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31-05-2017 Versión imprimir

 

Pep Munné

“En esta profesión,
o trabajas o no existes”


Pudo ser ídolo culé, pero se decantó por las tablas. Y por la pequeña pantalla, que lo adora: desde ‘La Riera’ a ‘Periodistas’ o ‘Velvet’


IRENE G. PÉREZ
Reportaje gráfico: Pau Fabregat 
Lee el diario mientras apura su café entre la clientela del bar Versalles, en el barrio barcelonés de Sant Andreu; el suyo de toda la vida, aunque no siempre le haya sido fiel. El fular y la sonrisa le confieren un aire de seductor bohemio. Pep Munné es un verso libre que, según él mismo admite, se guiaba más por el carpe diem que por un plan maestro, tanto en el ámbito personal como en el laboral. Hasta que llegó la crisis. Y la paternidad. Esos dos acontecimientos le cambiaron la manera de enfocar su trabajo y ahora promete presentar batalla. “Lo único que me sabe mal es no haberlo hecho tan bien como podría, porque cuando uno dispone de las posibilidades y las herramientas, las tiene que aprovechar. Esta vez quiero hacerlo bien”, afirma.
 
 

 
 
 
Antes de dedicarse a la interpretación fue futbolista profesional. ¿Le costó decidirse?
– Nada. Yo era jugador del Barça y me cedieron al Mallorca, y ahí empecé a estudiar teatro. Tras el retorno a Barcelona, con 19 años, me apunté a la Escuela de Arte Dramático Adrià Gual y lo compaginaba con los entrenos. Un año después me cedieron al Rayo Vallecano, así que continué en el Teatro Experimental Independiente (TEI) de Madrid, donde recibí clases de Miguel Narros y William Layton. Me lesioné, seguí formándome, me presenté a las pruebas del musical Godspell… y me cogieron. Entonces envié una carta al Barça diciendo que iba a dejar el fútbol. No se lo creyeron. Luego me enteré de que siguieron presentando mi ficha federativa durante seis años
 
¿El primer casting en el que le seleccionaron fue el primero al que se había presentado?
– Sí. Éramos 500 y solo había una decena de plazas. Supongo que la inconsciencia hace que tengas mucho atrevimiento. Y yo tenía una inconsciencia y una confianza en mí mismo enormes. No había cantado en mi vida y fui a cantar a un musical.
 
 

 
 
 
De todos los personajes que ha interpretado, ¿cuál le ha marcado más?
– Aquel Danny de Danny y Roberta. Fue la primera obra que producía con la compañía que tenía con Josep Costa. Él era el director. Aposté por todo: yo hacía de actor, pero al ser también productor, participé en la creación del espectáculo. Cogí al grupo de música Bocanegra para hacer la versión original y salió muy bien porque los guitarristas eran buenísimos. Incluso vino a Barcelona el autor, el estadounidense John Patrick Shanley, quien al mes siguiente ganaría el Óscar por el guion de Moonstruck (Hechizo de luna).
 
– ¿Y cuál es el que más esfuerzo requirió?
– Los que más me han costado no lo han hecho por una cuestión de dificultad, sino por falta de entendimiento con el director. Y también porque uno tiene que saber a qué se enfrenta cuando lee una obra: si ve que no encaja en el personaje, tiene que rechazarlo. Debe hacerse aquello que a primera vista parezca fácil, lo cual no quiere decir que después lo sea, pero al menos hay que verlo claro. Si no lo ves, si no acabas de entenderlo, ya estás luchando contra barreras que imposibilitarán un gran trabajo.
 
¿Con qué director se ha entendido mejor?
– Con Josep Costa, mi socio de la compañía, que desafortunadamente ya casi no dirige. Con él he disfrutado mucho por la sensación de libertad vigilada. Nos entendíamos en los objetivos y en la manera de hacer teatro. Permitía que me equivocara mientras buscaba hasta encontrar el punto. Y salía todo. Lo bonito de un personaje es descubrirlo al tiempo que lo vas trabajando, pero eso te lo dejan hacer pocas veces. El último director con el que he trabajado y he disfrutado mucho ha sido el joven Jordi Prat i Coll, a cuyas órdenes he actuado en el Teatre Nacional de Catalunya con La fortuna de la Sílvia. Me he sentido poseedor del escenario de nuevo. Hacía tiempo que no lo sentía. No tuve esa misma sensación el año pasado mientras duró la gira de Lo que vio el mayordomo, dirigida por Joe Orton, aunque sí a partir del momento en que hicimos temporada en Madrid. Entonces me volví a sentir fuerte.
 
 

 
 
 
Ha cultivado todos los formatos, pero parece que es el teatro el que más ha disfrutado.
– En tele he hecho cosas con las que me lo he pasado muy bien. Participé en una serie de la que soy fan: Génesis. En la mente del asesino. Pero Cuatro no supo bien qué hacer con ella. La pasaban los domingos por la noche, sobre las 21.30 horas, cuando la cadena empezaba su andadura… Por eso la gente veía Aída o el fútbol. Fue un éxito en Francia, Italia, Alemania. Era interesante, con unos guiones magníficos, además de trabajar bien en equipo. Mi personaje estaba basado en aquel detective Kurt Wallander que creó el escritor sueco Henning Mankell. Por otra parte, he rodado más de 30 películas, pero no he tenido suerte con el cine. Para el director Eliseo Subiela hice Lifting de corazón, que me gustó mucho, pero no funcionó. Otra de mi agrado fue La puta y la ballena, de Luis Puenzo, y tampoco funcionó. Es una asignatura pendiente.
 
Los últimos cuatro años han sido difíciles…
– Sí. Porque quise quedarme a vivir y trabajar en Barcelona; porque estaba siempre de arriba para abajo y al final no estaba ni aquí ni allá. He tenido trabajos mínimos para ir sobreviviendo de aquella manera. Es cierto que se han caído cosas importantes, como una película que iba a coprotagonizar con Karra Errejalde y se paró el día antes del comienzo del rodaje. Pero la mayor parte de la culpa se la atribuyo al hecho de no estar en ninguna parte. Los trabajos han sido contados y precarios. Ahora he salido del pozo: he representado en el Nacional La fortuna de la Sílvia, estoy en la serie La Riera y la compagino con otros trabajos, pronto levantaré el telón del Lliure con Joan Ollé gracias a una pieza de Gil de Biedma que ensayamos en estos momentos…
 
¿Qué le recomendaría a alguien que empieza su carrera?
– Que lo deje. Y le pondría todos los obstáculos posibles, porque si lo quiere hacer, me ignorará y lo hará. Esa es la única forma en que se aborda este oficio: luchándolo. Es vocacional. Le aconsejaría también que aprenda a vivir con poco, y si un día acaba llegando el dinero, fantástico. Conocemos las terribles estadísticas, pero esto es vocacional. ¿Cuánta gente escribe libros? ¿Cuántos viven de los libros que escriben? No llega al 10 por ciento. Se trata de una profesión en la que trabajas o no existes. Soy actor, pero si no trabajo, no lo soy.
                         
 

 
 
 
Series de calidad y con presupuesto ajustado
“Este espacio sería ideal para rodar películas o series. Está desaprovechado”, lamenta Munné sobre el antiguo recinto fabril Fabra i Coats, reconvertido hace un tiempo en centro de creación artística. Afirma sin titubeos que las series son ahora la gran apuesta de los estadounidenses. “Hay historias con las que la tele te permite de todo”, señala, mientras celebra que en España se realicen buenas producciones. “En otro tiempo eso no ocurría”, sentencia, “porque aquí se copiaba la serie original. Le cambiaban el vestuario y poco más, todo resultaba muy familiar y casero. En la actualidad se lanzan productos interesantes, con guiones originales de nuestros profesionales, como ocurre con El Ministerio del Tiempo o Sé quién eres. De la catalana TV3 han salido Nit i dia, Merlí o Cites, capaces de enganchar al espectador porque hablan de él. Están bien realizadas; con unos presupuestos mínimos, pero no lo notas”.  
 
 
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