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08-02-2016 Versión imprimir
 
 
Ricardo Darín, un mago (más allá del Rubik)
 
 
CELIA TEIJIDO
Decía la tradición –aunque ya se sabe que las estadísticas son solo verdades a medias– que los intérpretes foráneos dan lustre a las primeras filas de invitados en los Goya pero terminan cogiendo el avión de vuelta con las manos vacías. De esa circunstancia pueden dar buena fe este año tanto Juliette Binoche (Nadie quiere la noche) como Tim Robbins (Un día perfecto), dos actores inmensos que se sabían con pocas posibilidades de éxito y, pese a todo, no perdieron la sonrisa en el graderío del Hotel Auditorium y sortearon con elegancia las bromas de Dani Rovira sobre la conveniencia de que ambos se dejasen caer por Málaga. En el caso de Robbins, sus opciones se veían mermadas por el ascendente inmenso de Ricardo Darín, actor mayúsculo y en racha (sin ir más lejos, su Bombita de Relatos salvajes le acompañará para bien de por vida) que comenzó su exhibición resolviéndole en pocos segundos a Rovira el cubo de Rubik que le entregó en los primeros compases de la gala.
 
   Darín sonrió al escuchar su nombre y, antes de subir al estrado, se dio el gustazo de saludar “a tremendos actores” como Pedro Casablanc, Luis Tosar y el mencionado Robbins. También parafraseó una reflexión que le había escuchado pocos minutos antes a Fernando León de Aranoa: “Las películas no compiten entre ellas, tampoco los actores. Sumamos. Aplaudo, venero y felicito a todos los nominados porque eso es lo que hace que el cine crezca, camine, funcione”. Pero su mayor carga de intensidad se la dedicó a la clase política, aprovechando que Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera escuchaban desde el patio de butacas: “Antes de que se queden dormidos, pediré a los señores políticos que hagan algo por la cultura. Eso es lo único que hay que hacer”.
08-02-2016 Versión imprimir
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