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03-12-2019

Silvia Casanova

“Me ha costado tanto llegar a ser actriz que no pienso en parar”

 

Con su papel en ‘El milagro de P. Tinto’ tocó un cielo que anhelaba desde niña. Y por él luchó “como una leona”. De ahí que ahora, camino de los 90, no tenga ninguna intención de abandonar

 

 

PEDRO PÉREZ HINOJOS (@pedrophinojos)

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Confiesa entre risas que hay dos preguntas que no dejan de rondarle. La primera es cómo ella, “una palurda”, se ganó al final la vida como actriz. Y aún le da vueltas porque, pese a lo logrado, Silvia Casanova (Pomar de Valdivia, Palencia, 1933) lo tenía todo en contra: nacida en un pueblo pequeño, la menor de nueve hermanos, arrinconada por el férreo control familiar en su infancia y vigilada de joven con asfixiante severidad en una ciudad de provincias… Pocas condiciones se daban para que la semilla de la interpretación que se alojó en su interior pudiera florecer. Pero así fue, aunque no sin pelear. En sus inicios hizo teatro en Valladolid y en los setenta se trasladó a Madrid, donde “papelito a papelito” llegó a dar el salto a la televisión y el cine. Cerca de un centenar de trabajos acumula en el audiovisual, con presencia en series tan populares como Los SerranoYo soy BeaCuéntame u Hospital central; así como en películas de la talla de Que Dios nos perdone, La comunidad o El milagro de P. Tinto. Encarnar a Olivia en la delirante película de Javier Fesser “lo cambió todo”, y no lamenta que aquel reconocimiento le llegara con 65 años. Era lo que siempre había soñado y no ha dejado de trabajar desde ese momento. “Luché como una leona y me siento bien, ¿por qué voy a abandonar?”, es la segunda pregunta que se formula sin dejar de sonreír un solo instante.

- Lo último que engrosa su currículum es un personaje importante en la serie El pueblo. ¿Cómo le ha ido?

- Ha sido un buen papel. La grabación fue un poco dura, en un pueblo de Soria, pero la historia es muy entretenida. Dicen que quizás haya una segunda parte. Y que tal vez se haga en Madrid o más cerca de aquí. Ojalá.

 

- ¿Por qué? Porque usted no puede ser más de pueblo.

- Ya lo creo que sí. Lo que se dice una palurda [risas].

 

- ¿Qué recuerda de aquel pueblecito palentino donde nació?

- Nada. Me fui de Pomar de Valdivia con tres meses. Mi padre era ganadero y no quería que nueve sus hijos, cinco chicos y cuatro chicas, acabaran dedicándose a lo mismo. Así que nos fuimos a Reinosa. Allí estuvimos 17 años. Yo era la pequeña y me tenían supercontrolada. La muerte de mi madre al cumplir yo ocho años, todas mis hermanas me mantenían a raya. “Para que no me perdiera”, decían. Mi padre montó un bar y con él ganó el sustento para la familia. Pero tampoco era aquel un lugar para darnos carrera. Decidió que nos cambiáramos a Valladolid.

 

- Allí sí que hizo carrera.

- Bueno, Valladolid también se nos quedó pequeño [risas]. Conocí a un vallisoletano y me casé. Era muy celoso. Cuando le dije que quería trabajar de actriz se puso hecho una furia. Que una palurda como yo soñase con eso era una cosa realmente rara. Aquella época era así, te ahogaban. Yo trabajaba de profesora en la Sección Femenina. Y me iba bien. Incluso di clases de alfabetización por los pueblos. Pero mi vocación era actuar. Estudié Arte Dramático y empecé en el teatro.

 

 

- ¿De dónde le venía semejante afán por la interpretación?

- Pues la verdad es que no lo sé. Solo recuerdo que de pequeña siempre me gustó participar en las obras teatrales que montaban las monjas en mi colegio. A mis hermanas no les hacía gracia y mi padre no quería ni oír hablar de eso. Pero a mí me atraía muchísimo. 

 

- ¿Cómo se lo tomaron todos cuando dio sus primeros pasos sobre los escenarios?

- A mi marido no le gustó nada, claro, pero no tuvo más remedio que aceptarlo. Aunque murió joven, con él en vida yo hacía funciones. Mi familia tampoco lo llevó bien. Y lo peleé mucho. Era mi decisión. Incluso pude hacer giras con compañías profesionales y aquello fue lo que terminó de convencerme de que esto era lo mío.

 



 

- Inició una nueva vida en Madrid. Viuda y con cuatro hijos. ¿Cómo fue aquel salto?

- Al principio iba como una pordiosera, pidiendo aquí y allá, ofreciéndome en los teatros. Un día surgió una ausencia en una función y me dieron un papel. Así empecé a encadenar un trabajo tras otro, hasta que llegué a hacer La vida es sueño con Miguel Narros en el Teatro Español.

 

- Sobre las tablas ha hecho de todo, pero le costó más entrar en el audiovisual. En los ochenta apareció en La huella del crimen (1985) y Espérame en el cielo (1988) fue su primera película. ¿Por qué tardó tanto?

- La verdad es que desde que hice El milagro de P. Tinto [1998] ya no he parado, aunque había empezado mucho antes. Llamé a muchas puertas, me rebajé hasta el suelo, pero a mí no me importaba: quería trabajar. A mediados de los ochenta comenzaron a ofrecerme trabajos, pero me costó conseguirlo. Quizá por eso, porque me costó tanto, todavía me apena terminar una serie porque no sé si volverán a llamarme.

 

- Pues son cerca de 60 las producciones de televisión que acumula. En algunas, con papeles de enjundia, como Celia (1993), En buena compañía (2006) o Libres (2013). Y han contado con usted en los mejores títulos de las dos últimas décadas…

- Me han tratado genial, no me puedo quejar. Y de mayor, la cosa es exagerada. Me cuidan como si tuviera más edad de la que tengo [risas].

 

 

- Le está muy agradecida a El milagro de P. Tinto. De los buenos recuerdos que conserva de esa cinta, ¿cuál guarda con más cariño?

- Son muchos. Fue muy bonito cómo llegue. Me enteré de que Fesser hacía un casting. El caso es que directamente le llamé. Me dijo que me tenía en cuenta y que pasara a verle. Fui y enseguida se percataron de que era la actriz que buscaban. Algo maravilloso.

- ¿Qué tal se ha llevado usted con los directores? ¿Es dócil o rebelde?

- A mí me gustan los directores como Narros o Marsillach. Personas amables y respetuosas. Si había algo que no les gustaba, paraban para decirte qué había que corregir o cómo tenías que hacerlo, y adelante. No como otros, que solo saben echar broncas.

 

- ¿Y cómo es tenerla de compañera?

- Yo creo que tengo buena fama. Antes me costaba callarme. Últimamente tengo más paciencia. No me gusta quejarme. He hecho de todo y nada me puede sorprender. Y tengo muchos amigos. 

 




 

- De la jubilación no hablamos de momento.

- No me pongo límite. Mis hijas y mi representante me arropan mucho. Me siento bien, aunque la memoria empieza a fallarme a veces, pero lo bueno que tenemos los actores es que la ejercitamos mucho y permanecemos activos. Me llaman y me veo con fuerza para hacer lo que me piden. Además, tuve que luchar mucho, vencer muchas resistencias. Por eso, como me costó tanto llegar, ahora no pienso en parar.

 

 

El perfeccionismo de P. Tinto

Silvia Casanova guarda un recuerdo entrañable de El milagro de P. Tinto, una experiencia inolvidable por el personaje que encarnó. “Olivia era disparatada, algo inverosímil en una película que ya resultaba bastante disparatada, pero también era muy tierna. Yo estoy encantada con que aún me recuerden por ella”, rememora. El encuentro con Javier Fesser es otro de los lujos que destaca: “Es un gran director y, sobre todo, una persona con un gran corazón. Todo el mundo le adora”. Por último, el equipo con el que le tocó trabajar en el filme constituye el elemento que lo hace imborrable, especialmente su dueto con el ínclito Luis Ciges. Él aparece como su esposo en la historia. “Formábamos buena pareja, era majísimo. Le gustaba mucho quedar bien y por eso pedía repetir las escenas. Nunca estaba contento. Pero al final siempre le convencían de que todo estaba perfecto”.

 

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