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Ilustración: Luis Frutos
 
Anécdotas
de las estrellas
 

Soledad Puértolas



"Lo que verdaderamente imaginaba yo
era que las estrellas de cine, esas
mujeres y esos hombres tan guapos,
tan deslumbrantes, eran muy desgraciados
cuando dejaban de actuar" 




Hay frases que la memoria guarda tal como se escucharon por primera vez, frases de las que el significado no era precisamente lo importante, porque en realidad no se sabía lo que venían a decir. La sensación de enigma que emanaba de ellas era lo que las hizo destacarse e ir a parar a uno de esos rincones de la mente que raras veces se desempolvan, pero cuya existencia presentimos y agradecemos, porque los recuerdos se hacen más nítidos si están rodeados del confuso mundo  que puebla esos rincones.

   Esta frase, “Anécdotas de las estrellas”, es una de ellas. ¿Quién la pronunció?, ¿qué significaba?, ¿qué removió dentro de mí? La imagino cayendo de los labios de una mujer, la cocinera, la costurera, una tía lejana. Desde luego, no entendí nada. Puede que ni siquiera conociera el significado de la palabra “anécdota” y se lo preguntara a alguien, lo que, en lugar de aclararme las cosas, aún las debió de complicar más. Las estrellas pertenecían al cielo nocturno. No podían tener anécdotas. Quizá cuando las contemplábamos ya habían dejado de existir, debido a la misteriosa ley de la velocidad de la luz que imperaba en el universo.

   En determinado momento, supe que esas estrellas a las que la frase hacía referencia no eran las de la noche, sino las de las pantallas de cine. Las estrellas de la extraña frase eran las actrices y los actores que protagonizaban las películas que veían y comentaban los adultos. Yo conocía sus caras por la colección de fotografías de tonos grises y sepias que mis primas mayores poseían y trataban como si fuera un auténtico tesoro. Eran hombres y mujeres guapísimos: Cary Grant, Gary Cooper, Mel Ferrer, Greta Garbo, Grace Kelly, Ava Gardner...

   Al parecer, estas personas tan extraordinarias eran seres de carne y hueso, como todos los demás. Se casaban, tenían hijos, casas, jardines, aficiones. Eso era lo que la mujer que pronunció la frase quería conocer, las anécdotas de la vida corriente y moliente de las estrellas de cine. Eso era un buen tema de conversación.

   Ciertamente, mis primas, las coleccionistas de retratos, conocían muchas anécdotas sobre las vidas de sus ídolos. Estaban enamoradas de ellos, discutían seriamente sobre quién era el más guapo y comparaban uno a uno todos sus rasgos, nariz, boca, ojos, para pasar luego a categorías aún más subjetivas, la expresión o el gesto. Eso era perfectamente comprensible para mí, pero lo que de ninguna manera podía entender es que estuvieran interesadas en sus vidas fuera de la pantalla. ¿Qué nos podía importar lo que hacían cuando no se dedicaban por entero a sus personajes? Esa era su forma de relacionarse con nosotros, eso era lo que nos daban. Su verdadero ser era precisamente ser otros, interpretar con entera verdad y profundo sentimiento sus papeles. Era una entrega total, tras la cual no les quedaba nada de ellos mismos. Se vaciaban. 

   ¿Qué anécdotas de sus vidas podían arrojar sobre ellos más luz? La luz residía en su interior, pero solo se manifestaba plenamente cuando interpretaban sus papeles, cuando se convertían en otros. Era entonces cuando ellos mismos se fundían con la luz y la derramaban sobre nosotros. 

   Lo que verdaderamente imaginaba yo era que las estrellas de cine, esas mujeres y esos hombres tan guapos, tan deslumbrantes, eran muy desgraciados cuando dejaban de actuar. Debía de ser insoportable vivir en ese vacío. Contemplaba sus retratos y les apoyaba. No había que indagar en lo que escondían por debajo de sus rasgos perfectos y sus expresiones seductoras. Las enfermedades, desvelos, lágrimas y desilusiones que, como todos los mortales, debían padecer, no nos incumbían. No teníamos derecho a conocer esas anécdotas. Es curioso, pero solo los imaginaba felices cuando su identidad se disolvía en los personajes que interpretaban. Eso me hacía respetar  su dolor, porque era la otra cara de la moneda, tan radiante, que nos ofrecían. La que no nos enseñaban, la que no podían compartir con nosotros.

   Mi admiración, incluso mi amor, por ellos estaba impregnada de una especie de complicidad, como si yo fuera la única persona en el mundo que conociera la dosis de desdicha que les correspondía. Sin embargo, estoy segura de que más de una vez escuché –de los labios de la mujer de la frase, o de los de alguna de mis primas o de cualquier otra– que muchas de esas personas no eran felices. La fama, la admiración de sus devotos, no les servía para alcanzar lo que verdad importa en la vida, ser felices. De manera que ese dolor que les asigné en sus vidas privadas no era solo una invención mía, era algo que flotaba en el ambiente. 

   Todos sabíamos que, en definitiva, las estrellas de cine no eran como nosotros. Nos hacían soñar, nos transportaban a mundos maravillosos, pero, cuando se convertían en ellos mismos, caían, más que nadie, en las redes de la realidad. Porque ellos habían soñado más, ellos se habían volcado, se habían perdido a sí mismos y ya no les quedaba nada. Era un drama tan terrible, que la gente hacía como si no ocurriera nada. Disimulaba, contaba anécdotas sobre sus vidas, esas anécdotas que los acercaban a nosotros. 

   Esa era mi mentalidad dramática de niña soñadora. 


 
Soledad Puértolas es novelista y académica de la lengua. Algunos de sus títulos más destacados son ‘Queda la noche’, ‘El bandido doblemente armado’ o ‘Todos mienten’.
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