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21-07-2014 Versión imprimir

 
 
Pere Ponce
 
“Me gusta observar, pasear por las ciudades mentales de los otros”


Aquel tímido estudiante de Psicología es hoy un conversador nato capaz de sentarse en un banco con un desconocido. Y la curiosidad, al filo del medio siglo, le mantiene razonablemente optimista
 

FERNANDO NEIRA
Reportaje gráfico: Pau Fabregat
La plaza de la Virreina, en el mismísimo corazón de Gràcia, ejerce como imán irresistible para las geografías sentimentales de nuestro protagonista. Sobre todo porque en una de las calles afluentes, la de Santa Creu, vivió cuando era un pipiolo tarraconense recién arribado a la gran ciudad, que entonces se le antojaba un macrocosmos frenético y vertiginoso. Y porque en esas callejas peatonales ha pasado muchas tardes jugando al fútbol con su hijo, de 13 años, y constituyen el último vestigio de un pueblo aún no conquistado por el tráfico y la algarabía, como era aquella Tortosa que le vio nacer allá por 1964. Cumplirá Pere Ponce el emblemático medio siglo en otoño y alguna cana espolvoreada por la coqueta perilla delata lo ya intensamente vivido, pero aquel muchacho al que toda una generación envidió como novio de Ariadna Gil en Amo tu cama rica (1992) conserva la vivacidad en su mirada verdosa y el ímpetu renovado de quien afirma –y lo dice muy en serio– que lo mejor está por llegar.
 
 

 
 
 
   Le tenemos atareado al bueno de Ponce, que por las mañanas se ha involucrado en una cooperativa teatral “para llevar a escena esos textos que nos gustaría disfrutar como espectadores”, y por las talles se enfrasca en los ensayos de L’eclipsi, ópera de Alberto García Demestres. Porque aunque sigan cayendo chuzos de punta, aunque la incertidumbre forme parte del ADN de este santo oficio, Pere no quiere dejar de sorprenderse con el ser humano y el mundo que se le ofrece a su alrededor. “Soy de los que observa a los demás en el metro. He llegado a seguir a alguna persona por la calle o a sentarme con un desconocido a charlar en el banco”, acabará confesando. “Y no, no lo veo como algo patológico, sino antropológico. Me gusta pasear por las ciudades mentales de los otros”.
 
– Algo de todo eso se barruntaría cuando comenzó a estudiar Psicología, supongo.
– Era un acercamiento a los otros, sí, a la comprensión de las mentes ajenas. Pero la voy a ser sincero: yo quería hacer Historia del Arte, pero mi torpeza habitual me llevó a inscribirme el día que habían cerrado el plazo de matrícula. Y la facultad de Psicología se encontraba justo detrás.
 
– ¿Tuvo tiempo de licenciarse?
– No, solo pasé tres años. Con 14 años había comenzado en una compañía amateur y aquel muchacho timidísimo que era yo descubrió el placer de llevar máscara, de desinhibirse y volar en la piel de otros. Mi padre, empleado de banca, estaba acojonado: siempre pensó que me adentraba en un mundo sórdido y abocado a la perdición, y puede que ahora le dé la razón… Pero mi candor me llevaba a ver entonces en la interpretación un camino que conducía a la felicidad.
 
 

 
 
 
– ¿Hubo un episodio iniciático en su vida, alguna revelación?
– Sin duda mi primera película en el cine, lo que en un pueblito como Tortosa no sucedió nada pronto. Fue La túnica sagrada, el típico péplum de Semana Santa, que un día les dio por proyectar en el casino. Recuerdo la oscuridad, la liturgia casi religiosa. El color, esos rojos del cinemascope. Y el embobamiento, esa necesidad de girar el cuello para abarcar toda la pantalla. Nada que ver con la tele.
 
– ¿Cómo vivió sus primeros días un tímido como usted en esa efervescente fábrica de talentos que es el Institut del Teatre?
– Ya bien, porque estudiar en el Institut implicaba que eras uno de los 24 que habías superado la prueba de acceso, y de aquella nos debimos de presentar más de 200. Yo preparé El corazón delator, de Poe, como monólogo, y sabía positivamente que no me iban a coger. Pero ver mi nombre escrito en la lista fue como la concesión del pasaporte: un espaldarazo del que aún sigo viviendo a día de hoy. Tuve la sensación de ser aceptado en una familia.
 
– ¿Un instituto teatral es una hoguera de vanidades?
– Hay algo de ego y exhibicionismo cuando te colocas delante de 500 personas en una platea y no sales corriendo, sin duda. Pero allí entendí desde el primer día que el actor es un integrante de una tripulación, una pieza más del engranaje.
 
 

 
 
 
– No había cumplido ni los 20 y ya trabajaba a las órdenes de Francesc Bellmunt o Ventura Pons. ¿Cómo convivía con tanta responsabilidad?
– Yo nunca he sido especialmente hábil, pero esos directores me enseñaron la técnica cinematográfica a golpe de paciencia. Hablo de ello y me estoy viendo frente a Francesc con una claqueta en la que ponía: Toma 18. Ahora se rueda en digital, pero antes escuchabas el motor de la cámara y sabías que cada error tuyo se convertía en negativo quemado, en material fungible que ha de ser destruido. Por eso me encariñé siempre más del teatro, donde los errores están vivos, forman parte de las particularidades de cada función.
 
– Ahí le llegó su primer exitazo: ‘Los ochenta son nuestros’. ¿Aquella década fue mágica o la añoranza nos ha llevado a mitificarla?
– Para mí fueron la eclosión de la juventud, claro: la irrupción en la gran ciudad y su anonimato, los primeros amores o mi primer coche, un 127. Pero existía también una cierta autocomplacencia de “felices ochenta”. No siento nostalgia: hay que ser rebelde y conflictivo cuando toca, pero quemar las etapas y saber que después llegan tiempos de mayor responsabilidad. Por lo demás, el texto de Ana Diosdado era muy a la madrileña, con aquellas historias de pijos de la sierra que aquí nos sonaban muy exóticas. Era como hacer un Tennessee Williams…
 
 

 
 
 
– Y en esas, ‘Amo tu cama rica’ le convierte en uno de los actores más populares de todo el país.
– Fue impactante. Con Bellmunt era como hacer cine andorrano, pero de pronto estrenas en Madrid una película que cuaja y la repercusión es brutal. El mérito le corresponde a Emilio Martínez Lázaro, un rey Midas, el gran superviviente de todas las generaciones. Me asombra su eterno espíritu adolescente, esa capacidad para conectar con el niño que aún vive en él. Sabe hablar como nadie de temas muy cercanos. Como ahora: en un momento de crisis y recelos de los unos con los otros, invita a reírnos de nosotros mismos con Ocho apellidos vascos. Nada une tanto como el humor: te permite hablar sobre cualquier cosa con un enfoque mucho más sano.
 
– Tanto ‘Amo…’ como su otro taquillazo, ‘Alegro… ma non troppo’ le retrataban como un tipo sentimental pero algo atolondrado. ¿Temió encasillarse?
– ¡Es que yo era por entonces un joven sensible y perdido! [risas]. El encasillamiento sirve para empezar y ocupar una salida. El problema surgió cuando a los treinta y tantos me seguían proponiendo papeles de muchachos aturdidos. Ahí decidí dar el giro y desarrollar otros lenguajes que necesitaba explorar, aun a costa de sacrificar la estabilidad económica. Mi película favorita es Animia de cariño, de Carmelo Espinosa, una marcianada de humor absurdo pero entrañable, un filme sin presupuesto en el que nos trasladábamos en metro o bici a las localizaciones.
 
 

 
 
 
– Lo de los filmes sin presupuesto ha sonado rabiosamente actual. Y no siempre es por decisión artística, sino porque no queda otra.
– Desde luego la actual crisis no es de capacidades: cada vez percibo una creatividad mayor y unas ansias por hacer oír voces valientes y audaces, aunque sea para difundirlas a través de las redes sociales. Soy optimista con esta profesión y con el futuro que le espera a generaciones como la de mi hijo. Yo ejercí en ocasiones de “abajo firmante”, pero el gran avance de nuestra era radica en que ya no secundamos o simpatizamos, sino que nos involucramos en un movimiento civil. La gente confía en la capacidad de la expresión, sabe que manifestarse y tomar partido cambia el rumbo de los acontecimientos. Los abajo firmantes parecíamos unos tipos víctimas de una pataleta que ya se les pasaría. El movimiento horizontal de nuestros días genera entusiasmo frente a la resignación, a ese mero ejercicio de supervivencia, de “ir tirando”.
 
 

 
 
 
UN CURA INOLVIDABLE

El tirón del Padre Eugenio
 
En 2002, cuando se incorporó como secundario al reparto de Cuéntame cómo pasó, Pere Ponce no podía sospechar que ese cura obrero de San Genaro que termina colgando los hábitos por amor le terminaría acompañando en diversas etapas a lo largo de una década larga. “Gracias a un personaje tan longevo como el Padre Eugenio he conseguido habituarme a los rodajes y estar relajado frente a la cámara”, reconoce el avezado actor tarraconense. Y añade: “Con Cuéntame descubrí la popularidad, claro. Un mañana te dicen que el último capítulo ha superado los ocho millones de espectadores y eres incapaz de imaginar una dimensión física para albergar a tanta gente. Siempre recordaré una serie que hice con Paco Rabal para Tele5 [De tal Paco tal astilla] y que la cadena acabó suprimiendo porque tenía una audiencia de solo 2,5 millones. Y Paco se desesperaba: ‘¡Joder, pero si los votantes de Izquierda Unida somos menos!”. Y Ponce, divertido con su propio relato, sonríe y prende otro cigarrillo de tabaco liado.
 
 
 
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