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24-09-2014 Versión imprimir

 

 
Rosario Pardo


“Lo mejor a cierta edad es soltar mochilas que arrastras desde hace tiempo”


Trotamundos, apasionada e indignada, la jienense pelea por recuperar su lugar en el mundo tras diez años en la cresta de la ola y tres de bajón
 

 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Antes de que en 1999 Rosario Pardo (Jaén, 1959) se uniera a la troupe alienígena de Javier Sardá en Crónicas marcianas y comenzara a ser un rostro habitual en nuestras pantallas, su vida fue la de una actriz hecha lentamente en el glu-glu de la olla del teatro independiente. Granada, Londres, París, Barcelona, Tenerife, Sevilla, Madrid... Siempre ha llevado su casa a cuestas, como los caracoles, y siempre trabajando. Bueno, no siempre. La escasez de ofertas la persigue desde hace tres años. Pero no se rinde. Recién trasladada al populoso Carabanchel, disfruta ahora de la vida barrial de la que carecía en su anterior domicilio madrileño: “Me gusta retomar el concepto de barrio: callejear, saludar al portero, hacer la compra. Y, claro, muchas señoras me paran. Algunas me confunden con Carmen Machi, y a veces les sigo la corriente: ‘No, lo de Aída ya lo he dejado’. Me da lástima desilusionarlas”, relata guasona.
 
 

 
 
 
– Pues este es el barrio de toda la vida de Rosendo, el cantante de rock.
– ¿Ah, sí? Qué mono. Debe de estar muy mayor, ¿no? ¿Sigue con la melenilla y el mismo tipillo?
 
– Más o menos. Oiga, ¿y cómo es el humor de Jaén?
– Estoy escribiendo un monólogo que presento en Málaga y, según lo hago, me pregunto si esto hará reír al público. Los de Jaén tenemos un humor un poco peculiar. Somos muy negros y muy irónicos.
 
– Desde ‘Cuéntame’ hasta ‘Doctor Mateo’ pasó diez años haciendo series. ¿Se añora más la tele que las tablas?
– Yo sí. Soy un bicho raro. Muchos de mis compañeros hablan de la madre, que es el teatro. Y yo no puedo negarlo, porque vengo de ahí. Me he formado en el teatro alternativo y en escuelas muy serias. En el teatro hay una búsqueda del personaje [finge seriedad erudita], de acuerdo, pero también se hacen muchos bolos que son siempre lo mismo [ahora con llaneza]. Y si te duelen las muelas, no hay búsqueda que valga, sino Buscapinas, las que te vas a meter en vena en cuanto llegues a casa. El de la tele es un trabajo muy variado y, además, aunque madrugas como las gallinas, acabas de día. Lo cual, si tienes un chiquillo, como era mi caso, es mejor que el teatro.
 
 

 
 
 
   El chiquillo es ya un mocetón de 17 años que brujulea por la casa ayudando a su padre a colgar cuadros. “¡Será posible esta gente! ¿Queréis hacer el favor de dejar el martillo un ratito?”. Al otro lado de la casa se oye un rumor de voces y el cuidadoso aterrizaje de un martillo en una mesa.
 
– Hablábamos de que añora la tele.
– Y el cine, pero eso ya son “horizontes lejanos”. Tengo en perspectiva una peliculilla que me hace una ilusión tremenda.
 
– Es filóloga pero nunca ejerció.
– Llegué a hacer el CAP, pero porque soy muy pesada y no sé dejar las cosas a medias, ni siquiera una novela.
 
– ¿Ni por hastío galopante?
Solo en casos extremos de rollos macarenos que mi pobre cerebro jienense no ha soportado. Soy de las que se ha tragado El cuarteto de Alejandría y el Ulises, que hay que tener huevos.
 
– Pero le quedó el gusto por la escritura. ¿De qué van sus obras?
– Necesito escribir, aunque por mi oficio lo haga muy desordenadamente. Tengo cosas publicadas y alguna premiada, sobre todo monólogos y relatos. Ahora estoy peleándome con un guion.
 
 

 
 
 
   Desde que se graduó como filóloga hasta que Sardá la contrató, Pardo pasó una larga travesía por el desierto que duró cerca de veinte años y que ella resume con desenfado: “Eran tiempos de convulsión política; escribíamos, cantábamos o actuábamos, pero nunca con el concepto de profesionalidad en la cabeza. Hice de todo: pasacalles, fusiones, performance, improvisaciones, teatro de texto clásico, teatro infantil... Era una forma de vida; todo muy hippy. Nos pasábamos el día viajando. Y empezando siempre de cero. La última vez en Sevilla, donde no me conocía ni el Tato. Entré en el CAT [Centro Andaluz de Teatro], luego en Canal Sur y de ahí a Crónicas marcianas.
 
– Por seguir con las metáforas bíblicas, ¿llegó a pensar que le habían caído las diez plagas de Egipto?
¿Momentos de crisis?, cientos. Te dan los treinta y tantos y sigues trabajando como una burra para llegar a fin de mes justita, justita. Ahora estoy otra vez en la misma tesitura. Son casi tres años parada. ¡Se harta una de tanto déjà vu, jolín!
 
– ¿Cómo anda de proyectos?
– Hay varias cosillas, pero he estado centrada en terminar un máster en logopedia y en impartir unos talleres en el verano.
 
– Toca reinventarse.
– No sabe cómo odio esa palabra. Qué gran mentira. Uno, a cierta edad, merece que su profesión le lleve a un lugar digno.
 
 

 
 
 
– También trabajó con Corbacho. Cómo son estos geniecillos catalanes, ¿eh?
– Mi escuela es el teatro independiente, y en este ámbito las compañías catalanas siempre han sido las más potentes: Comediants, Joglars, Dagoll Dagom, etc. Viví y trabajé en Barcelona mucho antes que en Madrid. Hacíamos teatro de calle y mi marido fue técnico de La Fura. Cada vez que me subo al avión, soy como una cateta: “Ay, por fin puedo hablar catalán”. También he vivido en el País Vasco, y lo mismo. Yo no entiendo ni comparto los problemas identitarios, soy ciudadana del mundo.
 
– Hay que ver lo que ha rodado su cuerpo serrano.
– Los jienenses somos así: nacemos en Jaén y vivimos donde nos da la gana [se troncha].
 
– El caso es que empezó a sonarle el teléfono como una chicharra en verano.
– Pues sí, me cambió la vida de arriba abajo. Del teatro independiente y Canal Sur a la tele nacional y Cuéntame. Entrevistas, inauguraciones, eventos. Una locura.
 
 
 

 
 
 
– Entre 2008 y 2009 estuvo de gira con María Galiana haciendo la obra ‘Fugadas’. ¿De qué tiene ganas de fugarse usted?
– Estaba igual que el personaje, que es una mujer madura que necesita tirar lastre. Lo bueno a cierta edad es ir soltando mochilas que llevas arrastrando demasiado tiempo.
 
– ¿Qué hace una cuando un personaje le toca tan de cerca?
Se supone que los actores estamos preparados para quitarnos esas amarguras y saber adónde vamos. Pero [susurra] es mentira, no tenemos ni idea de a dónde vamos. Lo normal es tomarse una caña después de la función y a casita.
– Cuénteme, y no es chufla, qué personaje le ha hecho más tilín y cuál se lo haría pero no le ha llegado.
– El personaje de Nieves fue maravilloso. Era el contrapunto de Merche. Como el payaso listo y el torpe. Una pareja clásica. Encima me llevaba estupendamente con Ana [Duato]. Y me encantaría hacer de mujer perversa, al estilo Angela Channing.
 
– También ha dirigido montajes. ¿Cuál le dejó mejor cuerpo?
– Cuando me instalé en Sevilla, volvía con ganas de flamenco. Pensaba en volver a bailar. Pero me cogieron en el CAT para hacer la Tisbea de El burlador de Sevilla. Me quité el gusanillo creando un espectáculo con tres actrices bailaoras. Se estrenó en la sala pequeña de la Maestranza y me emocionó mucho. El montaje creció y fuimos a los festivales de danza contemporánea más importantes: Valencia, Madrid, Barcelona. De repente una cosa chiquitita se había convertido en un lío del montepío. Eso estuvo bien.
 
– ¿Cómo se llamaba?
Lo que más gusto le dé, una performance aflamencada. Todo muy divertido y surrealista. Y triunfamos. Imagínese que se quedaron contentos hasta los flamencos sevillanos.
 
– La cátedra.
– Yo estaba más ancha que larga.
 
– Como dicen en su tierra: “Pa’ vivir así...”
– ... mejor no morirse. Qué gran verdad [sonriendo].
 
 
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