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15-06-2017 Versión imprimir

 

Raúl Cimas
 
No hay un humor manchego”


El gusto por el dibujo le condujo a Bellas Artes, pero siempre se mantuvo cerca de la escena. Y al final dejó una plaza de profesor en su Albacete natal para conocer mundo gracias a la comedia


TOÑO FRAGUAS
@antoniofraguas
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Si hay que tirarse al suelo en el Matadero de Madrid, Raúl Cimas (Albacete, 1976) se tira al suelo. Sabe que el guion manda. De formación autodidacta, su escuela fue el teatro juvenil y, sobre todo, el rodaje de La hora chanante. Detecta cierta irascibilidad contra los humoristas y considera que vivimos en tiempos de La jauría humana, ese western en el que la turbamulta quiere linchar a Robert Redford: “Cuando empezamos a hacer humor entraba todo. Entonces la gente estaba tranquila”. Ha hecho cine (Los del túnel, Fenómenos, Extraterrestre, Tapas), series (El Ministerio del Tiempo, Retorno a Lílifor, Museo Coconut), teatro (La extraña pareja, Misterioso asesinato en Manhattan, La vida mata) y publica cómics (Demasiada pasión por lo suyo, Orgullo brutal). Estos días está ilusionado con Tiempo después, la nueva película de su paisano José Luis Cuerda. En ella dará vida a uno de los dos últimos policías municipales sobre la faz de la Tierra. Raúl Cimas, con su leve cojera y su afabilidad, cultiva la disciplina del antihéroe. Es un tipo normal por decisión propia. Y eso es algo fuera de lo común.
 
 

 
 
 
Vivimos en una crisis económica y de valores. Y además tiene usted 40 años, el número maldito de la crisis de la mediana edad… ¿Se las apaña capeando estas tres debacles simultáneas?
Vivo de mis crisis personales, así que cuantas más tenga, mejor. La crisis de los 40 es algo que uno se crea a sí mismo. Fui viejo prematuro, así que a mí me dio antes. Aunque a veces pienso que tengo 20 años. Supongo que en eso consiste la crisis de los 40. De todas formas, hoy en día todo se alarga. Hay gente con la edad del pavo a los 35… ¿cómo van a tener crisis de los 40 si están recién salidos del pavo?
 
¿Lo suyo con la interpretación fue vocacional? Porque su compañero Julián López iba para músico y se le cruzó este oficio…
– Cuando estudiaba Bellas Artes en Cuenca soñaba con dedicarme a los cómics, no sé si a escribirlos o a dibujarlos. Y ahora es algo que ya puedo hacer… Pero también hacía teatro desde el instituto. Nuestra primera obra fue El sueño de una noche de verano, para empezar con algo fácil. Luego vino El viaje de Pedro el afortunado, donde hice de Pedro. Era una obra de August Strindberg… El profesor, Paco Redondo, era cojonudo. Ya en tiempos de la universidad me metí en una compañía semiprofesional.
 
 

 
 
 
Es usted corpulento. ¿Eso le condicionó?
– Sí. Siempre me daban papeles de galán… ¡Y me los siguen dando! [risas].
 
¿En esa compañía ya estaba Ernesto Sevilla?  
– A él no le tiraba el teatro. Con él grababa piezas muy tontas.
 
¿Cómo fue aquel primer encuentro?
– Nos conocimos de niños. Iba con él a una academia de pintura en Albacete. Teníamos mucho en común: éramos vagos, traviesos y aficionados al dibujo. Además, la madre de Ernesto era mi profesora de Historia en el colegio… Por tu cara deduzco que Albacete te está pareciendo el poblado de los pitufos donde todos se conocen [risas].
 
No [risas]. ¿Y fueron juntos adrede a Cuenca?
– Fue casualidad. Y cuando nos enteramos, nos decidimos por la misma residencia. Un año después entró Julián López. En cuanto Ernesto le vio la cara, dijo convencido: “Este tío tiene que salir en los cortos” [risas]. Y por otro lado estaba Santiago de Lucas, que juega un papel muy importante aquí, porque fue el realizador al principio de La hora chanante y el primero que entró en Paramount Comedy. Santiago ya había conocido a Carlos [Areces] y a Joaquín [Reyes], que llevaban unos años en Bellas Artes y también hacían cortos. Vieron los nuestros y surgió la conexión. Santiago habló de Ernesto a los de Paramount. Lo contrataron y él nos metió a todos.
 
 

 
 
 
¿Cómo se lo tomaron en su casa?
– Yo tenía aprobada una plaza de profesor en la Universidad Popular. La rechacé. Lo hice por el bien de los alumnos [risas]. Ya sabes lo que suponía en esos tiempos para nuestros padres llegar a tener una carrera universitaria… Admito que no dejé esa plaza porque fuese un visionario. Simplemente era más vago que el suelo. Y la comedia me permitía viajar y pasarlo muy bien. Cuando empezamos, en el año 2000, esta profesión nos daba más dinero que cualquiera. Ha ido pasando el tiempo y esa condición se mantiene.
 
Ustedes, los chanantes, siempre han sido como Juan Palomo, un poco indies, por decirlo en términos musicales.
– Ese carácter nos lo brindó Internet. Fue la red la que colocó La hora chanante en la televisión. Aunque era para Paramount Comedy, alcanzó difusión entre los internautas. Hoy se ve más normal porque estamos acostumbrados al fenómeno de los youtubers, pero La hora chanante no fue un producto que ofreciera la tele al público, casi fue el público quien se lo impuso a la tele. También pasó con Qué vida más triste y otros formatos…
 
 

 
 
 
¿Cómo se define? ¿Actor o humorista?
– Soy humorista. Y muchos humoristas son actores. El humorista es un actor que crea sus guiones y sus situaciones. Eso le da ventaja en algunas cosas.
 
En Cine Low Cost, el espacio que creó para La 2, se imparten auténticas lecciones de cine… ¿Se ve usted tras las cámaras en un largo?
– Cada vez que alguien me dice algo de Cine Low Cost lo agradezco mucho. Me encantó hacerlo. Creo que eran piezas ideales para un programa de cine en la televisión pública. Y en cuanto a dirigir, ya dirijo mis pequeñas mierdas [risas]. Me gusta inventar historias, he leído sobre el guion, con el tiempo me voy interesando más e intento hacer cosas mejores. Pero un largometraje, no sé… Es que dirigir no es solo ponerse detrás de la cámara. Cuando he participado en películas he visto cómo es el rollo, he visto que son equipos enormes y muchas las preocupaciones que pasan por ti… Además de conocimientos sobre cine, hay que tener un temple especial.
 
Pues con ese programa a uno le da la sensación de que usted es un cineasta…
Muchos de los humoristas que me gustan son cineastas. Woody Allen, Terry Gilliam, Paco León… Y Ernesto, que en Muchachada Nui dirigía y editaba.
 
 

 
 
 
Hay quien dice que en España solo existen el humor gallego y el vasco… ¿Los chanantes crearon el humor manchego?
– ¿Y entonces Cervantes, que es el autor de la comedia más universal, era gallego? Creo que hay una tendencia a simplificar y etiquetar. Coll, del dúo Tip y Coll, era manchego. El humor es una cosa universal. ¡Ya me gustaría haber creado el humor manchego! Hay comedias cojonudas por todo el mundo. Es cierto que luego hay una parte del humor que se centra en cosas más cercanas… Pero no existe un humor manchego: solo hay más tendencia a bromear sobre algunos aspectos. Poco más.
 
A usted le gustaba mucho el catalán Eugenio…
– Y me gusta. Esa cadencia de humorista tranquilo la he copiado…
 
¿Los más jóvenes entenderían a Eugenio?
– Claro que sí, porque él nunca hablaba de política ni de actualidad, que son las cosas que envejecen. Hablaba de cómo somos las personas, de cómo nos llevamos con nuestras familias, de cuáles son nuestros miedos. Y hacía chistes surrealistas, que no envejecen… ¡Imagínate ahora hacer un chiste sobre Hernández Mancha!
 
 

 
 
 
Dice que no le gusta el humor político. En realidad se lo está poniendo más difícil a sí mismo, porque hacer humor intemporal es lo más complicado.
– Podría vivir mejor, sí. Toda la vida ha habido sátira política y tengo amigos que se dedican a eso. Me parece fenomenal, pero a mí no me nace ese humor. Y tampoco quiero vivir con miedo a que la situación mejore y perder mi trabajo [risas]. Pero un buen chiste siempre es un buen chiste, aunque sea de política.
 
¿Qué es el humor?
– Un mecanismo de defensa ante las cosas que tememos o nos dan pudor. La única forma de vencer nuestras propias inseguridades es a través del humor.
 
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