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13-11-2015 Versión imprimir

 
 
Raúl Arévalo


“De niño rodé mis primeros cortos en el corral de mi abuela”


El mostoleño culminó hace un año su catálogo de grandes interpretaciones con el sobrio policía de La isla mínima. Ahora prepara una nueva película, Tarde para la ira, pero esta vez... como director
 
 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
La chica ha cruzado la acera mientras lo fotografiaban y se ha fijado en el personaje. Al llegar a la esquina ha vuelto sobre sus pasos y, cortésmente, ha interrumpido la sesión de fotos para hacerse un selfie con él. Su cara de desconsuelo al comprobar que se ha quedado sin batería es todo un poema. “No importa, mujer”, le dice él mientras la besa en cada mejilla. “Eres un actorazo”, responde ella algo incongruentemente.
 
   Raúl Arévalo (Móstoles, Madrid, 1979) ha acudido a la cita vistiendo niqui de manga corta, vaqueros y zapatillas, aunque ha de echar mano cada dos por tres del paquete de kleenex y se suena la nariz con furia, como maldiciendo las traiciones del entretiempo. También el actor está en mitad de un gran cambio. Arévalo siempre quiso dirigir su propia película y, después de años de forjarla en su cabeza y de darle forma sobre el papel, a finales de julio terminó por fin el rodaje de Tarde para la ira, su primer filme como director. Ahora sus directores (Sánchez Arévalo, Querejeta, Cuerda, Bollaín, Oristrell, Almodóvar...) pensarán que estuvo años aprendiendo en la sombra, que era un alumno que venía de oyente. Pero disfrazado de actor.
 
– ¿Ha estado toda la vida preparándose para este momento?
– De pequeño siempre quise dirigir, más que actuar. En realidad nunca me había planteado la interpretación. Lo que me gustaba era hacer cortos con mi hermana usando la cámara de mi padre. Soñaba con hacer cine. Pero a los 16 o 17 años me llamó la atención un curso de teatro y me metí. Decidí estudiar para ser actor, pero sin abandonar mi sueño. He tenido suerte, buenas rachas, y puedo ganarme la vida como intérprete, afortunadamente. Sin embargo, la pasión nunca se apagó. Hace siete años me puse a escribir un guion con un amigo y arrancó la película.
 
 
 

 
 
 
– Era la época del montaje de ‘Urtáin’ con Animalario y del rodaje de ‘Los girasoles ciegos’ con José Luis Cuerda, así que hacía horas extras como guionista.
– Invertimos cuatro años en el proceso de escritura. La idea era mía, pero para escribirlo le pedí ayuda a un amigo que es psicólogo. Los dos tenemos nuestros trabajos, de modo que era una actividad complementaria sin ningún tipo de presión. Pasados dos años, en que lo dimos a leer a algunos conocidos y recibimos muy buena respuesta, empezamos a mover el asunto de la financiación. Conseguir que TVE nos eligiera para financiar el proyecto ha sido arduo.
 
– Ha hecho falta llamar a muchas puertas.
– Y también que encajen muchas piezas. Primero que a una productora, como la de Beatriz Bodegas en este caso, le interese tu proyecto, y después que una televisión confíe en ti para financiarlo. Vale mucho dinero hacer cine y no siempre se recupera lo invertido. Tampoco el Gobierno apoya demasiado. A mí, con toda mi ilusión de primerizo, me ha desgastado bastante, así que entiendo que a muchos directores mayores ni les apetezca intentarlo.
 
– Y sin embargo ha tomado la decisión de rodarla en formato tradicional, algo que encarece la producción.
– Sí, la hemos rodado en Super 16. Desde hace unos meses ya no hay ningún sitio en España donde se pudiera revelar. Teníamos que irnos a Londres, Berlín o Rumanía. Al final fue Rumanía. Nos enviaban el material a diario. Eso hay que positivarlo y después llevarlo a formato digital de nuevo, lo que no facilita las cosas precisamente a la hora de financiar el proyecto, pero para mí era vital que la película tuviera ese grano, esa textura que ni por asomo se consigue con el formato digital y que iba a darle a la estética que debía tener, no por capricho, sino como sustento formal de la historia.
 
– Vamos, que abomina del digital.
– No, no es eso. El formato digital es excelente para algunas cosas, pero para determinadas historias y atmósferas no me convence. Es que las cámaras digitales no tienen la precisión y definición de las analógicas. Me suele pasar con las películas de época. Quizá sea pijotería mía, pero la textura de Barry Lyndon [1975] o Los santos inocentes [1984] es incomparable con la de Doce años de esclavitud [2013].
 
 
 

 
 
 
– Por otro lado, el formato también repercute en la forma de actuar. No se pueden despilfarrar metros y metros de película.
– Tiene sus pros y sus contras. Esa es una desventaja que tiene un lado positivo: da tensión, agilidad y concentración a todo el equipo de rodaje y a los actores. Desde que empecé a actuar he visto el paso del celuloide al digital y he notado que a veces se tiran tomas porque sí. El abaratamiento en ese aspecto ha traído exceso; aquí solo se han tirado más tomas cuando ha sido absolutamente necesario.
 
– Esa textura de la que habla se supone que sustenta lo que usted ha descrito como “un thriller dramático sobre la violencia, la redención y el rencor”.
– Sí, todo tenía que ser áspero y seco. Está ambientada en descampados del extrarradio de Madrid y en carreteras del secano de Castilla, cerca de Martín Muñoz de las Posadas, el pueblo de mis padres en Segovia. Aparecen armas, escopetas de caza. Podrías pensar en Sam Peckinpah, pero también en La caza de Saura. Esa es la tonalidad de la película. La historia no tiene nada que ver con mi vida, pero sí con los ambientes donde me he criado: las partidas de mus en el bar de mis padres, aquí en Madrid; los veraneos infantiles y adolescentes en el pueblo familiar...
 
– ... donde rodó sus primeros cortos con su hermana.
– Efectivamente, con once años, en el corral de mi abuela. El primero se llamaba Superagente 000. Hubo una coincidencia muy chula. En los últimos días de rodaje en el pueblo se nos cayó una localización y le sugerí a Antón Laguna, el director de arte, que lo hiciéramos en ese corral. Lo hice inconscientemente, sin caer en la cuenta, y cuando estaba rodando me acordé. Allí había empezado todo.
 
 
 

 
 
 
   Arévalo es un tipo inquieto, como él mismo nos confesará después. Nos habla de su nueva película y del corral de su abuela con brillo en los ojos. Se adivina que las imágenes y las ideas le hierven ahí arriba. Ha venido cansado y hambriento a la entrevista después de horas en la sala de montaje, y aún le espera otra entrevista con una productora, así que mientras hablamos da buena cuenta de unas anchoas que le ayuden en el trance.
 
– ¿Por qué Luis Callejo y Antonio de la Torre?
– Los tenía en la cabeza desde el principio. Escribía con sus caras en la mente. Antonio ya era amigo mío y a Luis lo conocí en un rodaje; ya entonces, antes de acabar el guion, se lo dije: “Estoy escribiendo algo para ti y para Antonio”.
 
– De la Torre ha dicho que en otras películas no habría tenido licencia para arriesgarse tanto como en esta. ¿A qué se refiere?
– No sé. Igual es una chorrada de Antonio [jocoso]. Pero es cierto que le he dado libertad absoluta para probar lo que quisiera dentro de mi idea de la película, y eso es muy satisfactorio.
 
– No ha caído en la frivolidad de dirigirse a sí mismo.
– Yo eso ni lo huelo. Primero: ningún personaje me pegaba ni con cola. Segundo: no me atraía. Y tercero: bastante tarea tenía ya con dirigir. Yo no sé cómo lo harán los que se dirigen. Supongo que tienen a algún cómplice que les va indicando. Me parece complicadísimo.
 
– La película se llama ‘Tarde para la ira’. ¿Ese “tarde” es nombre o adverbio?
– Es deliberadamente ambiguo. Tiene las dos lecturas. En un principio la película se llamaba Agosto, pero surgió la película de Meryl Streep y la obra de teatro. Podríamos haber utilizado ese título porque ya lo teníamos registrado, pero decidimos cambiarlo. La frase procede de una cita bíblica bastante oscura cuyo sentido es que Dios sabe esperar para castigar a los injustos y que el gran defecto de los cristianos es no tener paciencia para esperar a la venganza, a la justicia. La traducción del hebreo da una frase rara: “Lento para la ira, tarde para la ira”.
 
 
 

 
 
 
– Los directores suelen decir que en cualquier película hay tres distintas: la que se escribe, la que se rueda y la que se monta. ¿De cuál ha disfrutado más?
– Del montaje le podré hablar en unos meses cuando esté terminado. De momento me acuesto todos los días con la cabeza como un bombo. Soy demasiado nervioso e inquieto para el oficio del montaje. A mi carácter le va más el rodaje, del que he disfrutado una barbaridad, sin duda. Yo tengo que estar enérgico y en tensión.
 
– ¿Qué aspecto de la dirección se le ha hecho más cuesta arriba?
– Curiosamente, lo que más me ha traído de cabeza ha sido la dirección de actores, cuando a priori mis problemas tendrían que haber venido más del lado técnico. También me decían que es normal, porque al ser mi profesión soy más exigente. No por mis actores, que son maravillosos, sino por mi constante devanamiento de sesos.
 
– ¿Comprende ahora a los directores?
– Entiendo su posición. Los actores nos miramos mucho el ombligo, consciente o inconscientemente. Que te tengan que llamar cuatro veces o que no te centres en una indicación concreta es desesperante para el director. Muchas veces como actor he pensado: “Hay que ver cómo se pone este por una chorrada”. Y ahora lo comprendo. Me he visto con la paciencia agotada a ratos, seguramente por tonterías meramente anecdóticas.
 
 
 

 
 
 
Bata blanca y un zumo
Desde que hace quince años Raúl Arévalo apareciera en la primera película de Daniel Sánchez Arévalo, Azuloscurocasinegro, su presencia en nuestro cine no ha parado de crecer en cantidad y calidad. Aparte de figurar, con mayor o menor prominencia, en todas las películas de este director, ha trabajado a las órdenes de otros importantes cineastas, como Gracia Querejeta (Siete mesas de billar francés, 2007), José Luis Cuerda (Los girasoles ciegos, 2008), Icíar Bollaín (También la lluvia, 2010) o Alberto Rodríguez (La isla mínima, 2014), haciendo en este último caso uno de sus mejores papeles. Y no hay que olvidar que fue chico Almodóvar en 2013 con Los amantes pasajeros.
 
– ¿Le temblaron las piernas cuando le llamó Almodóvar o es usted hombre templado?
– Hice muchas pruebas hasta que me cogieron. Tú vas con la cagueta, claro, pero Almodóvar es un tío muy divertido, rápido, inteligente y cariñoso, con lo cual te sientes inmediatamente cómodo. No es frecuente. Hay muchos directores que no hacen sentir bien al actor.
 
– Parece que sus personajes oscilan entre el modo austero del policía de ‘La isla mínima’ o del cura reconcentrado de ‘Los girasoles ciegos’ y el del loco carioco de ‘Primos’ o de ‘Los amantes pasajeros’. Como actor, ¿en qué arquetipo trabaja más cómodo?
– Me da igual. Estar a gusto no depende del personaje, ni del género, ni del formato, sino del guion, del director, de los compañeros, del momento por el que pasas. Lo he pasado mal en comedias disparatadas que parecían una fiesta y viceversa.
 
– Hablando de primos, ¿cuánto le debe usted al suyo, Daniel Sánchez Arévalo, y cuánto le debe él a usted?
– No somos primos de verdad, pero como si lo fuéramos. Nosotros nos tratamos de primos. Él a mí no creo que me deba gran cosa, pero yo a él y a Antonio Banderas les debo mucho. Dani en Azuloscurocasinegro y, tres meses después, Antonio en El camino de los ingleses fueron quienes me dieron mi primera gran oportunidad en el cine. Gracias a estas películas me llegó mucho trabajo.
 
 
 

 
 
 
– ¿Siempre había querido ser actor o es que andaba un poco perdidillo?
– No. Había empezado a estudiar historia, pero surgió el curso de teatro en la escuela Metrópolis y cambié de opción, simplemente. Después estudié con Cristina Rota.
 
– Sus primeros pasos en la profesión se documentan entre 2001 y 2004 en pequeñas funciones de teatro alternativo y en papeles alimenticios, como el de la serie ‘Compañeros’. ¿Sentía entonces que llegaría lejos?
– Llegué a Compañeros por un casting de Luis San Narciso. Yo creía, ingenuo de mí, que iba a durar más la racha y que me seguirían llamando para personajitos en la tele. Cuando acabó la serie, me tiré cuatro años y medio sin rascar bola. Nunca me llamaron. Hasta que un día, en un curso, conocí a unos actores que me presentaron a Daniel Sánchez Arévalo.
 
– ¿No hizo nada de nada?
– Nada. Estaba a dos velas. Trabajaba de camarero, en caterings de bodas, etc. Todo para seguir haciendo teatro con mis amigos. Hice muchos trabajillos temporales, incluso unos meses después de acabada la serie estuve promocionando zumos de fibra en El Corte Inglés, vestido de bata blanca y todo, y había niñas que me reconocían y me pedían autógrafos. Entonces no había selfies. La sensación era muy friki, muy incómoda. Sentía vergüenza.
 
– Un mal trago.
– No es para tanto. Tengo la potra de no haber pasado malos tragos y de haber trabajado con continuidad en los últimos años con personas a las que admiro, como Dani, Antonio Banderas, José Luis Cuerda, etc. Y digo potra, porque yo he elegido muy poquito de lo que he hecho. Básicamente he trabajado en lo que me ha ido saliendo.
 
 
 

 
 
 
Bendito camping, bendita marisma
– Lleva ya más de 42 episodios de ‘Con el culo al aire’. Bendita sea la tele, que nos da de comer. ¿Cuáles son sus series favoritas?
– Afortunadamente se hacen bastantes series que dan de comer a muchos actores y trabajadores del sector, así que sí, bendita tele. En cuanto a mis favoritas, diría que las habituales: Mad Men, Breaking Bad, Juego de tronos, The Wire...
 
– Sin embargo, teatro, lo que se dice teatro, no ha hecho usted tanto.
– Cuando más hice fue al principio, en salas independientes de Madrid, con Cristina Rota, en la Sala Triángulo, etc. Luego llegaron cosas más importantes, como Urtáin con Animalario. Es donde más disfruto como actor, así que estoy deseando volver a las tablas.
 
– Flotats lo dirigió en ‘Beaumarchais’ y Andrés Lima en ‘Urtáin’ y ‘Falstaff’. ¿Qué consiguió cada uno de usted y cómo lo hicieron?
– ¿Sacar de mí? Supongo que con Flotats aprendí mucha técnica y oficio. Con Andrés también, pero sobre todo aprendí a trabajar con libertad y diversión. Sentirte libre en el escenario es algo que se enseña en las escuelas, pero que no es nada fácil de conseguir en las tablas.
 
– Ahora que ya ha pasado el torbellino de ‘La isla mínima’, ¿se siente un no sé qué, un vacío dentro?
– La verdad es que fue más bien un torbellino agradable, lleno de alegrías. Quizá fuera más agobiante para Javier, que se llevó tantos premios y a la vez tenía que trabajar en Águila Roja. Yo le daba cobertura en ceremonias a las que no podía ir. Pero no crea que fue más estresante o intenso que otros “pospartos”, al menos yo no lo viví así. El rodaje sí que fue duro.
 
– ¿En qué sentido?
– Fue muy intenso y físicamente exigente.
 
– Javier Gutiérrez ya nos dijo que en los ensayos los dos tenían la sensación de tener una bomba entre las manos. ¿Le ha pasado con algún otro guion?
– Yo viví aquellas pruebas como algo extenuante. Me costó disfrutar del proceso de ensayos. Siempre había admirado a Alberto [Rodríguez, el director] y estaba deseando que aquello funcionara, encima haciéndolo junto a Javi, pero me costaba mucho entenderme con él. Manejábamos códigos distintos y fue trabajoso. Mi gran apoyo fue Javi. Una vez empezado el rodaje, ya los tres fuimos una piña.
 
– Y entonces lo duro fue lidiar con las marismas.
– Sí, era una atmósfera opresiva, con grandes cambios de temperatura y muchos mosquitos. Al final enfermamos. Javi aún más que yo. La secuencia final en la que persigue al malo se rodó en varias jornadas; él estaba cada día peor. En la última rodó con casi cuarenta de fiebre. Lo pasó mal, el pobre, pero eso quizá le ayudó también a estar más aún en el personaje.
 
 
 

 
 
 
 
Futuro imperfecto
– ¿Qué nos puede contar de sus proyectos actuales?
– Estoy en la versión de animación de Un hombre en pijama, el cómic de Paco Roca, el director de Arrugas. Hago la voz de mi personaje y digamos que los trazos y rasgos que lo definen están basados en mi fisonomía. Por otro lado, me quedan aún unas sesiones para la serie Velvet. Y pronto se estrenará la película de Daniel Calparsoro.
 
– ‘Cien años de perdón’. ¿Cómo ha sido el rodaje?
– El protagonista de la película es Luis Tosar, con el que ya pasé dos meses en la selva haciendo También la lluvia. Al que no conocía es a Daniel. De él me decía la gente: “ya verás lo bruto que es”. Y no es bruto, es más que bruto. Y un cacho de pan. Me cautivó.
 
– Su cine, desde que debutara hace años con ‘Salto al vacío’, siempre ha sido contundente. ¿Sigue igual?
– Me da la impresión de que ‘Cien años de perdón’ va a ser de sus películas más contundentes. Creo que se estrenará en enero de 2016, pero hablo de oídas.
 
– ¿Nos hemos dejado algo en el tintero?
– Así, a bote pronto, creo que no.
 
– No hemos hablado de su sosias de los años setenta.
– ¿Se refiere a Peret? ¿Cómo se ha enterado?
 
   Pues sí, nos hemos enterado. Y la historia bien merece un párrafo destacado...
 
 
ENTRE FULANO Y MENGANO

 
En Si fulano fuese mengano, producción de Mariano Ozores del año 1971, el personaje principal, interpretado por Peret, es un cantante millonario y vividor llamado... Raúl Arévalo. El Arévalo moderno nos cuenta cómo conoció a su alter ego con patillas. “Estaba pasando unos días con un amigo en Málaga. Un día llego a casa, borracho, a las seis de la mañana. Él se va a acostar y yo me quedo despatarrado en su sofá; enciendo la tele y de repente escucho la voz inconfundible de José Luis López Vázquez diciendo ‘¡El señor Raúl Arévalo no está en casa en estos momentos!’. Con la borrachera que tenía, pensé que me estaban traicionando mis sentidos. Al día siguiente lo miré en Youtube y vi el vídeo del comienzo de la película, en el que Marisa Medina [conocidísima presentadora de televisión de la época] llega a la mansión de un tipo al que tiene que entrevistar y le pregunta al jardinero: ‘Disculpe, ¿está en casa Don Raúl Arévalo?’. El jardinero contesta: ‘Mire usted a ver, igual todavía no se ha acostado’”. El Arévalo de hoy se troncha de risa, y concluye: “Lo curioso es cómo se les ocurrió el nombre, porque tampoco era tan común en los años setenta... Me encanta salir como personaje de Peret en el IMBD. Es un puntazo”. 
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