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19-07-2019


Albacete, que no es poco


 

Una ruta cinematográfica por las localizaciones de ‘Amanece, que no es poco’ descubre los inesperados paisajes de la comarca de la Sierra del Segura


HÉCTOR MARTÍN RODRIGO

Admitía José Luis Cuerda que nunca había estado en Aýna antes de que rodara Amanece, que no es poco. Y eso que era albaceteño y que por entonces tenía más de 40 años. No es de extrañar: lo remoto del pueblo donde transcurre el grueso de la película y de otros municipios de la Sierra del Segura exige al visitante paciencia y destreza al volante por las desafiantes curvas en las carreteras de toda la comarca. Se cobra conciencia de ello ya en las revueltas que dan acceso a Aýna, cuyo trazado se alivió para que los autobuses circularan sin maniobras imposibles. Bastan los 60 kilómetros que distan desde la capital provincial para que las anodinas planicies sin vegetación de La Mancha cedan protagonismo a un panorama en el que los espesos bosques solo se quiebran con abruptos tajos por los que discurren encajonados los ríos Mundo y Segura. Precisamente esa revelación paisajística hizo que el cineasta ambientase su obra cumbre en el extremo meridional de la provincia para “sorprender al tuerto que solo ve llanuras en Albacete”.

 

   Este 2019 se cumple el 30 aniversario del estreno de Amanece, que no es poco. El sidecar a bordo del cual viajan Jimmy (Luis Ciges) y su hijo (Antonio Resines), quizá la estampa más emblemática de todo el largometraje, da la bienvenida y una primera panorámica sobre Aýna en el mirador de la Rodea Grande. Aunque se trata de una réplica, ya que la Vespa original se encuentra en Madrid, este es punto de peregrinación para los fans. A los pies se contempla la alargada silueta del caserío asomado al río Mundo, y enfrente se yergue imponente el peñón de Los Picarzos, coronado por una estatua de la patrona local: Santa María de lo Alto.



El mirador de la Rodea Grande, con las puntas de Los Picarzos al fondo


   Qué mejor compañía que la de Juan Ángel Martínez, presidente de la asociación Amanecistas desde su creación en 2013 y flamante alcalde del pueblo, para conocer sus rincones por la ruta trazada a partir de secuencias del filme. En algunas de ellas intervino Martínez en la piel de un niño deprimido. “Casi todo lo que rodé se montó”, afirma sin ocultar su satisfacción. Primero recibía una regañina del sacristán Paquito (Manuel Alexandre) por no atender a sus instrucciones para el tañido de las campanas. Mientras le zarandeaba, el veterano actor le decía: “¿Pero tú no sabes eso de ‘Dios me libre de los males físicos, que de los espirituales ya me libraré yo’? Tú no tienes carácter, ni hombría ni nada. ¡Hala, vete por ahí a pasear la depresión!”. Pero en una escena posterior el chaval se contentaba al bailar por la calle junto al incomprendido Nge Ndomo (Samuel Claxton).

 

   Conocía mejor las tablas que el celuloide cuando le sorprendió su temprana y única hazaña ante las cámaras. Porque allá por 1988 Martínez actuaba en un grupo de teatro infantil pero solo había ido a una sala de cine para ver E.T. Hasta que en enero de 1989 se estrenó en el Gran Hotel de Albacete ese debut suyo que tiene más que trillado: lo ha visto un centenar de veces. Con su asociación organiza anualmente las fervorosas Quedadas Amanecistas, de las que ya se han celebrado nueve, con un programa de actividades capaz de aunar las recreaciones teatrales de instantes de la cinta con los piques desatados por rebuscadas preguntas al estilo Trivial. Los participantes incluso tienen que especificar la matrícula del mencionado sidecar.              

 

   Entre las paradas más provechosas del recorrido está la de aquella taberna que funcionaba a modo de café-teatro. En un garaje de la calle Industrias se conserva intacto el decorado del bar, desde la barra con sus cachivaches al escenario donde la soprano Elisa Belmonte (fichada de nuevo por Cuerda para Tiempo después) deleitaba a los parroquianos a base de ópera. En la tasca se emborrachaban los labradores animados por la propia Guardia Civil, Morencos (Tito Valverde) relataba a su compañero Varela (Luis Pérezagua) el increíble nacimiento de mellizos a los 10 minutos de su coito con la esposa del médico (Queta Claver), el suicida (Guillermo Montesinos) lamentaba sus infructuosas apariciones en la carretera ante camiones a toda velocidad, se destapaba el plagio de la novela de Faulkner Luz de agosto por parte del prepotente escritor argentino Bruno… Esto último motivaba la pregunta del cabo Gutiérrez (José Sazatornil) antes de arrestar al impostor: “¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?”.



   No resulta difícil el encuentro con vecinos que intervinieron en Amanece, que no es poco. Como Amancio Palacios Belendes, de 90 años, cuyo personaje reaccionaba así al escuchar la repentina convocatoria de elecciones: “Pero alcalde, ¿es que se ha vuelto loco? Habrá que hacer campaña, pegar carteles…”. Si uno enfila la calle Moral, pronto se topará con la pastelería La Dulce. Panadero desde los cuatro años, cuando empezó a ayudar a su padre, Vicente Gónzalez Córcoles sigue al frente del negocio a los 60. En el rodaje mantuvo un breve diálogo con Manuel Alexandre en francés, puesto que daba vida al portavoz del grupo de visitantes belgas. En el mostrador acaparan miradas los suspiros de Aýna, dulces de almendra tostada con merengue cuyo color blanquísimo tiene secreto: “Se consigue horneando a muy baja temperatura. Por eso solo podemos elaborarlos si no estamos cociendo pan”. Comparten protagonismo con las hojuelas, que si antaño se ofrecían de postre en las bodas pobres, en estos tiempos se aprecian como un manjar. Y más si el crujiente bocado se baña con miel: de ahí viene el famoso dicho.



Vicente González Córcoles, entre roscas de pan y suspiros de Aýna tras el mostrador de La Dulce


   Cuenta Martínez que su primera boda al mando del Ayuntamiento la ha oficiado “entre un vecino y una mujer polaca que considera la película de Cuerda como su favorita del cine español”. Pero hasta aquí también se han acercado devotos argentinos o armenios. Por boca de Martínez sabemos que “había material suficiente para montar una historia que duraría 120 minutos. En el metraje no se ve cómo el alcalde (Rafael Alonso) se casa con Susan (Fedra Lorente), la serenata que les dedican, las tomas subidas de tono entre Nge y la esposa del borracho Carmelo (Miguel Rellán)… A esos descartes se dedican algunos paneles del Centro de Interpretación de Amanece, que no es poco, del cual se ocupa Alejandro García Moreno como responsable de la oficina municipal de turismo. Los fetichistas de esta joya del surrealismo cinematográfico enloquecerán al ver camisetas en venta con frases del guion. Entre las más demandadas figura esa de “Un hombre en la cama siempre es un hombre en la cama”, que le espeta Jimmy a su hijo Teodoro, justamente la preferida del regidor.

 

   El Centro de Interpretación ocupa la antigua ermita de los Remedios en la calle Mayor. Del templo se conserva su artesonado mudéjar del siglo XVI en madera de pino, así como un suelo cerámico de la época cristiana y otro de yeso de tiempos musulmanes, los cuales quedaron ocultos debajo de un solado más reciente por el uso del lugar como comedor durante la Guerra Civil. Tras el conflicto se instaló aquí el cine parroquial. Gracias a la restauración de hace una década se descubrió en una pared bajo el coro el boceto de una pintura del siglo XVIII que iba a representar una procesión. Uno de los retratados es Felipe II, quien concedió a Aýna el título de Villa en 1560.



Silueta de Felipe II hallada bajo el coro de la antigua ermita de los Remedios


   El paseo desciende por las calles Santo Cristo y Cruz del Molino hacia la vega del Mundo. Se trata de esa serpenteante cuesta donde se cruzan buena parte de las tramas. En ella se arremolinaban todos los habitantes para recibir al alcalde y a su escotada acompañante al grito de “¡Nosotros somos contingentes, pero tú eres necesario!”. Ahí se ubicaba la solitaria casa de vigas de madera que aparece en pantalla, hoy evocada con una réplica de su fachada, donde los estudiantes norteamericanos liderados por Gabino Diego explicaban al viejo Pedro que en el futuro ejercerían “el poder omnímodo”. Por ese mismo punto bajaban entre cantos los labradores y se detenían en el peculiar semillero de hombres, llamado de esa manera por nacer del suelo el centenario Garcinuño y más humanos como si fueran árboles. “Lo mismo da que se te riegue o se te abone; te da por no brotar y no brotas”, le reprochaba un agricultor al barbudo busto ávido de lectura de Garcinuño.



   Quien sí brotaba era el apuesto muchacho (Ferran Rañé) nacido en medio del bancal de Elena (Pastora Vega), que lo arrancaba antes de su plena maduración. Le amaba tanto que no aguantaba más tiempo el calvario de tener que abrazarlo a medias, así que le sacaba de la tierra a tirones pese a que uno de sus pies era un antiestético manojo de raíces. “Cojito para toda la vida”, se quejaba Mariano, así bautizado por su novia con agua bendita mientras le enseñaba la ‘magia’ de darse besos. Es precisamente el fragmento del bautismo el que mejor vista proporciona de la localidad, con sus edificios casi colgados sobre el río. A él se precipitan las aguas del arroyo de la Toba cerca de donde Elena tenía su huerta en el filme, y la cascada forma una coqueta poza a la sombra del barranco llamada Balsa del Esparto. Lo habitual es que los dueños de la parcela presten la llave al visitante para que tome un baño refrescante.



La Balsa del Esparto invita a un baño a la sombra 


Una ‘capilla sixtina’ para gente de a pie

A 20 kilómetros de Aýna y en otro risco sobre la hoz del Mundo se distingue Liétor, que prestó su ermita de Belén para la filmación de los pasajes religiosos y no menos delirantes de Amanece, que no es poco. Cualquiera queda boquiabierto al contemplar las pinturas que cubren la nave entera y que le valieron la declaración de Monumento Nacional en los años sesenta. Datadas en el siglo XVIII, las representaciones pictóricas en muros y arcos suponen una vastísima muestra de arte popular y anónimo, acometida de modo espontáneo. No intervinieron maestros ni alumnos de ninguna escuela. Un vecino recuerda que semejante virguería se sufragó “con las mandas [donaciones] de la buena gente”. Las mejores obras se conservan en el camarín de la virgen, tan amplio que se tendía un telón y se giraba la talla durante misas privadas para sacerdotes en la parte de atrás, quedando de espaldas al resto del templo.



La ermita de Nuestra Señora de Belén con sus omnipresentes pinturas, vista desde el camarín de la Virgen


   En sus bancos coincidieron muchos de los intérpretes del excepcional elenco, alabado por el mismísimo Berlanga como el mejor en la historia del cine español. Además de esas eucaristías que también congregaban a la Padington (Aurora Bautista) y Adelaida (María Isbert), Cuerda grabó en la ermita a un grupo de soviéticos danzando ante el altar o las confesiones de Bruno y Morencos obligados por el cabo Gutiérrez, el primero por plagio literario y el segundo por actos impuros. Fue aquí donde la extasiada doña Rocío (Carmen de Lirio) le anunciaba a un expectante Gabino Diego el virtuosismo del párroco (Cassen): “Ya verás el alzamiento de hostia que me hace este hombre”.



Retablo mayor de Santiago Apóstol, firmado por Paolo Sístori


El otro retablo de la misma iglesia, el de la Virgen del Espino 


   Más imponente por fuera es la iglesia neoclásica de Santiago Apóstol, de mediados del siglo XVIII, cuyo retablo mayor parece esculpido en piedra gracias al hiperrealismo del trampantojo pintado por el milanés Paolo Sístori. Deslumbra el enorme retablo barroco de la capilla de la antigua patrona, la Virgen del Espino, recubierto con pan de oro bruñido hasta el punto de lograr la apariencia de ese metal precioso. Pero el mayor tesoro solo se descubre si se sube al coro: hablamos del órgano concebido por Josep Llopis allá por 1787. Se mantuvo intacto hasta su restauración en 1982, lo cual da perfecta idea de la sonoridad propia de aquella época. Los numerosos tubos de estaño y plomo generan los distintos timbres, y la peculiaridad de su teclado partido multiplica los registros sonoros. Con este instrumento histórico se toca música barroca en el Ciclo de Conciertos Órgano Liétor, celebrado los dos últimos fines de semana de mayo y los dos primeros de junio desde hace 37 años. “La iglesia se llena en los cuatro recitales de cada edición. Es como un día de fiesta, pero sin misas ni toros”, presume el organista local Alfonso Sáez Tocón.



   En la Plaza Mayor suenan de fondo los tres chorros de otro icono del municipio, la fuente de El Pilar, cuyo largo pilón alicatado hasta el techo con coloridos azulejos de Manises la convierten en escenario de todas las fotos. No solo cuenta su belleza, sino el hecho de ser lugar idóneo para un paréntesis reparador, pues una balconada de madera la mantiene al resguardo del sol. Y aunque un letrero reza “Agua no controlada”, los ancianos tranquilizan ante la duda: “Aquí bebemos todos”.

 

   “No olviden en este viaje aplicarse con devoción a la gastronomía autóctona. Se lo recomienda un gordo cebado a conciencia”, escribía en su día Cuerda. A unos pocos pasos de la fuente pueden degustarse los platos típicos de Posada Maruja. Eso sí, aquí hay que venir con hambre, tanto por la contundencia como por la cantidad de los guisos: magra con tomate, gachasmigas con torreznos, gazpacho manchego, atascaburras, ajo mataero, olla de aldea (con habas, acelgas, chorizo, morcilla)… Y de postre, pan de calatrava. Conviene no abandonar la Sierra del Segura sin haber probado el cordero segureño o el queso frito.



De ‘tour’ por Letur

Recuerdan las vistas de Letur sobre el valle del Segura a las que brinda Ronda hacia su campiña. Y tiene la cuna de la cantautora Rozalén mucho de los pueblos blancos andaluces pese a estar lejos de Cádiz o Málaga. De hecho, la calle Albayacín bien podría compararse con alguna del Albaicín granadino. El laberíntico trazado de callejuelas a menudo sin salida, con viviendas de aspecto inequívocamente andalusí en torno a patios, se remonta al siglo XII, cuando los árabes levantaron un castillo. A pesar de que se derribó en 1946 para edificar el actual Ayuntamiento, a partir de aquella fortaleza creció el casco medieval mejor conservado de la provincia, remozado luego en el siglo XVI con la inclusión de múltiples elementos renacentistas, una atinada labor que motivó la catalogación de Conjunto Histórico-Artístico en 1983. Desde el mirador de San Sebastián cualquiera confirmará que los expertos en patrimonio estaban en lo cierto.


Por haber, aquí hubo incluso un acueducto romano del que da fe el almenado Arco de las Moreras, último vestigio de una obra de ingeniería en funcionamiento hasta hace 70 años. A su lado corre el arroyo Letur, que después de deslizarse pendiente abajo forma el Charco de Las Canales, una piscina cristalina de uso gratuito abierta las 24 horas.



Letur, abigarrado frente al mirador de San Sebastián


Un adarve (callejón sin salida) en la fachada de una casa del casco


En el solar de la mezquita se erigió entre los siglos XV y XVI la iglesia de La Asunción, construida en piedra toba por encargo de la Orden de Santiago con estilo gótico tardío e impresionantes bóvedas de nervadura, razones de peso para declararla Monumento Nacional en 1981. Seis de las ocho tablas del retablo, arrasado durante la Guerra Civil, sobrevivieron al permanecer ocultas. No corrieron la misma suerte las tallas de Salzillo que antes del conflicto engrosaban la valiosa decoración. De un especial encanto goza la minúscula capilla del baptisterio, cuya oscuridad rompe la luz multicolor de una reciente vidriera con el bautismo de Jesucristo por San Juan Bautista.


Enfrente del templo, a un costado de la Plaza Mayor y bajo el Museo Etnológico, el aspecto del bar El Castillo no le hace justicia a la sorpresa que aguarda en el interior. Porque al reclamo de sus comidas caseras se suma la experiencia de disfrutarlas en la platea de un teatro de los años cincuenta, donde el perfecto estado de los palcos y del escenario con su telón hace pensar que la función puede empezar de un momento a otro…



Bar El Castillo, con los palcos y el escenario del coliseo. Foto: J. Campos

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