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03-02-2017 Versión imprimir
Ilustración: Luis Frutos
Ilustración: Luis Frutos
 
 
¿Quién se sube al escenario?
 
La autora de 'Tiempo de arena' reflexiona en este artículo para AISGE sobre la autoría compartida en el acto de la interpretación
 
 
INMA CHACÓN
La respuesta a la pregunta con que encabezo esta reflexión, referida al teatro, parece obvia: al escenario se suben los actores y actrices que interpretan a los personajes de una obra dramática. Sin embargo, también parece obvio que esta respuesta sería tan reduccionista que dejaría fuera de escena a todos los responsables de que se produzca lo que se ha dado en llamar el hecho teatral, ese acto comunicativo en el que se abrazan la realidad y la ficción, el aquí y el allí, el hoy y el ayer, arropados en la convención de que lo que sucede en el escenario no es real. Un acuerdo tácito con el espectador sin el que el teatro nunca resultaría verosímil.
 
   Decía Aristóteles que en la poesía –entendida como texto ficticio, en contraposición al histórico– es preferible conseguir que lo imposible resulte verosímil, antes que empeñarse en contar lo posible, porque puede resultar increíble.
 
   Todos hemos pronunciado alguna vez el dicho de que “la realidad supera a la ficción”, una expresión que suele utilizarse para enfatizar la idea de que “todo es posible”. Sin embargo, desde el punto de vista literario podría plantearse en sentido inverso: en muchas ocasiones, la realidad no soporta ser ficcionada, porque no se conseguiría que el receptor le otorgase credibilidad al suceso que describe.
 
   De ahí la pregunta con que he titulado estas líneas. ¿Quién se sube al escenario y consigue que el espectador perciba como verosímil la propuesta escénica?
 
   En el hecho teatral se dan dos realidades: la del actor, que actúa en directo y nos ofrece un acto vivo, único, íntimo y verdadero; y la del mensaje que comparte con el espectador, que no ha de ser verdad, pero sí debe ofrecer la apariencia de serlo.
 
   Pero ¿es el actor el emisor del mensaje o el canal a través del que se transmite? ¿Hasta dónde lo construye y hasta dónde lo puede moldear para hacerlo verosímil? ¿Hasta qué punto son ellos los únicos que se presentan ante el público cuando se levanta el telón? Es más, ¿podría establecerse la necesaria convención entre el actor y el público sin la participación de los autores, directores, escenógrafos, figurinistas, iluminadores, músicos, productores e, incluso, empresarios de las salas? Porque todos ellos, cada cual a su manera y en su medida, comparten cada escena con los intérpretes, disfrutan y padecen con ellos, se apasionan y se desesperan, se entregan y se mimetizan con cada personaje; y miran al público con la esperanza de que el espectáculo les llegue, les toque, les atrape, les levante de sus asientos y se dejen arrastrar por la emoción. Todos.
 
   Pero, insisto en la pregunta, ¿quién se coloca frente al patio de butacas? ¿Quién defiende el mensaje que está detrás de cada función? ¿A quién, de todos los que participan en el montaje, juzga el público? ¿Quién consigue conectar con él?
 
   En la revista AISGE ACTÚA, Juan Mayorga publicó un artículo titulado El pacto teatral que iniciaba con una frase atribuida a Jorge Luis Borges: “La profesión del actor consiste en fingir que se es otro ante una audiencia que finge creerle”. Desde esta premisa, Mayorga defendía que el teatro “es el arte del actor y el espectador, y todos los demás –el autor, el director, el vestuarista, el escenógrafo, el iluminador…– tenemos el importante pero subordinado trabajo de ayudar a que actor y espectador se encuentren en un compromiso de fingidores”. 
 
   Los actores son los responsables de que ese fingimiento funcione, los que se enfrentan a la crítica inmediata, un cuerpo a cuerpo del que nunca se sabe si saldrán victoriosos. Pero yo no diría que los demás subordinan su trabajo al de ellos, sino que discurre en paralelo. El autor es quien les pone cada palabra en la boca para que se oiga su voz, para que se escuche, para que se entienda, para que sus personajes cobren vida y conmuevan. Pero también el director participa en la construcción del mensaje, lo moldea, le proporciona intencionalidad y pronuncia cada frase que se proyecta hacia la primera fila y hacia el último palco.
 
   El vestuario, la escenografía, la música y la iluminación crean la atmósfera propicia para hacer verosímil la historia que nos cuentan, pero también pueden distanciarnos, romper la magia que se produce cuando el espectador se acomoda en su asiento, y alejarle de la escena, de tal modo que no consiga dar el salto que le devuelva al lugar donde debería haberse situado.
 
   Igualmente, el espectáculo puede malograrse si el espacio se convierte en enemigo, si debería haber sido al aire libre o al revés, si las voces se pierden, si crujen los sillones, si el escenario está demasiado lejos o demasiado cerca, si es demasiado pequeño o demasiado grande, y tantos otros demasiados que pueden convertir la función en una catástrofe.
 
 

 
 
 
   Sí, todos ellos están presentes en cada acto de la obra, en cada personaje, en cada entrada y en cada mutis, en cada diálogo y en cada monólogo. Todos se tensan el día del estreno. Todos tiemblan. Todos sufren si fracasa y se alegran con el éxito. Todos comparten la fascinación de hacer tangible lo intangible, del riesgo, de lo efímero, de un acto irrepetible y vivo que está sujeto a numerosas variables. En palabras de Arthur Miller, “el teatro es tan infinitamente fascinante porque es muy accidental. Tanto como la vida.
 
   Y, también como la vida, el teatro es un acto colectivo. Una pasión compartida cuya responsabilidad recae en las espaldas de un equipo en el que, si nada se tuerce, el éxito es de todos; pero si uno solo falla, si cualquiera de ellos tropieza, el fracaso también es compartido.
 
   El autor escribe el texto que recitan los actores, el director le impone su mirada, los músicos y escenógrafos perfilan los espacios donde pronunciarlas, los técnicos instalan los andamios, los productores les ayudan en el anclaje y los empresarios facilitan que el terreno sea firme. Sin embargo, insisto otra vez en la pregunta: ¿quién se sube al escenario?
 
   El hecho teatral resultaría fallido si los intérpretes no consiguieran transmitir al público el mensaje. Y no me refiero al argumento de la obra; al fin y al cabo, es lo de menos. Ya lo dijo Peter Brook: “El teatro no trata de nada en concreto, trata de la vida”. El teatro son las emociones y los sentimientos que nos hacen vibrar: el amor, el desamor, el deseo de libertad, de igualdad y de justicia, la alegría, la nostalgia, la tristeza, la solidaridad, el respeto, el desprecio, el miedo, la ira, los celos, la bondad, el desengaño, la esperanza y un largo etcétera del que se nutren las relaciones humanas.
 
   Y es que, si todo fluye, si los actores, directores, músicos, técnicos, productores y empresarios hacen bien su trabajo, si cada uno cumple su función, discúlpenme si les relego a todos a un segundo plano, porque no son ellos los que pisan con fuerza el escenario, sino la vida, la propia vida, con sus sombras y sus luces, sus pulsiones y su racionalidad, su correr inexorable y su capacidad para transformarnos.
 
 
 
 
Inma Chacón (Zafra, Badajoz, 1954) es novelista y poeta. En 2011 fue finalista del Premio Planeta con ‘Tiempo de arena’ y ahora acaba de publicar ‘Tierra sin hombres’. Su hermana gemela era la también escritora Dulce Chacón
 
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