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10-01-2019


“No logro distinguir entre
el placer y el trabajo”


Las urgencias de ‘Hospital Central’ le dieron la fama. Y cierta estabilidad económica. Pero este actor y docente argentino prefiere la guerrilla del teatro



FRANCISCO PASTOR

Aunque nació en Buenos Aires hace ya 46 años, Roberto Drago ha crecido en España. Y pasó un año en Japón como animador en un parque temático dedicado a la cultura española. Por ello ha alojado tantos acentos como países en los que ha vivido. También la formación de este intérprete se desarrolló entre dos orillas: entre la escuela de Cristina Rota en Madrid y la Asociación Argentina de Actores.

   Afincado en Madrid, en la actualidad es Drago quien enseña teatro a futuros artistas. Participa como orientador en algunos talleres de la escuela Primera Toma e imparte clases de improvisación en Estudio V. En esa misma sala ha ensayado minutos antes de sentarse para responder preguntas. Prepara el texto Nosotros, enemigos íntimos, que aborda desde la comedia la separación de una pareja. Es la segunda obra de teatro que presenta en dos semanas. Más alguna otra representación fuera de la capital.

   Le respaldan ocho años en la mítica serie Hospital Central y garbeos por el cine como el de La flaqueza del bolchevique. Pero a él le van más las tablas que las cámaras.


¿Logra romper los prejuicios y las distancias que puedan derivarse de su acento?

– ¡Hay tantos estereotipos! Los argentinos, vistos desde la perspectiva española, están muy lejos de las ideas que tienen de nosotros en cualquier otro lugar. Creo que en el momento actual, por fin, la ficción plantea papeles más rebuscados. Más que los galanes, me gustan los antigalanes porque cuentan con sobras y luces, con aristas. Pero todavía hay algún remanente. A los actores de mi tierra nos buscan aquí para encarnar al guapo de la discoteca, al futbolista analfabeto. Y allí, en Argentina, los españoles, y concretamente los de Galicia, son el objeto de los chistes. Como ocurre aquí con los de Lepe. Igual de arbitrario.


Su familia eligió España como destino cuando escapaban de la dictadura.
– Sí. Eran comunistas, intelectuales, tenían estudios universitarios. El perfil perfecto para que les hicieran desaparecer. Los hijos de los exiliados compusimos en España una suerte de grupo muy concreto. Veníamos de familias de izquierdas, teníamos las mismas edades, aterrizamos en los mismos años. Todos nos conocíamos desde pequeños. Mi pensamiento es más independiente que el de mi familia, pero de ellos aprendí a creer tanto en la igualdad de derechos como en el reparto justo de la riqueza.


Es una jueza argentina la que encabeza la diatriba por la memoria histórica en España. Y hay quienes cultivan la memoria de Franco…

– También fue un juez español, Baltasar Garzón, quien se interesó antes por las desapariciones provocadas por la dictadura de Videla. Será que el derecho internacional nos deja llegar donde no nos lo permiten nuestros propios países.  Por suerte, uno ya no puede hacer lo que le dé la gana, por mucho que se encuentre en su tierra o la gobierne. Parece que hay quienes buscan en líderes como aquellos formas de proyectar su rabia. Aunque allí quedan pocos nostálgicos. Algún joven, muy ignorante, a lo sumo. Mientras tanto, hay gente que continúa la búsqueda de sus nietos, sus hijos o sus padres. Y creo que esta contienda les pertenece a ellos más que a nadie. Porque los demás, digamos lo que digamos, no conocemos su dolor. Es como la enfermedad: uno nunca se la cree del todo hasta que le toca.



Su padre era intérprete y… ¡dentista!

 – De hecho, trabajaba como odontólogo en la Casa del Actor, dedicada a los artistas mayores o sin recursos. En Argentina los intérpretes estamos más reconocidos: todos, no solo los famosos. Aquí parece que un actor solo lo es en caso de que se pase el día en la televisión o el cine. Incluso aunque viva dignamente, pero del teatro, se le mira con recelo. Muchos de mis alumnos llegan a clase preocupados por la inestabilidad del oficio. Y no tanto porque la perciban, sino por la presión que sus familias ponen sobre ellos. Sus padres les piden que estudien algo de provecho.


Más allá de mostrarles la técnica, ¿trata de revertir esos discursos?
– En absoluto. Simplemente les enseño a actuar. Y el teatro se alimenta precisamente de la vida, así que doy pocas lecciones a ese respecto. Confío en que aprendan valores por sí mismos en el día a día en la escuela: que el esfuerzo nos traerá una recompensa, que la pregunta es más interesante que la respuesta. Y que no nos movamos aspirando a un resultado, sino por el propio movimiento.


¿Constituyó Hospital Central el giro principal de su carrera?

Colgaba cuadros para un proyecto de decoración cuando me llamaron. Ni siquiera estaba en Madrid, sino en Santiago de Compostela. De un día para otro cambiaron muchas cosas. Logré ahorrar dinero y podía viajar a Argentina al menos una vez al año. Pero también se volvió complicado incluso tomar el metro. Eran muchas personas las que veían la serie y, por cercano que fuera, no conseguía complacer a todo el mundo. Pese a que pasaba el tiempo, siempre viví aquello como algo efímero, puesto que lo mío era el teatro. Si alguien me habla de Hospital Central por la calle, sí me provoca ternura, pero prefiero el anonimato.


¿Cómo lleva las relaciones públicas, que están tan presentes en este oficio?
– No las llevo. Me cuesta seguir el juego mediático: saber cómo moverme, qué ropa ponerme o con quién juntarme. Hay gente a la que le sale de forma natural, pero a mí no. Cuando al fin aparezco en algún evento, sí lo disfruto, eso es cierto. Pero también lo es que apenas trabajo mi proyección pública porque intuyo de antemano que me saldrá mal. Y además soy muy torpe y descuidado con las redes. Afortunadamente, no existían en mis tiempos en Hospital Central, porque el elenco al completo nos habríamos convertido en influencers. Y yo soy más de la guerrilla del teatro.

¿Esa guerrilla le concede tiempo para sí mismo?


Para mí descansar es tomarme tiempo para seguir haciendo lo que me gusta. A veces estoy en casa y tengo la sensación de estar descansando, pero en realidad estoy repasando. O pensando en mi personaje, anotando ideas, escribiendo diálogos…. Imagino situaciones peculiares, dignas de ser contadas. No sé distinguir entre el placer y el trabajo.



Nosotros, enemigos íntimos parece una obra muy desnuda: dos actores delante del público. Esa es la esencia del teatro para muchos.

– Es justo lo que espero. A mis alumnos les digo que los actores somos magos. Y nuestra labor es que no se nos note el truco. En esta pieza buscamos que los espectadores se identifiquen con nosotros aunque estemos trabajando desde la comedia. Porque también hay humor en las rupturas. Podemos resultar graciosos sin dejar de buscar la verdad.


Acostumbrado a la improvisación, ¿le cuesta luego ceñirse a las indicaciones de un director?

– Hay momentos para todo. A mí me gusta improvisar, pero solo en la etapa en la que aún estamos creando. Cuando está escrito el texto, se respeta. Conservo siempre un pie en la improvisación, pero solo en la mirada o en el gesto. Voy probando pequeños giros respecto a lo que he buscado en las tomas anteriores o en ensayos. Debemos aprovechar cada plano, sobre todo si estamos actuando en compañía. ¡En Hospital Central pasé muchas horas junto a mis compañeros!


¿Se puede enseñar y aprender a improvisar?

– Claro. Basta con jugar con las fuerzas en el escenario. Los conflictos y los deseos pueden llevarnos de un sitio a otro. Improvisar es también aprender a escuchar. A los demás actores y a nuestras propias líneas de pensamiento.

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