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Ilustración: Luis Frutos
Rastros de vida

SANTIAGO RONCAGLIOLO
 
 
A finales de los noventa yo trabajaba como empleado público en una institución administrativa del Perú. Todas las mañanas me anudaba una corbata y me desplazaba a mi oficina, desde donde asistía en primera fila a los últimos suspiros del régimen de Fujimori. Durante el día recibíamos denuncias de fraudes electorales, periodistas perseguidos, desaparecidos y damnificados por tormentas de intereses económicos.

   Por las noches iba al cine. La sala oscura y la pantalla grande me transportaban sin esfuerzo a otros mundos. El cine era la puerta de un universo, si no mejor, acaso menos desagradable que el mío.

   Tenía veinticinco años. A esa edad te niegas a que la vida sea como es. Quería huir y mi imaginación era lo suficientemente pretenciosa para verme a mí mismo como guionista de cine, algún día, en algún lugar.

   Entonces apareció el cine español. Llegaron a salas de Lima Barrio, Tesis, La niña de tus ojos, El día de la bestia,… y de vez en cuando se colaban en ciclos joyitas de Berlanga, o un documental llamado Sexo oral. Hasta donde yo podía ver, el cine español tenía sentido del humor, calidad de producción y una gran variedad de temas y estilos. Los españoles eran más creativos que los americanos pero no tan aburridos como el resto del cine europeo. Se atrevían a hacer thrillers e incluso caricaturas. Eso era Hollywood. Al menos para un empleado público que trabajaba en el centro de Lima.

   En el año 2000, mientras el gobierno peruano terminaba de venirse abajo, me inscribí en una escuela de cine de Madrid, arramblé con todos mis ahorros y me mudé. Desde entonces hasta ahora, no he escrito un solo guion de cine.

   A pesar de todo, sí hice la película que había pensado. Solo que en vez de escribirla con imágenes, la escribí con palabras. Tardé muchos años en hacerlo y solo lo conseguí tras descubrir en España a los escritores norteamericanos que habían creado el lenguaje de filmes como Tormenta de hielo. Del traslado de su lenguaje, austero, visual, minucioso en detalles íntimos, al escenario reprimido y gris de la Lima de los noventa, surgió una novela llamada Pudor.

   Tristán Ulloa se puso en contacto con la editorial al día siguiente de la publicación del libro en España. Yo conocía su trabajo como actor desde los años de la multisala de mi barrio. Me puse eufórico. De repente, empecé a escuchar sobre contratos, derechos, representantes. Al fin, alguien iba a dirigir la película que yo había escrito.

   Cuando cedes los derechos de una historia para el cine, debes ser consciente de que la historia dejará de ser tuya. Si no estás dispuesto a entender eso, será mejor que no la sueltes. A partir de ahí, solo puedes confiar en que sus cambios no te produzcan náuseas. O, como la mayoría de los novelistas, aceptar el dinero y luego despotricar contra la película frente a quien quiera escucharte.  

   Creo que los hermanos Ulloa esperaban encontrarse con lo segundo, pero se toparon con lo primero. Temo que haya sido mucho peor.

   Por ejemplo, torturé a Tristán para asistir a un rodaje hasta que no pudo evitarlo más. Una mañana, me aparecí en un hospital de las afueras de Madrid, donde grababan los interiores. Tocaban las escenas de Elvira Mínguez buscando a su amante por los pasillos, entre batas médicas y pacientes. Y ahí estaba yo.

   En todos mis contactos con el mundo audiovisual siempre me ha sorprendido cuánta falsedad hay que acumular para que algo parezca real. Los actores llevan kilos de maquillaje para verse naturales. Las camas no son camas sino tablas con sábanas. La luz del sol no viene del sol. Mi visita al hospital confirmó esa impresión y le sumó otra: ser director es un infierno. Como una caseta de reclamaciones. La ventaja de ser escritor es que todos tus personajes viven solo en tu imaginación, y si se ponen pesados, los puedes matar.
   En cambio, los directores tratan con gente de carne y hueso, como yo, por ejemplo, que estaba al final de la cola preguntando: ¿Puedo hacer un cameo?

   Pero, sin duda, el momento más emocionante de todo el proceso fue el preestreno en la Gran Vía. Esa noche pisé una alfombra roja junto a los actores y directores, bajo una lluvia de flashes, mientras los fotógrafos de prensa se preguntaban: “¿quién cojones es el que nos tapa a las estrellas?”. Y luego entramos rodeados de aplausos a una sala atestada. Sé que es una frivolidad, pero el empleado público que habita en mí llevaba diez años esperando ese momento, desde sus viejos tiempos en la multisala de mi barrio.

   Más complicado es describir mis reacciones ante la película en sí. Conforme transcurría, iba reconociendo cuánto había quedado del libro y cuánto no.

   Esencialmente no cambian los hechos narrados, sino la mirada de los narradores.

   Y, sin embargo, esa mirada es el sentido de cada historia y de cada autor. Lo más extraño en la noche del preestreno fue reconocer pedazos de realidad que alimentaban la novela y yo había olvidado. En una escena, la hija abre la puerta del baño y se encuentra a su abuelo sentado en el váter pidiéndole cigarrillos. Eso ocurrió de un modo similar en mi edificio, hace muchos años. Una madrugada, una mano pálida y arrugada emergió del ascensor y me dio un susto de muerte. Era un anciano que vivía en el sexto, abandonado y esclerótico, y pasaba el día pidiéndoles cigarrillos a los vecinos. Algo de ese símbolo había llegado con el tiempo hasta una pantalla de la Gran Vía.

   Conforme esas memorias se materializaban ante mis ojos, yo me convertía en el peor espectador de la platea. Me reía donde no tocaba, me angustiaba al saber de antemano lo que venía y encontraba en cada escena sentidos que nadie más podía descifrar.

   Tristán y David habían construido su historia con materiales que yo había reciclado de la vida, y les habían puesto materiales de la suya y la de los actores, hasta convertirla en algo que ya era otra historia, aunque ocurriesen los mismos hechos. Suelo describir esa sensación como el efecto que producen los hijos cuando se van de casa: en adelante, toman sus propias decisiones y viven sus propias vidas. No siempre son las que tomaron sus padres, pero siempre están basadas en lo que aprendieron a amar –u odiar– con ellos.

   Por eso, todo lo ocurrido con la película desde entonces lo he disfrutado de contrabando. Me gusta decir que es la película de la novela, pero es una película de los hermanos Ulloa, en la que yo he participado un poco y he aprendido mucho sobre el arte de narrar.
 
 
Santiago Roncagliolo es novelista y acaba de publicar su noveno libro, ‘El amante uruguayo’. Por ‘Abril rojo’ obtuvo el premio Alfaguara de Novela y otro de sus títulos, ‘Pudor’, de David y Tristán Ulloa, se estrenó en 2007
 
 
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