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27-05-2014 Versión imprimir

 
 
 
Roger Casamajor
 
“Villaronga me hizo pasar seis pruebas para ‘El mar”



Ni él mismo sabe cómo aquel niño de los Pirineos quiso ser actor. Hoy su currículo es creciente y transfronterizo: “Disfruto del teatro hasta en alemán”
 
 
FERNANDO NEIRA
Reportaje grafico: Pau Fabregat
Camina Roger Casamajor por el estrecho y delicioso pasadizo que separa el Mercat de les Flors y el Institut del Teatre, en Montjuic, y apenas puede disimular la envidia cuando escudriña casi furtivamente a través de las vidrieras del segundo edificio. Al otro lado de cristal, chavalas y chavales departen, gesticulan, sonríen, se descalzan y practican estiramientos musculares con la pasión y la feliz ausencia de graves responsabilidades inherentes a las veintipocas primaveras. “Son gente que se lo ha pensado muchas veces y tiene meridianamente clara su vocación artística. Solo se me ocurriría aconsejarles que trabajen todo lo más que puedan”, anota con sonrisa acaso nostálgica este “viejuno del 76” (¡ay, la sombra de los cuarenta!) que mira a los ojos con abierta curiosidad y se carcajea de sus propias peripecias siempre que puede, contradiciendo el tópico por el que los hombres de montaña son siempre tipos circunspectos y ensimismados.
 
 

 
 
 
   Sobrevive aún en Casamajor, cierto, ese corazoncito terruñero de quien prefiere vivir a las afueras de la metrópoli, plantar ajos y tomates con sus propias manos y saborear un café a la luz de las estrellas como el mejor remate imaginable para una larga jornada. Pero no, Roger no es ningún eremita parapetado en su masía de alquiler. Ahí donde le ven, ha sido pareja en la ficción de dos flamantes Conchas de Plata, Nora Navas (en Pa negre) y Marian Álvarez (con la que integraba un triángulo amoroso junto a Gonzalo Salmerón en Bestezuelas). Alterna platós y escenarios con la música electrónica, herencia de aquellas noches imperecederas de cuando desembarcó en la gran ciudad. Y viene de conocer un triunfo clamoroso en el Lliure como alcalde carente de escrúpulos en una versión muy libre de Un enemic del poble, de Ibsen, bajo la batuta de Miguel del Arco.
 
 

 
 
 
– Usted es natural de La Seu d’Urgell. No parece el rincón más arquetípico para apasionarse por la escena.
– ¡Y que lo diga! La mía no era casa de teatro, libros ni cine, pero mi hermano mayor es escultor y el mediano toca la guitarra. Quizás fuera mi abuelo, un acordeonista que amenizaba las verbenas de pueblo en pueblo, el que nos legó la vena artística. Y yo, en agradecimiento, conservo como oro en paño aquel acordeón.
 
– ¿Cuándo notó entonces, la vez primera, ese cosquilleo por habitar la piel de otros?
– En los primeros talleres de teatro en la escuela, cuando aún era un garbanzo. Lo típico. A los 15 entré en una compañía andorrana, Somhiteatre, y cinco años más tarde hice mi primera prueba de ingreso en el Institut del Teatre. Me tumbaron clamorosamente, desde luego, pero ya me quedé en el Col.legi del Teatre. Y al año siguiente sí logré plaza.
 
– ¿Cómo vivió aquel chavalín pirenaico su irrupción en la ciudad?
– Fue como un destape, una eclosión de emociones y de todo lo demás. Coincidió además con la eclosión del tecno y las raves, aquellas locas fiestas nocturnas. Me he acostado tarde, digamos, unas cuantas veces… Pero trabajaba mucho y aquel primer año logré el papel de El mar.
 
 

 
 
 
– Debutar en el cine como protagonista de uno de los grandes largometrajes de Agustí Villaronga no es mal arranque para un currículo…
– ¡Ostras, mi trabajo me costó! Agustí me hizo pasar hasta seis pruebas distintas, la última en Mallorca, antes de darme el papel. A mí ya me entraba la risa y le decía: “A ver, tío, ¿voy a hacer la peli o no?”. Yo no sabía ni quién era Villaronga y en aquella época, aún sin ordenador ni Google en casa, solo pude acercarme a un videoclub y preguntarle al encargado si tenía algo de él. Me llevé Tras el cristal y se me pusieron los pelos de punta. “¡Este señor está colgado!”, me repetía. Hoy me enorgullezco de que seamos grandes amigos.
 
– ‘El mar’ abordaba los conflictos de fe y la condición sexual durante el franquismo. ¿Cree que son temas superados hoy en día?
– Me gustaría pensar que sí, pero cuando enciendo la tele compruebo que todavía no. Estoy muy sorprendido con lo que está pasando, con tantas injerencias y pasos atrás. Parece evidente que la religión y la sexualidad deberían pertenecer a la esfera de las libertades individuales, pero la iglesia se empeña en lo contrario.
 
 

 
 
 
– Luego le vimos en dos papeles muy físicos, ‘Salvajes’ y ‘Guerreros’. ¿Aquello le supuso alguna exigencia especial en la preparación?
– No especialmente, más allá de, supongo, algunos días en el gimnasio. Cargar con mochilas de 30 kilos en Guerreros forma parte de la composición corporal de un personaje. Y lo divertido de ser actor es precisamente eso, descubrir que un labriego y un alcalde no pueden coger el tenedor o prender un cigarro de la misma manera.
 
– ‘Locos por el sexo’, de Javier Rebollo, constituye la única incursión cómica en su trayectoria. ¿Cómo le convencería a un director de que usted también es un tipo divertido?
– ¡Hostias, no lo sé! [A Casamajor le entra tan prolongado ataque de risa que hasta la camarera de La Cerveceria del Teatre apenas puede disimular la suya] No tendría ningún truco para demostrárselo, pero me gusta pensar en los actores como folios en blanco donde se puede escribir comedia o drama. A veces me toman por un tío más complicado de lo que soy. Tengo ese punto reservado y hasta un poco salvaje, apegado a la tierra, de los pirenaicos. Pero me manejo con los demás elementos naturales. ¡Si hasta practico un poco de surf!
 
 

 
 
 
– Ha participado en dos coproducciones importantes, la hispanoamericana ‘El laberinto del fauno’ y la europea ‘Henri 4’. ¿Le gusta la fórmula?
– Es el mejor camino que podemos seguir y una fuente de enriquecimiento artístico y personal. De vez en cuando suena la campana y te encuentras con un Stockholm, un filme estupendo rodado con cuatro duros, pero el cine precisa de financiación para ser buen cine. La experiencia de Henri 4, rondando en Chequia cada uno en su idioma, fue enriquecedora e impresionante. Acabé haciendo un amigo con casa en Berlín y asistiendo a representaciones de teatro en alemán. No entendía una palabra de los textos, pero sí las historias. Aprender de actores ingleses o franceses es de lo mejor que ha podido sucederme.

– ¿Han acabado ya de rodar ‘Las niñas no deberían jugar al fútbol’, ese nuevo telefilme para TV3?
– Sí, con Sonia Sánchez y sesiones de trabajo desde las seis de la tarde a las seis de la mañana. Así están hoy las cosas: tres personajes, pocas localizaciones y un calendario de rodaje de seis semanas que se reducen a dos. Uno hace lo que medianamente puede, pero los milagros, a Lourdes. Con el presupuesto de un capítulo de la HBO aquí rodamos una temporada completa…
 
 

 
 
 
EL PLAN B

La pulsión electrónica

 
Siempre que encuentra un hueco, Casamajor le dedica horas a su otra gran pasión, Hysteriofunk, un grupo de música electrónica en el que ejerce de fundador, compositor y teclista. Las sonoridades digitales le apasionan tanto como la carnalidad de una representación teatral, pero bromea sobre su escaso futuro en esta faceta. “La música es un plan B más precario aún que el plan A”, se carcajea. Y admite, ya más en serio: “Has de asumir que vivir de actividades creativas te convierte en minoría. Siempre es así. Estos son universos volátiles…”. 
 
 
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