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03-06-2015 Versión imprimir

 
 
Santi Rodríguez 


“La fama no hace idiotas, los descubre”


El bigote de la comedia española con más tirón desde que se afeitó Resines reparte su tiempo entre la serie ‘Gym Tony’ y el monólogo ‘Como en casa, en ningún sitio’
 

 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Algún día alguien escribirá la historia de juglares, bululúes, caricatos, ñaques, monologuistas y otros teatreros que, lejos del drama y la fanfarria, se rieron y se ríen de sí mismos y de todo lo que les rodea. Algún día estos personajes de la intrahistoria de las tablas, gente como Gila o Pepe Rubianes, ocuparán el sitio que merecen. Entretanto, hagamos hueco a un miembro experimentado de su parentela. Hablamos con Santi Rodríguez, un jienense de la cosecha de 1965 que rezuma humor y, lo que es más importante, humanidad.
 
   Curtido desde mediados de los ochenta en el peliagudo cuerpo a cuerpo de pubs, salas de fiestas, casas de cultura y hasta festivales de rock, su figura es hoy un valor seguro en el circuito del monólogo cómico, eso que los enterados llaman stand-up y que él prefiere denominar “comedia de pared”. Lleva un año defendiendo la pieza Como en casa, en ningún sitio, que tiene residencia en La Chocita del Loro, en la Gran Vía madrileña, y que también gira por el resto de España. A este espectáculo, Rodríguez le augura “todavía al menos un año y medio de vida hasta lanzar el próximo”. Es el auge del monólogo cómico.
 
   Esto en fin de semana. Entre diario, el actor graba Gym Tony, la nueva serie de humor de Cuatro, en la que encarna a un recalcitrante empleado de correos. Rodríguez es un asiduo de los platós de televisión desde que se incorporara hace quince años al elenco de 7 vidas en calidad de frutero chocarrero.
 
 

 
 
 
   Ha habido que esperarle un rato después de la función (domingo, seis de la tarde, a sala llena) porque parte del heterogéneo público lo espera en el vestíbulo para fotografiarse con él, desde jovencitos endomingados hasta parejas septuagenarias. A todos atiende. Ya en la mesa, pide una manzanilla que le entone de nuevo la voz después de dos horas de hablar sin parar a velocidad de vértigo. “Y eso que soy disléxico y algo tartamudo”, confiesa, algo que no se nota cuando está en escena. “He logrado superar las dos cosas a base de mucho trabajo y concentración”.
 
– Dice que sus monólogos varían según la función.
– Así es. No es lo mismo la de las seis de la tarde del domingo, con un público más “blanco”, que la del sábado a la una de la mañana, que es más canalla y más cañera, con mucha sal gorda y algo de escatología. Tengo que hacer ajustes según el público y la hora. En su versión original para la función de las diez de la noche, el texto está más afinado, es más rico en referencias y los finales son más sutiles.
 
– Este espectáculo gira en torno a sus viajes por el mundo. ¿Cómo será el próximo?
– Ya lo estoy escribiendo. El tema es el arte y el tono, más exquisito. Necesitaré una estructura más compleja que la de este, porque llevaré una pantalla en la que yo mismo me introduciré. En fin, me hará falta otro tipo de escenario... y de público. No a todo el mundo le puedes hacer reír con un chiste sobre Kandinsky. Aquí haces algo así y sales ardiendo. El tipo de público lo marcan la hora de la función y el recinto.
 
– Los de la madrugada son más golfetes.
– La verdad es que hay de todo. Ayer tuve a dos señoras en primera fila. Una de ellas hacía lo típico: explicarle a la amiga todos los chistes. Y a su marido le sonaba el teléfono. Y lo cogía. “No te puedo atender ahora mismo. Estoy en los monólogos con el frutero” [cambiando su acento de Jaén por el castellano mesetario]. Tuve que parar y preguntarle si podía seguir.
 
 
 

 
 
 
Llorando en la M-30
– Malagueño, pero de Jaén. Pocos pueden decir esto.
– No recuerdo casi nada de aquella Málaga. A los dos o tres meses nos mudamos de vuelta a Jaén.
 
– Todo el Derecho que estudió usted en Granada y mire que ha salido torcido. ¿Llegó a defender a alguien?
– Por suerte para el defendido, no. Corre por ahí la leyenda de que estudié leyes, pero no es cierto. Eso sí, estuve diez años matriculado en derecho.
 
– ¿Diez?
– Sí, yo viví dos reformas del código penal. Pensé que si por cinco años te daban un título, por diez te darían dos. Pero no fue así. Decepcionante. Me dieron uno, y gracias.
 
– ¿Y la familia qué tal?
– Me faltaba valor para confesarles mi vocación, que llevaba en secreto desde mucho antes de acabar la carrera. Comprobé con asombro que en realidad mi integridad física nunca había corrido peligro y que mis padres no tenían en mente aniquilarme si no acababa los estudios. Es más, a las dos semanas de dar la noticia, mi padre se presentó en casa con las obras completas de Stanislavski debidamente encuadernadas y me dijo: “Santi, no tiene sentido que me empeñe en que no seas feliz. Tú prueba, a ver cómo te va, pero ten claro que yo no soy una ONG”.
 
– Como Yoda a Obi Wan. Los comienzos, durillos, ¿no?
– Para resumirle el doloroso calvario, antes de Periodistas lo primero que hice fue Ingenio y locura, presentado por Bertín Osborne. De ahí pasé a Canal Sur. Yo ostento el récord de programas menos vistos de la historia. Algunos tan poco vistos que nadie recuerda que se emitieran. En otros, tenían más audiencia los cortes publicitarios que el programa en sí. Comencé a notar que mi aparición en un programa producía caras de espanto entre los compañeros, como si me asociaran con el fracaso: “Joé, Santi, ¿también estás en esto? Ya la hemos cagao”.
 
– ¿Sintió ganas de mandarlo todo a hacer puñetas?
– Estuve en un tris, concretamente después de hacer los pilotos de El informal, un informativo veraniego, de coña y de solo veinte minutos. Pensé que si no me cogían lo dejaba. Me dieron la mala noticia la noche que el Madrid ganó la séptima copa de Europa. Llovía. Di tres vueltas a la M-30 llorando como una magdalena. Entre 1995 y 1998 hice centenares de castings y más pilotos que una escuela de aviación.
 
– Hasta que en 1998 le salieron unos capítulos en la serie ‘Periodistas’.
– Tiene gracia. Conseguí un papel estable ¿haciendo de qué? De abogado. Toma, papá, para que me veas con toga, aunque sea por la tele.  Lo que ocurre es que era un papel dramático y para el que se me exigía una dicción madrileña que a mí me cuesta mucho dar [con fingido acento capitalino].
 
 
 

 
 
 
En el trono
– ¿Recuerda cómo ideó su primera historia?
Sentado en el cuarto de baño. Don Luis García Berlanga me contó que él también encontraba inspiración en el mismo sitio. Así resolvió un plano-secuencia de Todos a la cárcel. O eso me dijo. Se me ocurrió una historia sobre un piso. Fue a mediados de los ochenta. La escribí y empecé a actuar con regularidad en el Liberia, un pub muy chiquito de Granada, en tiempos en que la única persona que yo supiera que hacía algo parecido era Pepe Rubianes. Y don Miguel Gila, claro. Aparte de ellos, no había referencias. Yo aprendí solo.
 
– ¿Y los escribe usted todos?
– Sí, solo de vez en cuando hago alguno del equipo de guionistas de El club de la comedia porque por distintas razones me lo piden, pero no soy muy partidario de hacer textos de otros. No los defiendes igual. Lo entiendo cuando invitas a un actor que solo interpreta.
 
– ¿Hay rivalidad entre monologuistas y actores?
– Hombre, yo estoy un poco resentidillo con el mundo de la interpretación porque a los monologuistas cómicos no se nos incluye en sus círculos, de hecho no se nos tiene en cuenta para ningún premio ni ceremonia. No digo que seamos mejores ni peores, solamente que esto tiene su dificultad.
 
– Ustedes combinan autoría e interpretación. ¿Está reclamando una categoría nueva en los Max, por ejemplo?
– Igual estoy diciendo una barbaridad, pero por qué no. Hay actores, no todos, que para el monólogo de stand-up se apoyan en truquillos propios de la interpretación de personajes, pero en el monólogo cómico eso no vale. Canta mucho. Hay que contar las cosas como se las estoy contando a usted ahora. Más de uno ha dicho que no repetía. Lógico, hay que manejar el tempo y las triquiñuelas del género. A veces echo en falta un poco más de respeto entre nosotros, al fin y al cabo todos nos ganamos la vida encima de un escenario.
 
 
 

 
 
 
   El personaje que definitivamente dio a conocer a Santi Rodríguez fue el frutero zascandil de la telecomedia 7 vidas. Entre 2001 y 2006, a lo largo de noventa episodios, Rodríguez logró hacerse un hueco en la iconografía cómica del momento, aunque no sin dificultad.
 
– Es de imaginar que el salto a ‘7 vidas’ no fue muy traumático porque se hacía en directo, que es lo que a usted le va.
– Bueno, había público el día de la grabación, el viernes, pero hasta ese momento se ensayaba durante toda la semana. Desde la lectura de mesa italiana hasta la grabación de las últimas secuencias, se consumían unas cuarenta horas de trabajo. 7 vidas era un tren en marcha a doscientos por hora. Te abrían la puerta y te subías como podías. La verdad es que bendita sea la serie y bendito el frutero, pero a mí me vino muy grande al principio.
 
– ¿Por qué?
– Porque no tenía formación interpretativa. Hubo gente que me ayudó mucho y otros no tanto. No fui el único al que le pasó. En todo caso me quedo con los que me ayudaron, con doña Amparo Baró a la cabeza. Me ha dolido mucho su muerte. Fundamentalmente ella, Gonzalo de Castro y Blanca Portillo repartían conocimiento con generosidad.
 
– ¿De qué modo?
– Blanca, por ejemplo, es como ese centrocampista que te da tan bien el pase que, le pegues como le pegues a la pelota, es una ocasión de gol. Por muy inútil que fueras, Blanca te lo ponía en bandeja. Quizá la gente recuerda más a Sole por sus collejas o al frutero por sus burradas, pero quien mejor trabajo hizo en la serie, para mí, fue ella.
 
– ¿Y cómo le va en ‘Gym Tony’?
– Ya sé que hay muchas críticas, pero yo lo estoy disfrutando mucho. Es un equipo unido y sin divismo, que es algo feísimo, y sé de lo que hablo porque lo he vivido. Si tratas bien a tus compañeros, la calidad del trabajo es infinitamente mejor, pero los hay que no lo entienden así. Son gente que viene con defecto de fábrica. La fama no hace idiotas, los descubre.
 
– También ha pasado por concursos de televisión.
– Sí, por probar a ver. Me llamaron para Tu cara me suena como invitado. Hice una imitación de Louis Armstrong y quisieron que volviera como concursante, por mucho que insistí en que era lo único que me salía bien. Si por algo me decidí a ir fue por el aspecto solidario del programa. De no ser por ello, no me habría afeitado el bigote.
 
 

 
 
 
   Ese aspecto solidario del que habla Rodríguez ocupa un lugar prominente en su vida. Hace diez años, en una feria en Jaén, vio un puesto de artesanía de esparto hecha por chicos con síndrome de Down. Trabó conversación con el responsable de la asociación, que le invitó a visitar un día su local. Aquello cambió su vida. “No podía creer las malas condiciones en que trabajaban; en un local con mala accesibilidad, intentando hacer sus manualidades en un sótano con luz artificial. Me propuse ayudarles a cambiar su situación. Calculo que en este tiempo habremos recaudado alrededor de un millón de euros para la asociación, entre calendarios, torneos deportivos, el festival Santi y sus Amigos”.
 
   Se refiere a una gala de humor benéfica en la que implica a compañeros de profesión. “Soy como un hombre-velcro”, explica, “se me va pegando gente que echa una mano: compañeros, voluntarios, empresas donantes, etc.”. Pero Rodríguez asegura que es él quien está agradecido. “Se lo juro. Lo que yo les doy no es nada comparado con lo que recibo”, dice esto mientras extrae de su bolsillo el teléfono móvil y nos muestra una foto con una niña recién nacida, y otra con la misma niña dos años después, ambos con expresión beatífica. “Con ellos siento que el rostro me cambia y que el tiempo se para. No sé, es un sosiego indescriptible”, concluye.
 
 
 

 
 
 
¿'Stand-up, monólogo o comedia en vivo?
El monólogo cómico moderno es un género relativamente nuevo en nuestro país, pero de larga tradición en Gran Bretaña y Estados Unidos, donde nombres como Peter Sellers o Richard Pryor lo hicieron grande en la segunda mitad del siglo XX. Aquí, para empezar, no nos ponemos de acuerdo ni en el nombre. Santi Rodríguez aporta su granito de arena: “Un compañero me dijo que lo que hacemos es ‘comedia de pared’, por aquello de que solo tenemos la pared detrás, y si acaso un taburete”.
 
– ¿Qué opina del auge del género?
– Suele pasar en nuestro país que pasamos de la penuria a la superabundancia. O mejor, a la saturación. Por inconsciencia o desinformación no se ha respetado lo que implica subirse a un escenario, y eso ha hecho daño al género. Las salas también han contribuido a quemar público programando indiscriminadamente. Hay que cuidar al público.
 
– ¿A qué cómico admira?
– Gila me gusta muchísimo. Aún hay textos suyos que no se han llevado a escena, que yo sepa, y que son extraordinarios. También me parece impresionante Pepín Tre, un cómico injustamente olvidado. Su mente y su dialéctica van a una velocidad que ni el público puede seguir. Hace un humor del futuro. He visto espectadores suyos riendo sin saber muy bien por qué lo hacían. Además es fiel a su estilo, eso es admirable.
 
– ¿Usted ha sido siempre fiel al suyo?
– Reconozco que no, y eso me avergüenza. A veces he tenido que hacer cosas para comer que de otro modo no hubiera hecho.
 
– Esa sensación de ir más rápido que el público, ¿le pone?
– Me gusta provocarla. Tengo algo de criminal. Me aconsejan que maneje las pausas, que les deje reírse y aplaudir, pero yo no quiero darles tregua. Me gusta acribillarlos y ver que no pueden parar y van a reventar.
 
– Estilo ametralladora. Parece haber corrientes en esto del monologo: el surrealismo albaceteño (Muchachada Nui), la ironía catalana (El Terrat), etc. ¿Usted dónde se ubica?
– Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla son geniales, igual que Corbacho o Berto, pero yo no me veo encuadrado en ninguna corriente.
 
– De acuerdo, entonces defina su estilo.
– Me gustan los razonamientos simples y la sencillez en el planteamiento; aunque luego le dé varias vueltas de tuerca. Nueve mil kilómetros de Muralla China sin un chiringuito o una maleta con treinta kilos de ropa para un fin de semana largo [dos episodios del espectáculo que tiene en cartel] son cosas que reflexiona cualquiera.
 
 

 
 
 
Garbanzos para romper el hielo
– ¿Por qué empezó a contar chistes?
– Por lo tímido que era. En unas Navidades, un primo de Málaga me trajo una cinta de Paco Gandía donde contaba el famoso chiste de los garbanzos.
 
– ¿El de la plaza de toros?
– Ese. Me lo aprendí de memoria.
 
– Pues es bien largo.
– Ya lo creo. Todavía se lo podría contar de cabo a rabo. Mi timidez era enfermiza, así que los chistes eran una carta de presentación para romper el hielo.
 
– ¿Qué fue lo primero que aprendió como monologuista?
– No sé si por intuición o por qué, lo primero que entendí es que, antes de dar caña a los demás, debes ponerte de vuelta y media a ti mismo. Es una regla de oro. Ser objeto de tus propias burlas te da derecho a emprenderla con los demás.
 
– ¿Ha pedido alguna vez permiso para usar chistes contados por no profesionales?
– Intento que eso no me ocurra. Me estoy acordando de uno de mis primeros monólogos en televisión, uno sobre aeropuertos, que generó algo de polémica porque otro compañero tenía uno similar y los dos utilizábamos la prohibición de llevar catapultas en el avión.
 
– ¿Catapultas?
– Lo que oye. Es real. Está en las medidas de seguridad. Los dos tratábamos el asunto de manera distinta, pero la coincidencia fue controvertida, a pesar de que mi monólogo estaba registrado antes que el suyo. Por eso procuro dar muchas vueltas a lo que cuento, no quiero que se parezca ni por asomo a cualquier otro texto.
 
– ¿Qué es lo más aterrador que le ha pasado en escena?
En un pueblo, no diré de dónde, me dijeron que les había gustado mucho y que menos mal, porque al mago de la semana pasada le habían tenido que dar una paliza. También vi las orejas al lobo en unos bolos en conciertos de rock. Actuábamos un compañero y yo entre cada grupo del cartel, uno heavy, uno rockabilly y otro punki.
 
– ¿Y lo más extraño?
– En la casa de cultura de un pueblo de Granada, la gente se me levantó a los veinte minutos del monólogo porque tenían que irse a dar el pésame por un difunto. Me dijeron que no me fuera, que recordara dónde me había quedado y que volvían en un rato. Y así fue.
 
 

 
 
 
– Lo hemos visto al acabar el espectáculo. Es de los que da cancha a los fans: fotografías, charla, autógrafos, lo que se tercie.
– Es que hay historias increíbles entre los espectadores. Mire, hay un chaval que tuvo un accidente, estuvo en coma y quedó tetrapléjico. Ni caminaba ni apenas hablaba. Me llamaron porque cada vez que me veía en la tele tenía alguna reacción y pensaron que podría ayudar. Me pasé por allí y el chico se alteró mucho. Le hice prometerme que trabajaría para recuperarse y yo seguiría yendo a verle. Al mes y medio volví, el enfermero me dijo: “Vas a flipar”. Efectivamente, el tío se despidió haciéndome el gesto del pulgar en los labios del anuncio de Martini y diciendo: “Santi, ¿vas a volver la semana que viene?” Mi profesión me ha traído todo esto y es de lo que más orgulloso estoy. Así que sí, les doy mucha cancha. Es algo que me han achacado, que soy demasiado cercano. En 7 vidas me prohibieron hacerme fotos con el público.
 
– ¿Por qué?
– Porque revolucionaba mucho a la gente. Gente que a lo mejor se había levantado a las cuatro de la mañana para venir desde Pamplona o Almería a verme a mí y a mis compañeros. ¿Y no me voy a hacer una foto con ellos? ¡Pero si son los que me están dando de comer! Somos lo que somos por el público.
 
 
 
 
 
 
MI PRIMERA VEZ

A mi primera actuación no vino nadie. Ni un alma. Fue en el pub Liberia de Granada, que sigue existiendo y con el mismo dueño, Gabriel. Él estaba reponiendo neveras, y el local, vacío. Le dije: “Gabriel, yo me voy”. “De eso nada”, me respondió, “yo he anunciado una actuación y tú te esperas por si aparece alguien”. Sonó el teléfono. Lo cogí. “Oiga, ¿ahí hay una actuación esta noche?” “Sí, señor”, contesté. “¿Y a qué hora empieza?” Pobrecico mío, pensé, y le dije: “¿A qué hora le viene a usted bien?”
 
 
 
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