twitter instagram facebook
Versión imprimir
02-08-2018

 

Sara Calero

 

“Los bailarines asumimos riesgos y luchamos contra molinos de viento”

 

Referente en la renovación de la danza española, triunfa por el mundo con el espectáculo ‘Petisa Loca’ mientras prepara el debut de ‘Fandango Street’

 

 

PELAYO ESCANDÓN

“Para ver danza no hay que entender nada, hay que sentir e interpretar. Luego puedes comentarlo con la gente”, reflexiona la bailarina Sara Calero (Madrid, 1983). Esa es su seductora explicación del arte que profesa y en el que empezó antes de que se le cayeran los dientes de leche: con seis años ya bailaba en casa, y de manos de su madre, un año después se matriculó en el extinto conservatorio de la calle Arenal. Desde entonces su carrera ha sido una espiral de éxitos y premios que la han posicionado como una referente en la renovación de la danza española y el flamenco. “Desde jovencita me han pasado cosas importantes”, señala con timidez. Gira por el mundo con la obra Petisa Locamientras prepara el inminente estreno de Fandango Street, un espectáculo de calle creado expresamente para el festival Clásicos en Alcalá.

    Lo primero que recuerda esta artista madrileña es la exigencia de su oficio, al que dedicaba ocho horas de estudio cuando se formaba. A ello suma ahora las de gestión y producción con su compañía: “Es muy exigente, requiere una continua preparación física y mental, no te permite coger muchas vacaciones”. Con 17 años debutó como solista de la mano del maestro José Granero en el Festival de Jerez y en 2002 se tituló con matrícula de honor. “A los 17 me había subido tantas veces al escenario que ya tenía formación como interprete. Me faltaba la experiencia”, explica. Lo único que echa en falta de su formación es alguna asignatura que le ayudara a ampliar su destreza teórica: “No solo como intérprete, sino como creadora. Cómo plantear una propuesta por escrito, cómo rodearla de imágenes…”.

 

 

    En 2006 accedió al Ballet Nacional de España bajo la dirección de José Antonio Ruiz, a cuyas órdenes interpretó papeles de primera bailarina en las coreografías Seis sonatas para la reina de España(de Ángel Pericet), EritañaBolero de Puerta de Tierra(de Antonio ‘el Bailarín’). “En el Ballet Nacional te hacían por entonces un contrato de un año, y eso es como un vida entera para un bailarín”, recuerda. Un año más tarde arrasó en el XVII Certamen Coreográfico de Madrid con los galardones de bailarina sobresaliente, mejor composición musical y el Premio Fotoescena a la mejor imagen por su creación Camino a mí.

    Esa consecución de triunfos nace de un duro entrenamiento en campos como el flamenco, el ballet clásico o el folklore, pero no es el único esfuerzo: la bailarina lo compatibiliza con sesiones de ejercicio aeróbico en el gimnasio. “He tenido muchas lesiones. Varias me obligaron a parar. En mi época de estudiante tuve una en la zona lumbar y luego otra en un tobillo. Siempre por sobreesfuerzo”. Las magulladuras se redujeron desde que tiene su propia compañía: “Controlo mi trabajo de una forma personalizada, pero cuando trabajas en otra compañía tienes que estar haciendo las cosas 20 veces, puedas o no”.

 

 

   Tiene claro que ese sobreesfuerzo está ligado a una precariedad que hace mucha mella en el sector. Y eso que la vocación del bailarín profesional es titánica. “Somos de los que más riesgos asumen y siguen luchando contra molinos de viento. Tenemos una vocación más fuerte, somos capaces de hipotecar nuestra vida con tal de bailar y subirnos al escenario”, afirma. Aunque en su colectivo se comenta que figura entre los “más marginados”, y Calero admite dicho “desamparo”, advierte también que los profesionales del resto de las artes “tienen los mismos problemas”.

    Pese al enorme talento existente en el mundo de la danza y la encendida afición de cierto público, lamenta que la Administración no le conceda casi importancia. “No hay cultura de danza. Hay gente que no ha pisado un teatro en su vida o que lo hace esporádicamente, no como ir al cine, que en ocasiones cuesta más dinero que ir a ver baile”, se queja. El problema hunde sus raíces en la educación. “Hay público de todas las edades”, asegura, “a mucha gente le interesa. Pero no es un arte accesible para todo el mundo porque, si en casa no te hablan de danza desde pequeño, te sonará a chino. Al neófito le diría que se deje llevar por lo que sienta, que un espectáculo de danza es un espectáculo para imaginar”.

    La bailarina, premio a la artista revelación en el Festival de Jerez de 2014, percibe una mala gestión derivada de la desidia cuando un teatro no se llena: “Hay festivales que están repletos y otros que no. Y parece que da igual. ¡A veces ocurre en la misma ciudad! Existe un problema de gestión y de interés de los gestores”.

    Con José ‘el Maestro’ Granero (exdirector del Ballet Nacional), José Antonio Ruiz o Antonio ‘el Bailarín’ como eferentes, Calero se animó a fundar en 2011 su propia compañía. Pronto se dio cuenta de que subirse al escenario es solo “la guinda del pastel”. ¿Por qué? “Porque la preparación física para bailar consume mucho tiempo y resulta imposible abarcar todas las facetas”, aclara. No hay ninguna facilidad para las compañías, tampoco por parte de los programadores, a quienes reclama “más interés” para descubrir cosas nuevas. “Aunque hay de todo, he hablado con alguno que demostraba no tener ni idea de danza. Y creo que son los primeros que tienen que ver teatro, performances, danza… Estar al día”.

 

    Reconoce a sus 35 años que danzar es lo que más le llena: “Valoro cada vez más seguir saliendo al escenario a medida que me hago mayor”. La artista asegura que no hay dos funciones iguales y que le gusta trabajar su estilo “de manera muy teatral” y con “una connotación dramática diferente” en cada espectáculo. “A veces me da por imaginar que invito a la gente a meterse en mi terreno, otras veces me olvido de que hay público y me dedico a disfrutar… Todo depende de cómo te pille el cuerpo y la mente. En cualquier caso, me siento una privilegiada bailando”. 

   Calero percibe que en España siempre gustan las propuestas conservadoras, mientras que en el extranjero suelen convencer más las rompedoras. Acaba de regresar de la presentación en Nuevo México de la obra Petisa Loca, que le está brindando la mayor gloria de toda su carrera. Tres artistas ya han recorrido varios países con este montaje y en septiembre van a visitar Canadá. “En el extranjero se aprecia muchísimo, nos sentimos más valorados. La danza española es muy nuestra, no se parece a ninguna. Quien no la conoce y la ve por primera vez… ¡alucina!. Incluso idolatran lo que hacemos”, abunda la artista. Ha llegado a salir a saludar cuatro veces desde el escenario, algo que no le había pasado. 

   Pese a su excelso currículum, tiene claro que su oficio es una carrera de fondo. Y que después de aceptar “con ilusión” cada oportunidad, toca vuelta a la casilla de salida: “Es una lucha que no termina nunca. No estoy en posición de relajarme, porque si la semana que viene me quedo de brazos cruzados, mi carrera se puede ir al garete”. La bailarina sabe que aquí “el pelotazo no existe” y que hay que forjarse una trayectoria a base de ir encadenando trabajos: “No somos cantantes de pop”.

 

Versión imprimir