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18-03-2014 Versión imprimir

 
 
Roberto Enríquez 


 “Sánchez-Arévalo es el director que susurraba a los actores”


El Bevilacqua de ‘El alquimista impaciente’ y padre de Boabdil en ‘Isabel’ ha vuelto a las tablas del María Guerrero. “Me encomiendo a su estampita”, asegura
 
 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Aunque Roberto Enríquez nació hace 46 años en Fabero, un pueblecito del Bierzo, está claro que su medio es la gran ciudad. Paseamos con él por su barrio, el muy castizo y multirracial de Lavapiés, en Madrid, y se le ve en su salsa. Charla con el viejecito cascarrabias que da de comer a las palomas en un banco (y que se cabrea si se las espantas) y nos enseña el local de su peluquero de cabecera, Hakim. “Estás cortándote el pelo y entra uno, magrebí claro, y le dice ‘Buenos días, Rahoy’ [imitando el soniquete árabe], y Hakim le contesta ‘Qué pasa, Sapatero’. Son la monda”.
 
– Parece mentira que viniera al mundo en los Ancares, entre robles y pallozas.
– Soy un completo urbanita, y muy de barrio. Me gusta el pueblo, lo disfruto cuando voy, pero mi medio son estos adoquines y ladrillos. De hecho el barrio obrero en que me crié en Valladolid, Pajarillos, y este de Lavapiés o el de La Latina, son lugares parecidos al pueblo. La gente se conoce, se ayuda con las bolsas de la compra, se presta la ramita de perejil o la cabeza de ajos...
 
– Sin embargo se crio en Valladolid, donde estudió Arte Dramático ¿por vocación, por aburrimiento o por curiosidad?
– Cuando me metí a estudiarlo fue por vocación y pasión. En Pajarillos había un centro juvenil donde hacía baloncesto, cerámica, guitarra y... teatro. A la gente le parecía que lo hacía bien. Siro López, nuestro profesor, era un tipo muy inquieto. Con dieciséis años ya nos hacía leer a Meyerhold, Grotowski, Stanislavski, etc. Y con lo poco que entendíamos de nuestras lecturas, hacíamos lo que podíamos. Después empecé en la Escuela de Arte Dramático y prácticamente vivía allí.
 
 

 
 
 
– Y después a ampliar estudios a Madrid, con Layton, con Corazza... Pero antes debutando en el María Guerrero en el ‘Hamlet’ de José Carlos Plaza. ¿Es usted así de modesto para todo?
– No, aquello fue un golpe de suerte. Charo Amador, que daba clases en Valladolid, era ayudante de dirección de José Carlos Plaza, al que se le ocurrió la feliz idea de incorporar en el montaje a Fortinbrás, el príncipe de Noruega, que aparece a mitad de la pieza. Era un papel pequeño y hacía falta un chico joven. Charo intercedió por mí, me presenté a la prueba y tuve la maravillosa suerte de que me escogieron. Antes había estado en el Laboratorio de Layton con otros compañeros de la escuela, con vistas a venirme a Madrid al siguiente año. De pronto sonó el teléfono y era Charo.
 
– Y esa noche no cenó de los nervios que tenía.
– Así es. Estaba alborozado, y también un poco asustado. Pero fui y todo salió bien. Todos me llamaban “el niño”. Imagínese ver ensayar a José Luis Gómez, a Berta Riaza, a Rafael Alonso, y luego irnos de gira con el CDN durante dos o tres años. Jamás he hecho tantas funciones de una misma obra. Aprendí mucho de todos ellos.
 
Verdura, fritanga y pilates
– Hablemos de formación. El actor debe mantener su cuerpo en forma. ¿Cómo lo hace usted?
– Me quedan restos de haber sido vegetariano durante casi diez años. Ahora ya como carne y, claro está, mucha verdura y fruta. Pero también me gusta el dulce más que a una mosca. Y no hago ascos ni a la fritanga ni a la bollería industrial. Con respecto al ejercicio, hago principalmente pilates. Por épocas voy al gimnasio, pero esto me resulta más penoso, poco creativo. Tú y la pesa, la pesa y tú. También salgo bastante a correr.
 
 

 
 
 
– Tampoco hay que descuidar la formación teórica. Recomiéndenos alguna lectura teatral de cabecera y díganos por qué.
– De las lecturas que más me impactaron de chaval, destacaría las del teatro pobre de Grotowski y todo Stanislavski, aunque con este pensé que lo de ser actor iba a ser muy difícil. Y me parecen muy interesantes los ensayos teatrales de David Mamet, los de la primera época, lo más reciente me resulta un tanto contradictorio o confuso, quizá por su desencanto. Y recomendaría también El actor y la diana, de Declan Donnellan.
 
– ¿Hay alguna obra que le gustaría interpretar y no ha podido?
– Haciendo Málaga, de Lukas Bärfuss, la directora Aitana Galán me descubrió  otra de sus obras, Las neurosis sexuales de nuestros padres. Espero poder hacerla algún día. Y el personaje soñado, aunque estoy a punto de que se me pase el arroz, es Hamlet. Aunque creo que aún podría hacerlo con la edad que lo hizo José Luis Gómez. Estuvimos tanto tiempo con este clásico que me lo sé de pe a pa. Dentro de unos años me gustaría hincarle el diente a Ricardo III. Lo que me encanta, de todos modos, es descubrir nuevos personajes, como me ha ocurrido con el Pepe Rey de Doña Perfecta.
 
   El leonés, que terminó recientemente las representaciones del clásico galdosiano en el María Guerrero a las órdenes de Ernesto Caballero, confiesa que desconocía la novela antes de enfrentarse a la adaptación teatral, y que ha sido una revelación.
 
– Hay quien diría que los temas de Galdós están algo pasados de moda. ¿Se atreve a defender la vigencia del novelista?
– Por supuesto. Quizá con otras obras podría generarse ese debate, pero en este caso creo que queda patente la universalidad de Galdós. Pienso que es difícil encontrar una obra que plasme tan bien lo que ocurre hoy en día: una clase política corrupta que alimenta a una sociedad clientelar, una moral clerical y de derechas impuesta desde el Gobierno, una educación segregada para volver a las desigualdades de antaño, la muerte de la clase media... No es necesario defender la vigencia de Galdós, basta con leer la novela.
 
 

 
 
 
– ¿No resulta un poco alucinante que Ernesto Caballero introdujera música de Peter Gabriel en el montaje?
– Esto es una creación de Ernesto y la verdad es que no me cuestioné sus decisiones sobre efectos audiovisuales o ambientación musical. Se trata de una estilización que a mí me gusta, pero que no me cuestioné. Creo que no hay que hablar mucho de los símbolos porque su explicación los destruye. Como espectador soberano, cada uno decide si estos recursos le encajan o no. Pero está claro que no es un montaje naturalista, tampoco en el vestuario, que retrocede en el tiempo.
 
Santa María Guerrero
– ¿Qué se siente al volver al teatro que lo vio nacer profesionalmente?
– Para mí ese teatro está imantado de una energía especial. Siento algo físico que va más allá de lo intelectual cuando estoy entre cajas. Tiene unos hombros pequeñísimos y prácticamente lo que se ve de espacio escénico es lo que hay. Allí pasé cinco años con Plaza. Luego volví con El infierno de Pandur, haciendo de Virgilio. Mirar para arriba y volver a ver ese peine; reencontrarme con Labra, el regidor, que es una institución y que guarda su estampita de Doña María Guerrero, a la que me encomiendo todas las noches.
 
– No le hacíamos supersticioso.
– Ni lo soy, pero en este teatro hay una leyenda de que desde que se llevaron el retrato de Doña María pasan desgracias.
 
   Enríquez es un tipo alto y bien plantado. Se ha presentado con un jersey de punto grueso con cuello alto y holgado, chupa de rocker negra, vaqueros grises desvaídos, barba de tres días y sonrisa desarmante. Antes de sentarnos a charlar, unas estudiantes ya talluditas le piden que les firme aunque sea los apuntes. Y él, encantado. Solo se pone un poco tenso cuando, ya metidos en conversación, alguien desde una mesa cercana trata de robarle unas fotos. “No me jod... En fin, pasando. Sigamos”.
 
 

 
 
 
– Le proponemos un juego: su agente le llama para comunicarle que va a protagonizar un ‘biopic’ sobre Alejandro Sanz... ¿No me diga que nadie le ha dicho que se parece?
– [Se troncha de la risa] Sí que me lo han dicho, sí. ¿Lo aceptaría?
 
– Usted dirá.
– Si le soy sincero, los biopics sobre personas vivas suelen ser políticamente muy correctos, con muchas luces y casi ninguna sombra. Yo he hecho algunos y suele tirarse por el camino de en medio. En fin, me leería el guion y si necesitara el dinero, lo haría, pero si el guion cayera en ese terreno de la corrección política, optaría por otras cosas más estimulantes.
 
   Hablando de expriencias estimulantes, cabe recordar que Roberto Enríquez fue padre hace dos años, paternidad que afronta en solitario tras recurrir a un vientre de alquiler en la India.
 
– ¿Cómo le ha cambiado la vida?
– El primer año antes de que nacieran mis hijos tuve que decir que no a cosas, porque andaba yendo y viniendo a la India, que es donde estaba su madre. No podía comprometerme con ningún proyecto. Pero estaba convencido y feliz de lo que estaba haciendo. Por otro lado, el segundo año ha sido, a pesar de una canguro que me ayuda, un año muy duro. Tenga en cuenta que son mellizos y que la familia es monoparental. Ha habido trabajos que he escogido adaptándome a las nuevas circunstancias. Por ejemplo, los seis capítulos de Isabel eran un compromiso asumible y lo de Doña Perfecta se gestó con mucho tiempo de adelanto.
 
– Eso en cuanto a la logística. ¿Y usted, por dentro?
– Cualquier individuo que se dedique a esto sabe que intentamos reflejar la realidad, y tu concepción de la vida se insufla en lo que haces. Yo creo que la paternidad te ensancha y te hace más poliédrico. Por otro lado, es como si uno tuviera muchas menos dudas, poniendo en su justo valor lo importante y lo accesorio. Es difícil de explicar con palabras.
 
– Su próximo personaje de padre será distinto.
– Pues, fíjese. En Málaga, donde interpretaba a un padre, empecé las funciones sin hijos y las acabé ya como padre. Nada cambió en el texto, pero muchos detalles variaron.
 
 

 
 
 
– Su nominación a los premios Max en 2002 por su papel en ‘La gaviota’, ¿respondía a un salto de madurez como intérprete?
– No lo sé. Pienso que en esta profesión hay un cúmulo de casualidades. Las cosas llegan cuando llegan, no necesariamente cuando estás mejor preparado, pero aquella fue una época muy interesante, una especie de triángulo de las Bermudas, con trabajos apasionantes, también en cine y televisión. Hacer a Kostia en esa pieza de Chéjov, un clásico para cualquier actor, fue una experiencia especial. Me fui muy lejos con él.
 
– ‘El alquimista impaciente’ fue su primer gran papel en cine y por él lo nominaron a un Goya.
– Y tuve la gran suerte de conocer a Patricia Ferreira, que apostó por mí.
 
– En aquel film se respiraba química entre usted e Ingrid Rubio. Conseguían hacer creíble la relación de Bevilacqua y Chamorro, que es bastante especial.
– Lo que pasó entre Ingrid y yo fue un flechazo artístico. Ella llegaba al rodaje con muy pocos días de trabajo previo porque había estado rodando en Argentina. No vivió la preproducción y yo me convertí en algo así como su lazarillo, poniéndole al día de toda esa preparación.
 
– ¿Le ha ocurrido alguna vez lo contrario, la antiquímica, la repulsión de los polos opuestos? ¿Qué hay que hacer para que no se note?
– Este es un tema peliagudo. Al fin y al cabo uno no puede olvidarse de que está al servicio de una historia. Esta historia no puede estar condicionada por la mala relación de personas en el equipo. El oficio te obliga a tener la flexibilidad suficiente para aguantar cosas que no te gustan. No creo que sea bueno despacharse a gusto o dinamitar puentes, incluso cuando tienes que poner los puntos sobre las íes, porque tiene que haber un territorio común para resolver las cosas. Yo he trabajado con algún compañero al que no soportaba y estoy muy orgulloso de haber llegado a entenderme con esa persona. Al final todo son rigideces. En nuestro trabajo se trabaja con la intimidad, no vale de nada dar un portazo.
 
 

 
 
 
Un tipo con bata
– Cambiemos de escenario. Fue masajista en ‘AzulOscuroCasiNegro’ y psicólogo en ‘Gordos’. ¿Qué ve en usted Daniel Sánchez Arévalo para que siempre le dé papeles con bata?
– Vaya, no sé. El caso es que también hice de psicólogo, aunque sin bata, en un corto suyo anterior [La culpa del alpinista, 2004]. Me deja usted pensando...
 
– ¿Cree que le ofrecen tipos de papeles concretos o varía mucho la cosa?
Tuve una época en que hice militares y policías a tutiplén. Luego hice unas cuantas veces de buen chico, de tipo dialogante. Después me caían papeles de tío avieso. Mi carrera está jalonada de departamentos estancos.
 
   Enríquez también ha pasado, y con éxito, por las series de televisión. Su más reciente intervención fue en Isabel, pero su carrera en la pequeña pantalla se inició veinte años atrás en la comedia de Telemadrid Colegio mayor. Luego vendrían, entre otras, Esencia de poder (2001), su primer protagonista; La señora (2008-2010), que lo consagró; e Hispania (2010-2012), tal vez su do de pecho.
 
– Se le ve a gusto con personajes históricos y dramáticos. ¿Para cuándo una comedia?
– Echo de menos la comedia, aunque la he hecho en teatro y en la serie Pepa y Pepe, donde era novio de María Adánez. Pero el peso de mi carrera es dramático.
 
– ¿Será por su fisonomía?
– Ni idea. A veces consiste simplemente en que te den la oportunidad de hacer algo distinto, como el novio con frenillo en la boca que hice para Iborra en Pepa y Pepe.
 
 

 
 
 
– Recapitulemos: el punto más alto de su carrera, cuando pensó “estoy que lo peto”, fue...
– Es ahora, porque todo lo que he ido haciendo va grabado dentro. He tenido trabajos con repercusión y reconocimiento. Ya hemos hablado de la época de El alquimista impaciente, pero también está el momento de La señora. O el de El infierno con Pandur, que coincidió con AzulOscuroCasiNegro.
 
– ¿Fue un sorpresón lo de Sánchez-Arévalo?
– Para mí, no. Yo ya lo había visto trabajar en aquel corto y me di cuenta de que era un tipo muy interesante. No es habitual encontrarse con alguien tan talentoso y que no se copia a sí mismo. Es el director que susurraba a los actores. Se te acerca, te bisbisea algo al oído y te toca la tecla justa.
 
– Sigamos recapitulando: el momento más deprimente, cuando no había ni para pipas y los nudillos le dolían de llamar a tanta puerta fue...
– No recuerdo en qué años, pero antes de hacer Esencia de poder, pasé un parón bastante largo y frustrante. Me dio tiempo a hacer obra, a pintar la casa, a lijar puertas... Ya no sabía qué hacer. Llegó esta serie, muy estresante porque era de emisión diaria, que me sacó de aquel bache, que no solo fue profesional, también personal.
 
– ¿En qué cree que progresa adecuadamente y en qué necesita mejorar?
– [Resopla]. Creo que progreso adecuadamente en mi nivel de tolerancia, en la gestión de mis limitaciones, subjetividades y mezquindades en el trabajo, y eso hace que viva las dificultades sin traumas. Me ha quedado para septiembre la asignatura de... [se lo piensa] Hace poco recordaba la época en que hacía Hamlet con 21 años. En el metro, de camino al teatro, me sentía el rey del mundo y capaz de todo, con las fuerzas del león de Nemea, como diría el propio príncipe de Dinamarca. Creo que he perdido parte de esa fuerza y ese atrevimiento, y que debo mantenerlos vivos. En este oficio hay que vivir por momentos en cierto estado de locura. En eso, necesito mejorar.
 
 
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