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22-05-2015 Versión imprimir
Ilustración: Luis Frutos
Ilustración: Luis Frutos
 
 
 
 
¿Se ha sentido alguna vez ‘curado’ por la cultura? Yo sí
 
Un homenaje de la polifacética escritora madrileña al poder sanador de la expresión artística
 
 
RAQUEL MARTOS
Una sala de teatro en la Gran Vía de Madrid. Dos corazones rotos en las butacas, el de mi pareja y el mío. Manolín, nuestro gato, había muerto dos días antes.
 
   Quienes han convivido durante años con un animal –siento cierta aversión por la palabra “mascota”, con ese aniñado tufillo a Boy Scout– conocen bien el enorme hueco que dejan al marchar. Un inmenso vacío comparado con el de algunas personas que desaparecen de tu vida como el humo, sin dejar rastro.
 
   Sale Carles Sans al escenario, en solitario, después del primer gag del trío. Y río, reímos los dos. Al principio tímidamente, pocos minutos después abierta y libremente. La parodia del entrenador de aire Mourinhista consiguió descorchar al fin el tapón de tristeza y desazón que teníamos alojado en la garganta desde hace días, ese que no nos permitía respirar.
 
   Sin perder ni un ápice de atención a lo que estaba ocurriendo en el escenario, me dio por pensar en los habitantes del resto de butacas. Sí, soy mujer, puedo hacer dos cosas a la vez, dejarme llevar por la magia del show y reflexionar…
 
   Me preguntaba si seríamos los dos únicos seres hechos polvo de la sala o si quizás, en la fila de delante o en la de detrás, alguien que reía con aparente despreocupación, también habría perdido a un ser querido, o su puesto de trabajo, si habría sido recientemente abandonado por su pareja o estaba encadenado a uno de esos amores imposibles, imposibles de olvidar.
 
 
 
Joaquin Phoenix en 'Her', de Spike Jonze
Joaquin Phoenix en 'Her', de Spike Jonze
 
 
 
 
   ¿Cuántos desolados y desoladas podría haber en esa sala abarrotada de risas? Esto el CIS no lo mide. Debería. La pregunta es sencilla: ¿Se ha sentido alguna vez salvado, consolado y hasta curado por la cultura? Me atrevo a pronosticar que en esta encuesta el ganaría de largo, con cocina o en crudo. Aunque intuyo también un considerable porcentaje de “No sabe, no contesta”: no invertimos mucho tiempo y dedicación en reflexionar acerca de los intangibles que hacen que la vida valga la pena a pesar de sus miserias.
 
   En esos días, tras el descorche emocional que me habían regalado Sans, Mir y Gràcia, me propuse seguir llenando de belleza el vacío doloroso y entré en una de esas rachas de suerte al elegir bien qué ver, qué leer, qué escuchar. Esto es como cuando aciertas plenamente al decidir el menú en el restaurante, desde el aperitivo hasta el postre, los amantes del placer del buen comer saben el gustirrinín al que me refiero. Sí, ese.
 
   Para mi terapia anímica decidí tirar de stock y saldar cuentas pendientes, placeres que deseaba desde hacía tiempo pero que había ido retrasando por esa manía de dar prioridad a lo urgente sobre lo importante, la patología de estos tiempos que vivimos o dejamos de vivir.
 
   Empecé por Her, la película de Spike Jonze, y me metí en vena la ternura de Joaquín Phoenix, la sensualidad de la voz rota de Scarlett Johanson y esa delicia de historia que demuestra que el amor no tiene reglas. Algo nos imaginábamos los que hemos amado alguna vez en contra de “lo conveniente”. Me colgué durante días de la melodía de Moon Song en todas sus versiones y la tristeza se fue tiñendo, poco a poco, de resignación.
 
   Dos días después, llegué con mi automedicación sensitiva a la bellísima Nebraska, de Alexander Payne, y mientras me iba enamorando del padre y el hijo que bordan Bruce Dern y Will Forte –y del resto del formidable elenco–, mastiqué entre lágrimas los recuerdos de mi padre: se marchó sin que me diera tiempo a comprarle su furgoneta y su compresor, pero harto de que lo besara, lo abrazara y le dijera miles de veces “te quiero”. Y la resignación se iba transformando en calma.
 
 
'La gran belleza'
'La gran belleza'
 
 
 
 
   Una noche de lunes –de esos ásperos y antipáticos que solo logran mejorar cuando se convierten en martes– abrí el DVD de La grande belleza, de Paolo Sorrentino. “El gran paliativo”, lo bauticé en mi IMDb personal: su efecto sanador ha llegado hasta hoy.
 
   Ni siquiera necesité escuchar en bucle Far l’amore, de Rafaella Carrá y Bob Sinclair, para volver a sentir el placer del desmelene frívolo que no va a ninguna parte; ni engancharme a la melodía de Ti ruberó, de Bruno Lauzi, para continuar caminando por lugares mágicos –muchos de ellos desconocidos, incluso para quienes se jactan de conocer la ciudad eterna como la palma de su mano– del brazo del seductor Jep Gambardella, escritor de una única novela que solo amó de verdad a una mujer. Una joya de tal belleza deja huella para siempre por debajo de la piel.
 
   El broche de mi rehabilitación lo pusieron El Brujo, con El asno de oro –he perdido la cuenta de las veces que he ido a ver al teatro a este sabio capaz de hacer mil filigranas con la voz y con el texto, en ese viaje a través del humor y la emoción para llevarte a la reflexión profunda–, y las breves páginas de Elegía, de Philiph Roth, un puñetazo directo en el estómago, de prosa magnífica, acerca del paso del tiempo, la muerte y la frustración por haberte convertido en quien no querías.
 
   De la ingestión de ese maridaje de obras bien hechas salí fortalecida y llena de razones para seguir enganchada al tren. A veces la vida te envía señales para que abras más los ojos, para que no se te escape lo importante en el oleaje embarrado de lo urgente.
 
 
 
La añorada Amparo Baró (fotografía: Alberto Roldán)
La añorada Amparo Baró (fotografía: Alberto Roldán)
 
 
 
   Amparo Baró murió el 29 de enero, el mismo día en que yo perdía a mi pequeño ser querido. Sentí su muerte como si fuera la de alguien mío. Y en el fondo lo era. Le debía el disfrute de tantas ocasiones, su extraordinaria capacidad para encarnar el drama y su tremenda vis cómica. Me deslumbró al enfundarse el alma de uno de mis personajes favoritos de todos los tiempos, la Nora de Ibsen en Casa de muñecas (Teatro Bellas Artes, 1983), y me entusiasmaba cuando se metía en mi salón, cada semana, para neutralizar la maldición del domingo noche con su enorme Sole de Siete vidas. Sí, Amparo me curó muchas veces sin saberlo ella.
 
   Señores del Gobierno, de este y de todos los que vengan: la cultura no es un complemento para darle color a la vida, no es un porcentaje de entretenimiento para llenar huecos entre obligación y obligación. La cultura no ha de ser un elemento de distinción entre los que pueden permitírsela y los que no, como si se tratara de un bolso de marca.
 
   La cultura es un bien básico, de primera necesidad: para crecer, para sentir, para comprender, para encontrar, para encontrarnos y sí, para ayudarnos a sanar. Un país que no apuesta por su cultura es un país indigno, pobre y enfermo.
 
   Ahora, si me disculpan, les dejo, voy a escuchar a mi  pianista especialista en el tratamiento contra la indignación, Michel Petrucciani. Él sabe qué teclas ha de tocar para amansar la fiera que se me despierta al pensar en el maltrato a la cultura.
 
 
Raquel Martos, madrileña, es periodista, guionista (‘El hormiguero’, ‘El club de la comedia’, ‘Cinco mujeres punto com’) y colaboradora de ‘Julia en la onda’ (Onda Cero). En 2012 publicó su primera novela, ‘Los besos no se gastan’
 
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