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29-11-2013 Versión imprimir

 


Ramón Barea


“El teatro no ha sido prioridad para 
 ningún gobierno”


El nuevo Premio Nacional, curioso insaciable, sigue renunciando al éxito fácil: “No sé vivir sin inquietudes”
 

JAVIER OLIVARES
Reportaje gráfico: Carlos Rosillo
El Renacimiento resurgió en Bilbao en los años sesenta del siglo pasado. Y no es una bravuconada nórdica: en esa época, Ramón Barea (Bilbao, 1949), un Leonardo del Botxo, empezó a hacer de todo. Ya en su tierna adolescencia, el hijo del pianista y la maestra fue monaguillo, tamborilero y hasta torero de perros antes de hacerse espectador compulsivo de teatro. Tan multifacética biografía crece aún hoy. En las entrevistas resulta épico subtitular sus cargos en una sola línea: actor de todas las artes, director de cortos y largos, dramaturgo, productor de teatro, director de cásting… “Para evitar confusiones, dinamizo y actualizo yo mismo mi blog”, bromea.
 
   Ahora hay que añadir otra línea más, y no precisamente menor: Premio Nacional de Teatro “por su amplia trayectoria como hombre de teatro integral, en la que ha desarrollado todas las facetas y ha combinado proyectos arriesgados –como la sala bilbaína Pabellón 6– con otros de amplia difusión nacional”, según el dictamen del jurado. Magnífica ocasión para rescatar esta charla que mantuvimos un par de años atrás, precisamente cuando lucía imponente barba decimonónica por exigencias de la Blancanieves gótica que rodaba a las órdenes Pablo Berger. Les suena el título, ¿verdad?
 
 

 
 
 
– Berger es otro director que hizo su ópera prima con usted y volvió a llamarle. ¿Qué les da?
– Me pasa con muchos con los que hice sus primeros cortos: Alex de la Iglesia [Mirindas asesinas] o Icíar Bollaín [Los amigos del muerto]. He tenido suerte… Pero muchos bilbaínos me reconocen aún como director y actor de teatro. Para la gente que empezaba a hacer cine, yo ya era “el del teatro”. Íbamos en un lote de actores con Mariví Bilbao, Álex Angulo…
 
– La faceta de secundario, ¿es una garantía o una etiqueta?
– Estoy contento de ser un secundario permanente. De sumar. Podía haberme plantado con los protagonistas de En la puta calle o Entre todas las mujeres. O como coprotagonista de Atilano, presidente. Que me reconocieran por cuatro o cinco películas. Pero es una angustia, una tensión innecesaria pensar solo en ser protagonista.
 
– ¿Nunca le engatusó el foco de los primeros renglones del cartel?
– Algún representante que me cortejó (nunca he tenido) me sugirió que, después de En la puta calle, no me bajara de ahí. Pero yo no sé vivir sin inquietudes, viéndolas venir. No quiero hacer cine o teatro solo, como no quiero hacer solo protagonistas.
 
– Con tantas caras, seguro que sufre cómicas confusiones pedestres.
– Proporcionalmente, te conoce más gente por la tele que por el teatro. Una señora, por la calle: “Le conozco”. “Usted sabrá, ¿seré vecino suyo?”, contesto. “Ah, sí, usted es el de los deportes”. “¿O el de Médico de familia?”, donde no participé en mi vida… Hay mucha cultura de zapping. Pero prefiero esa ambigüedad que la servidumbre de atender a gente amable.
 
 

 
 
 
– En muchas series participó muy poquito….
– Sí, de paso. En 7 vidas, la madre de Javier Cámara que bordó Amparo Baró, en principio, iba a ser un padre: yo. Pero tomaba demasiado tiempo, me cambiaba la vida. Y dejé Policías porque el primer capítulo se grababa en un mes y yo estaba adaptando al teatro Los emigrados. Podría haberme quitado la hipoteca, pero era un rodaje complicado.
 
– Se evocan con buen sabor incluso sus programas de culto de la tele.
– ¿Los recuerda? Se cerraron programas como El peor programa de la semana, de Wyoming y David Trueba, y Nadie es perfecto, con Antxon Urrusolo, donde fui director de escena. Al quinto programa nos echaron. Soy especialista en coger proyectos que me gustan y relegar los que triunfan [risas]. He tenido cómplices como Santiago Segura, Álex Angulo, Luis Ciges, Pablo Carbonell o César Sarachu, el Bernardo de Cámara Café
 
– ¿Cuál es el rodaje más divertido que recuerda?
– El primero, La fuga de Segovia. Era mágico para mí por desconocimiento: el sonido, cada plano, el ritmo… Para alguien autodidacta como yo, en aquel rodaje aprendí un montón. Y el de Matías, juez de línea, en un pueblecito al lado del mar, en Galicia. Fue placentero y divertido, por la convivencia.
 
– ¿Y alguna situación arriesgada?
– En Acción mutante, Álex de la Iglesia, que es un puñetero, insistía en subirme a un pico de las Bárdenas Reales, en el mismo borde. Me rajé: “¿Y si se desmorona el pico de tierra?”. Me sustituyó alguien del equipo de cámara de complexión similar a la mía. En otra ocasión, también con Álex, había que comerse una anguila. Repetimos tanto que la de la toma que valió estaba cruda, asquerosa. En la serie Cuenta atrás hay una escena de persecución tremenda, a 150 por hora…
 
– ¿Conserva la mirada de aquel ayudante de dirección de 19 años?
– Sí, eso no lo he perdido. Allá por 2009, estaba Lluís Pascual en Bilbao y cancelé todo para ver cómo dirigía. Muchas veces me interesa más el proceso que el resultado. Además de conocer las buenas pelis de Brando, por ejemplo, pagaría por ver las tomas descartadas, cambios, rectificaciones y matices. Me hace más ilusión trabajar fondos documentales que hacer mi tercer largometraje como director.
 
 

 
 
 
DE CERCA

“Solo me sé de memoria el ‘Suspiciat’ en latín”

– ¿Alguna frase de su primera película?
No me acuerdo, no soy de frases. Una prueba: me llamó Josep María Flotats para hacer un Beaumarchais. “Hola Ramón, nunca te he visto en teatro. ¿Te importaría recitar algo?”, preguntó. Y le respondí: “Solo me sé de memoria el Suscipiat en latín, de cuando era monaguillo, y una estrofa de Miguel Hernández, ¿qué prefieres?”.

– Hay alguna memorable, como en 800 balas
De esa sí. Una escena en la que me pegan una paliza y me levanto: “Me has hecho muchísimo año”. A Álex de la Iglesia le hacía gracia que me levantara y dijera eso.

– Recordará, al menos, su mayor caché.
Pues no… El menor, seguro: los cortos, y alguna peli… No había dinero para En la puta calle, pero pagaría por hacerlo. Pero es más barato de lo que se imagina el personal. Y las teles están bajando mucho la tarifa.

– ¿Es un sacrilegio el txoko de hombres?
Sin duda. Son las mujeres las que mandan en casa y en la cocina. Por eso se escondían los hombres. No es machismo, sino cobardía: “Nos metemos en el txoko para que no nos vean las mujeres”.

– ¿Por qué no le gusta el fútbol?
Significa ruido, gritos, acaparar el patio en el colegio. Yo era más de baloncesto o de ping-pong. Mi padre me llevaba al fútbol y a los toros. Fui a un partido benéfico en San Mamés, de gordos contra flacos. Luego estuve en otro de verdad y no me gustó, como no me gustó una corrida real después de ver al Bombero Torero. Fue la reacción de la frustración.
 

 
 
 
PERFIL

Una indeleble impronta teatral
 

El nuevo Premio Nacional de Teatro es un combativo abanderado del teatro alternativo vasco. Desde siempre. “Hubo una Orquesta Sinfónica, nació una tele propia… pero el teatro no ha sido prioridad para ningún gobierno”, lamenta. Compañías como Cómicos de la Legua, Karraka o Ur y la productora Maki Escénica y Audiovisual llevan su impronta indeleble. Sus hijos Nora, Beatriz y Marcos, que le ayudaron en el arte de cargar y descargar furgonetas, no han seguido la astilla de ese palo. Pero alguno de sus cinco nietos sí tienen cierta vocación interpretativa. Bilbao, Bilbao, de la que fue director, conserva el récord de espectadores de toda la historia en el País Vasco.
 
 
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