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25-03-2013 Versión imprimir
Quer, en la selva colombiana, durante la grabación de 'Operación Jaque'
Quer, en la selva colombiana, durante la grabación de 'Operación Jaque'
 
 
SÍLVIA QUER
 
 
“Mi profesión entraña un cierto sufrimiento”

Se colocó tras la cámara casi por casualidad. Hoy es un referente televisivo (‘Operación Jaque’, ‘23-F’) y una realizadora amante de las “historias pequeñas”. Las más universales
  



FERNANDO NEIRA
En un momento dado de la conversación, Sílvia Quer arranca una servilleta de papel, toma prestado el bolígrafo del periodista y, tras una sencilla operación aritmética, apenas puede disimular un respingo. Si las matemáticas no fallan, la realizadora barcelonesa ha superado ya con holgura las tres décadas de oficio. Puede que todavía no figure entre los nombres más familiares para el gran público, pero Quer se ha consolidado como un valor referencial en nuestro cine televisivo, además de acreditar para la pantalla grande una pequeña pero sustanciosa filmografía que jamás renuncia a una mirada diferente, penetrante, inesperada. Y se siente cada vez más cómoda alternando ambos lenguajes, el catódico y el cinematográfico, que se aproximan hasta ya casi rozarse. “En la tele siempre teníamos la consigna casi sagrada de evitar los grandes planos generales”, se sonríe, “pero ahora, con esas pantallas gigantes y estupendas, los podemos hacer de vez en cuando…”.

   La Quer de ahora, una mujer resuelta que se muda a Madrid para afrontar la grabación de una nueva temporada de Gran Hotel, rememora hoy a aquella joven e inquieta Sílvia que se pateaba las calles barcelonesas en los albores de los ochenta. Una chavala, por cierto, que no se ajustaba al arquetipo de cineasta vocacional de filmoteca. No, ella no vio claro su futuro tras la cámara desde la más tierna infancia, ni se conocía de principio a fin las filmografías más exquisitas de los realizadores de la nouvelle vague, el Hollywood clásico o los grandes apellidos de resonancias orientales. En realidad, solo tenía claro que su futuro profesional no podía pasar por una oficina rutinaria, con máquina de fichar, trabajo reiterativo y vacaciones convencionales. Y entonces, los nudillos del destino llamaron a la puerta.

– Mi hermana Emma estaba casada con un director al que le encargaron un programa piloto sobre cocina para TV3, y a mí me propusieron que anotase los time codes. Y en esas Jaume Peracaula, el director de fotografía, se cruzó conmigo y me sugirió que fuera su ayudante en un programa sobre arte. La mía no era vocación audiovisual pura, pero descubrí que cada día hacía algo diferente en un lugar diferente. Y ese modo de vida se aproximaba a mi ideal.
 
 
En el plató de la miniserie '23-F: El día más difícil del Rey'
En el plató de la miniserie '23-F: El día más difícil del Rey'
 
 
 
– Usted se inició en los noventa con ‘Poble Nou’, ‘Estació d’enllaç’, ‘Laberint d’ombres’… ¿Tiene la sensación de haber sido testigo de un periodo irrepetible para la televisión catalana?
– Aquella fue una época dorada, y más en el caso de Poble Nou. No teníamos ni idea de si podría gozar de buena acogida un culebrón catalán. Dancing days había obtenido mucho éxito, sí, pero aquella era una telenovela brasileña. Y en esas, logramos colarnos en la vida cotidiana de la gente. Miles de catalanes se acostumbraron a las noticias, el programa de cocina… y Poble Nou, que revalorizó la industria audiovisual y los actores catalanes. Recuerdo una viñeta humorística en la que Jordi Pujol llamaba a la productora, el día que se iba a emitir el último capítulo, para rogar que la serie no se acabase. Supongo que aportamos un granito de arena a la identidad catalana.

– Ahora que ha hecho las cuentas de sus años en el oficio, se sentirá más sabia que en aquellos comienzos…
No crea, siempre tengo la sensación de no saber lo suficiente. Afronto cada nuevo proyecto con cierto miedo, pero ese miedo me sirve para no conformarme con el camino sencillo. Por ejemplo, me siento incapaz de repetirme. Sé desde el principio lo que no quiero, y a partir de ahí busco lo que sí. Pero la exigencia es grande y a veces soy muy dura conmigo misma. Mi profesión no consiste en un viva la vida; entraña un cierto sufrimiento. A veces me pregunto: ¿por qué no me habré dedicado a cuidar jardines o regentar un restaurante? [risas]. No lo haré nunca, pero pensarlo me sirve como válvula de escape.

– Su primer largometraje, ‘Febrer’ [2004], tenía algo de fábula sobre el paso del tiempo. ¿Forma parte de sus grandes obsesiones como ser humano?
– No siempre aceptas que, por mucho que rememores, nunca podrás regresar a un tiempo anterior. Es la misma moraleja de Woody Allen en Midnight en Paris, esa eterna tentación a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero en Febrer también había mucho sobre el miedo a crear, sobre si los creadores lo son por necesidad o por figurar. Y me salió una película de oscuridad, caos, personajes densos y atormentados. A partir de ella he aprendido a dejar un hilo de luz al final de mis historias, una puerta de salida.

– ‘María y Assou’, al año siguiente, abordaba un asesinato racista. ¿Por aquello de maridar una vez más arte y compromiso?
– Digamos que ante un nuevo proyecto siempre me pregunto: ¿esta película o esta serie es necesaria? ¿Pasaría algo si no se hace? Y sí, necesito una implicación emocional con las historias que dirijo. En María…, como en el resto, partí de la base de mojarme hasta el final.
 
 

 
 
 
– Las suyas parecen películas pequeñas, en el mejor sentido del término…
– Porque las historias pequeñas son, en el fondo, las más universales. La otra ciudad, por ejemplo, retrataba la vida de una pandilla de chicos en una plaza rodeada por cuatro edificios. Su mundo no salía de ese pequeño espacio, pero trataba de asuntos que nos incumben a todos.

– Aquel largometraje es de 2009, pero su retrato de la juventud olvidada parece premonitorio.
 
– Supongo que esta España de hoy en día merece una película. No sé si con un final bestia o esperanzador, pero espero que lo segundo. Llegados a este punto, no está claro cómo podemos levantar todo esto. Eso sí: no seré yo quien ruede una película tan deprimente sobre la España actual que invite a la gente a pegarse un tiro cuando salga del cine…

– Cuando se rueda una miniserie como ‘23-F: El día más difícil del Rey”, sobre episodios tan trascendentales y aún próximos, ¿existe margen para las licencias poéticas?
– La guionista con la que más colaboro, Helena Medina, y yo estábamos obsesionadas con no equivocarnos en el relato de los hechos y sus detalles. A partir de ahí quise proyectar los sentimientos de cada personaje: la ambición de Milans, la lealtad de Sabino… No quise juzgar, sino enseñarlos como eran y que cada espectador decidiese con quién iba.

– Con Medina también rubricó ‘Operación Jaque’, sobre la liberación de Ingrid Betancourt. Y le valió una nominación a los Emmy. ¿En qué simpatizaba con el personaje?
– Era una antiheroína, una mujer que vive seis años secuestrada y sale igual que como entró. Y a la que liberan no altos mandos militares, sino once sargentos que se jugaron la vida para salvarla. Si a eso se le suma la oportunidad de grabar en la selva, solo podía decir que sí. La selva es inmensa y brutal, hay que pedirle permiso antes de entrar en ella…
 
 

 
 
 
– Treinta y pico años después, según la cuenta de la servilleta, ¿qué le falta aún por conseguir en este oficio?
– Puedo considerar que he alcanzado un cierto nivel, pero aún necesito confiar más en mí. Eso y contar historias más mías. Guardo unas cuantas en el cajón, historias de gentes a las que les pasan cosas, pero ahora la industria no está para eso, sino solo para películas de terror. Confío en que con microfinanciación y otras soluciones imaginativas, sin tanto esperar a subvenciones, podamos emprender la reinvención de esta industria.



 
sumarios
 
actualidad
“La España de hoy merece una película, no sé si con final bestia o esperanzador”
 
compromiso
“Necesito una implicación emocional con las historias que dirijo, mojarme hasta el final”
 
carácter
“Considero que he alcanzado cierto nivel, pero aún necesito confiar más en mí”
 
 
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