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26-10-2017 Versión imprimir

 
 
Pepa Rus
 
“Después de 'Aída' pensé si solo serviría para eso. Y me fui a Nueva York a estudiar”
 
Se imaginó en ‘Aída’ y lo logró. Aquellos seis años en la pantalla fueron un máster, pero el alivio al bajón posterior lo encontró sobre las tablas. Desde entonces ha reconquistado el éxito unas cuantas veces
 
PEDRO DEL CORRAL
Pepa Rus es una de las pocas actrices andaluzas que no ha pasado por el longevo serial Arrayán. Este es un hecho curioso si se tiene en cuenta que se curtió en aulas sevillanas y debutó en Canal Sur. Con apenas 19 años ya era conocida en su programación por los sketches de La familia Morales. Pero “la niña de la Rus”, como se dirigían a ella, dio un paso enorme al formar parte de Aída, donde compartió escenas con Paco León, Carmen Machi, Pepe Viyuela o Melani Olivares. “Cuando hice mi primera obra de teatro en segundo de la ESO jamás pensé que este iba a ser mi camino”, reconoce esta chiclanera de 31 años. “Hubo un día, a los 13, que me pregunté: ‘Si me pagan por algo que me hace feliz, ¿por qué no voy a hacerlo?”. Ahí se desató el torbellino que vino después.
   A los dos años de estudiar en la Escuela de Arte Dramático de Sevilla tomó la decisión de irse a Madrid para probar suerte. “No me preguntes por qué. Fue intuición o cabezonería”, relata. Nada más llegar, se puso a la busca de nuevas oportunidades. “Me acuerdo de levantarme en esa casa de alquiler y decir: ‘Pues nada, ya estamos en Madrid. ¿Ahora qué hay que hacer?’”. Todas las mañanas cogía su mochila y, mientras pateaba la ciudad, dejaba sus dos currículums. El de camarera y el de actriz. Hasta que un buen día sonó la campana de la Macu, una chica de pueblo con un físico peculiar, poca vergüenza y un vocabulario ordinario, el personaje con el que se ganó al público desde el minuto uno.

 
 
   Con 22 años se vio metida en una vorágine que no le asustó. Y así llegaron El tiempo entre costuras, Gym Tony, La que se avecina o la recentísima Tiempos de guerra. “Si lo repasamos con tanta rapidez, da hasta vértigo”, bromea Rus, quien se caracteriza por moverse siempre guiada por el corazón. Todo en ella ha sido siempre de extremos. “La pasión del sur es lo que tiene”, ríe. “Hay momentos en que me podría haber pensado más las cosas, pero hay un punto en el que tirar de lo que te apetece mola muchísimo”. En su vida, como en las de sus personajes, esa actitud ha cobrado un aire místico y sin pretensiones. “Gracias a eso hoy puedo decir que sigo siendo feliz en esta profesión”.
 
Aída tuvo un aire premonitorio para usted, ¿no?
– Sí. Fue algo muy curioso. Mientras estaba estudiando en Sevilla, me acuerdo de una noche en la que vi la serie con mis compañeras de piso. Sin pensarlo, les dije: “En esa serie pego yo. Encajaría bien”. Evidentemente, se troncharon en mi cara, pero al año y poco después estaba ahí. 
 
Esa llamada la recibió en un autobús. ¿Cómo la recuerda?
– Le pedí al representante de una amiga que trabajaba conmigo en Canal Sur que, si encontraba algo, me llamase. Al poco tiempo lo hizo y me preguntó si estaba interesada en hacer un casting para Aída. “Hombre, pues sí”, le contesté con una risa nerviosa. Al principio me dijeron que sería para dos capítulos, pero que el personaje podría tener continuidad. De hecho, una vez dentro, preguntaba a la gente del equipo si sabía algo, porque por temas de confidencialidad no sabía a qué atenerme.
 
Y así nació la Macu, un reflejo de la España profunda más choni. ¿Cómo reaccionaron sus padres?
– Cuando lo hice no les dije nada porque siempre me inculcaron la importancia de hablar bien, vestir correctamente y ser muy educada. Así que les fui dando información poco a poco. Al principio les avisé de que era un poco ordinaria, pero luego se rieron mucho. Me preguntaban: “¿Por qué hablas tan mal? ¿Por qué te peinas así? ¿Eliges tú el vestuario?”. Acabaron entendiendo que en este oficio te toca hacer de todo. Y si había conseguido trabajo con eso, bienvenido era.

 
¿Qué sintió el día en que se echaba el cierre definitivo?
– Fueron muchos años y experiencias vividas. Lo gracioso era que no teníamos camerinos, por lo que estábamos siempre juntos. Eso fue muy enriquecedor. Aprendí una barbaridad tanto en lo personal como en lo profesional. Mi gran máster de interpretación ha sido Aída. Y me llevé además grandísimos amigos.
 
También un hit musical.
– El Lore, Lore, Macu, Macu nunca me lo he puesto por iniciativa propia, pero como todo el mundo te lo recuerda y te pregunta… ¿cómo me voy a olvidar?
 
¿Le costó sobreponerse al éxito?
– Me dio un poco de vértigo porque me crié ahí: empecé con 22 y acabé con 28. Me planteé si yo solo serviría para eso. Así que me fui a Nueva York a estudiar tras el final de esa etapa. Quería ponerme delante de un profesor para que me guiase.
 
De todos modos, siempre ha estado en el teatro: Chirigóticas, Historia de un karaoke, Lifting
– Por eso mismo sentía un poco de alivio. Y cuando volví del extranjero me cogieron para otra obra. Puedo decir que he tenido mucha suerte. Y que siga así.

 
Al haber pasado por comedias exitosas, ¿considera que existe un humor típicamente español?
– El humor no se puede imitar. Las circunstancias de cada país son necesarias para hacerlo. Por mucho que te quieras parecer a Estados Unidos, no compartimos el contexto. Sí es verdad que parece que allí saben dar con la clave muy rápido: te ponen Big bang theory o Modern family y no sabes cómo lo han hecho. Aquí tenemos los casos evidentes de La que se avecina o Aída, que son muy auténticas y tienen un humor muy español.
 
El mejor ejemplo quizá sea el de Secundina, su personaje en Gym Tony.
– Me dio la vida. Hacer eso en televisión no me va a volver a pasar en la vida. Fue una serie muy dura, puesto que era diaria, pero nos lo pasábamos genial. En el fondo, la comedia tiene mucho que ver con eso, el buen rollo favorece que todo fluya más fácilmente. 
 
También la hemos visto en papeles dramáticos, como el de El tiempo entre costuras o el de la actual Tiempos de guerra. ¿Se le hace difícil el cambio?
– Para nada. Lo fundamental es hacer un buen análisis y saber hacia dónde vas. Todos lloramos por lo mismo, pero no nos reímos por lo mismo, el sentido del humor es muy particular. Se puede llegar de forma más fácil al espectador con el drama que con la comedia. Ahí está su gran dificultad.
 
En Insolación, la adaptación al teatro de la obra de Emilia Pardo Bazán, interpretaba a tres mujeres de armas tomar. ¿Qué ha aprendido?
– Sobre todo que, poco a poco, estamos teniendo más peso en la industria. Hubo un momento en que fuimos la hermana de, la hija de o la amante de, pero la cosa está cambiando. Un personaje masculino no tiene que estar vinculado a una mujer: puede empezar y terminar con un desarrollo sin que su relación personal le afecte.
 
En los últimos años ha surgido una oleada importante de directoras. 
– Es un proceso lento porque, en cierto modo, a la mujer se le permite hacer ese tipo de cosas. Y suena muy fuerte decir que se le permite, pero es así, ya que sigue siendo muy complicado acceder a un presupuesto o a una producción. También las actrices necesitamos personajes completos. Al final haces de todo porque tienes que trabajar, pero cuando encarnas a una mujer a la que la fuerza le viene de ella misma lo disfrutas más.

 
Su primera y única película hasta la fecha, La mula, fue bastante polémica tanto por su calificación como por el arrebato del director inglés Michael Radford. 
– Yo me dediqué a hacer mi trabajo. María Valverde y yo terminamos la peli, nos dieron un ramo de flores… y el director dijo al rato que abandonaba. Aun así, salió un buen filme. Los personajes que se crearon fueron espectaculares.
 
Ahora se zambulle en la dirección con El curso de la vida.
– Es un proyecto entre dos amigos: él se atreve a escribir y yo a dirigir. La labor de dirección se merece un gran respeto, por eso matizo mucho el concepto. En mi caso se trata más de ver lo que pasa desde fuera que de controlar la luz, la música o el sonido... porque no lo conozco. A lo mejor en un futuro lo hago, pero por ahora es un experimento. 
 
Hablando con usted, uno entiende por qué es este un oficio movido por la pasión. 
– O te lo tomas como una adicción, o no aguantas. Hay días que acabo felizmente agotada, pero esta es mi razón de ser. Ahora estoy preparando una función que dirige Antonio Lara: El maestro Juan Martínez estaba allí. Mi personaje es una bailaora de flamenco que huye de la guerra, se dirige a Rusia, le pilla la Revolución Bolchevique… Y disfruto viendo documentales, leyendo manuales o bailando. Esa preparación y su posterior puesta en escena es lo que me hace feliz.

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