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26-11-2018


Ramón Salazar

 

 “Hacer una película y una serie en el mismo año me ha convertido en un director para todos”

 

 

El director de ‘La enfermedad del domingo’ asienta su lenguaje en el podio de los directores de nueva hornada. Mientras llega su cuarta película, espolvorea su talento en televisión


JAVIER OLIVARES LEÓN

FOTOGRAFÍA: ENRIQUE CIDONCHA

Citarse un lunes con el malagueño Ramón Salazar es una moneda al aire. Un tipo capaz de concebir una película a partir de la sensación de depresión que generaba en él la tarde del domingo puede estar el lunes con un humor de perros. “No hay cuidado”, bromea. “El lunes siempre lo afrontaba de manera diferente, de otro color”. Aquel síndrome que trascendió a su etapa escolar. “Creí que era una sensación mía, pero cuando empecé a comentarlo me di cuenta de que cundía la epidemia entre mis allegados. En mi infancia, era irse el sol y apenas quedaba resignarse a acabar el domingo como fuera, con los dibujos animados de la época. Era todo muy icónico, relacionado con ese bajón”. Su ya tercer largometraje, La enfermedad del domingo, sobre el crudo reencuentro de madre e hija –Susi Sánchez y Bárbara Lennie– después de 35 años separadas, es la consolidación de un cineasta que se mueve en la Berlinale como por su Málaga natal.

 

– ¿A qué achaca su interpretación de la mirada femenina?

– Tiene que ver con la forma en que viví mi infancia y adolescencia. Yo residía en Churriana, un pueblo cerca de Torremolinos, y en el colegio no lo pasé bien por mi condición de homosexual. Las compañeras de clase y las mujeres de mi familia hicieron mucha piña en mi defensa. Los temas que me gusta abordar en el cine tienen que ver quizá con el agradecimiento a esa coraza.

– ¿Le entendía mejor su madre?

– Siempre me he llevado mejor con ella que con mi padre.

– Y en el trabajo, ¿sintoniza bien con ellas?

– Muy bien. Nunca he tenido ni un roce en los tres largos. Siempre hay un acercamiento desde el respeto absoluto. En La enfermedad… hemos hablado mucho Susi Sánchez y yo sobre el concepto de la buena y la mala madre. Y desde el principio a ella le preocupaba cómo iba a empatizar con el público sabiendo que encarnaba a una mujer que abandonó a su hija a los ocho años. Nos interesaba cómo llegar hasta ahí. En las últimas versiones del guion cayó en nuestras manos un libro de una autora israelí, Madres arrepentidas, con el testimonio de mujeres que contaban su experiencia con la maternidad, sin querer a sus hijos o sin ver tan idílica esa etapa. Descubrimos mucho: toda madre tiene derecho a ‘huir’. Pero esa no era la línea de la película. Se trataba de no justificar ninguno de los pasos que dan los personajes, para que juzgue el espectador.

– ¿Qué le aporta Susi Sánchez?

– Trabajamos juntos en mi película anterior [10.000 noches en ninguna parte]. Fueron apenas dos semanas, pero tuve con ella muy buen feeling. Su forma de ver el arte y la vida se parece a la mía. Y estaba en deuda con ella: tenía que darle un personaje protagonista. Me ha acompañado además en el proceso de escritura. Tiene compromiso y pasión por lo que hace. Nos apetecía pasar tiempo juntos, hablar y compartir. Creamos su personaje durante la escritura, a base de hablar.

– Explota usted perfectamente el drama seco. En ningún momento hay recreación en el diálogo durante el momento crítico, el de lágrima fácil…

– Con una música puesta a tiempo que reforzara el drama… chatachán [risas]. Se busca el grado de implicación del espectador, porque todo es factible. Dependiendo del grado de atención, entiendes más o menos cosas. Muchos me dicen que después de ver la peli se establece un diálogo entre los asistentes para comentarla, en el que cada uno expone su punto de vista y su forma de entenderla. La película tiene capas que son grandes pistas de la vida de ambas protagonistas durante los 35 años de ausencia en la relación.

– ¿La progenitora siempre fue de la alta sociedad en su concepción?

– Sí. Su marido [Miguel Ángel Solá] era embajador. Pero en alguna reescritura se ponía demasiado el foco en él. Y lo importante era la relación madre-hija en los 35 años que estuvieron sin contacto. Se perdía casi un acto en dibujar la figura del marido, y no era necesario. Todos los protocolos de la embajada desaparecieron. Se convirtió en una especie de filantropía de alta sociedad.



– ¿Por qué dudó en dar el otro papel protagonista a Bárbara Lennie?

– Es que tiene 10 años menos que el personaje que había escrito. La conocía de algún evento porque compartimos agentes. A la prueba acudieron apenas ocho actrices. Dije a sus representantes que me llamaran en caso de duda. Lennie fue la única que no me llamó. ¡Y eso te crea desazón! Pero es que realmente no le hacía falta. La secuencia de prueba era la más delicada de la película, con tensión contenida. Quedé sorprendido de que su interpretación libre del papel y la escena estuvieran tan cerca de lo que yo había pretendido en el guion. Nos despedimos de forma torpe y la siguiente vez que nos vimos fue para trabajar. Con casi ninguna de ellas había trabajado previamente.

– ¿Fue buena la conexión después?

– Es básico entender el sistema de trabajo de cada uno. Y tratar de llegar ahí con el calendario de trabajo.

– ¿Los ensayos respondieron a lo que usted imaginó?

– Llegaron a Barcelona e hicimos cuatro lecturas en tres días, pero ellas no estaban cómodas gastando esas escenas tan orgánicas. Entendí que era un valor que no se conocieran de antes. Empezamos a ensayar por separado. Les di información de las biografías que escribí sobre los personajes. Parecía indispensable que una no tuviera la información de la otra, que funcionaran en secreto. Eran poderosas en lo que conocían de sus personajes y vulnerables en lo que desconocían de la otra. Si había correcciones a una, la otra no las escuchaba.

– ¿Se trata de una fórmula habitual en su método de trabajo?

– No. Esta película lo pedía.

– ¿Las localizaciones estaban claras?

– Tuve la suerte de que cuando entró en el proyecto Paco Ramos, jefe de localizaciones, por temas de financiación podría venir bien el rodaje en Cataluña. Un año antes me animó a pasar una semana en la zona para ver si todo lo necesario estaba allí. En febrero viajamos y en febrero del año siguiente rodamos. Se desarrolla en el pantano de Santa Fe (en el Montseny), en Barcelona y en Girona. El pueblo francés es Prats-de-Mollo-la-Preste, justo al pasar el Pirineo. En una semana estaba todo claro.

– ¿La plataforma Netflix entró en el proyecto porque faltaba una inyección de dinero?

– Sí. Creo que es la única producción española en la que entraron a producir. Hasta entonces habían comprado películas que habían hecho otros. Gracias a ese empujón llegamos a fechas.



Hijo de español y holandesa, Ramón Salazar Hoodgers conserva a sus 45 años el apego por su tierra natal. Su hermano Noel es chef en Estepona. Pero cada vez es más fácil verlo en cualquier AVE con su schnauzer mixto y su pinscher ciervo. Sus perros viajan con él a todas partes. Cursó Arte Dramático e Interpretación en Málaga. Y en la ECAM (Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid) estudió guion. “Son los pilares fundamentales para dirigir, para poder conocer el cine desde los dos puntos de vista”.

 

– Han comparado su estilo con el de Ingmar Bergman.

– Ciertas comparaciones halagan. Supongo que hay elementos que remiten a determinadas películas, como el intimismo, el aislamiento de parajes, el enfrentamiento de personajes. No hay nada consciente, pero quizá salgan del inconsciente.

– ¿Y qué pasa cuando ocurre al contrario, si a usted su película le recuerda a algo a medida que avanza?

– Pues intento hacerlo de otra manera [risas]. Esa sensación surge cuando comienzas las lecturas previas al rodaje. Si los actores identifican algún parentesco con otro guion o estilo, le damos la vuelta.

– ¿Sigue escribiendo guiones a ratos perdidos?

Para otros ya no trabajo [Salazar fue ‘adaptador oficial’ de la obra de Federico Moccia y autor de guiones de taquillazos como Tres metros sobre el cielo y Tengo ganas de ti]. Ya solo trabajo para mí. Y en publicidad no me prodigo, no me gusta.

– Tardó año y medio en alumbrar Piedras, su primer largometraje. Y en La enfermedad del domingo ha invertido casi cuatro años. ¿Cómo visualiza ahora su ritmo?

– Hacer una serie [Élite] y esta película en el mismo año me ha convertido en un director para todos. Por primera vez tengo en la mesa cosas muy diferentes para elegir. Las cadenas privadas están poniéndose las pilas para poder competir con las plataformas, y eso enriquece los proyectos que llegan. Es importante que lo nuevo no se parezca a lo recién terminado.



– ¿Está en condiciones de poner condiciones a una productora?

Estoy en condiciones de elegir. De anteponer el respeto a lo creativo. A veces las cosas se diluyen y lo que sale no tiene nada que ver con lo que visualizaste previamente. Llevo un año entero con un guion, que será un drama, y quiero escribirlo antes de fin de año.

– ¿Nada que ver con su particular visión de la Costa del Sol?

– No. Eso lo he plasmado en una serie que ya desarrollé hace un año y que se está moviendo. Se llama Las suecas y es una cuenta pendiente. Con el protagonismo en las mujeres, no en el landismo [risas].

– Usted que tiene una calle en Berlín, de tan asiduo como es a la Berlinale, ¿a qué le suenan los Goya?

– [Risas]. No lo sé, no lo sé… Hay buenísimas películas estrenándose cerca de fin de año. Me gustaría que se reconociera el trabajo de Susi y Bárbara. Me haría mucha ilusión.

– ¿Qué le ha llenado últimamente de lo hecho en España?

– Me gustó mucho Viaje al cuarto de una madre, con Lola Dueñas y Anna Castillo. Estuvo en San Sebastián [allí obtuvo una mención especial] y es un peliculón, una propuesta tan arriesgada como acertada. Y la de Carlos Vermut, Quién te cantará.

– ¿Cómo se presenta 2019?

– Con proyectos interesantes para ir tirando. Élite me ha traído proyectos que no tengo que escribir. Y eso también es interesante. He grabado dos capítulos para la última temporada de Vis a vis. Me pareció muy productivo aportar mi visión a una serie con personajes que ya llevan trabajando cuatro años. Eso dista mucho de tu implicación cuando escribes tú el guion.




Creación en serie

Paco Ramos, productor de La enfermedad del domingo, dejó Zeta Cinema para fichar por Netflix. Ahora ejerce de jefe de contenidos de series de dicha plataforma para Latinoamérica y España. Bajo el brazo se llevó Élite, un proyecto de creación propia para el que contó con Salazar en cinco episodios. “Lo que me gusta en general en el cambio de trabajo es el cambio de energía”, cuenta el director malagueño. “La enfermedad… había requerido un retiro, un trabajo íntimo con los actores. Y pasamos a mezclar 11 actores que encarnan a chicos de 16 años. Como todo lo que escribía se parecía a La enfermedad…, me pareció el proyecto ideal para resetear”.

 

   Según él, la adolescencia es esa etapa de la vida que se autodefine, por muchas generaciones que pasen. “Respecto a la que vivimos nosotros, hay otros permisos, otra pasión, pero se mantiene la rebeldía. En Élite hemos llevado el asunto a un terreno que pudiera llegar a un público adulto, que pudiera acercar generaciones. Hemos llegado a una juventud inventada pero reconocible por gente de 45 o de 16 años”. Y con los intérpretes se ha entendido de maravilla. “La pasión de los chicos me ha parecido abrumadora. Muy comprometidos y serios. Me han hecho mucho caso. Soy un poco director/padre/hermano mayor”.


   Y en el caso de Vis a vis ha habido mucha colaboración con Globomedia. “Tengo suerte con las productoras. Siempre que he propuesto un cambio sobre la marcha me lo han admitido, desde el diálogo. No me gustaría entrar en un proyecto en el que ser un mero realizador que rueda planos. Y otros lo montan y otros le dan sentido. Pero ahora las productoras tienen buena relación con los directores, una buena oportunidad para que nuestro sello quede ahí”.

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