada. Goddard decía que un travelling es cuestión de moral. 

– ¿Hay menos rigor ahora?
– No hay apenas. A mí me gusta experimentar, como en Tiempo de tormenta, primando el guion y el contenido. Y dirigir para que se note lo justito, con la cámara a la altura de los ojos del actor.

– ¿Cómo ve la industria?
– Mal. Muerta. Y el gobierno le ha dado la puntilla. Con el 21 por ciento de IVA en el teatro, quién va a ir. Además, la industria cae mal a determinados medios por lo de los Goya. En Estados Unidos, la gente progresista habla y nunca pasa nada. Como en la guerra de Vietnam. 

– No se cansa de recibir homenajes: Vitoria, Sitges, San Sebastián, Valladolid… ¿Suenan a colofón?
– Me gustan mucho. Mejor que me los den de pie que tumbado para siempre.

 
 
grandes damas
 
Decir no a Sara Montiel
 
El cine de Pedro Olea fue algo más que una moda en los primeros 70. Se permitió incluso dar largas a Benito Perojo, una institución en eso de plasmar el folclor patrio. Después de No es bueno que el hombre esté solo (1973) se le ofreció incluso Sara Montiel. “Vio cómo había tratado a Carmen Sevilla en esa película –hice lo que quise con ella para aprovechar sus curvas– y pretendía trabajar conmigo”. Después de tres entrevistas, le ofreció hacer La Bernarda, un proyecto sobre la vedette del siglo XIX célebre por el dicho que inmortaliza su entrepierna. “Me parece que eso es cambiar mucho mi imagen’, dijo. Y no volvimos nunca más a hablar de trabajo, pero era lo que me apetecía hacer con ella. Era un reto”. Un reto suponía también trabajar con Isabel Pantoja, protagonista de El día que nací yo. “Estaba súper dispuesta, integrada hasta para salir de vinos con todo el equipo. Salvo que hubiera cientos de fotógrafos en la puerta, claro”. Sobre el tiento de Olea para seducir a las artistazas tiene el propio director una teoría: “Acuden a mí porque las cuido y me gusta el mundo de la interpretación”. Incluso Lola Flores me llamó: “Me han dicho que quieres hacer La Coronela o algo así y yo quiero trabajar contigo”. Se refería al proyecto de La Regenta.
 

 
 
dos oportunidades

En la rampa de los Oscar

Pedro Olea pudo luchar por el Oscar dos veces. “Y las dos nos frenó la polémica”. De La casa sin fronteras (1972) España envió a Hollywood una película en inglés, la lengua de los actores (William Layton, Geraldine Chaplin, Patty Sheppard...), por lo que no estuvo entre las candidatas a lengua extranjera. Y El maestro de esgrima había triunfado en Palm Springs, la antesala de los Oscars. “Pero nos perjudicó la polémica con Un lugar en el mundo, de Aristarain. Era argentina, pero tenía un porcentaje de Uruguay. Fue descalificada y nosotros pudimos ser la quinta candidata. Escribí al presidente de la academia de Hollywood. ‘Sé que he estado en la final”.
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