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16-10-2019


“En esto de ser actor, todos los oficios dan escuela”



Saturnino García fue pastor y labrador en su pueblo de León y obrero metalúrgico en Bilbao antes de dedicarse al mundo de la interpretación. Aunque lleva más de medio siglo de carrera en teatro, cine y televisión, e incluso atesora un Goya, sigue pensando que ha llegado “muy tarde”


PEDRO PÉREZ HINOJOS

Muchas vidas ha vivido Saturnino García (Bariones de la Vega, León, 1935), y todas le han servido para su oficio de actor. Cuidó de la tierra y el ganado en su pueblo leonés y trabajó como peón en la industria metalúrgica de Vizcaya antes de que, metido de lleno en la treintena, decidiera que lo suyo era el espectáculo. Así, el campesino y el obrero ensartó las facetas de presentador, mago, payaso, animador infantil, actor de teatro, escritor, intérprete de televisión y cine… y ganador del Goya al actor revelación en 1995 por Justino, un asesino de la tercera edad. Su participación en medio centenar largo de películas, una veintena de series y otros tantos montajes teatrales le han convertido en un rostro conocido. Con su voz potente, su perfecta dicción, una mente sabia y lúcida y un cuerpo que responde con prestancia, todavía no se ve retirado. Aunque puede presumir ya de medio siglo dedicado a la interpretación, a su juicio palabras, le falta mucho por hacer: “No tuve principios y llegué tarde. Bueno, más bien, tardísimo”. 


- Su carrera es todo menos convencional.

- Ha sido muy rara. Me hice profesional, en el sentido de ganarme el sustento con la escena o el cine, en 1970. Tenía yo 35 años. La década de los cincuenta la pasé trabajando de peón en fábricas. Era un emigrante sin oficio ni beneficio. Pero eso no impide que se posea arte. Un peón o un jornalero pueden tener muchísima poesía en el alma, afición artística o simplemente un pensamiento. Puedes ser un perfecto analfabeto y, a la vez, un completo intelectual.

 

- Su niñez la vivió en un pueblecito de León. ¿Ya entonces vio algo de vocación?

- Yo nací en una aldea y allí viví mi infancia y gran parte de la adolescencia. Trabajé en el campo y con los animales, porque formaba parte de la vida y de la educación de aquel tiempo. Pero también pude ir a la escuela. Teníamos un único maestro para los 60 niños de todas las edades que allí vivíamos. El esfuerzo que hacía aquel hombre era admirable. Y se me murió de puro viejo, cuando más podía haber gozado de él y de sus enseñanzas. Yo tenía 12 años, la peor edad. Creo que Manuel García Jiménez era la persona más distinguida y que mejor memoria ha dejado en mi pueblo.


- ¿Fue muy traumático dejar aquello y emigrar al País Vasco?

- La familia entera se trasladó. Yo tenía 17 años. A esa edad te hace ilusión irte a la ciudad. Y además había trabajo. A los dos días de llegar ya estaba colocado en una fábrica. Pero pasado un tiempo, quieras que no, te acaba dando nostalgia. Y encima me di cuenta pronto, a base de convivir con los compañeros en la fábrica o con los vecinos, que yo no estaba tan atrasado por el hecho de venir de una aldea. No me descubrieron nada ni aprendí demasiado de ellos. Además, a los pocos que se pusieron un poco altaneros, supe torearlos. Siempre tuve talento para no buscar problemas.



- ¿Y cómo le picó la curiosidad por el mundo del espectáculo?

- Empecé por echar muchos ratos en las bibliotecas municipales. Y poco a poco fui entrando en los ambientes artísticos de Bilbao. Había artistas aficionados que encontrabas en cualquier parte, en las tascas, tomando chiquitos. Con esa cuadrilla, más gente que venía de la escuela del circo, entré en compañías eventuales de variedadespara hacer espectáculos en nuestro tiempo libre en fiestas o en funciones de fin de semana por los pueblos de Vizcaya. Como no tenía facultades ni para hacer malabares ni ilusionismo, ni para cantar o bailar, yo me encargaba de presentar. Siempre he tenido una voz potente y dúctil. Hablo de finales de los cincuenta. Luego empecé a leer poesía e incluso terminé haciendo el payaso, tanto de clowncomo de augusto.

 

- ¿Cuándo decidió enfilar definitivamente su trayectoria artística?

- En el año 66 entré en serio en el mundo del teatro con el grupo Aquelarre. Éramos coetáneos de Els Joglars de Boadella o La Cuadra de Sevilla. Todos eran estudiantes de la universidad. Y les faltaba gente para completar el elenco. Pusieron un anuncio, me presenté, me cogieron y me quedé con ellos. Luis Iturri era el director y ahí estrenamos de Valle-Inclán para arriba. Con eso ya me hice comediante, me sentí un actor de verdad. Aproveché esa experiencia y mi trayectoria con las compañías de variedades para hacer mi propio espectáculo, algo pequeño para los colegios. Y a partir de entonces empecé a vivir exclusivamente de esto.


- El cine se la ha dado particularmente bien. ¿Cómo llegó a él?

- Rodando y rodando. Cerca de los años ochenta me afinqué en Madrid y me surgieron papelitos. Hice un papel en El tesoro, de Antonio Mercero. Pero no dejé el teatro: seguí con mis espectáculos para niños y en montajescomoLa taberna fantástica,de El Brujo. Y así llegó el 94 e hice Justino.

 

- Y todo cambió. De hecho, la autobiografía que publicó en 2006, Del dónde y el cómo al porqué, se detiene precisamente en ese acontecimiento como el colofón.

- Pues sí. Lo primero es que me dieron muchísimos premios, aparte del Goya. Nos premiaron en Sitges, por ejemplo. Y más tarde vinieron todos los demás. Yo no me esperaba nada así. Estaba formado para no tener ninguna presunción ni ambición. Sí cogí el papel con firmeza y seguridad porque sabía que era un personaje para mí. Pero ya está, solo me afané en hacer bien mi trabajo. Porque yo pensaba que un premio como el Goya no estaba para alguien como yo, de un pueblo perdido de León.



- Tras conocer tantos trabajos y ocupaciones desde que salió de aquel pueblecito, ¿qué cree que distingue al oficio de actor?

- En esto, todos los oficios, todas las actividades del mundo, dan escuela. Eso es algo único. Y eso es lo que permite que una persona como yo, sin formación y sin un origen cultural propicio, pueda convertirse en un profesional. Para ser un buen actor solo hay que saber fingir. Con tu palabra, tus gestos, tu cuerpo. Y cualquier conocimiento, cualquier vivencia, vale en esa tarea. Absolutamente todo.

 

- ¿Siente que eligió bien? ¿Qué es lo que más placer le ha dado como intérprete?

- Es un trabajo de evasión, juegas a ser otro, y sin estar sometido a horarios fijos. Es la vida laboral más libre, a mi modo de ver. La prueba está en la cantidad de gente que, dedicándose a otras profesiones, saca tiempo para meterse en una compañía para hacer teatro o un corto como afición, como el juego que es. Por algo será.

 

 

La lección del maestro Fernán Gómez

Saturnino García considera un lastre no haber tenido formación interpretativa. Y lamenta que muchas de las lagunas provocadas por su falta de “principios actorales” no hayan sido llenadas con las enseñanzas de los directores. “Aunque no tengo queja de nadie, siempre he echado en falta más pedagogía de ellos. Incluso los más cordiales te sueltan eso de: ‘Qué te voy a decir a ti, hazlo y ya está’. Pues sí, hay que decir, hay que hablar”, protesta. Aunque existen excepciones. García recuerda con mucho cariño a Fernando Fernán Gómez, con el que trabajó en Viaje a ninguna parte (1986) y Siete mil días juntos (1994) y del que recibió una divertida lección: “Me lancé en una escena, acabé exagerando, estuve demasiado afectado. Y cuando cortó me dijo con su voz cavernosa: “A la siguiente, no hagas nada”. Y así hice. Me quedé quieto y la dio por buena. Con eso me vino a decir que me había pasado tres pueblos [risas]”.

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