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31-08-2017 Versión imprimir
Ilustración: Luis Frutos
Ilustración: Luis Frutos
 
 
Sed de ficción
 
NANDO LÓPEZ
No hay nada más real que la ficción. Junto con las amistades que nos construyen y los amores que, incluso cuando intentamos olvidarlos, permanecen indelebles, pocos nombres ocupan un lugar tan relevante en nuestra biografía como los que incorporamos a través de una pantalla o de las páginas de un libro. Sabemos más de Emma Bovary, de Luke Skywalker o de Cersei Lannister –de sus gustos, debilidades y conflictos internos– que de la mayoría de la gente que nos rodea, quienes –en su condición de seres anónimos– a menudo acaban convertidos en un incontable batallón de figurantes sin papel alguno en nuestra trama.

   La ficción es una herramienta esencial en nuestra construcción del mundo y resulta imposible deslindar la creación de su nexo con la realidad que la rodea. Un vínculo que nos permite visibilizar y convertir en protagonistas a quienes necesitan que la cultura ponga en ellos su foco, transformando en centro a cuantos habitan en los márgenes. En estos tiempos de nihilismo y de autocomplaciente posverdad, corresponde a la ficción abordar temas incómodos que nos inviten a mirar de cara a este siglo XXI y que, además, atraigan a nuestras salas de cine y de teatro a ese público joven y adolescente que devora series y videojuegos con verdadera fruición y al que, con honrosas opciones, parecemos haber perdido en el teatro y, en parte, también en el cine. Podemos seguir infravalorando esa franja de edad, creyendo que con comedias gamberras y adaptaciones al por mayor del universo DC o Marvel ya tienen más que suficiente. O podemos volver la mirada hacia ellos, ofrecerles ficciones de calidad como la reciente Verónica de Paco Plaza y demostrarles que lo que contamos les interesa, porque –desde el género que sea– estamos hablando también de su mundo. Y del nuestro.

   Mientras escribo estas líneas, pienso en que esa mirada comprometida desde la ficción hoy es, además de necesaria, urgente. Lo pienso después de una semana en la que hemos vuelto a sentir que todos nos rompíamos a la vez que se rompía una de las calles que amamos y en la que, mientras gritábamos No tenim por, muchas de las noticias que nos llegaban estaban protagonizadas por chicos de diecisiete, de dieciocho, de veintipoquísimos. Jóvenes radicalizados como resultado de una fractura social que se ha visto agigantada –recortes educativos y sociales mediante– en estos años; cifras de violencia machista que, por desgracia, suben año a año entre los adolescentes; grupos neonazis de menores de edad que “salen de caza” contra homosexuales y negros... Son una minoría dentro de una generación fascinante, solidaria y a la que –y ahí habla el educador que vive en mí– apenas conocemos, pero el desarraigo, la falta de oportunidades y un sistema educativo y social que estos últimos años ha favorecido los guetos en vez de la integración, nos vuelve cada vez más vulnerables ante el discurso del odio. La ficción tiene que decir algo ante la violencia y el fanatismo, porque desde nuestras escaletas y guiones podemos ayudar a combatir los estereotipos misóginos, racistas y homófobos que, por desgracia, parecen marcar la involución social en que nos hallamos.

   La ficción nos permite retratar, sin maniqueísmos, el complejo tejido social del que somos parte, así como las grietas que se han abierto en él estos años. Contamos con la comedia, y el drama, y el terror, y el thriller, y la animación como vías para hablar de temas tan duros como el desarraigo, la soledad, la exclusión o la muerte. O de temas tan esperanzadores como la igualdad, el respeto, la convivencia o la utopía. Y sabemos que la empatía del público con un personaje puede hacer más por la visibilidad y los derechos de un colectivo que cualquier campaña institucional.

   En mi labor como dramaturgo y novelista, mi mayor aliciente para seguir escribiendo son los comentarios de los lectores que, gracias a las redes sociales, me cuentan cómo han influido mis historias en ellos. No sucede siempre, desde luego, pero si echamos la vista atrás, seguro que recordamos películas, series y libros que nos hicieron cambiar de dirección o que, cuando no encontrábamos el camino, nos ofrecieron uno. Personalmente, no creo que hubiese acabado trabajando con adolescentes si no me hubiese encontrado con el profesor Keating en El club de los poetas muertos. Ni sé si me habría involucrado tan pronto en el activismo LGTB sin películas como Fresa y chocolate o La ley del deseo. Ni si encontraré alguna vez mejor modo de explicarme que el que hallé en la familia Fisher de A dos metros bajo tierra o en las calles de Baltimore en The wire.

   Ninguno de cuantos nos dedicamos a esta locura quijotesca de contar historias ignoramos que poner en pie una función teatral o una película roza lo heroico. Incluso escribir un libro acaba convirtiéndose en una particular proeza cuando de su pervivencia en las librerías se trata. Y quizá esa dificultad y esa lucha inherentes a cada proyecto sean también nuestro mayor aliciente para no caer en la banalidad y buscar, desde cada uno de nuestros frentes, el modo de que esa ficción abra las puertas que, sin ella, aún seguirían cerradas. Puertas que apuesten por repartos donde convivan diferentes razas, orientaciones sexuales y generaciones, puertas que conduzcan a historias donde los personajes femeninos no sean figuras ornamentales y subsidiarias de la trama central, puertas que aborden las relaciones sexuales y sentimentales sin idealizar modelos tóxicos, puertas que acaben con un discurso de género obsoleto y castrante y que nos lleven a relatos donde ni la piel ni la sexualidad del personaje vengan determinadas por el consabido conflicto melodramático y, finalmente, discriminatorio.

   Somos muchos los que estamos trabajando en esa línea: series tan valientes como Vis a vis, retratos cinematográficos tan lúcidos de lo que somos como Tarde para la ira, Estiu 1993 o La puerta abierta, propuestas teatrales tan apasionadas como La Joven Compañía o el Teatro Kamikaze… Basta asomarse a cualquiera de esos proyectos para darse cuenta de que, entre todos, seguimos buscando modos de atender esa sed de ficción sin perder nuestra conciencia crítica ni nuestra impronta artística. Modos de contarnos para intentar construir, desde la ficción, otra realidad.
 
Foto: Javier Naval
Foto: Javier Naval
 
 
 
Nando López (Barcelona, 1977) es novelista y dramaturgo. Fue finalista al Premio Nadal en 2010 con 'La edad de la ira', convertida actualmente en un 'long-seller' y recientemente llevada al teatro por La Joven Compañía. Autor de narrativa adulta y juvenil, entre sus títulos destacan 'Cuando todo era fácil', 'Los nombres del fuego' o 'El sonido de los cuerpos'. Como dramaturgo, es autor, además de la citada 'La edad de la ira', de obras como #malditos16, estrenada en 2017 en el CDN y en la que se aborda el tema tabú del suicidio adolescente
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