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28-12-2012 Versión imprimir

 
SANTIAGO A. ZANNOU


“La marginación que sufrí es mi gasolina: he exprimido mi dolor como mulato de barrio”

Su primer filme, ‘El truco del manco’, ganó tres Goya en 2009. Ahora dirige a los hermanos Bardem en ‘Alacrán enamorado’



HÉCTOR ÁLVAREZ JIMÉNEZ
Reportaje gráfico: Pau Fabregat
Santiago Zannou no imaginaba que acabaría convirtiéndose en promesa del celuloide cuando, con 19 años, salió del barrio madrileño de Carabanchel para cambiar de aires en Mallorca. Allí, mientras atendía la barra de un bar, leyó una noticia que le impactó: “Dos niños nigerianos habían muerto en la bodega de un avión. Querían entregar a los dirigentes de la UE una carta en la que denunciaban la falta de recursos en su escuela”, recuerda. En ese mismo diario vio un anuncio del Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya (CECC), hizo las maletas y se fue a Barcelona para aprender a compartir sus experiencias.

   No le fue sencillo, porque tuvo que compaginar las clases con los empleos más variados. “Pasé una de las peores semanas de mi vida repartiendo publicidad por Terrassa en plena oleada de violencia racista. Pensaba que me darían una paliza en cualquier momento”. Pero su apuesta fue acertada: una década más tarde recogía el Goya al mejor director novel por El truco del manco.  

   Aunque le llovieron ofertas, se mantuvo fiel a sus proyectos. Escribió, grabó y produjo La puerta de no retorno, protagonizada por su propio padre, un beninés que regresaba a su país tras 42 años en Europa. “Lo arriesgué todo para poder contar con libertad algo que creía necesario”, sentencia, “no para ganar dinero”.
  
   Su vena futbolística le motivó para realizar El alma de La Roja: “Jugué en Tercera División con el Recreativo de la Victoria mallorquín y que me encargasen ese documental fue un regalo cojonudo”. Alacrán enamorado, “una historia de amor y hostias” inspirada en la novela homónima de Carlos Bardem, es su última aventura. Y con un reparto impactante: Álex González, Miguel Ángel Silvestre, los hermanos Bardem y la mulata Judith Diakhate. 


 

– Ese título, al igual que toda su obra, incluye el elemento de la negritud.
– En este país algunas realidades no interesan y, como hijo de inmigrante, siento la obligación moral de darles visibilidad. El mundo es mestizo y los autores debemos llevar esa mezcla al cine español para enriquecerlo: introducir actores chinos, árabes o negros que puedan hacer de médicos, mecánicos, arquitectos o carniceros.

– ¿Sigue siendo intolerante nuestra sociedad?
– Aunque se ha avanzado muchísimo, debo decir que sí. La vida cotidiana de cualquiera que no tenga rasgos españoles está llena de pequeños actos de racismo que minan la moral. Si los percibo yo, siendo un cineasta más madrileño que el oso y el madroño, qué no padecerán otros. Hoy me inquieta que muchos utilicen la crisis para justificar frases como “Los míos, primero”.

– El protagonista de ‘Cara Sucia’ quería cambiar el color de su piel para poder jugar con otros niños. ¿Eso lo sufrió usted en la infancia?
– Me llamaban Chocolate, Kunta Kinte, Bombón o Caníbal. Y era terrorífica esa canción que imitaba al anuncio: “Santi, su padre, su madre, su tía… ¡nocilla!”. Ir al colegio era un suplicio y apenas podía concentrarme. El mayor fracaso escolar entre los niños inmigrantes o de clase humilde no se debe a que tengan menos capacidad, sino a que el sistema para hacerles sentir iguales no funciona.


 


– ‘La puerta de no retorno’ le permitió reconciliarse con su mestizaje…
– Si desde pequeño te dicen que los negros jamás han hecho nada encomiable, llega un punto en que quieres dejar de serlo. Más todavía cuando los padres, en su afán por integrar a sus hijos, dejan de transmitirles aspectos positivos de su cultura para no acentuar las diferencias. Solo recuperamos el orgullo racial si viajamos a su tierra y descubrimos que no se comen unos a otros o que tienen tanto talento como cualquier persona.

– ¿Qué fue lo mejor de cuanto conoció sobre sus raíces africanas?
– Que hay lugares en la Tierra donde el amor es puro. La relación que vivieron mis abuelos, él animista y ella musulmana, fue tan maravillosa que les envidio. A mi abuelo le sacaron los ojos por casarse con una mujer de otra confesión y le dejaron en medio de la sabana sabiendo que moriría. A mi abuela le dijeron que la había abandonado, pero consiguió encontrarle y tuvieron siete hijos, sin preocuparse por las vicisitudes que les esperaban. ¡Son mis héroes!

– ¿Su faceta como cineasta también es de no retorno?
– Espero seguir trabajando siempre con la misma pasión y responsabilidad que hasta ahora. Me encantaría tener la trayectoria de Manoel de Oliveira, que va a cumplir 104 años y sigue en activo.

– ¿Es el suyo un cine de compromiso social?
– Son historias de superación sin ápice de victimismo. Tuve la suerte de sufrir una marginación que he convertido en mi gasolina; estos años he exprimido mi dolor como chico mulato de barrio. Por eso mis personajes siempre parten de un contexto de exclusión contra el que se rebelan: Cuajo saltaba todas las barreras que le surgían en El truco del manco, la prostituta de Mercancías luchaba para no acabar encerrada en un club de carretera… 


 

– ¿Teme que algunos puedan tacharle de previsible?
– ¿No es original que un negro dirija una de skin heads? ¿O una ópera prima con actores sin experiencia y un protagonista que tiene minusvalía física? ¿O viajar a África casi sin guion y levantar un largometraje solo mirando a mi padre a los ojos? Tengo un universo propio en el que no caben los aspavientos ni las payasadas. Tarantino o Almodóvar también tienen el suyo y jamás aburren. 

– ¿Cuál ha sido el momento más duro de su carrera?
– Empezar. No lo volvería hacer porque me pasé llorando todo el primer curso en el CECC: no había visto demasiadas películas y me vi metido en un mundo lleno de imágenes, autores, épocas… ¡No me enteraba de nada! Había llegado hasta allí, más que por vocación, por necesidad de expresar la rabia que tenía dentro. Me puse al día gracias a mi trabajo como portero de un aparcamiento, pues me llevaba el vídeo y una pequeña tele para devorar cine. ¡Hasta que me pillaron y me despidieron! [risas].

– “Las cosas son más interesantes cuando se ponen difíciles”, suele decir ¿Cómo encara las nuevas medidas que amenazan al sector?
– Estoy triste porque suben el IVA justo cuando voy a estrenar mi primer título con grandes nombres, aunque espero que sea lo suficientemente bueno como para superar el reto. Es una decisión equivocada, pero ayudará a saber cuántos aman la cultura y cuántos no: yo he comprado entradas incluso sin tener un puto duro. La gente debería apoyar más que nunca al celuloide español. Me dolería pertenecer a la generación que provoque el fin de las salas.

– Entre esos grandes nombres destaca el de Javier Bardem. Tras trabajar con tantos principiantes, ¿fue una responsabilidad dirigirle?
– La noche antes de conocerle dormí poco. Me lo puso fácil porque le gustaba la historia, pese a que no podíamos aspirar al nivelazo de sus últimos filmes españoles. Se fue del rodaje con ganas de seguir, y ahora quiero repetir con él en un papel principal.

– Aún guarda en la recámara el guion de ‘Singuerlín’. ¿Sobre qué trata?
– Empecé a escribirlo con 24 años y, aunque quería que fuese mi debut en la gran pantalla, lo acabé después de grabar El truco del manco. Cuando vivía en El Raval conocí a señoras que habían sido prostitutas en su juventud y ya no podían ganarse la vida ni vendiendo su cuerpo en este mundo de plástico. El paso del tiempo las había condenado al olvido, igual que a muchas actrices maduras, pese a que acumulan una experiencia preciosa. El cine no debería ser de guapos ni feos, sino de emociones.
 
 

 
 
 
sumarios

 
familia
“A mi abuelo le sacaron los ojos por casarse con una mujer de otra religión. Son mis héroes”
 
sentimientos
“Más que vocación, he tenido necesidad de expresar la rabia que llevaba dentro”
 
personalidad
“Tengo un universo propio en el que no caben los aspavientos ni las payasadas”
 
 
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