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Ramón San Román


“Nada me ha alimentado en esta vida más que la interpretación”



A este madrileño de 32 años la interpretación se le cruzó por la calle. Literalmente: le llamó la atención un anuncio. Mientras se formaba como actor coqueteó con la televisión de la mano de discretos papeles para producciones tan distintas como Sin tetas no hay paraíso (Telecinco), Cuestión de sexo (Cuatro), las innovadoras Sexo en Chueca y Becarios (La Siete), Hospital Central y Homicidios (Telecinco), Bicho malo nunca muere (Neox)…
 
   Esas escalas le condujeron a una estancia más prolongada en la serie de corte juvenil La gira, la mayor apuesta de Disney Channel España por la ficción nacional hasta entonces, donde puso cara al atontado Marcos en los breves episodios de las dos temporadas. Era el mayor de los tres hermanos Cuervo, que formaban el grupo homónimo y tocaban como teloneros de Pop4U, aunque su mentalidad infantil no reflejaba en absoluto su edad. El público que le descubrió ante la cámara en ese momento le recordará como el tonto entrañable con el que todo el mundo termina simpatizando. Más cerebro que él tenían los dos parientes que adornaban el sonido que salía de su batería: Sara (Andrea Guasch) era la típica cantante presumida y envidiosa, mientras que Lucas (Jorge Clemente) resultaba bonachón y estudioso a partes iguales. El apabullante seguimiento que cosechó la producción entre 2011 y 2012 propició el lanzamiento de una secuela titulada Los Cuervo: ¡pillados!
 
   En abril de 2012 se topó con el tercer personaje fijo de su andadura televisiva, el Daniel de Todo es posible en el bajo (Telemadrid), una comedia familiar de la cual solo se emitieron cuatro capítulos de los 13 correspondientes a la temporada completa. No le fue complicado arrancar carcajadas por mediación de su universitario Daniel, obsesionado con las mujeres y consentido por su madre, una fotógrafa decidida a construir una nueva familia en compañía de su amante tras fracasar en el matrimonio. Al chaval el trabajo le parecía algo antinatural y estaba encantado con su cuerpo de gimnasio, por eso animaba a su hermana a abandonar la carrera de tenista y ganarse la vida como modelo.         
 
   Los cinco millones de espectadores que a finales de 2013 siguieron el inicio de El tiempo entre costuras (Antena 3) le vieron caracterizado de militar en una verbena nocturna. Era el colega fanfarrón de Ignacio (Raúl Arévalo), un funcionario que en ese mismo festejo conocía a la costurera Sira Quiroga (Adriana Ugarte) por mediación de la lanzada Paquita (Pepa Rus), quien los dejaba a solas con la complicidad de otra amiga (María Maroto). Ya en 2014 se acercó hasta Esperanza Sur, el conflictivo barrio de Aída (Telecinco), para citarse con Paz (Melani Olivares). La había conocido gracias a una página de contactos en Internet y, después de hablar únicamente sobre sus músculos, quería sexo con ella sin acordarse siquiera de su nombre.
 
   Su última aparición prolongada en la pequeña pantalla se la debe a la serie diaria de sobremesa Amar es para siempre (Antena 3), en cuya tercera temporada estuvo ocho capítulos encargándose de un atractivo abogado llamado Alberto Tarrío. Se incorporaba al famoso bufete de Julián Madariaga, que pronto se sentía atraído por su físico, aunque llevaba tiempo casado con la empresaria Laura Blasco (Sara Rivero). Y él también salía con una mujer, pero su desmedida ambición le animaba a satisfacer los deseos carnales de su jefe, pues así capitanearía la delegación del despacho en Barcelona. Tampoco le falta experiencia en sketches para programas de variedades al estilo de La noche en Paz o La Alfombra Roja Palace.    
 
 
 

 
 
 
   Como él mismo confiesa, el celuloide es su gran sueño. Ante la cámara de Sin darte cuenta (2010) atravesaba un momento dulce en su noviazgo, pero se veía empañado cuando a su chica le detectaban cáncer. Menos dramática fue ese mismo año la historia de Test. Su Víctor vivía locamente enamorado de Lucía y le sabía mal que ella se preocupase ante la posibilidad de estar embarazada. Respetaría cualquier decisión suya en caso de que el test arrojara un resultado positivo, pues era consciente de que tendrían todo tipo de problemas para criar al bebé: se conocían desde poco tiempo atrás, apenas tenían dinero, ni siquiera compartían hogar… Contemplar la cuestión de la paternidad, que se planteaba como fruto de un amor verdadero o como atadura no deseada, les servía de unión.
 
   Ya en 2012 disfrutó con la acción trepidante y los efectos especiales de Shhh! Su Hugo trabajaba para una turbia corporación y recibía el encargo de seducir a Olivia (Aura Garrido), una joven con capacidades sobrehumanas a quien querían reclutar o quitar de en medio. Sin temer las represalias de sus jefes por desobedecerlos, la ayudaba a huir, hasta el punto de arrojarla desde un puente para evitar su captura. Y se salvaba. Ella solo pretendía llevar una vida normal, no matar a destajo aprovechando su indestructible físico. Al final se entregaba a sus persecutores, aunque no con el propósito de ser leal a esa sociedad secreta, sino de sabotearla en su condición de disidente. También compartió reparto entonces con Lluvia Rojo, Jesús Olmedo, Nerea Garmendia…
 
   2014 adquirió para él tintes nocturnos. Y es que a la pieza Noche de agosto le siguió luego el sangriento espectáculo de Mi gran noche. A las órdenes de Dains CMP interpretó a un prepotente actor que ensayaba su discurso de agradecimiento en caso de que le concedieran un premio. Lo lograba, pero en vez de darse a la verborrea, acribillaba junto a sus secuaces al público. Allí no quedaba títere con cabeza; e incluso él caía abatido sobre el macabro escenario: su más fiel seguidor estaba cansado de su tiranía y le descerrajaba una ráfaga de tiros. También el año pasado se estrenó el único largometraje de su currículum hasta el momento, No quiero ser recuerdo, cuya dramática historia tenía como protagonista a Lucía Ramos. La chica perdía a su madre y encontraba la salvación en el amor de un pintor callejero, pero esa felicidad duraba poco, pues un terrible accidente terminaba cambiando para siempre la vida y los recuerdos de la pareja.       
 
   Mientras se formaba como intérprete en la escuela InterActivo representó el clásico Fausto a las órdenes de su profesor Mario Bolaños. De esa tragedia escrita por Goethe pasó en 2009 a una comedia de Shakespeare igualmente célebre: El sueño de una noche de verano. La compañía Blas de Otero decidió ofrecerle en esa obra fantástica y romántica el papel de Demetrio, un joven que se debatía entre dos mujeres y al final se casaba con la acertada. No sin dificultades: iba a contraer un esperado matrimonio con Hermia, que realmente no le correspondía y escapaba con su amante Lisandro para que su padre no la castigase, lo cual dejaba vía libre a Elena para reconquistarle. Y lo conseguía. Los verdaderos sentimientos de las dos parejas protagonistas solo se encauzaban tras deshacerse los enredos que habían provocado con sus desatinados hechizos unas criaturas mágicas del bosque. Con El alma en un hilo trató ese abismo sobrecogedor que es la muerte, que provoca vértigo por no conocer el misterio oculto detrás de ella. Precisamente sobre el mito de la reencarnación se preguntaban los miembros del nutrido elenco, sobre cómo será la vida más allá de la existencia terrenal.
 
   Su primera aparición como profesional encima de un escenario se la debe al musical infantil El pequeño grano de arena, montado por la compañía Mulambo en el Teatro Fígaro madrileño allá por 2011. Entonces cantó y bailó para narrar la historia de un puntito de arena de playa enamorado de una estrella y empeñado en llegar a ella. Lo imposible de ese amor le enfrentaba a adversidades de todo tipo: convencía a todos sus minúsculos congéneres para construir un altísimo castillo que acababa derribando el mar, vendía uno de sus sueños a cambio de una buena idea… Hasta que una enorme ola le invitaba, conmovida por su tesón, a reunirse con su amada en el fondo marino. Al año siguiente hizo escala en varias salas del circuito alternativo de la capital con la atípica obra Comprando una vida, de la compañía Acciones Imaginarias, una feroz crítica contra la sociedad de la abundancia donde encarnó a cinco personajes en diferentes momentos de la vida. Ponía en el disparadero la creciente relevancia que tiene el consumo para la formación de nuestra identidad personal, una identidad cambiante porque está recibiendo permanentemente los dictados de modas pasajeras. Al público no le costó demasiado captar un mensaje rotundo: algo no funciona bien si comprar se convierte en sinónimo de felicidad y en el sentido último de la vida.
 
 

 
 
 
   En 2013 probó el formato del microteatro gracias a No nos moverán, que reunió a un elenco de lujo pese a tener carácter modesto: Adrián Rodríguez, Andrea Dueso, Víctor Elías… Vapuleó otra vez, aunque en tono gamberro y desternillante, los sinsentidos de un sistema capaz de permitir desahucios. Desde junio arrasa cada sábado con la coral Amores minúsculos, cuya inesperada acogida le llevó de la pequeña Nave 73 a la Sala Off del Teatro Lara. Este montaje constituye el debut de la compañía Los Zurdos y ya se cuenta entre los finalistas al Premio Max en la categoría de mejor espectáculo revelación. Numerosos espectadores le ven en el pellejo del guaperas Carlos, el mismo personaje que tiene Héctor González durante la función del viernes, un chaval encantado de tener una existencia plena. No le faltan pretendientas, le marchan bien los negocios, sabe de moda, goza de seguimiento en las redes sociales. Hasta que una cita se cuela en su ajetreada cotidianidad y pone patas arriba sus inquebrantables esquemas. El fugaz noviazgo posterior le remueve con tanta intensidad que le dejará marcado para siempre, quizá más que si hubiera vivido un idilio de cuento de hadas.


HÉCTOR MARTÍN RODRIGO
¿Recuerda el momento particular en que decidió ser actor?
− Sí. Iba andando por la calle y vi un anuncio que decía: “¿Quieres ser actor o actriz?”. Me dio un latido fuerte en el corazón, como una llamada, así que anoté el número de teléfono.
 
− ¿Quién fue la primera persona a la que se lo contó?
− La verdad es que no lo recuerdo exactamente, pero sí me acuerdo de lo que dijeron mis padres: “Con todos los estudios que tienes, ¿cómo vas a tirarlo por la borda? Eso de actor es pan para hoy y hambre para mañana”. No les hice caso. Tenía tantas ganas de seguir esa llamada que nada ni nadie me podía parar.
 
− ¿Cuál ha sido el mayor golpe de suerte que ha recibido hasta ahora en su carrera?
− Ninguno. No he tenido esa suerte de estar en el momento y lugar oportuno, todo ha sido a base de trabajo y más trabajo. Sí es cierto que he actuado de forma más o menos continuada desde que empecé mi formación. Pero con esfuerzo: muchos castings, muchas pruebas finales. Los procesos en los que me han cogido, curiosamente, han sido aquellos a los que he ido relajado. Como no le daba tanta importancia, no sentía tanta presión. Supongo que así salía algo de dentro que llamaba más la atención. En esas ocasiones intuí que el papel era mío.
 
− ¿A cuál de los papeles que ha defendido le tiene especial cariño? ¿Por qué motivo?
− Al primero. Interpreté a Marcos Cuervo en una serie de Disney Channel titulada La Gira. Era un personaje muy divertido: un chico de 18 años que tenía una mentalidad de 12, que no se enteraba de nada, que siempre metía la pata… Me siento profundamente orgulloso de haber hecho reír a tantos niños durante esos años.
 
Si el teléfono dejase de sonar, y ojalá que no, ¿a qué cree que se dedicaría?
− El teléfono ha dejado de sonar. Muy pocos gozan de encadenar un proyecto con otro. Ha habido temporadas duras, aunque son las mejores para aprender de esta profesión. Al final te acabas dando cuenta de que es así, que debes quererla tal como es. Me parece importante seguir levantando proyectos que nos ayuden a crecer aunque no estén remunerados, seguir preparándonos para que estemos a la altura cuando llegue nuestro momento. Si eres un actor creativo, desarrolla tus propias historias. Yo lo estoy haciendo. También opino que tener un plan B que aporte estabilidad económica es esencial para no caer en la desesperación. Porque ya se sabe: la desesperación es el comienzo del fracaso.
 
− ¿Ha pensado alguna vez en tirar la toalla?
− Mentiría si dijera que no. Se han repetido momentos en los que era finalista con otros dos actores para proyectos bastante buenos y al final se caía la cosa. Por un lado me alegraba por el compañero que se quedaba con el trabajo, pero también me hundía al pensar que volvía a pasarme lo mismo. Entonces uno se pregunta: “¿Qué me falta?”. Eso hace que te plantees la retirada, pero supongo que solo es un mecanismo de defensa. Te vienes abajo, coges fuerzas y sigues de nuevo, todavía con más tesón. Eso es la vida, ¿no? [Risas].
 
 
 

 
 
 
¿En qué momento llegó a pensar: “¡Madre mía, en qué lío me he metido!”?
− No hace demasiado tiempo. Participé en ocho capítulos de Amar es para siempre con el papel del abogado Alberto Tarrío. Aún me acuerdo de cuando llegué a plató. Era el nuevo y el equipo trabajaba a otra velocidad: se trata de una serie diaria y se graba bastante deprisa pese a lo extenso de las secuencias. Me planté en el set vestido, maquillado y peinado, solo con tiempo para un pase rápido de guion antes de grabar. Si algo no salía bien, se retomaba, pero el propósito era hacerlo todo del tirón. ¡Con tantos nervios y tensión no recuerdo ni lo que hice! Me limité a poner el piloto automático, simplemente pensaba en tirar para adelante. Luego vi el resultado… y estaba bastante bien. ¡Pero qué mal lo pasé!
 
− ¿Cuál considera que es el gran lastre del celuloide español y qué solución se le ocurre para paliarlo?
− No sé si existe un único problema principal. Lo que sí sé es que estamos alcanzando un alto nivel de calidad en los filmes de estos últimos dos años. Nos falta exportar decididamente la marca España mediante el celuloide: más marketing, más promoción, más impacto de nuestras cintas a escala mundial. Si gana el cine, que es un escaparate a todos los niveles y forma parte del PIB, ganamos todos. Los gobernantes de este país tendrían que crear medidas de apoyo a la industria. Y también se necesita savia nueva. No digo que quienes trabajan en la actualidad dejen de hacerlo, ya que son excelentes profesionales y obtienen muy buenos resultados, pero hay que dar oportunidades a otros actores de igual talento. La rotación viene bien para conferir todavía mayor credibilidad a nuestras ficciones. Sugiero que cualquier intérprete participase, como máximo, en un largometraje cada año. Así su labor ganaría más fuerza y quedarían más vacantes para los demás.
 
− ¿Cuál fue el primer intérprete que le conmovió hasta la lágrima?
− Aquel Daniel Day-Lewis de En el nombre del padre.
 
¿Qué frase de película le gusta aplicar como leit motiv personal?
− Una que dicen en Braveheart: “Tu corazón es libre, ten el valor de hacerle caso”.
 
− ¿Qué filme ha visto tantas veces que se sabe los diálogos completos de alguna escena?
En busca de la felicidad. Y también El Rey León: es muy recomendable verla de adulto…
 
− ¿Nos cuenta alguna anécdota que haya vivido como espectador en un teatro?
− Recuerdo que hace mucho tiempo fui a ver a un amigo del colegio a la sala La Usina. El montaje no estaba mal, tenía una puesta en escena sencilla, pues ese espacio tan reducido no daba para mucho más. Él se quedó en blanco cuando estaba en mitad de un monólogo y, después de un largo silencio, empezó a pedir texto con tono de enfado. Más tarde, sin que nadie le dijera nada o sin que el público lo escuchara, prosiguió. Algunos espectadores comentaban que todo aquello estaba preparado y otros creían que realmente se trataba de un lapsus. Yo lo pasé bastante mal por la situación. Al salir le pregunté y me contestó: “¿A ti qué te ha parecido? Pues quédate con eso”. ¡Guau!
 
 
 

 
 
 
− ¿A qué serie de televisión está enganchado?
− A Prison Break y Breaking Bad. Las dos me parecen brutales. Ahora estoy siguiendo dos españolas que están muy bien realizadas y se acercan a ese código de las americanas que tanto atrapa: Vis a vis (Globomedia) y Sin identidad (Diagonal).
 
− ¿Cuál es el mejor consejo que le ha dado alguien cercano para ejercer esta profesión?
− “Ser actor es una carrera de fondo. No hace falta protagonizar una serie de éxito en Antena 3 o Telecinco ni que la gente llegue a reconocerte por la calle. Tú ya eres actor y siempre lo serás”. Me lo dijo Mario Bolaños, la persona a quien debo más lecciones sobre este oficio.
 
¿Cuál es su punto fuerte como intérprete?
− Destacaría la generosidad con mi compañero y el personaje: ofrezco todo cuanto hay en mí y no me guardo nada. También considero que es una suerte mi facilidad para la comedia.
 
¿Y débil?
− Soy demasiado exigente conmigo mismo. Eso a veces me hace estar en tensión y me impide disfrutar del momento. Si me equivoco en una toma, por ejemplo, luego llevo el error en la cabeza como una carga. Y no es bueno. Seguiré corrigiendo esa debilidad.
 
− ¿Cómo titularía la autobiografía de lo que lleva vivido hasta ahora?
Un actor luchador. ¿Pan para hoy y hambre para mañana? Papá, mamá, no hay nada que me haya alimentado más en esta vida que la interpretación, con todo lo que conlleva.
 
− ¿A qué lugar del planeta le gustaría teletransportarse mañana?
− Me encanta viajar. Primero me iría a Argentina para estar tres meses recibiendo formación teatral, después intentaría rodar algo en Los Ángeles mientras recorro la costa oeste de EEUU, luego pasaría unas semanas haciendo surf en Hawai y terminaría con un retiro espiritual en la India. ¡Qué bonito es soñar! [Risas].
 
− Adelántenos, ahora que no nos escucha nadie… ¿Cuál es el siguiente proyecto que se va a traer entre manos?
− Formo parte del proyecto Madrid Gangster, un corto cuya financiación se obtendrá del crowdfunding. Tendrá un estilo similar a Tarantino, con mucha acción y violencia, como le gusta al director Dains CMP. Y mientras tanto seguiré en el elenco de esa obra que tantos buenos momentos me da, Amores minúsculos, con la que hasta ahora hemos abarrotado el Off del Teatro Lara. Disfruto mucho encarnando a un personaje tan divertido como mi Carlos.
 
− ¿Qué sueño profesional le gustaría hacer realidad?
− Me encantaría intervenir en una película de esas que son premiadas porque no dejan indiferente a nadie, cuya huella permanece en el tiempo, una película con emoción que toque el alma de los espectadores.
 
− ¿Qué canción simboliza el momento actual de su vida?
My way, de Frank Sinatra.
 
− ¿Qué titular le gustaría leer en el periódico de mañana?
− “Por fin podemos decir que vivimos en un mundo feliz”. Imagino un planeta en el que no haya hambre, enfermedades ni conflictos bélicos, un tiempo en el que la humanidad esté alcanzando su plenitud.
 
− ¿A qué otra época histórica le gustaría regresar?
− Como artista elegiría los años veinte en EEUU. Y si se tratase de una experiencia en el plano vital, me quedaría con la época romana o la medieval.
 
¿Con qué parte de su cuerpo se siente más satisfecho?
− Los ojos. Dicen que son el espejo del alma, ¿no? Y son además una herramienta magnífica a la hora de interpretar.
 
− Díganos qué le parece más reseñable de AISGE y en qué aspecto le gustaría que mejorásemos.
− Desarrolla una labor estupenda. No solo por la recaudación y reparto de los derechos de intérpretes en televisión, sino también por la información que suministra, la organización de encuentros y cursos de formación… Quizá estaría bien impulsar cada año un proyecto financiado por los socios: rodar un filme o montar una obra. Pero lo que la entidad hace por nosotros ya es más que suficiente. Y la sección Foto Fija me parece un espacio muy acertado, que nos permite expresarnos, revelar nuestra historia y deseos. Gracias, de verdad. ¡Enhorabuena!
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