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07-02-2013 Versión imprimir
Rubén Ochandiano
“He pasado mucho tiempo
en guerra con el mundo”
Este madrileño incansable, actor y director, se explaya aquí con una sinceridad tan arrolladora como su carrera
 

HÉCTOR ÁLVAREZ JIMÉNEZ
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Está anocheciendo y apura su tila junto al ventanal de un hotel de la Gran Vía. Lógica la elección de la tisana en un hombre que derrocha hiperactividad: Rubén Ochandiano (Madrid, 1980) es de esas personas a las que, por ejemplo, los parones vacacionales se les antojan prolongados. Acaso influya en parte la impaciencia: Antígona, su tercera obra como director después de La enfermedad de la juventud y La gaviota, se estrenaba este 6 de febrero. Y en esta ocasión también le toca interpretar, con Najwa Nimri –que debuta sobre los escenarios– acompañándole al frente del reparto.
 
   Ochandiano da vida a Creón, un protagonista pensado inicialmente para Marisa Paredes. “Como buen dictador, es muy manipulador, un gran orador. Resulta fácil ponerse de su lado pese a su maldad”, reflexiona. En el elenco –que también incluye a Toni Acosta o Sergio Mur– figura incluso un francés. “Realizamos dos pruebas en París y nos trajimos a David Kammenos, un tío enormemente talentoso que por ahora ha destacado como modelo”. ¿Qué se encontrará el espectador? “Una versión muy libre”, afirma, “de la que ya rubricó Annouilh durante la Segunda Guerra Mundial. He trasladado la acción a un carromato circense para reflejar este país, que no pasa por su mejor momento. Y eso está provocando reacciones polarizadas”.
 
   Muchos siguen recordando a este amante del cine de Woody Allen y Quentin Tarantino por la mítica serie Al salir de clase, pero desde entonces ha obtenido papeles destacados en Los hombres de Paco y Toledo. A sus 32 años también ha trazado una brillante estela cinematográfica que, con títulos tan aplaudidos como Los abrazos rotos o Biutiful, le ha permitido exhibir su talento alrededor del globo. No menos sonadas fueron las propuestas que se le quedaron en el tintero: Monzón le había abierto las puertas de Celda 211 y Campanella, a quien conoció en la televisiva Vientos de agua, construyó el personaje malvado de El secreto de sus ojos a su medida. Tapas le valió la confianza del tándem Corbacho-Cruz, que ya le han fichado para su próxima entrega, Incidencias.
 
   En el verano de 2009, mientras atravesaba una mala racha personal, comenzó a explorar nuevos territorios. Escribió entonces Historia de amor sin título, un guion que ningún productor se atrevió a respaldar, así que el pasado octubre lo publicó en forma de novela. Deseoso de llevar a las salas un filme de su cosecha, ya ha conseguido dirigir Cuento de verano, cuyo recorrido por festivales arrancará esta primavera.
 
   La hiperactividad de Ochandiano tiene una explicación: “Necesito estar en contacto con lo creativo porque para mí es sinónimo de salud”. No cambiaría su trayectoria por ninguna otra (“me está sucediendo todo lo que deseo”) y anuncia que su cajón alberga aún dos textos teatrales. Hay talento para rato. Y tiempo para una extensa charla en la que, como se comprobará, no teme hablar claro. Aunque a veces escueza.
 
– Con ‘Antígona’ regresa a las tablas, de las que no guarda buen recuerdo..
– Disfruto mucho en cine y televisión, pero las veces que he representado teatro han sido dolorosas. Mercero es un señor mayor al que le gusta tiene un estilo de trabajar muy antiguo y me tomó por un marciano. Narros me dijo el día antes de estrenar Así es (si así os parece): “Lo que haces es malísimo”. Los dos meses de funciones fueron infernales porque, aun haciendo el triple salto mortal, seguía sin darme su aprobación. Y con Bieito tuve un idilio artístico que se enrareció. Su Don Carlos se transformó en una guerra abierta y tuvieron que sacarme del escenario en camilla con un ataque de pánico. Ya no volví. Solo puedo actuar junto a gente inofensiva que me haga sentir a salvo. 
 
– “El actor siempre está en una situación muy frágil”, declaró. Y aconseja a quienes quieran dedicarse a esto que “jamás se busquen en Internet”. ¿Tanto le afectan las críticas?
– Este oficio implica un examen constante y una exposición permanente: hay que hacer pruebas para cada película, luego salen las críticas… Por si fuera poco, cualquiera tiene un blog, que confiere una impunidad tremenda. Leí opiniones muy dolorosas sobre Los abrazos rotos y me sube la fiebre si pienso que tengo que levantar el telón después de haber recibido un mal comentario. Lo artístico florece más si no estás pendiente de Google.
 
– ¿Cómo vivió el estruendoso fenómeno juvenil de ‘Al salir de clase’?
– Tenía 18 años y encajé mal la popularidad porque no era el típico guapo ni tenía las ambiciones profesionales o personales de un adolescente que triunfa en televisión. No me interesaba meterme cocaína ni tirarme a la más guapa de turno. Es cierto que el hecho de que me reconocieran despertaba en mí un ego absurdo, me convertí en un gilipollas más, aunque raro. ¡Al menos no me dio por nada especialmente excéntrico! Ese producto no tenía nada que ver con el actor que pretendía ser, pero me abrió muchas puertas.
 
– Ha admitido que los ataques de ansiedad eran habituales por entonces. ¿Qué le angustia hoy?
– He pasado años enfrentándome a esa pregunta y respondiendo que todo, pero por primera vez puedo decir que temo menos cosas. De adolescente fui muy porrero y tuve que dejarlo radicalmente porque amplificaba mis paranoias. La terapia me ha salvado la vida, gracias a ella soy quien quiero ser. Aunque el miedo sigue estando muy presente en mi carácter, hace menos mella en mi cuerpo, estoy aprendiendo a convivir con él. Lo más curioso es que nunca he sido cobarde: emprendo proyectos, me enamoro y me voy a Argentina…
 
– En ese país descubrió “otra forma de concebir el teatro y la actuación”. ¿Tenemos mucho que aprender de los argentinos?
– Allí tienen más entrenada la parte emocional y se les nota menos el truco. Aún estoy aprendiendo, pero algunos intérpretes que aquí están consagrados me parecen un truño: lo hacen todo modulando la voz y no se les mueve un pelo. Me interesa más alguien que transmita verdad, aunque sea enfrentándose a sus limitaciones, que un espectáculo grandilocuente de mentira.
 
– Aceptar el arriesgado rodaje de ‘Guerreros’ fue, sin duda, una muestra más de valentía…
– ¡Sí! La noche antes de salir hacia Kosovo, donde estuvimos dos semanas, el productor nos llamó para decirnos que estaban cayendo bombas. La estancia allí fue angustiosa: siempre teníamos que andar con protección, no podíamos ir a mear al campo porque estaba lleno de minas antipersona, a Eduardo Noriega le rebotó pólvora en un ojo y los médicos temían que perdiese casi toda la visión… Con cuarenta de fiebre tuve que saltar desde un tanque a un río helado y dejarme llevar por la corriente hasta que alguien me lanzase una cuerda a la que agarrarme. Por si esa secuencia nos había sabido a poco, grabamos otra enjaulados, bajo una lluvia artificial que empapaba desde el primer minuto.
 
Lúcida rebeldía
– También empuñó las armas en Silencio roto o Che, que retrataban la lucha contra regímenes autoritarios. ¿Es de los que se enfrenta al sistema actual?
– Soy muy escéptico ante la utilidad del 15-M, que se convirtió rápidamente en un movimiento de hippies que practicaban capoeira o sembraban lechugas. Ya no me veo con el porro y el cartón de vino. Sí voy a alguna manifestación cuando necesito elevar la voz frente a unas injusticias cada vez más frecuentes, aunque creo que no hemos encontrado la manera de hacernos oír de verdad: están acostumbrados a que hagamos ruido y no pasemos de ahí. ¡Yo me rebelo haciendo Antígona!
 
– Tampoco comulga demasiado con la religión. “Me pongo el hábito y se me despierta todo lo más pervertido”, afirmó mientras grababa Toledo, su última aparición en la pequeña pantalla.
– No creo nada en la Iglesia porque me parece una tomadura de pelo y, además, otorga un salvoconducto para cometer todo tipo de atrocidades. Yo pongo mi espiritualidad en un lugar completamente distinto, así que fue divertidísimo encarnar al arzobispo Oliva. Ante un malo malísimo uno tiende a buscar la herida que explique su comportamiento, pero con él me cebé: recurrí a los psicópatas más extremos de la ficción para construirlo.
 
– Y la policía no iba a ser menos. Su agente corrupto de ‘Biutiful’ encerraba una fuerte crítica contra las fuerzas de seguridad…
– Había sucedido lo del sheriff de Coslada y me dio mucho gusto hacer un tipo de esas características. Los Mossos d’Esquadra me sacaron a patrullar por Barcelona y tuve que contarles una versión tamizada de la historia, no podían saber que mi personaje era un hijo de puta [Risas]. Aunque me pusieron a los más majos, demostraban que tienen la cabeza configurada de forma diferente al resto de los mortales. Fue una experiencia curiosa: se enfrentaban a varios problemas y noté que cambiaban su modo de tratar a la gente porque había un visitante observándolos.
 
– Los papeles de macarra predominan en su currículo. ¿De dónde viene esa facilidad para encarnarlos?
– Durante mi infancia fui demasiado frágil y eso me costó muchas hostias en el colegio. Cuando pasé al instituto, ya en otro barrio, decidí ser el malo de la clase. Tenía mucha agresividad contenida y la ira resultó ser un buen motor para la interpretación. Estar mucho tiempo en guerra con el mundo acaba reflejándose en la cara, quizá por eso me han tocado tantos tipos duros.
 
Al final de ‘La flaqueza del bolchevique’ mataba a María Valverde. ¿No le incomodó aquella secuencia?
– Es una de las veces que más he gozado actuando. Una directora de casting bastante reputada me dijo en una fiesta que no volvería a llamarme porque le asustaba ver cómo me desenvolvía con la maldad. ¡Fue un shock! Me alegré de que hubiera sentido eso, pero ella mejor que nadie debería saber que solo era trabajo. Y María, que sufría mis vejaciones, me comentó que su abuela quería pegarme. [Risas]
 
– Puede presumir de haber sido ‘chico Almodóvar’. ¿Cómo fue su paso por Los abrazos rotos?
– De pequeño fui al cine con mi madre para ver Mujeres al borde de un ataque de nervios y fue mi película de cabecera durante mucho tiempo. Como siempre pensé que no era el tipo de tío que le interesa a Pedro, la sola posibilidad de entrar en su universo ya fue un sueño. Lo conseguí tras cuatro meses haciendo un montón de pruebas con todo el elenco. Al terminar ese periplo miré mi pasaporte y no había pasado un mes entero en Buenos Aires, donde estaba viviendo, ni en Madrid. No tenía demasiada pasta, pero… ¡Benditos vuelos! El rodaje superó todas mis expectativas y lo más complicado fue lidiar con mi excitación. Un día me dijo: “¡Se nota mucho que estás disfrutando, tienes que disimular!” [Risas].
 
– Usted era el vengativo cineasta gay Ray X. ¿Qué opina acerca del tratamiento de esa opción sexual en la ficción española?
– Me gustaría que ocurriese lo mismo que con la raza negra en las cintas estadounidenses: hoy los negros no solo asumen ese rol marginal de los ochenta, sino que pueden ser protagonistas, príncipes, maricas… Sigue siendo legítimo contar la homosexualidad como conflicto, pero debemos ampliar horizontes. Me estoy planteando montar Romeo y Julieta con dos chicos porque, más allá de con quién follan los personajes, lo importante de esa obra seguirá residiendo en otro sitio.
 
– Tras haber compartido cartel con Penélope Cruz o Javier Bardem, ¿no se anima a dar el salto a Hollywood?
– Mis amigos están dispuestos a organizar una fiesta cada vez que me proponen alguna prueba desde allí. He aspirado incluso a hacer de malo en una entrega de James Bond. Enviar un vídeo a Los Ángeles está genial, pero no me siento capaz de hacer la maleta y marcharme solo, necesito afecto para funcionar. Además, sin carnet de conducir, ¿qué iba a hacer en esa ciudad? Me imagino más en París, donde tengo un representante: me encanta el cine francés, el idioma y la gente es muy guapa. [Risas] También he pensado en Londres, aunque en la industria británica son muy tiquismiquis con el acento.
 
Firme frente a la adversidad
– En el filme ‘San Bernardo’ era voluntario de una ONG. ¿Milita a favor de alguna causa?
– Soy egoísta y burgués, al igual que casi todos. Colaboro lo suficiente como para paliar la culpa cuando aparece: dono treinta euros mensuales a Aldeas Infantiles, pero no me parto el pecho. Creo en el individuo y, sobre todo, en la libertad de creación. ¡Con eso sí que me pueden tocar los cojones!
 
– Ha podido crear ‘La gaviota’ y ‘Cuento de verano’ sin cortapisas porque era usted quien ponía el dinero. ¿No asusta arriesgar tanto en tiempos difíciles para la cultura?
– La satisfacción que me han proporcionado esos proyectos es muy superior a lo que he invertido en ellos. No se me ocurre ninguna otra cosa que, costando la misma pasta, me hubiese hecho disfrutar más. Puede que Cuento de verano no genere beneficios, aunque espero que recaude lo suficiente como para pagar a todo el equipo. Entonces habrá cumplido su cometido. Mi deseo no es viajar a las Seychelles, sino que lo alimenticio y lo creativo sigan yendo de la mano, que lo primero siga permitiéndome financiar mis prioridades artísticas.
 
– No logró convertir en película ‘Historia de amor sin título’ y ha tenido que recurrir al crowdfunding para levantar ‘Cuento de verano’. ¿Alguien está haciendo dejación de funciones?
– ¡Sin duda! Muchos productores no quieren asumir riesgos y solo apuestan por el cine cuyo éxito está garantizado: cintas palomiteras de adolescentes avaladas por unas televisiones que imponen cuatro grandes nombres en cada reparto. Pero la cultura, además de entretener, debe despertar el alma. Lo mejor que podemos hacer ante semejante panorama es seguir creando para ese sector del público que busca cosas diferentes, no quedarnos de brazos cruzados mientras nos quejamos.
 
– Elija: ¿delante o detrás de la cámara, sobre las tablas o en la butaca?
– Disfruto más con la dirección que con la interpretación. Esa faceta me ha enseñado a ser mejor actor: antes proponía hasta extralimitarme y ahora he comprobado que dirigir a alguien rebelde es francamente molesto, así que solo acepto propuestas que me gusten tanto como para entregarme al criterio de quien tiene la batuta.
 
 
 
Unos comienzos muy dulces
Apenas tenía tres años cuando entró por primera vez en un teatro. Y acabó creciendo entre bambalinas porque su tía, la polifacética Amelia Ochandiano, solía llevarle a sus ensayos. “Me recuerdo toda la vida diciendo que quería ser actor y la vocación se la debo a ella, aunque tengamos modos muy distintos de entender esta profesión”, señala.
 
Hasta los catorce sus padres no le dejaron matricularse en una escuela de interpretación. Estudió tres cursos y, al terminar, debutó gracias a Nunca dije que era una niña buena. Hoy mira al pasado con nostalgia: “Era un montaje sobre violencia callejera que estrenamos en la sala Cuarta Pared. Lo recuerdo como algo gozoso que quiero recuperar, ya que entonces no había motivos para flagelarse. Luego adopté un método más estricto e, inevitablemente, se perdió algo de juego”.
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